EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

miércoles, 22 de abril de 2015

Cris, una fiera





La realidad marca que entender sobre corajes y cobardías solamente es posible cuando la situación límite lo dispone. Lo que uno es capaz de hacer siempre resulta contrafáctico. Es sólo una hipótesis a comprobar...
Su frágil y pequeña silueta, en soledad, me puso de inmediato de su lado, no era momento para dudar, su efímero y angustiante dilema ante el peligro movilizó mis vulgares y magras fortalezas. Uno no está para estas cosas pensé, el tiempo ha pasado inexorablemente, los huesos se quejan y por cierto que ciertas agilidades han quedado enterradas a costa de una diabetes que es necesario controlar en forma diaria. La elucubración sobre dichas flaquezas duró apenas segundos.
La fiera estaba en medio de la calle, rodeada por tres enormes mastines, sospecho que extremadamente hambrientos, monstruos que la acosaban formando ronda a la espera de un descuido terminal. Era emocionante y aleccionador ver su diminuta y peluda oscuridad tratando de alejar a las bestias con sus delgadas y cortas garras, agazapada, girando velozmente, exponiendo un rostro encolerizado a la par que sus pequeños colmillos de leche se mostraban amenazantes. En Coronel Dorrego, a las ocho de la mañana de un lunes, la ausencia describe formatos siniestros de manera que sus esperanzas radicaban en resistir el mayor tiempo posible hasta que la buena voluntad de algún parroquiano se apiade de ella y su destino. Aún así no tenía tiempo para esperar a su Mesías. Sospecho que la escena que estaba presenciando, como exclusivo y solitario espectador, era merecedora de un corto cinematográfico militante, secuencia que mostrase cómo y de qué manera se puede luchar sin desfallecer a pesar de una situación, a priori, sumamente desfavorable. Cuántas de estas historias habrán tenido un triste final en la ciudad.
Rápidamente y sin dudar apuré la marcha del auto y clavé los frenos a un par de metros de la escaramuza. En ese instante había perdido de vista el cuerpito de nuestra fiera, de manera que la angustia se multiplicó exponencialmente. La ronda se había cerrado abruptamente por lo que el monstruo simulaba ostentar tres voraces y babosas fauces incluidas en una sola masa muscular. Bajé del auto sin atender sobre el frío, los motores, las luces, las puertas, las reglas de transito y demás cuestiones menores que tienen que ver con los bienes materiales y tangibles, y muy poco con la existencia de un devenir trascendente. Un grito desmesurado a media voz debido a una severa y crónica afonía acompañó un movimiento corporal extemporáneo y poco elegante. La jauría dejó de atender a nuestra fiera y me encaró sin el menor respeto. Se nota que por estos barrios dorreguenses - la zona del hospital - el humano no cuenta con credenciales de dominio cuando la ira canina domina. Las bestias, desde la descripción racial, pertenecían a esa suerte de mutación entre dogos, ovejeros y fondos buitres, vale decir, solo uno de ellos alcanzaba para destrozarnos, a la fierita y a mí, de una sola “garroñada”. Una desvencijada camioneta que circulaba inesperadamente, acaso extraviada, colaboró para que la jauría se disperse varios metros, instante que aproveché para tomar a la pequeña, la cual había quedado estática en el cordón de la vereda, ingresando en el auto de manera intempestiva.  La arritmia no cesaba, la fiera, apoyada en mi pecho, comenzó a ronronear mientras amasaba la campera, los monstruos ladraban contra el vidrio tan iracundos como descorazonados.  Estábamos los dos a salvo. Sobre todo ella. En su caso no hubiera existido una segunda oportunidad. Luchamos y ganamos, no lastimamos a nadie, fuimos inteligentes, aprovechamos nuestras fortalezas, y también, las torpezas enemigas. La fiera se acomodó solita en el asiento trasero, a poco de andar se subió a la luneta trasera, de pronto apareció por entre los pedales. Por suerte y para seguridad de ambos estábamos cerca del hospital. Mi compañera Dorita y su padre Mota me estaban esperando luego de unos análisis que el viejo se debía realizar en ayunas. Ellos, después de la sorpresa que les deparó la coyuntura, se encargaron buenamente de Cris. Hoy está en casa y forma parte de nuestra manada. La vamos integrando de a poco. Por ahora es poseedora de un ámbito exclusivo. Las viejas brujas de la casa, haciendo alarde de su antigüedad, son devotas entusiastas del derecho de piso. Más allá de toda consideración y para finalizar fue inútil pensar en otro nombre que no fuera Cris. Su coraje, su fortaleza y su capacidad de respuesta ante la adversidad daban por sentado que el resultado no podía ser otro. 




2 comentarios:

  1. Hermosa historia , me parece escuchar a la recién llegada…
    Si no me agarra ese de barbita y pelo blanco les juro que los mataba a los tres(Les dijo para impresionar a los viejos residentes de la nueva casa)

    atado a mi destino,
    al borde del camino volveré.

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