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martes, 12 de abril de 2016

Neoliberal-fascismo, fascismo "postmoderno"… Paradigma filosófico: "Cuanto más hagas morir más, por eso, vivirás"




Por José Vidal Calatayud - El Faro Crítico



Resulta claro que en un escenario socio-político donde no se juega en torno al valor ni a la representación real, el tan amado "Bienestar" tenía que desaparecer en el propio simulacro. Ahora sólo lo irrepresentable, el orden esclavista y la sobreexplotación inmisericorde, es representado por "nuestros representantes"; ahora sólo la coacción a los gobiernos para que entreguen en el pozo sin fondo de las acciones de las grandes compañías el dinero de los contribuyentes da valor a las empresas naufragantes; y sólo la miseria es repartida en esos salarios y esas pensiones huérfanos de valor real. Si, como Baudrillard dice, "la farsa, al repetirse, acaba siendo historia", ahora sólo lo irrepresentable es real: la violencia criminal con que la policía de los estados neoliberales reprime las protestas contra el hundimiento de la ficción democrática; la desesperada ruina del erario público no sostenible en deuda y entregado a los símbolos de pervivencia de una "economía" que es parodia de su función social e incluso individual.

Pero ¿"fascismo"? En todo caso es un nuevo tipo de fascismo; y sin embargo es también el mismo de siempre. Pues fascismo es el resultado de esta ruina. Estamos ante la repetición de una dinámica. El fascismo primitivo de los años 30 tuvo que maquillarse para poder aspirar de nuevo al poder tras la derrota de la segunda guerra mundial. Pero sólo eliminó su retórica inesencial y ya hace mucho que el programa de los neofascistas italianos, austríacos o franceses no es del todo nacionalista -sólo respecto a los emigrantes no estrictamente imprescindibles para las empresas- ni abiertamente dictatoriales, sino de apoyo a una "dictablanda", una pseudodemocracia autoritaria y antisocial. Pero sus objetivos sociales y políticos son exactamente los que se impusieron, siempre contra sus declaraciones demagógicas de "bienestar y paz social" y de preponderancia de la pequeña empresa nativa, en el fascismo de los años 30: dominio violento del gran capital y disminución de los derechos y el nivel de vida de los trabajadores; prohibición de la lucha de clases, y con ello censura rígida de los derechos de expresión, manifestación y huelga. Y en sus versiones cristianas, imposición del viejo moralismo patriarcal intransigente: "Agnus Dei qui tollis peccata minuta". Además intermitentemente se ha dado la colaboración de las fuerzas de seguridad con las brigadas del fascismo "folklórico": sus barbaridades han tenido entonces carta blanca. Y si el neofascismo se abstuvo de su retórica "socialista", que no había sido creída, y de la retórica nacionalista allí donde el impulso de conquista de la nación, aplastado por otras más fuertes, era ya una palabrería patética -así en España, Portugal o Italia-, no desapareció ese nacionalismo en aquellos países que tenían la fuerza para desarrollar una verdadera expansión territorial y económica -el mejor ejemplo tenían que proporcionarlo, cómo no, los USA, pero no olvidemos nunca a Alemania y su expansión hacia el este-.
Y es que es importante, para entender la coincidencia del neoliberalismo con el fascismo, no creer la literatura que éste difundió sobre su "preocupación social" -recordemos que en los sindicatos verticales los representantes de los trabajadores eran precisamente los empresarios-. Sin duda la "preocupación" en ambos es la de evitar la difusión de posiciones revolucionarias.
Pues ni siquiera los "socialistas" han tenido otra "preocupación. Nunca hemos vivido en occidente dentro de una lógica socialista; siempre se mantuvo la lógica del capital, con paliativos que no le eran esenciales -por eso ahora desaparecen-. Pero "conservadores" y "socialistas" no admiten que la nueva situación que ellos -como siempre de acuerdo en todo- nos preparan, pueda ser llamada "fascismo". Y no sólo ellos se defienden de tal acusación. Jean-Marie Le Pen, el líder de la extrema derecha francesa, repetía un argumento que debe hacernos pensar: "No tenemos nada de fascistas porque no tenemos nada de socialistas". ¿Entonces, no es fascista Le Pen? ¿No lo era Franco en la segunda etapa de su régimen? Ha habido, en los años 60 y 70, posiciones en la izquierda española que afirmaban tal cosa, diferenciándose de la actitud oficial del PC. No entraremos ahora en lo acertado o erróneo de tal posición, que era por varios motivos muy interesante.
Pero, sobre todo, aquello esencial en que coinciden el fascismo primitivo y el neoliberalismo es la invasión, la sustitución de lo social por lo económico: los seres humanos son tratados como si fueran, sólo, elementos de un proceso económico, generador de beneficios. Esa sustitución llevó en otras épocas a que pudieran ser empleados para fabricar jabón y lámparas de piel con sus cuerpos; ahora podríamos ser tratados de forma no mucho mejor por el poder.
Lo que lleva a una forma tan esencial al fascismo como lo anterior, y es que sumaba las tres formas de poder -el de soberanía, "democratizada" por la práctica de la denuncia; el disciplinario, y el biopoder de control de poblaciones- llevándolas a su extremo más violento, y con un fin de guerra en que el racismo definía el objetivo.
Esa concentración de poder, como sus resultados, la guerra total y el genocidio, parecían hoy erradicados. Pero ¿es hoy la opresión sólo simulada? ¿No sabemos qué estamos haciendo en el tercer mundo? Hemos visto que para el neoliberalismo es imprescindible la ocultación del carácter bélico de nuestra sociedad, de su "contraterror", que a través del dominio del bien nos lleva al mal absoluto. Pero hay que tener claro que "guerra", fascismo, es todo mecanismo, aún con rostro "pacífico", que impide que los expropiados de la riqueza o del poder conquisten lo que les falta; pues es evidente que si la democracia fuera real, lo harían.
Parece que el poder hubiera renunciado al derecho a matar. Pero hay, subterráneo en este sistema "protector" y como parte esencial, no sólo un "racismo blando" que expone a la muerte -y no sólo a la "muerte civil"- a aquellos que no pueden ser integrados en el sistema colectivo de "felicidad", sino también un "racismo duro" que la causa -la va a causar- directamente cuando el orden hegemónico se ve en peligro. Foucault señala que estos sistemas han utilizado ese "racismo" en la guerra, para exponer a la muerte a sus ciudadanos. ¿Puede esto identificarse con el principio de que hay necesidad de exterminar a los inferiores para que los individuos "sanos" puedan proliferar? ¿Sólo en los fascismos de los años 30 se aplicó la máxima de que "cuanto más hagas morir más, por eso, vivirás"? ¿Desconocemos lo que estamos haciendo en el tercer mundo? ¿Y en los márgenes de nuestras ciudades, en el cuarto mundo? El neoliberalismo es ya fascismo en su ideología de racismo socioeconómico: hay individuos superiores e inferiores, que merecen por sí el triunfo o el fracaso.
Y un último punto: el argumento defensivo de los liberales es que en estas sociedades no se aplican las tecnologías de desaparición contra los adversarios políticos. Pero ¿nos hemos creído que "conservadores" y "socialdemócratas" son verdaderamente adversarios entre sí? ¿Cómo se trata en esos regímenes a quienes exigen un cambio esencial del sistema socio-económico? ¿Les recuerdan algo  las palabras Baader-Meinhof? ¿O los GAL?
Y al movimiento del 15M, ¿cómo se nos va a tratar en los conflictos venideros?

Pues todo nos lleva a pensar que esta situación sólo puede hallar salida en una revolución pacífica o en un neofascismo (mal) encubierto.
Aunque sin duda nuestras ideas sobre esta crisis están aún formándose. Pero no hay que temer que queden sin conclusión: los elementos y las razones de su madurez nos las va a dar el poder en los próximos meses. En este momento en que las direcciones de las derechas reaccionarias discuten cuántos muertos serían asumibles en la represión de las próximas protestas, nuestra cuestión será respondida por ellos, que nos indicarán cómo hay que luchar. Sabemos de momento que es necesario un enfrentamiento simbólico pero también, aún, político; un "intercambio imposible, imprevisible". ¿Sujetándonos siempre a unas normas basadas en lo universal? Pero no hay una universalidad no liberal. Y ¿qué importa lo universal?  "Pese a... Kant… se ríe de esa ley universal… el corazón de los hombres también".
Lo iremos "escribiendo". ¿En qué estilo? Parafraseando a Thomas de Quincey: "De la revolución, considerada como una de las bellas artes".


Fuente: http://elfarocritico.blogspot.com.ar/



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