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lunes, 11 de julio de 2016

LA SOBERANÍA en el siglo XXI




¿Qué es hoy soberanía?

Por Gabriel Puricelli, Coordinador, Programa de Política Internacional, Laboratorio de Políticas Públicas, para Le Monde diplomatique Conos Sur


Si hay un concepto esencial de la filosofía política que ha experimentado los cambios más profundos en el devenir histórico, ése es el de soberanía. Cabe, entonces, preguntarse qué significa hoy realmente, cuando la globalización hizo astillas la antigua organización de los Estados-nación.
Pocos significantes están tan presentes en la conversación pública como el de soberanía, y pocos también tienen significados tan variados. La polisemia no se origina tan sólo en su uso dentro de los distintos discursos ideológicos disponibles, sino en un desajuste creciente entre el significado pasado de la palabra y los cambios que ha sufrido la realidad a la que le daba nombre. Aun cuando presenta estos contornos borrosos o estas distorsiones cronológicas, la soberanía es tanto un objeto de discusión como –sobre todo– un fenómeno que se pone en cuestión y en tensión a diario, aunque no se lo nombre o no se tenga explícitamente en cuenta cómo lo afectan las prácticas cotidianas de los actores económicos o la política exterior de los gobiernos.


El desajuste más marcado hace referencia a la imagen de la soberanía que está incorporada al sentido común y que remite a los planisferios con división política que usaban nuestros docentes de geografía cuando íbamos a la escuela. Representada así, la soberanía cabe en un territorio limitado por una línea de puntos en el papel y defendido por una fuerza armada en el mundo real. Ese imaginario persiste con fuerza y es reproducido todos los días en las aulas de nuestras escuelas, impávidas frente a lo que significó para esa definición de soberanía la creación de lo que hoy es la Unión Europea, en 1957, y de lo que hoy es el Mercosur, en 1991: en los dos casos, un grupo de países encapsuló el conflicto a que daba lugar la disputa acerca de dónde se dibujaba una línea de puntos y redefinió parcial pero decisivamente la idea de soberanía. Si la Unión Europea y el Mercosur son, entre otras cosas, arreglos que previenen la reiteración o el estallido de la guerra, lo son porque en lugar de delimitar soberanías nacionales en un juego de suma cero, las superponen, en un juego de suma positiva.


Lo nacional y lo global


Ese imaginario que aún tiene tanta fuerza sólo se puede adjetivar como anacrónico por su incapacidad de describir lo que sucede en el mundo hoy, pero es totalmente contemporáneo en su uso político. Tanto los nacionalismos xenófobos en Europa, como el nacionalismo blanco que encarna Donald Trump en EE.UU. están fijados en una fotografía sepia que, paradójicamente, tiene enorme productividad política.

Menos transparente es la relación entre ese imaginario y las retóricas integracionistas que estuvieron en boga y siguen teniendo fuerza significativa en América del Sur. La retórica de la Patria Grande tiene un núcleo de buen sentido que pone en tela de juicio las fronteras que separaron a los países del subcontinente en el período poscolonial. Pero éste convive con una mirada que muchas veces identifica los efectos nocivos de la globalización exclusivamente con un país, que invoca una noción vulgar de imperialismo como declinación de imperio, más que como “etapa superior del capitalismo”.

Seguramente el problema viene de antes. El concepto viaja mal a través de las épocas. Cuando empezó a tener uso, la soberanía provenía de un dios, y estaba en cabeza de un monarca. Cuando la Revolución Francesa puso la soberanía en manos de los ciudadanos, se volvió más difícil de asir, pero el Estado-nación proveyó una imagen singular que facilitó reemplazar imaginariamente al monarca. La democracia representativa vino a reforzar ese reemplazo y la rutina eleccionaria lo renueva cada vez que votamos por el líder y el Parlamento de un país. Mas esa rutinización nos prepara mal para ejercer colectivamente la soberanía en un contexto de globalización, para representarnos un campo de fuerzas en el que se inscriben nuestras vidas y que excede (largamente) lo nacional.


Pocos síntomas de disonancia cronológica son tan vívidos como la cobertura mediática de los avatares de algunas celebrities, cuya arena espectacular es global, pero que son retratadas desde su condición supuestamente esencial de argentinas. Máxima Zorreguieta o Jorge Bergoglio son presentados bajo esa luz, aun cuando sus trayectorias ponen en evidencia que la soberanía ni la capta ni la fija el pasaporte. Por el contrario, Bergoglio, en su papel papal, confiere un liderazgo particularmente eficaz a la que es, a la vez, la más arcaica y la más posmoderna de las instituciones. Una agenda arcaica, asediada en un flanco por la secularización y en el otro por la competencia de otros credos, se despliega globalmente con una combinación de diplomacia global idealista, hecha exclusivamente de poder blando, y un lobby conservador en cada escenario nacional, donde no se priva de blandir la amenaza de volcar la opinión pública en contra de cada gobernante electo.


Dice Saskia Sassen que “los procesos y las formaciones globales pueden, y logran, desestabilizar la jerarquía de escalas centradas en el Estado-nación”. Eso implica que si somos representados sólo a escala nacional (y no vivimos en el centro de un país central), no hay modo de garantizar derechos adquiridos, ni de conquistar nuevos. Por lo tanto, la soberanía en este siglo que comenzó, según Eric Hobsbawm, con la disolución de la URSS, puede entenderse como la capacidad de un colectivo ciudadano inscripto en un Estado-nación de alcanzar las condiciones de vida a las que aspira actuando en un campo de fuerzas que excede ese Estado-nación.


El capital trasciende las fronteras


Si esta perspectiva tiene sentido, el Estado de Bienestar puede ser visto como el máximo despliegue posible de las aspiraciones de las mayorías en la plenitud del Estado-nación, antes de que éste fuera irreversiblemente desestabilizado y desplazado de la cúspide de la jerarquía de escalas de la que habla Sassen. El Estado de Bienestar representó (si se nos permite lo marxiano) un parcial favorable en la lucha de clases, pero el capital (también marxianamente) demostró que su condición revolucionaria no se había agotado en el derrocamiento del Antiguo Régimen, y que era largamente capaz de proseguir su acumulación sin la férula de las regulaciones nacionales.

En un mundo así, se debilita la identidad (nunca perfecta) entre los intereses de la General Motors y los de Estados Unidos. O entre los de Odebrecht y los de Brasil, para hablar de una ruptura más reciente, las esquirlas de cuya explosión hieren a todo un subcontinente. En un mundo así, el aislacionismo es una quimera y no se puede disfrazar de regionalismo: la región como un Estado-nación más grande es un proyecto fallido desde el vamos, ya que su escala no da la talla de los flujos que es necesario regular para evitar la producción continua de desigualdad.

Los procesos globales, que no son nuevos, conviven y convivirán seguramente por el tiempo que nos toque vivir con las formas nacionales, que son sólo un poco más viejas. El futuro que nos toca es menos radicalmente nuevo que lo que el tecno-optimismo pretende pintar, pero es necesario captar plenamente todo lo que tiene de novedad para actuar en él con posibilidades de moldearlo de acuerdo a lo que consideremos deseable. Las formas nacionales, que son también formas de representación política, tienen una rigidez que contrasta con la fluidez absoluta del capital, que se presenta en acto. Ello no quiere decir que estén derrotadas de antemano: cuando los gobiernos nacionales se preocupan por pensar más allá de la coyuntura, producen atisbos de estrategias que dan cuenta del desafío del capital. Nos arriesgamos a pensar que Ralph Miliband vería en el G20 un germen de “capitalista colectivo” bosquejando una autonomía relativa frente a los capitales globalizados que siempre arriesgan matar la gallina de los huevos de oro. En ese plano también los reflejos adquiridos chocan con la conciencia de lo nuevo: el núcleo duro del G20, el G7, no está convencido de que haya que hacerles lugar a los ciclotímicos BRICS ni a los otros ocho invitados a la mesa, que incluyen desde el principio a Argentina.

América del Sur encarnó también las posibilidades y las contradicciones de esta fase de la globalización. Brasil proyectó todo su poder blando con el activismo internacional de Lula y con el efecto material en la región y en el mundo de la incorporación de 40 millones de brasileños a la esfera del consumo y de las dos comidas diarias. Venezuela rentabilizó con Petrocaribe todo el poder duro que le dio el petróleo mientras el precio del barril de crudo voló cerca de los tres dígitos. Perú y Chile perfeccionaron su especialización productiva para anclarse más firmemente en el océano que será el centro económico y gravitacional del planeta que viene. Argentina no estuvo en condiciones de proyectarse con las fuerzas que debió ahorrar para lidiar con su recuperación doméstica, pero consolidó su perfil de buen ciudadano en el ámbito multilateral y logró capitalizar con creces una trayectoria de larguísimo plazo al ser reconocida como un par en la mesa del G20.


A nivel regional, se buscó maximizar la autonomía, creando un foro político en el que el reaseguro era la ausencia de EE.UU. (la Celac) y estableciendo la Unasur, que se ganó sus primeros galones gestionando una salida pacífica y sin intervención extrarregional a la espiral de enfrentamiento entre la Colombia de Álvaro Uribe y la Venezuela de Hugo Chávez. Sin embargo, todo cuanto se avanzó en iniciativas políticas se ve empequeñecido por el estancamiento de las iniciativas pre-existentes: el Mercosur y la Comunidad Andina. En ambos casos, la retórica de la integración no logra disimular que no se avanzó hacia la unión aduanera, en el primer caso, ni se impulsaron iniciativas complementarias con la inserción de cada país a partir exclusivamente de sus ventajas comparativas.


Fracasos y triunfos del Mercosur


El caso del Mercosur es particularmente elocuente: se avanzó tanto y tan poco como lo ha requerido el comercio intra-empresa de los grupos industriales que tienen enterrado capital en Brasil y Argentina y se retrocedió tanto como lo determinaron las reacciones proteccionistas a la crisis global de 2008-2009, que no distinguió socios de competidores, y la total ausencia de coordinación de políticas macroeconómicas entre esos mismos países. El saldo histórico positivo de esta experiencia sigue siendo la desactivación definitiva de las hipótesis de conflicto y la transformación de las fronteras, antiguas líneas de fractura, en zonas de ósmosis.


Con cinco ciudades globales (según el índice confeccionado por la revista Foreign Policy basado en la definición de Sassen) y áreas de frontera que ya no son sinónimo de peligro, sino de oportunidad económica (3), América del Sur tiene excelentes condiciones de partida para insertarse en términos soberanos, ventajosos para la mayoría de sus ciudadanos, en los procesos globales. Cuenta con la inteligencia para pensar el modo, tanto la que producen día a día centros académicos que desarrollan investigación pertinente, como la que atesora la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). La inercia nacional y la crisis como modo existencial de alguno de los países de la región conspiran contra ello: la persistencia de un patrón donde las decisiones de inversión siguen exclusivamente el plan de negocios de las transnacionales (sean éstas basadas en el exterior o multilatinas) facilita y justifica la acción de gobiernos cuyos líderes creen en el efecto benéfico del “derrame” de los beneficios económicos de los grandes inversores. En la versión más extrema de esa visión, los inversores extranjeros son los únicos soberanos y la única fuente del crecimiento. El uso de metáforas animistas como la “lluvia de inversiones” no es más que el emergente de una concepción y puede transformarse en moneda retórica corriente con facilidad, porque (en última instancia) viene a hacer el relevo de una retórica de la integración que está anclada en logros concretos muy poco significativos.


Y ya que hablamos de retórica (lo cual no implica menospreciar, dados los efectos performativos que la retórica siempre tiene) también es prudente rechazar la tentación de presentar como enteramente contrapuestos el proyecto del Mercosur y el de la Alianza del Pacífico. Lo primero es entender a cada uno como la respuesta a una dotación de recursos distinta y a un tipo diverso de inserción internacional posible en cada orilla de América del Sur. Presentar esos proyectos como visiones puramente ideológicas contrapuestas no sólo es una pésima descripción, sino que propone un framing en el que la idea de integración sale perdiendo.


Dar dos pasos atrás después de haber dado uno adelante es la medida módica de los avances de largo plazo. Sin embargo, si los dos pasos atrás se dan luego de un período de estancamiento, el objetivo de un ejercicio soberano colectivo en el marco de los procesos globales se aleja. Un efecto paradójico del abuso de la retórica integracionista de la década pasada fue la desactivación de la demanda por una integración real, ya que ésta se daba por alcanzada. Sin caer en la ingenuidad de ignorar las fuerzas materiales que actúan para que el patrón productivo de América del Sur se adecue a la maximización de inversiones particulares, en detrimento de uno que garantice los derechos de las mayorías, se puede esperar que el abandono parcial de la retórica de la integración, en particular en el Mercosur, actúe como campana de largada para una demanda de integración inteligente, sin recelo en el futuro y despojada del reflejo de retornar a una “edad de oro” que nunca existió.


Una palabra final para Estados Unidos, cuya poca presencia en este texto alguien podría calificar de omisión: hemos puesto énfasis en el capital, que (huelga recordar) no tiene bandera, en tanto limita las opciones soberanas disponibles y en tanto valoramos positivamente las ganancias de autonomía. La agenda estadounidense sigue buscando involucrar a la región en “guerras”: contra las drogas y contra el terrorismo internacional. La autonomía concreta frente a esa agenda no emanará tampoco de una retórica: depende de resolver correctamente los desafíos que hemos planteado en la mayor parte de estas líneas.

Fuente: Le Monde diplomatique Cono Sur


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