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lunes, 2 de noviembre de 2015

La contradicción principal - Por Claudio Scaletta para Le Monde diplomatique





El estilo anodino de la campaña ocultó que Daniel Scioli y Mauricio Macri sostienen modelos económicos contrapuestos. El truco del discurso opositor es proponer soluciones en apariencia simples a problemas estructuralmente complejos.
Los resultados de las elecciones del domingo 25 de octubre fueron un balde de agua fría no sólo para una porción importante de la clase política y su constelación de consultores y encuestadores, sino también para muchos analistas de la política y la economía enfocados en pensar una realidad que quedó en stand by hasta el 22 de noviembre: cómo sería un potencial gobierno de Daniel Scioli. De pronto la realidad impuso también una duda relegada hasta entonces a los márgenes: cómo sería un potencial gobierno de Mauricio Macri.
Todas las dudas existenciales, los cruces de imaginarios y de estilos, la estética Montaner, el gabinete de puros, las diferencias con la épica kirchnerista volaron hacia un futuro remoto subsumidas por la nueva urgencia de la contradicción principal. El dato descarnado del escaso margen por el que se impuso el candidato del Frente para la Victoria y las dudas que ello genera frente al balotaje elevaron al primer plano, pero esta vez de manera dramática, una dimensión que el estilo anodino y descafeinado de la campaña, sometida a la impronta afectiva de los publicistas, había logrado diluir: las rupturas y contradicciones de los procesos de desarrollo.


Falacia conceptual


Probablemente una de las principales falacias conceptuales de la reciente campaña electoral fue la idea de que todos los candidatos estaban unidos por una idea común, la del desarrollo. El tono cuidado de los contendientes, el rechazo al discurso altisonante hicieron que se esconda a los candidatos ultramontanos a ministros de Economía y que nadie levante demasiado la voz. En la recta final, con las encuestas en la mano, todos convergieron en la media.


Por debajo, sin embargo, están en pugna dos proyectos: avanzar a una etapa superior que permita retomar el crecimiento con distribución progresiva del ingreso o regresar al pasado vía el ajuste clásico con cuenta al salario de los trabajadores. No es que nadie lo haya dicho, siempre fue un dato tácito, pero el discurso estuvo concentrado en las formas. Se les dejó entrever a los trabajadores y a las clases medias que podían perder muchos de los beneficios conseguidos en la última década, se habló de logros del pasado y del nuevo rol del Estado. Sin embargo, alcanzó con que el candidato opositor simplemente negara la pérdida de esos beneficios y prometiera sostenerlos en caso de llegar al poder para que prevalezca la realidad más inmediata de una economía estancada desde 2011, con todo lo que ello significa, junto al juicio inapelable del supermercado, esa angustia de que es cada vez más alta la cuenta por la misma compra. Existe también un problema generacional: para un votante de 30 años, por ejemplo, la pavorosa crisis del fin de la convertibilidad resulta, en el mejor de los casos, un recuerdo demasiado lejano como para transformarse en amenaza.


La suma de estos datos determina que la realidad emergente de los comicios sea clara: vuelven a estar en pugna dos perspectivas de país antagónicas. No es una dicotomía de barricada ni de campaña, sino el resultado predecible de la aplicación de paquetes diferentes de política económica. Aunque por momentos resulte difícil de percibir, el actual freno de la economía se produjo porque comenzó a operar la restricción externa, y ello se combinó con un contexto internacional adverso. Es fundamental tener en cuenta que estos problemas se solucionan de una sola forma: con desarrollo, con la transformación de la estructura productiva, y no con el ajuste de algunas variables económicas que en realidad son efectos del crecimiento una vez que se alcanza la restricción externa, y no sus causas. 


Los candidatos pueden hablar de pobreza, de inflación, de déficit, hasta de desarrollo, los problemas pueden parecer comunes, pero sus diagnósticos son absolutamente opuestos y las diferencias en materia de distribución del ingreso y relaciones internacionales, abismales.

Mientras que el oficialismo identificó a la restricción externa como problema principal –algo esencial que delata también errores propios del gobierno saliente, pues ni se previó con antelación, aunque los macroeconomistas argentinos estudian el problema desde la década del 60, ni se la administró con la mayor eficiencia una vez reaparecida–, la oposición macrista habló de efectos como la inflación o el déficit de algunas cuentas públicas, al tiempo que ocultó a las cabezas de su equipo económico ortodoxo para evitar que se conozca su verdadero plan. El gran éxito del discurso económico opositor fue mezclar consecuencias con causas. La gran diferencia para el votante no politizado es que el primer diagnóstico demanda un proceso de abstracción y el segundo es una realidad inmediata. Quizá en estas dimensiones resida el necesario reacomodamiento discursivo que deberá ensayar Daniel Scioli de cara al balotaje. 


Doble ruptura


Luego está la realidad del poder. Mientras que la oposición de centroderecha ofrece soluciones en apariencia simples que apuntan a los problemas inmediatos del votante medio, el desarrollo es un proceso complejo que, para colmo, demanda fuertes rupturas. Si desarrollarse supone transformar la estructura productiva, esta transformación de la base material altera también la estructura de clases emergente. Como la estructura productiva local no es autónoma, sino que se inserta en cadenas de valor globales conducidas desde los países centrales, desde la agropecuaria a la automotriz y la energética, la estructura de clases que le corresponde se encuentra internacionalizada. La propiedad predominantemente extranjera de las principales empresas no es un dato casual. Siguiendo el clásico análisis funcional gramsciano: las clases dominantes locales funcionan como auxiliares de las hegemónicas de los países centrales. 


En otras palabras, el desarrollo demanda una doble ruptura: hacia adentro, al interior de la alianza de clases hegemónicas, y hacia afuera, y como consecuencia de la ruptura anterior, en materia de alineamientos internacionales.


Se trata por lo tanto de un proceso que supone un enfrentamiento al interior de la burguesía, entre la fracción que representa a la vieja estructura productiva y la que terminará representando a la nueva, y una tensión con el orden imperial bajo la órbita de Estados Unidos y sus satélites europeos. Por diferentes motivos, no quedó claro durante la campaña si el sciolismo sería capaz de conducir estos enfrentamientos. 


Camino incompleto


El kirchnerismo, a través del crecimiento conducido por la demanda, logró la expansión del Producto Interno Bruto (PIB), sentó las bases para iniciar el desarrollo y, al hacerlo, dio comienzo a estos procesos de ruptura. Lo hizo invirtiendo la secuencia lógica: primero reorientó las relaciones internacionales hacia países con economías complementarias, como las de los BRICS, especialmente con Rusia y China, y no hacia las competitivas, como Estados Unidos y Europa, que se caracterizan además por intentar imponer ciertas políticas económicas a sus aliados periféricos. Fue una secuencia un poco obligada por rupturas anteriores, como el default de la deuda pública a partir de diciembre de 2001, pero reafirmada en la Cumbre de las Américas de 2005 en Mar del Plata cuando se rechazó el ALCA, el plan de Estados Unidos para liberalizar el comercio continental y subordinar a las economías latinoamericanas.


Frente a estos procesos iniciados tempranamente, más dificultades y demoras encontró la transformación de la burguesía local, lo que explica que el kirchnerismo haya tenido que subsanar este retraso mediante el recurso del Estado como actor económico. Lo hizo a través de la recuperación de la seguridad social y de YPF, los dos casos más emblemáticos, pero también del Correo, de Aerolíneas Argentinas y, más recientemente, de los ferrocarriles. 


En este marco, el sciolismo no logró transmitir que, al menos en lo económico, representa una etapa superior de este proceso. No sólo en términos de continuidad, sino de continuidad superadora. Tenía los elementos para hacerlo: había preparado un Plan de Desarrollo, condición necesaria para abordar la restricción externa, que no era una receta de generalidades para rellenar una plataforma de campaña sino un trabajo sistémico sobre las principales cadenas de valor y sectores económicos, con un libro adicional para las 38 economías regionales del país. Un programa en el que había diagnóstico, construcción de consensos con los actores involucrados y medidas para implementar a partir del 11 de diciembre. Y que no se limitaba a un esquema con mejoras ofertistas, fiscales y financieras, incluido un Banco de Desarrollo, sino que también definía una macroeconomía postkeynesiana con énfasis en el sostenimiento de la demanda agregada para mantener y expandir el volumen de actividad y permitir así la ampliación de las inversiones programadas.


Será tarea de los expertos en campañas y discursos políticos analizar por qué, contando con esta clara oferta de diagnóstico y políticas para avanzar en los problemas principales, la propuesta no fue advertida por millones de votantes, quienes en cambio optaron por el discurso desplegado por el macrismo, con eje en los aspectos más problemáticos, todos ellos reales, de la situación económica. 


Algunos analistas, al mejor estilo de lo peor de la oposición, cayeron en el tópico jauretcheano del supuesto conservadurismo de las clases medias (“la gente vota mal cuando está bien”), en referencia a los trabajadores y sectores medios beneficiados por el modelo de los últimos doce años. Más efectivo sería en cambio analizar por qué falló el discurso del candidato oficialista, qué parte no se entendió. Quizás parte del problema resida en que la estrategia de campaña muchas veces tendió a mimetizarse con la oposición. Si lo que se deseaba realmente era pagarles a los fondos buitre, como afirmó el gobernador Juan Manuel Urtubey, para qué elegir a quienes les dieron batalla en vez de a quienes siempre propusieron “volver al mundo”, a las relaciones carnales con Estados Unidos y a la insuperable experiencia del FMI supervisando la política económica. Si se trata de devolverle la rentabilidad al campo eliminando retenciones y aumentando reintegros, por qué no votar directamente a quienes siempre lo propusieron. Si finalmente el impuesto a las ganancias debía revisarse, por qué no elegir a quienes siempre demandaron su eliminación. Esto no quiere decir, por supuesto, que retenciones y ganancias sean dogmas a conservar, sino que por momentos el discurso se confundió con el de la oposición en lugar de hacer el esfuerzo de transmitir el diagnóstico y las propuestas propias. 


Consenso naranja


El sciolismo sí enfatizó, pero aparentemente sin obtener los resultados previstos, la capacidad de gobernabilidad sobre la base de la construcción de poder real. En este sentido, las imágenes del acto de cierre de campaña en el Luna Park fueron contundentes: sobre el escenario estuvieron presentes la mayoría de los gobernadores provinciales, incluidos algunos de terceros partidos, como los de Neuquén y Río Negro, mientras en las plateas podía verse al grueso del peronismo en sus distintas vertientes, intendentes, dirigentes empresarios y un dato elocuente: a casi todo el sindicalismo, que hasta acordó reunificarse. Se trató de una muestra de alineamientos del poder político territorial; una imagen frente a la que el macrismo, sólo capaz de convocar al entusiasmo de la gran burguesía, quedó en sensible desventaja.


Lo que Scioli mostró fue el respaldo de los principales “factores de poder”, excluido, y sólo hasta cierto punto, el mediático. También que, en la construcción del nuevo consenso naranja, se proponía convocar a los que quedaron afuera de la etapa anterior. La oferta no podrá nunca ser replicada por el macrismo, que ni en el más optimista de los escenarios contará con el apoyo mayoritario de gobernadores y sindicatos. Más difícil sería el intento de domesticar a esa Hydra llamada peronismo, el mayor aparato de poder puro y duro del país. Esta suma de factores sería seguramente el principal límite de gobernabilidad de un eventual gobierno macrista, una dimensión incómoda pero crucial de la política que podría ser aprovechada por Scioli de cara a la segunda vuelta. 





Fuente: Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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