EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 15 de noviembre de 2016

A 6 años del fallecimiento de Néstor Carlos Kirchner - 2010 – 27 de Octubre - 2016





Hace unos días se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de Néstor Carlos Kirchner. Los recuerdos abundaron y su imagen desgarbada nos volvió a regalar esa buena sombra que dejan los imprescindibles. Esta no es una editorial ni un ensayo, es un sentimiento personal, político y pasional que mantengo vivo desde esa triste y miserable mañana en donde la muerte nos avisó que no avisa..  



“Una historia cualquiera, se desvanece, pero la vida que ha sido rozada por esa historia queda por toda la eternidad. ¿Qué ocurre entonces cuando una vida se desvanece? Quizás otro color desciende sobre el mundo y se agrega a la gran suma imperfecta y fluctuante. Y no somos sino eso, el estruendo de un estallido, que por momentos casi podría confundirse con el ruido de una carcajada”. (... de la novela Una Novela China de César Aira)

Seis años de la muerte del ex Presidente Néstor Kirchner, y todavía se transpira la convulsión emotiva que provocó su desaparición física. Algunos potenciaron y liberaron sus amores, explosión e implosión afectiva, contenida, continente; otros entendieron a partir de la ausencia su enorme significado político y social; están los que multiplicaron sus odios, alabando gratificados a mortales cardiopatías, y están aquellos que todavía no percibieron o no desean percibir el desliz de haber omitido la existencia de los rincones en donde moraban, invisibilizadas y en estado de espera, sus mazas adherentes, sus pibes militantes.
Desde hace seis años somos menos cobardes. Su lucha, su imagen y su recuerdo nos lo impide. Curiosamente estamos más vivos ante la muerte, porque la muerte dignifica a la vida, dándole la brillantez y el esplendor que, por consistente gracilidad, sabe disimular.
“Y aunque la muerte me das, ya me ganes o me pierdas sin saber que me recuerdas, no sé si me olvidarás” glosaba el gran poeta cubano Nicolás Guillén en su poemario El Son Entero; y en cierto modo, desde la contemporaneidad, la duda nos cabe. La Política, en mayúsculas y como ciencia, le y nos dedicó una breve existencia terrenal, escasa dentro del pragmatismo que sustenta la temporalidad, eterna en cuanto a su carácter y significado histórico.

Néstor Kirchner supo abrir sin temores ni complejos un sinfín de debates postergados, no sólo en el ámbito del mismo Partido Justicialista, cosa que le provocó soportar traiciones y destratos, sino dentro de una sociedad que poco se atrevía, hasta ese momento, a organizar y tabular sus íntimas y arrinconadas miserias.

Al fijar el incuestionable concepto de Dictadura Cívico Militar resume el arquetipo. Hasta la década pasada la idea de los dos demonios, instalada por la Conadep en el primer informe Nunca Más, había echado raíces profundas en el inconsciente colectivo determinando que un par de bandas de desmadrados se disputaban la tenencia del país, mientras que una mayoría silenciosa y civil era víctima de una obra de teatral por la cual no había pagado la entrada.
A partir de ese salvoconducto, la civilidad, progresista y liberal, puso la tragedia colectiva en manos militares y guerrilleros, guardándose para sí sus propios correlatos y posicionamientos ideológicos.

El siniestro rostro de la formal impunidad develado por el coraje de Néstor Kirchner nos posibilitó visualizar, de modo tangible, la connivencia extrema que existió entre los formadores de opinión (base y sustento de la propaganda y el ocultamiento totalitario) las cúpulas empresariales (como reaseguro de los negocios) con las fuerzas armadas (responsables del orden establecido) para que todo funcione según las formas y placeres de una mass media ilustrada que fijó un status de convenientes filones a la sombra de aquel relato políticamente correcto. Esta suerte de refrescante revisionismo histórico jamás será perdonado ya que muchos actores tuvieron la obligación de correr sus velos a propósito de sus propios intereses del pasado, situándolos en un cuello de botella que ni siquiera la dignidad del suicidio enaltecería. La solución escogida por estos fue huir hacia delante, disparando las mismas balas que durante treinta años aseguraron reprobar.

Otro elemento que resultó inexcusable e inaceptable para dicha mass media (Corporaciones, esbirros y beneficiados por el modelo desindustrializador) fue el cambio de paradigma político, económico y social. Esto es, revalorizar el rol del Estado como agente motorizador del desarrollo y del bien común colocando a la economía bajo la tutela política y no a la inversa como inercia y determinismo dominante. De ese modo supo emerger una oposición, hoy en el gobierno, banalmente autodefinida como republicana, tan canallesca como caníbal debido a dos elementos que se aunaron bajo el formato del odio:

a)  Verse obligados a defender posicionamientos individuales y corporativos sobre la base de una suerte de resignación y hado feudal (ver artículos y ensayos de Dewell, Wilson y Chomsky)

b)    Exponerse ante un archivo histórico que no deja lugar a dudas desde dónde se habla cuando de libertad y derechos se trata.

Resulta todo un síntoma de orgánica y consensuada urbanidad exigir ver los huesitos de Pérez para determinar una identidad luego de haber sido representante legal de los organismos de DD.HH o que a un empresario de los medios le deje de importar el pasado luego que con capitales de ese mismo pasado, que en la actualidad rebasó su hartazgo, haya financiado su proyecto periodístico progresista de fines los ochenta. En ambos casos el límite de la ética declamada se apellida Mata.

Hasta dónde entonces somos lo que decimos ser y hasta dónde creemos que tiene efecto lo que pretendemos hacer creer... En ambos casos los intereses de una corporación oligopólica son determinantes en los comportamientos individuales de sujetos que durante años mostraron un deber ser, hoy por hoy, insostenible y ciertamente sospechoso. O nunca fueron lo que dijeron ser o nunca dijeron lo que realmente son. Poco importa. Ya no hay retorno. El debate político, el grito, el trapo, lo real y lo simbólico hacen que las sociedades y sus protagonistas se reconozcan, en ocasiones con la tristeza de algún hallazgo inesperado, en otras con la firmeza de comprender que el error forma parte del camino, un camino que aprendimos a construir andando. La política produce rituales y es hija de rituales que por pudor no desea analizar, sostiene Horacio González.

Néstor fue factor y esencia de esa construcción; sentimiento y correlato colectivo que no se rinde ante la adversidad, que no se dobla ante la amenaza y las operaciones corporativas, que no se deja amedrentar por la reiteración del embuste y la mentira.

En la histórica jornada en la cual Néstor Kirchner hizo bajar los cuadros de los genocidas Videla y Bignone colgados en las paredes del salón principal del Colegio Militar de la Nación muchos entendimos que nadie desde el Estado, hasta ese momento, se había interesado con marcada seriedad por el tema de los Derechos Humanos, advirtiendo que el éxito popular que había tenido la dictadura militar se encontraba muy claramente definido en la existencia y exposición de esas dos imágenes en una entidad estatal educativa y formadora de jóvenes. Poco tiempo después, al inaugurar el Museo de la Memoria en la Escuela de Mecánica de la Armada, en un  recordado discurso, el extinto ex Presidente pidió perdón a las víctimas de la represión por los últimos veinte años de claudicaciones. Esto molestó y fijó una divisoria de aguas definitiva con aquella burguesía que estaba muy complacida con el placebo institucional edificado 20 años atrás, que si bien juzgó a los Comandantes hizo todo lo posible, a partir de la sentencia, para detener la historia a como de lugar, instalando la teoría de los dos demonios y el falso concepto de guerra sucia. Néstor Kirchner, en ese momento, estaba anunciando una suerte de declaración de principios, base fundacional de su política sobre DD.HH. De ningún modo estaba agrediendo al ex mandatario Raúl Alfonsín, tal como fue interpretado su discurso por cierta progresía mediopelo. Como afirmara Eduardo Galeano, había comenzado un diálogo entre dos silencios.  El Presidente en ejercicio sólo relató los eventos tal cual sucedieron, haciéndose cargo, poniéndole el cuerpo a un sombrío dilema histórico / ético desde un Estado cuyo comportamiento fue ciertamente cobarde, sinuoso y acomodaticio.

A partir de allí el progresismo liberal lo escogió como su enemigo preferido, debido a un doble temor: primero a ser descubiertos en su esencia colaboracionista de aquellos años, muy bien mimetizada y travestida luego del desaguisado castrense en Malvinas; segundo, la potencialidad de que ahora este hombre abriría una caja de Pandora judicial advirtiendo la identidad de los civiles que construyeron carreras, poder, fortunas y negocios a partir de las torturas y en las parrillas de los campos de concentración, terminando dichas tramitaciones en las escribanías y en los estudios de abogacía más selectos del país.

Por izquierda y por derecha el Lupo patagónico supo desafiar e incomodar, supo obligarnos a segundas y terceras lecturas, supo interpelar nuestras inconformidades, y ya nadie volvió a ser el mismo. “La pasión política como señora del juicio intelectual y moral, como reina de la crítica” esbozó el mismo González por aquel entonces. Los falsos prestigios cayeron tan velozmente como las verdades absolutas, los bronces éticos se embarraron con la tierra agusanada de las fosas comunes y todo lo que estaba cobijado con diarios made in papel prensa comenzó a borronear sus titulares, copetes y editoriales. Así las cosas; mientras la derecha, desde el living de Susana y la mesa de Mirtha, hablaba de la necesidad de eliminar la pobreza y apostar por la equidad, la izquierda dogmática firmaba ensayos desde el máximo oligopolio comunicacional bebiendo un rico espumante importado con uno de los  propagandistas más notorios de la dictadura. Al igual que en 1945, mientras el 17 de octubre el pueblo expresaba sus necesidades y derechos, la izquierda tradicional paseaba a Lenin por la coqueta y porteñisima Avenida Santa Fe con música de Esteban Echeverría y letra de Bartolomé Mitre. (... de La Formación de la Conciencia Nacional - Juan José Hernández Arregui)
              
“Cuando voy a sentarme advierto que mi cuerpo se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse adonde yo me siento. Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, y que mientras me rieguen de lugares comunes, ya me encuentre en la tumba, vestido de esqueleto, bostezando los tópicos y los llantos fingidos”. Oliverio Girondo
                                                                                     
Sospecho que algo de lo poetizado por Oliverio Girondo habrá sentido Néstor aquella siniestra mañana del 27 de Octubre. Por suerte la enorme figura de Cristina estaba a su lado, dándole el más complicado de los besos: el último; tomando la posta, sentenciando que ni un paso atrás era posible, entendiendo que la vida es un mesurado promedio de sinsabores, advirtiendo que la historia se va construyendo tanto por acción política concreta como por recuerdos y legados.

“En cierto sentido por más larga que sea la vida de una persona, es siempre demasiado corta. Esto es, porque parecería que tuviéramos capacidades estéticas e intelectuales infinitas que justificarían nuestra prolongación en la vida eterna. Sin embargo, algunas veces tengo la sensación de que el tiempo en sí mismo nada significa, y que cualquiera que haya vivido una vez está, en algún sentido, siempre vivo. La inmortalidad es una especie de estado sin tiempo”. (A. J. Toynbee)





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