EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

jueves, 19 de noviembre de 2015

El Intelectual, Antes y Hoy, Nicolás Casullo





Repasar las secuencias de conformación de la figura del intelectual, con su papel interpretativo, crítico, acusador de un presente o de la memoria de las cosas, significa ingresar de lleno en la historia de las ideas modernas, percibir cómo se gesta el espacio de esa subjetividad, y de qué forma es recibida la misma por la sociedad y los poderes. Escuchar a esa conciencia intelectual por lo general independiente, muchas veces solitaria, o adscripta a un credo, involucrada en la política, en lo social, en las ciencias, es como oír detonaciones posicionales que se disparan como un plus de esfuerzo desde la filosofía, la literatura, el arte, la sociología, la teoría crítica, el psicoanálisis, la propia religión. Es una crónica de secuencias intensas que algunas veces se eslabonan, otras no: otras serpentean como caminos apartados uno de otro por la montaña de una edad histórica. Hoy que el intelectual navega entre ser sólo referencia de un mercado cultural, vendido como el que piensa por usted, como autoayuda que simplifica y aplana lo complejo, o reformulado como figura desprovista de toda intensidad por la burocracia y rutina académica donde ya no aspira a otra cosa que a fichar un viejo libro o decir que todos ya suponen sin su ayuda, hoy precisamente recobra sentido discutir, rastrear o actualizar su derrotero político.
Sitio del intelectual, rol del intelectual, papel del intelectual, misión del intelectual, son variantes para pronunciar una tarea que cubre a Occidente desde Europa como madraza de las ideas; tarea que bañó la tierra americana de una manera rotunda y libre desde principios del siglo XIX (que tuvo en Argentina las figuras de Moreno, Castelli, Monteagudo, Belgrano), y que implica partir hacia su recorrido biográfico, hacia un mundo de pensamiento crítico, inconformista, rebelde, de avanzada, preguntándose desde qué encrucijada intelectual, desde qué actualidad se inicia este viaje que se remontará por dos siglos y medio hasta las rumoreadas fuentes de su figura. La pregunta es desde qué situación con respecto a esta discutida fragua intelectual se va en busca de sus perfiles. Las cuestiones históricas adquieren significado cuando se va en pos de las genealogías a partir de estar advertidos de qué se discutió, allá atrás, sobre lo que todavía tenemos visible o neblinoso delante de la vista, cerca, denominando zonas del presente. La arqueología de una problemática, en este caso entre un actor singular y la sociedad, sólo cobra un valor porqué (más allá de la simple erudición) es el presente el que nos solicita el desmonte de sí mismo para ver los conflictos que llevan a repensar el pasado para una actualidad desguarnecida la mayoría de las veces. La historia del intelectual es la biografía de un pensamiento inscripto junto a la política y a la cultura. Significa dejar constancia o abrir la cerrazón de lo político desde el pensamiento y la crítica. Es fabular esa misión frente al intelectualismo frío, la academia inerte, el periodismo rutinario, y asentado en la historia de las ideas.
Se trata al menos de plantear como prólogo y a grandes rasgos la intervención crítica y los lugares ideológicos y políticos del intelectual en el proceso argentino de los últimos años y en la presente escena del país; de revisar su participación pública en este tiempo democrático teniendo en cuenta los distintos marcos de referencias que resulta importante situar en relación con esa intervención. Podría hablarse de la incidencia de un marco político siempre muy complejo, donde jugaron distintas presencias de gobiernos a los largo de más de dos décadas. Puede hablarse de la relación entre la tarea intelectual crítica, los poderes políticos y la situación social y nacional. O de la vinculación entre los posicionamientos intelectuales y el mercado mass mediático cultural, como así también el mundo de prácticas profesionales con sus ofertas, casilleros y formas de ordenar sus productos, sus lenguajes artísticos y sus consumos, ya sean obras, sujetos, perfiles, campo temáticos, géneros, objetos de estudio, casos periodísticos.
En definitiva, pensar ese rol intelectual dentro de contexto mayor de una cultura democrática con sus momentos esperanzadores, con sus crisis severas y recaídas permanentes. Trabajar sobre ese tema significa, en principio, discutir no tanto sobre la crítica, sino sobre las atmósferas que impregnaron o motivaron esa crítica; biografiar en esos parajes una práctica de difícil caracterización, desconsiderada, bastardeada, y a la vez mitificada en la historia de la ideas modernas, que nadie solicita pero que a la vez las circunstancias de los acontecimientos o el simple interés del mercado demanda y organiza.
La función de un intelectual en una determinada y precisa historia presupone que existe una tarea crítica intelectual. Ser parte entonces de una herencia intelectual nacional e internacional. De una historia intelectual que es necesario repasar y situar como extenso trayecto. Aunque indudablemente es lógico que la primera pregunta recale hoy en la índole de esta práctica. ¿Escribir ensayos, aparecer opinando en una revista o un diario, tomar la palabra en una mesa redonda, intervenir en un programa de televisión sobre el tema de la semana, dar cuenta de una interpretación crítica de las otras interpretaciones? ¿Eso es una práctica diversa a otras prácticas intelectuales? ¿A las de un médico, un geógrafo, un bioquímico, un jefe de sección bancaria, un director técnico? Ser parte de la hipótesis de que sí es una faena particular con su historia, y sobre ella se trataría de analizar su recorrido.
Esta tarea, la del intelectual reflexivo, que nadie exige y sin embargo tiene su lugar, podría ser definida de distintas maneras, y así registra la historia de las ideas. Una de las definiciones, tal vez la de mayor amplitud, es comprender tal trabajo crítico como un esfuerzo de sentido ahí donde es difícil desentrañarlo. Donde no aparece, o no existe o donde se considera que se plasmó una explicación equivocada. Donde el sentido es la confrontación contra un poder cultural hegemónico. Esfuerzo de enunciación en la jungla de portadores de enunciaciones explicativas, donde las profesiones, las corporaciones, los suplementos culturales, los locutores de noticiero, la voz de la universidad, los circuitos de ideas, los conductores de programas aportan o conspiran contra la necesidad de interpretación.
La cuestión de la crítica intelectual sería en definitiva un esfuerzo por un otorgamiento de sentido ahí donde la realidad supuestamente se presenta casi ciega a sí misma o generadora del unanimismo del sentido común, o uniformada por las grandes emisiones mediáticas o el abuso de políticas totalizantes o totalitarias. En tales circunstancias, el intelectual se piensa llamado a intervenir. ¿Qué significa esta última frase?¿Quién llama al intelectual? Nadie. ¿En dónde está inscripta, en cada circunstancia concreta, su pretendida “misión”? En ninguna parte. ¿Qué espacio de la cultura establecida le reconoce su lugar impostergable? Ninguno. Y es precisamente esta ausencia de necesidad de ningún intelectual crítico con que se muestra el mundo daría  neutralmente, ingenuamente, lo que construye finalmente su significado actoral. La crítica ausente que pasa desapercibida, o como natural condición de un mundo no pensado en lo que vela al mundo, lo posterga, lo incumple, lo cierra, lo absuelve, lo mal traduce: esa ausencia le confiere al intelectual la idea de su misión. ¿Quién se la otorga? Una genealogía en la historia de las ideas modernas que creó en la intensidad de la historia intelectual, en la toma de conciencia como tarea intelectual crítica, la condición de la propia modernidad en tanto infinita respuesta insatisfecha, ya no emitida sólo desde los gabinetes y laboratorios de una elite, sino en y hacia los mundos de la política, hacia el conflicto expuesto, hacia el plexo de la polis.
El intelectual hoy, como un rostro a la vez frecuente, legitimado por demandas de mercado cultural, por un juego democrático que se repite al escucharlo dentro de la comarca de las opiniones, al mismo tiempo es, para muchos, una figura más intrascendente que antes. Es un producto de un determinado consumo, es parte de la estrecha ciudad culta, lectora, a diferencia de una noción pretérita de compromiso que se tenía hasta hace tres décadas sobre el valor de una posición intelectual en el campo de la política, de las irreversibles luchas sociales, de las ideas y los mundos que lo vinculaban con los destinos populares. Hace treinta años la figura del intelectual de izquierda, la mayoría de las veces de manera anónima, estaba profundamente relacionada con el proyecto de la revolución social, con sus teorías, fórmulas, versiones, pasos, éticas y objetivos mayores y menores.
Se situaba entonces el intelectual en la Argentina de manera férreamente contestataria frente a tiempos dictatoriales, persecutorios, censores, proscriptores de la política de los partidos y de la democracia, o frente a democracias proscriptivas. Su propia misión estaba inhabilitada de ser ejercida con libertad. La opción entonces pasaba a ser su renuncia a esas formas de una democracia inexistente, en cuanto a exponer de manera pública voces y escrituras del disenso. Para el objetivo se buscó inscribir las ideas en este caso en perspectivas revolucionarias, que no sólo luchasen contra un sistema capitalista burgués carcelario, sino que también esa participación intelectual metamorfoseada, sin nombre y apellido, orgánica, debatida de manera colectiva, productora de textos y argumentos serviciales a una causa, se reuniese de alguna forma real o imaginaria con el proyecto de las clases subalternas, explotadas en la producción: con aquellos sectores jamás vinculados con los “mundos intelectuales”.
Esta tarea férrea, militante, antiindividualista, que se apartaba del mundo de los autores y nombres del mercado cultural, enmascarada constantemente, gestó a la vez, por la misma politicidad que la ceñía, una subjetividad intelectual dogmática, en ocasiones soberbia, a menudo profética, por lo general fanatizada o militante crística, para cumplir con la palabra programática establecida, para obedecer textos canónicos que ya habían definido teórica y científicamente el curso de la historia y sólo bastaba darles cumplimiento. Se situaba con sus compromisos estéticos, políticos, ideológicos, en relación con una causa explícita, identificable, inexorable. Desde esa elección de lugar y escritura, ejercía una lectura reunificante, reductora, un hilo conductor que articulaba la conducta intelectual de manera existencialmente integral: desde una frase de un texto hasta cómo se debía agarrar el tenedor, ver un filme, relacionarse sexualmente, tomar el futuro poder social. Un hilo denso y aseverativo unificaba lo que era dable de interpretar y valorar, cómo actuar, cómo pensar, cómo enfrentarse a la lectura de un periódico, a la propia sociedad, a sus distintos actores sociales. El intelectual crítico de izquierda, independiente o como cuadro político, se planteaba desde una verdad por venir con la revolución.



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