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martes, 20 de septiembre de 2016

"Populista, y a mucha honra". Por Dario Fo, para Revista Sin Permiso




Por Dario Fo, clásico vivo del teatro popular italiano, actor y autor de obras capitales de la dramaturgia política como Muerte accidental de un anarquista, Misterio Bufo y ¡Aquí no paga nadie!, fue galardonado en 1997 con el Premio Nobel de Literatura, para Revista Sin Permiso



Era de esperar, pero me ha pasado también esto: me han llamado populista. Ha sucedido en las páginas de L´Espresso del domingo, 21 de agosto de 2016. El autor del artículo en el que se me endilga este término se llama Marco Belpoliti. Mi detractor enseña Sociología de la Literatura y Literatura Italiana en la Universidad de Bérgamo. El hombre de letras emplea el término “populista” en la acepción negativa en boga desde hace años en Italia, a saber, la que considera el populismo una suerte de recurso a modo de pretexto para embaucar arteramente a una comunidad de simplones crédulos, fáciles de manejar con cualquier argumento. Ahora bien, me parece extraño que un profesor universitario se haya dejado llevar por un uso tan exagerado de una palabra tan acusadamente mistificada. Pero, ¿qué origen tiene en realidad esta expresión?

Basta acudir a una de tantas enciclopedias de prestigio para llegar a saber lo siguiente: “populismo” indica una ideología característica de un movimiento político o artístico que ve en el pueblo un modelo ético y social y el respeto de todos los individuos que forman parte de una comunidad civil. El movimiento precursor de esta idea de democracia se puede reconocer en la Revolución Francesa, e incluso antes, en los escritos de Jean-Jacques Rousseau. Ese primer texto suyo se inicia con una áspera crítica de la civilización como causa de todos los males y de la infelicidad de la vida de muchos hombres, que desarrollará el Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres. En su libro El contrato social, Rousseau afirma, además, que «cualquier ley que no sea ratificada por el pueblo en persona es nula, no es una ley».

Este mismo tema ha constituido la base del pensamiento de Gianroberto Casaleggio, fundador con Beppe Grillo del Movimiento Cinco Estrellas. Marco Belpoliti la emprende conmigo por lesa majestad de muslos ministeriales y, punitivos, parte a la búsqueda de mis pecados. Le honra reconocer mi profesionalidad, pero añade maliciosamente que he tenido una vida fácil, porque a diferencia de otros grandes intelectuales, nunca he corrido el riesgo de actuar en solitario yendo contra corriente y adoptando posiciones incómodas. Bueno, que un periodista que, es evidente, se alinea como valeroso defensor de quien está en el gobierno, plantee preguntas sobre el valor de los demás, provoca como mínimo ternura....Que yo pueda estar  del lado del gobierno de estos tiempos no resulta una postura muy audaz...De cualquier modo, según Belpoliti, yo he ido a lo cómodo. Mientras Sciascia, Pasolini y Sartre han tenido el valor de la soledad, yo me habría movido siempre andando sobre seguro, protegido por poderosos movimientos de oposición.


Belpoliti calla naturalmente en su perorata sobre nuestros comienzos, los míos y los de Franca, sobre las relaciones un tanto difíciles con el poder, como aquella ocasión vivida por nosotros dos, intelectuales fuera de la norma, en nuestro choque con la RAI. Choque que terminó con la expulsión sus buenos quince años de todo programa radiofónico y televisivo por haber denunciado por vez primera en la historia de la RAI accidentes laborales que causaban víctimas como si fuera una guerra. Y de nuevo por primera vez, hemos hablado también de mafia, todo ello en el programa “Canzonissima” tras siete emisiones. En realidad, ha sido muy cómodo para mí y para Franca llevar a las Casas del Pueblo espectáculos críticos con el PCI en presencia de los dirigentes mismos y sufrir el consiguiente ostracismo de la parte más rígida del Partido. Cómo acabó era de esperar, se nos rogó que saliéramos de las Casas del Pueblo, pues nuestra crítica era nociva para la unidad del Partido.


Vino después el periodo en el que la policía decidió ponernos las esposas en las muñecas y proceder a detenernos y mandarnos a la cárcel. Y luego los procesos, las bombas en casa y en el teatro, el nacimiento de Socorro Rojo, la ayuda a los compañeros detenidos, la defensa de los derechos civiles, el secuestro y las torturas a Franca [Rame, compañera de vida y arte de Fo, violada y herida por un grupo neofascista en 1973]. Desde luego, formábamos parte de un gran movimiento, pero no veo cómo se puede afirmar que esta participación nos haya garantizado dormir tranquilos. Escribir cualquier cosa, con tal de dar estopa, se puede hacer...Pero un mínimo a la hora de ceñirse a los hechos sería acaso decente.


El autor del libelo saca a escena en cierto momento a Jean-Paul Sartre, colocándolo entre los intelectuales que obraban en soledad. Se ve perfectamente que Marco Belpoliti nunca conoció personalmente al creador del existencialismo. Yo, por el contrario, tuve esta suerte, junto a Franca.

Seguimos en contacto con él durante mucho tiempo, en la medida en que teníamos proyectos de trabajo que realizar conjuntamente. La primera vez que tuve la fortuna de escucharle fue en La Sorbona, donde pronunciaba una conferencia en una enorme sala rebosante de jóvenes que bebían literalmente sus palabras. El tema de aquella conferencia era el uso de la situación en el teatro popular. ¿Qué “situación”? es la clave maestra de cualquier espectáculo de la Commedia dell’Arte, clave estructural que implicaba a Molière y hasta a Shakespeare.


De hecho, de Julieta y Romeo todo el mundo recuerda exactamente la clave de ese drama: el hecho de que entre dos jóvenes se escale una pared que dice: «No podéis amaros porque vuestras familias luchan cruentamente entre ellas». Pero contra toda lógica, aquí tenemos a dos que saltan esos muros infranqueables y se aman arriesgando a cada paso la muerte. Pero tenemos que admitir que sin ese veto trágico, el suyo habría sido un amor del todo normal. El contraste de lo imposible es lo que crea la espectacularidad y la conmoción, y esto gracias a la situación que a su vez crea la paradoja, el drama y el teatro popular.

¡Pero fíjense en cuántas veces sale la palabra “pueblo” en los discursos sobre la cultura! ¡El del populismo es precisamente un movimiento infinito! En el debate había quien, tomando la palabra, trataba de demostrar que la del pueblo no era cultura sino más bien una imitación del arte de las clases altas. Volaron naturalmente, entre los presentes, expresiones más bien duras, de un bando contra otro, y en determinado momento Sartre pidió la palabra, la tomó y exclamó: « ¡Esto sí que es dialéctica! Por fin veo a los conservadores indignados, pero faltos de argumentos válidos. Y por eso me gusta dialogar con un público heterogéneo y rico de ideas diversas como sois vosotros. La palabra es verdaderamente el medio más inteligente que haya creado el hombre». Y todavía hay quien llama solitaria la acción de un intelectual como Jean-Paul Sartre.


Visto que el articulista escribe acerca del coraje y de ir contracorriente, podría medirse con un inventario de los intelectuales que han criticado con el ímpetu destructivo de una pluma, opositores que no ha perdido nunca un día con la televisión y los diarios importantes, que no se han arriesgado ni siquiera a un golpecito.



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