EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 12 de mayo de 2015

Parafraseando a Chesterton: El sindicalismo que fue jueves




Editorial del Sábado 9 de Mayo en Testigos de Privilegio, por la AM 1470 La Dorrego




Una alocada apología del hombre ordinario, sin duda extraordinaria, es la novela más famosa de Chesterton: El hombre que fue Jueves. En ella Gabriel Syme, feroz defensor de la cordura y agente de la Scotland Yard ―una especie peculiar de policía: detective-filósofo― se filtra en el Consejo Central de Anarquistas Europeos o, lo que es lo mismo, el terrible Consejo de los Días, que preside el tremendo Domingo. Allí, siete personajes que representan diversas ramas de un complejo escalafón de anarquistas (paradoja muy chestertoniana: el puntilloso orden de la anarquía), conspiran para abolir todas las convenciones y derrocar todos los gobiernos, para destruir hasta la idea misma de convención y gobierno. En esta conspiración, nuestro héroe ocupa la silla del Jueves. Desde dentro del círculo más cerrado de la Anarquía, Syme intenta desarticular una conspiración de pesimismo y filosofía nihilista que, ya por aquel entonces, pretendía destruir a la humanidad.
Conforme avanza la novela los miembros del Consejo (los otros días de la semana) van desenmascarándose y descubriéndose, lo mismo que Syme, policías-filósofos filtrados en el Consejo para escamotear sus planes malsanos ―que consisten, bajo la fachada de una anarquía casi humanitaria, en destruir a la humanidad―. Pues bien: cada miembro del Consejo está escondido detrás de una característica siniestra que, simbólicamente, representaba alguna corriente filosófica destructiva ―por falsa, por mala antropología―, lo que vamos descubriendo capítulo a capítulo. El final, a la vez hermoso y desconcertante, revela lo que el subtítulo sugiere: todo fue una pesadilla. 





Poco tiempo antes de las elecciones del 2011 nos atrevimos afirmar desde este foro que la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner nos colocaba personalmente en una sombría dualidad político-humanista. Por un lado la satisfacción de que el proyecto Nacional y Popular seguía contando con su más brillante y destacado exponente político. Al mismo tiempo advertíamos sobre el recurrente e histórico grado de canibalismo que nuestra sociedad ha desarrollado históricamente deglutiéndose literalmente a nuestros mejores hombres y mujeres. Yrigoyen, Perón, Frondizi, Illia, Alfonsín y hasta el mismo Kirchner. Hombres que sembraron y siguen sembrando de citas y noblezas a nuestra contemporaneidad pero que en su tiempo fueron destrozados por los intereses coyunturales, democráticos gobernantes que fueron acusados de cuanta cosa nefasta sucedía, mandatarios populares que fueron víctimas de las más siniestras operaciones corporativas tanto internas, como externas. El Dr. Pedro Juan Testani ha sido nuestro ejemplo doméstico en el Pago Chico.

De modo que dentro de este panorama la actualidad no nos puede sorprender. En su momento sosteníamos que nuestra conductora inexorablemente iba a ser sometida a ese determinismo histórico colectivo que tristemente nos caracteriza y que en lo personal, desde el punto de vista humanista, no estábamos ni estamos dispuestos a tolerar con la pasividad de simples espectadores.

La presente reedición del armado corporativo denominado Grupo A, en este caso a través de su ala sindical, de la mano de la misma cabeza mediática que organizara en el año 2009 su ala legislativa, resulta un correlato unívoco de intenciones que nunca arriaron sus banderas fundacionales más allá de la contundente derrota sufrida en las urnas. En ambos casos la cuestión impositiva constituye el centro de la excusa. En aquel momento fue el sistema de retenciones agropecuarias, en la actualidad los gravámenes sobre los salarios más elevados de nuestro colectivo laboral registrado.


El discurso hegemónico ha convencido a una buena parte de nuestros compatriotas sobre lo nefasto que resulta tener un sistema impositivo que tienda hacia la equidad. Desde luego que no se plantea de ese modo, se lo hace desde el eufemismo y el embuste. Se habla de confiscación, de impuesto al trabajo, y demás sofismas que hacen a la universalización de la engaño. Entre ellos se observa como detalle substancial la necesidad de bajar el gasto público so pretexto de que el dinero de los contribuyentes es utilizado de modo malversado. Ante esta afirmación el ciudadano finaliza aceptando cómodamente y desde su propio egoísmo que pagar impuestos resulta poco menos que un desfalco por parte de un Estado corrupto e ineficiente. La receta se reitera, los argumentos continúan vagando entre la desinformación y la ignorancia sobre el entramado fino que encierra la administración pública. Por ejemplo se habla del sistema de subsidios de los servicios como si tal política no afectara positivamente en nuestros bolsillos cotidianos. ¿Pensarán algunos qué se trata de un derecho adquirido? En ocasiones me encuentro con compatriotas que ni siquiera lo toman en cuenta como ingresos indirectos.


De todas formas existe una superficie, una punta del iceberg, lo visible para nosotros, el vulgo. Por debajo se encuentran los entramados más complejos y que generalmente no figuran en la letra chica de las editoriales: El marco ideológico en el que se encuadran las acciones políticas y su correlato de alianzas para el logro de tales fines.



Luego del escandaloso 55% del 2011 la restauración conservadora ha logrado rearmarse a partir de sus propios infiernos y desquicios. Posee un ala política varias veces derrotada, mesa de enlace incluida, pero instalada mediáticamente, y posee un ala sindical activa y omnipresente que no tiene reparos en disimular los dislates de Sergio Massa con relación a los despidos que tiene programados para la actividad pública en el caso de llegar a la presidencia rememorando una suerte de caza de brujas, actitud típica de todo buen inquisidor. Como en tiempos de la dictadura, no te echamos por ineficiente ni por vago, te echamos por el olor a zurdo. Cuestión que la totalidad de sus candidatos a cargos ejecutivos y legislativos que vienen del sindicalismo han sabido callar a pesar de sus jactancias representativas.

Desde este humilde espacio humanista seguimos pensamos en Cristina; en su dolor interno ante la traición, en su soledad ante la ausencia del compañero de lucha, aquel mismo que estuvo a su lado cuando los arrebatos destituyentes del 2008. Es probable que si estuviera entre nosotros muchos de los que se animan en la actualidad estarían debajo de la cama o conduciendo un camión, como simples laburantes y no como representantes de los que desean el cadáver de nuestra conductora, hambrientos desquiciados que apetecen saciar su natural e histórico canibalismo de clase.

En algún caso estamos seguros que nuestro sindicalismo nativo ha tomado muy en cuenta la lectura de la novela de Chesterton. Poco a poco, sus cargos representativos fueron ocupados por personas que en nada se relacionan con la lucha obrera y que representan fielmente los intereses patronales utilizando sofismas de toda clase y especie.




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