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jueves, 24 de diciembre de 2015

El papel de los medios públicos forma parte de la discusión política argentina



¿Qué hacer con los medios públicos?

Por Verónica Ocvirk – Le Monde diplomatic Conos Sur


El papel de los medios públicos forma parte de la discusión política argentina y hasta se convirtió en un tema de campaña. Aunque todos coinciden en que deberían ser espacios de comunicación independientes tanto de la política como de las necesidades comerciales, no está tan claro cómo conseguirlo.

Todo el mundo pareciera estar de acuerdo acerca de lo que los medios públicos deberían ser: espacios de comunicación plurales y totalmente independientes tanto de controles políticos como de necesidades comerciales, al servicio de la audiencia ciudadana y con unos contenidos balanceados, de calidad y respetuosos de la diversidad cultural. Pero como sucede también con otros eslóganes de campaña, una premisa que carece de su antítesis defendible pierde validez propositiva. Así como nadie se opondría a consignas como “más trabajo para todos” o “que los niños estén mejor”, tampoco tiene demasiado sentido sentarse a discutir el hecho de que las emisoras públicas tendrían que ofrecer programaciones de excelencia evitando convertirse en meras herramientas de propaganda partidaria. Sin embargo, otras preguntas –cuál es la razón de ser de una televisión pública, cómo debe pararse ante los canales privados, con qué tipo de contenidos, bajo qué política– comienzan a hacer visibles las grietas, y con ellas el debate.


“El peor abordaje para la cuestión de los medios públicos es pensarlos desde el mismo modelo de siempre: el de la BBC de Londres”, señala el director de FLACSO Argentina, Luis Alberto Quevedo. “En primer lugar, porque la historia de la radio y la televisión en Europa es muy diferente de la argentina, pero además porque lo que reclama esa demanda de neutralidad es que los medios públicos deberían seguir una pauta también política que consistiría, por ejemplo, en que nada de la programación tuviera que ver con un gobierno comunicando lo que hace. Analizar los medios públicos en estado puro es una trampa; más interesante es enfocarse en el contexto en el cual funcionan”, explica.


Moldes y contextos


El siglo XX parió dos grandes modelos de radiodifusión pública: el estadounidense, bajo el cual el Estado otorga licencias a los privados para que las administren, y el europeo, donde las emisoras son gestionadas por el Estado y sin fines de lucro. En su origen monopólicos, los canales públicos de Europa comenzaron en los 80 a competir con los privados: debieron enfrentar desde entonces sucesivas crisis pero aun así conservaron su legitimidad. En América Latina predominaron los sistemas privados, desplegándose en paralelo televisoras estatales que, en especial durante las dictaduras, funcionaron al servicio de la difusión de discursos gubernamentales, lo que no contribuyó precisamente a cimentar su prestigio social.


Hoy las circunstancias son otras. Desde hace algunos años los gobiernos de la región han estado desarrollando sistemas de medios públicos a los que dotaron de más recursos y el suficiente aliento como para que fueran capaces de robustecer su presencia en la sociedad y equilibrar así una oferta de contenidos audiovisuales en la que a todas luces mandan los privados. Al mismo tiempo, las nuevas leyes de medios definieron un territorio en el cual, dada la altísima concentración de la propiedad en el sector de las industrias culturales, las grandes empresas se resisten a perder poder. Comunicacionalmente hablando, los fuertes ya no son los Estados. Y es ahí donde los medios públicos pueden jugar un rol clave.


Quevedo recuerda que cuando Raúl Alfonsín asumió la Presidencia encontró un Canal 7 –entonces ATC – “que venía de una historia nefasta del gobierno militar”; los demás canales, el 11 y el 13, eran también del Estado. El 9 ya había sido adjudicado a Alejandro Romay, y el 2 todavía no tenía cobertura en Capital. “Con lo cual, de las cuatro señales de televisión importantes tres eran públicas. Sin embargo, Alfonsín no pasó a la historia como el gran creador de una palabra única, en parte porque en la agenda política no imperaban entonces los medios electrónicos, sino los gráficos. Por eso él se peleó tanto con Clarín. En el caso de Menem su aparato de difusión no fueron los medios públicos sino que tuvo un pacto muy fuerte con los privados, a los que otorgó licencias, financió y cedió terrenos. Entonces uno puede decir: ‘Menem no usó Canal 7 como Cristina’. Claro, porque no tenía el contexto que tiene Cristina”.


Martín Bonavetti, director ejecutivo de Canal 7, dice que “cuando las cosas no forman parte de un proyecto terminan siendo puntos aislados, por eso es central pensar en la recuperación del canal a partir de un proceso de legalidad. La televisión pública está administrada hoy por el directorio de Radio y Televisión Argentina Sociedad del Estado, que según la Ley de Medios se conforma por dos representantes del Poder Ejecutivo, tres de las minorías parlamentarias, uno de las universidades y otro de los sindicatos. Eso habla de una instancia de legalidad a la cual el canal nunca había estado sometido y que no solo impone una serie de debates, sino que además establece previsibilidad. Y en términos institucionales eso es fundamental. Antes los canales estatales podían tener momentos de alza y baja, pero no se construía en función de una política, ahora existen definiciones que nos permiten trabajar a largo plazo”. Para Bonavetti, “a eso se suma una instancia de legitimidad que tiene que ver con revertir la imagen de Canal 7 como lugar de deterioro. Hoy la sociedad empieza a asociar a la televisión pública con un ámbito de calidad. Podrán faltar muchas cosas, pero el concepto de calidad está fortalecido”.

Aquí y ahora


En el libro Cajas mágicas, el renacimiento de la televisión pública en América Latina, se destacan tres variables que inciden en el desempeño de la televisión pública: el contenido que se programa, el mecanismo de financiación y la estructura de control. De las respuestas a esas tres preguntas –¿quién paga?, ¿quién controla?, ¿qué y cómo se programa?– derivarán los distintos modelos de medios públicos, que se acercan o alejan de los dos modelos tipo extremos: el puramente comercial en manos privadas, guiado por la lógica del mercado y la conquista de las audiencias, y el puramente gubernamental, pagado, programado y controlado por el poder político.

Se supone que el contenido de la televisión pública no debería estar sujeto a la tiranía del rating, aunque al mismo tiempo invertir dinero público en una programación que casi nadie ve –advierten algunas voces– no sería tampoco razonable, por más que hablemos de emisiones culturales, programas educativos o narrativas experimentales. “A los programas culturales hay que pensarlos en dos sentidos. Uno es el rating. Ok, puede ser que tengan bajo rating, pero también hay que preguntarse por el tema del tiempo, para cuándo son esos productos. Ejemplo: si la televisión española no hubiera producido el ciclo A fondo hoy no tendríamos las voces de Cortázar, Borges, Dalí o Carpentier. El canal Encuentro emite programas que formarán parte de la memoria audiovisual del país, que tienen que ver con el arte argentino, con nuestra historia, con la posibilidad de divulgar ciencia y filosofía y que surgen de una política a la que no le interesa tener un punto más de rating, porque detrás hay una proyección a futuro. Por eso el tema es para cuándo y también para quién, porque muchos materiales son bajados por miles de docentes a través de Educ.Ar o se proyectan en los centros culturales”, sostiene Quevedo.

De acuerdo a Bonavetti, “la televisión pública no trabaja en los bordes de la televisión comercial, sino desde otra perspectiva: mientras la privada le habla a un cliente, la pública se dirige a un ciudadano”. “A los escenarios de la comunicación vos los disputás con tus armas y con tus valores, y das una versión desde un punto de vista que posiblemente sea muy distinto al que da el mercado. Lo que sucedió en estos años fue que los medios públicos incorporaron la perspectiva del hombre político en términos de ciudadano con una agenda de temas que no son subsidiarios de las discusiones de los tinellis y las susanas; no son lo empobrecido”, explica.


Dicho de otro modo: la televisión pública no recoge lo que la privada deja afuera, sino que desde su condición –menos dependiente del apoyo comercial y más comprometida con la diversidad– es capaz de abordar los mismos temas desde otra perspectiva. Ejemplo de esa diferencia son las coberturas de los casos policiales, donde, voraces de primicias, los canales de noticias suelen caer en un discurso amarillo y proclive a la mercantilización del dolor que hasta infringe en ocasiones las leyes de protección de los menores. Los espacios informativos de la televisión pública no se privan de tocar esos casos resonantes, pero aportan a su tratamiento un rigor y una prudencia que muy rara vez –por no decir nunca– exhiben los privados. Otra muestra de este nítido contraste tiene lugar en la franja de las 6 de la tarde, hora en la que tres canales se dirigen al público adolescente: el 9 con Combate, un reality de juegos cuya cara visible es Guillermo “Fierita” Catalano, el 13 con A todo o nada, de entretenimientos varios, conducido por Guido Kaczka, y la TV Pública con Una tarde cualquiera, donde jóvenes de todo el país moderados por un dúctil Bahiano debaten acerca de temas como el embarazo adolescente, el bullyng o las elecciones presidenciales con una altura y apertura notables.


“Este programa sólo se puede hacer en la televisión pública, es el único lugar donde podemos trabajar con tanta libertad”, señaló Pedro Brieger al recibir el premio Democracia 2014 por Visión 7 Internacional, que lleva al aire once años ininterrumpidos. “Peter Capusotto y sus videos tampoco se podría hacer en un canal privado –advierte Bonavetti–. Después del tercer año vino Canal 13 y se lo quiso llevar, creyendo que lo lograría con una facilidad asombrosa. Yo le dije a Pedro (Saborido): ‘Andá. No tengo problema. Pero cuando te pidan meter videos de Miranda y de las bandas con las que ellos hacen negocios no sé de qué te vas a disfrazar’”.


El juego político


“La ventaja de los medios públicos es que no dependen de la publicidad, y eso permite generar una programación menos orientada a competir con la televisión privada”, sostiene Pablo Avelluto, coordinador del Sistema de Medios Públicos del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y designado ministro de Cultura de la Nación. “La tensión –añade– es la política. Por eso acá se pensó una programación que no está vinculada a la coyuntura política. En el canal no hay un 6, 7, 8 con un panel de tipos que te dicen que Macri es bueno. Ni siquiera hay un informativo. Y te pueden decir que estás eludiendo la política, lo que pasa es que el sentido del canal no es ser vocero del gobierno, sino que la ciudad se muestre en sus manifestaciones artísticas, comerciales, literarias, deportivas, creativas y culinarias”.
Según Avelluto, “el kirchnerismo ha sido proclive a ver todo en clave política. Y por ingenuidad, por candor, por inteligencia, por experiencia o por ser sapo de otro pozo el PRO no cree que todo sea parte de una batalla más grande. Son dos mundos diferentes”.


“No es verdad que toda la programación de Canal 7 esté atravesada por la discusión política –señala Bonavetti–, y por otro lado en el discurso lavado hay también una definición política. Creo que no hay que confundir lo público con un ámbito inodoro, incoloro e insípido, y con esto voy al tema del que todos queremos escuchar: 6, 7, 8. Ese programa emergió en un escenario de muchísima asimetría, donde no había una sola voz que mostrara las operaciones mediáticas. El periodismo fue mutando sin crisis aparentes desde la época de Rodolfo Walsh a las empresas periodísticas, y en la Argentina ese proceso puso a ciertos periodistas en el lugar de inapelables. Lo que hizo 6, 7, 8 fue cuestionar esos interlocutores que no habían sido interpelados por nadie, sencillamente porque nadie los podía interpelar. Los medios públicos eran el único lugar desde el que eso podía ponerse en evidencia”, afirma. Y añade no obstante que “el canal tiene que construir un espacio de debate”.


Para Quevedo existe una suerte de jibarización de la discusión en la que se equipara a los medios públicos con 6, 7, 8. “Entonces se escucha que les preguntan a los candidatos: ‘¿Usted va a dejar que siga 6, 7, 8?’. 6, 7, 8 es una gota en una política de comunicación muy grande. Yo diría que Argentina Conectada es mucho más poderosa que todo el Canal 7, y a eso se suma la alianza con el Incaa, con Arsat, DeporTV, el Fútbol para Todos, Encuentro y Paka Paka, que a la vez no se entienden si no es en sintonía con Educ.Ar y con la posibilidad de tener todo ese contenido adentro de las computadoras de Conectar Igualdad. Esa sinergia marca una ganancia clave en cuanto al crecimiento del espesor de lo público en el espacio audiovisual”, remata.



Que la voz de los canales privados se escuche es crucial. El problema aparece cuando esa voz termina por transformarse en única: no sólo por su mirada política sino por sus idearios, lenguajes, representaciones y estéticas. Frente a ese panorama, la televisión pública tiene la posibilidad de emerger con un contradiscurso, convirtiéndose así en la vía para garantizar una democracia con pluralidad de voces.

1 comentario:

  1. Y todos nuestros sueños se los llevaron puestos. La comunicación depende de la política. La presente realidad de nuestro país lo demuestra a cabalidad.

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