EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

lunes, 16 de marzo de 2015

Declárase Personalidad Destacada de la Cultura de la Provincia de Buenos Aires, al periodista, locutor y escritor Víctor Hugo Morales.







EL SENADO Y CÁMARA DE DIPUTADOS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, SANCIONAN CON FUERZA DE LEY


ARTÍCULO 1°: Declárase Personalidad Destacada de la Cultura de la Provincia de Buenos Aires, al periodista, locutor y escritor Víctor Hugo Morales.


ARTÍCULO 2°: Comuníquese al Poder Ejecutivo.









     FUNDAMENTOS



Víctor Hugo Morales es un excepcional relator de fútbol y un prestigioso periodista uruguayo que desde hace 35 años reside en Argentina. Casi toda su carrera, y lo mejor de ella, se desarrolló en la vecina orilla a la que llegó en 1976 con un contrato por un año para trabajar en Radio Mitre. Hasta ese momento, Morales era un muchacho de Cardona de algo más de veinte años que hablaba muy rápido, tenía una maravillosa voz y una curiosa capacidad para hilar frases con inteligente creatividad y con un sorprendente lenguaje poético. A poco de llegar a Montevideo, por circunstancias relativamente fortuitas, ascendió a la titularidad en la transmisión de fútbol de una de las radios más importantes del país. Como consecuencia de ello alcanzó rápidamente la fama de un personaje mediático en el ambiente medio aldeano de la capital.
Un pibe venido del interior a una pensión de un Montevideo convulsionado, entre gases lacrimógenos, algunos amigos de la Juventud Comunista o de los tupas con los que compartían mates, peñas, noches e ideales libertarios, algún laburito en algún diario para complementar las encomiendas de la familia, y de pronto el silencio de la dictadura, cuando hasta el uniforme del heladero nos provocaba terror.
Después, vivir en solitario en un país aterrorizado, dedicarse a ‘hacer la tuya’, a veces con buen éxito, jugar al fútbol los domingos en la Liga Universitaria y los sábados trasnochar sin seleccionar mucho a los amigos.
Morales agregaba una decena de amistades que hoy resultan indeseables y alguna visita al cuartel del Batallón Florida que sin conocer los motivos nos resultan incomprensibles.
Pero muchas veces son indescifrables las conductas humanas. Al fin y al cabo, aparentemente, y todo según sus acusadores, iba, solo a jugar al fútbol.
Un día esa paz hedonista se derrumba porque notamos algo raro, se llevan en cana a un compañero o un conocido, nos parece que nos siguen, alguien avisa que estamos en alguna lista negra, nos encanan por una riña en un picado de domingo y sin preguntarnos mucho nos vamos del país a laburar si es posible en Buenos Aires, Cruzando el charco como dicen los uruguayos-
Esto es lo que parece haberle pasado a Víctor Hugo. Podía haber sido una historia sin mucho brillo, casi intrascendente, si no fuera un relator fantástico y carismático, un flaco pintón, vanidoso, con ganas de llevarse el mundo por delante, con exquisito paladar cultural. Mezcla de tango. opera. música clásica y mate amargo-
Cuarenta años después y luego de una larga historia, Víctor Hugo es un periodista en al que media Argentina cree y respeta Se enfrenta al tremendo poder de los medios mopòlicos y particularmente al multimedio Clarín con sus acólitos periodistas de comedia.
Apoya a un gobierno al que él considera progresista, y lo hace con inteligencia y valentía. Ha sido el relator de fútbol más importante de las últimas décadas, ha innovado en el relato y en el periodismo deportivo, se ha convertido en uno de los periodistas más escuchados e influyentes en la comunicación radial y televisiva argentina,; un referente intelectual, cultural y político cuya opinión es insoslayable. Su voz expresa desde el micrófono. al  subsuelo de la patria sin voz .Víctor Hugo es un gigante. Su vida ha sido exitosísima en un país en donde el éxito es esquivo. Un comunicador gigante y popular, un trabajador por la descolonización cultural
Pero además es uruguayo y uno sabe que son pocos los uruguayos que han triunfado en Argentina. Así, al pasar, Gardel, Leguizamo, Julio Sosa, Thelma Biral,  Juan Carlos Mareco “Pinocho”, el Chino Pavoni, Cubillas, Matosas, China Zorrilla, Francescoli, Jaime Roos, Villanueva Cosse, Tenuta, el negro Rada, Zitarrosa y algunos pocos más. Entre ellos Víctor Hugo Morales. Casi todos estrellas  con luz propia en la sociedad del espectáculo y del fútbol.
Víctor Hugo es tal vez el único uruguayo cuya opinión política es valorada en Argentina, recuperando el compromiso político cultural  de Vigietti. Los Olimareños .Zitarrosa….al que los argentinos escuchan y respetan aunque nadie ignora que es uruguayo. Hoy, además, es el más importante periodista nacional.popular.latimoamericanista y democrático de ese país. que no disfraza de independiente su compromiso político ciudadano
Pero si en Argentina es tan famoso, en Uruguay es relativamente insignificante, al menos en el sentido de  lo que significa poco. El noventa por ciento de los uruguayos nunca lo oyó relatar un partido de fútbol, son pocos los que saben en Uruguay de sus simpatías políticas, nadie lo vio o escuchó haciendo periodismo político, nadie se ha interesado por su pasado y apenas algunos miles le han visto la cara salvo en algún reportaje en las pantallas de la televisión cable.
¿Por qué entonces dos periodistas uruguayos que siempre han escrito en medios de la derecha se han lanzado a demoler el prestigio de Víctor Hugo Morales?
Luciano Álvarez y Leonardo Haberkorn han hecho un libro patético, porque con el rótulo de periodismo de investigación su lectura desnuda solamente el propósito de hacer caer el prestigio de un hombre de bien cuya características personales podrán o no gustarnos, pero cuya trayectoria ha sido transparente en un país en que las vidas de los hombres públicos se convierten impúdicamente en espectáculo.
En sus páginas estos dos fanáticos defensores de la Ley de Caducidad despliegan con la precisión de un sicario una sucesión de descomunales tonterías y pequeñas anécdotas que mezclan las opiniones futbolísticas de Morales, algunas incongruencias menores de su biografía, su presunta amistad con tres o cuatro militares con los cuales jugaba al fútbol y comía algún asado, una docena de peleas a las trompadas que lo presentan como un paranoico irascible, unas cuantas visitas al Batallón Florida y un discurso protocolar de un personaje sobre hablado en un asado de despedida .
Con estos pincelazos se pretende convertir a un talentoso y prestigioso hombre común en un farsante. ¿Por qué lo hacen? Por plata. ¿Por qué se puede hacer una cosa tan miserable? ¿Cuál es el interés de demostrar que un demócrata es un impostor? ¿Cómo se resumen en una sola las infinitas posibles motivaciones de un sicario?
¿De qué se acusa a Víctor Hugo Morales? ¿Acaso andaba cazando gente en una Chevrolet Veraneio? ¿Denunció a algún compañero de trabajo? ¿Se aprovechó de los beneficios de la dictadura o de su presunta amistad con los milicos? ¿Participó en las sesiones de tortura? ¿En alguna ocasión fue traidor o un despreciable delator?
Nada de eso surge de la trayectoria del periodista Víctor H..Morales. Apenas sí el testimonio de algunos milicos, aparentemente despechados, que coinciden en ensuciar a Víctor Hugo.
Víctor Hugo Morales se ha transformado en un referente en la lucha por la respecto a la ética periodística. Él mismo ha adoptado el rol de quien decide qué periodista es ético y cuál no lo es. En cambio, le falta sinceridad para recordar su propia historia.
Hay muchos puntos interesantes en lsu libro “Audiencia con el diablo”. Víctor Hugo va mezclando la historia de su propia vida con reflexiones sobre los más diversos tópicos, desde el fútbol a la política, pasando por la música, la historia, internet y los teléfonos celulares (aparatos que no tiene ni quiere tener). Sin embargo, como  periodista uruguayo ha decidido polemizar en los últimos días en Argentina respecto a la ética periodística, y ha aludido a la actitud que deben tener los periodistas ante un gobierno dictatorial, interesan en especial las páginas que narran sus años de periodista en Uruguay durante la dictadura militar que comenzó en 1973.
En una reciente entrevista en la revista Noticias, Víctor Hugo comparó el comportamiento que deberían tener los periodistas de Clarín con la situación de los comunicadores cuando falta la democracia: “Siempre el periodista tiene formas de decoro. En los tiempos de la dictadura ninguno decía todo lo que pensaba, porque no quería ir preso, porque no estabas dispuesto a dar tu vida, razones lógicas. Lo que no podes es convertirte en un alcahuete, en un promotor de la dictadura”.

LA POLÍTICA DEL FÚTBOL
Víctor Hugo irrumpió con fuerza en los medios uruguayos entre 1974 y 1975, cuando murió Carlos Solé. Su ascenso desplazó a un segundo plano a Héber Pinto, el otro gran relator de entonces.
Uruguay vivía bajo una dictadura militar desde 1973. La libertad de prensa había sido sustituida por un duro régimen de censura. No se podía escribir nada que hiciera sombra al gobierno. Por supuesto: estaba prohibido hacer cualquier mención al golpe de Estado, la falta de libertades, los presos políticos, la tortura en cárceles y cuarteles, la proscripción de partidos y dirigentes. Pero también estaban vedados cientos de otros tópicos: cualquier noticia internacional que pudiera asociarse a lo que aquí ocurría, todo aquello sospechoso de izquierdismo, manifestaciones artísticas “foráneas”, toda mención a una larga lista de personalidades proscriptas...
Con ese panorama, los medios de comunicación se tornaron fríos y aburridos. En los noticieros de televisión se leían los comunicados oficiales del gobierno o de las Fuerzas Armadas. La opinión prácticamente desapareció del mapa. ¿Quién iba a opinar si no se permitía hablar de nada? No se podía criticar al gobierno, claro, pero tampoco a las intendencias, los entes, los servicios públicos, la educación, los hospitales, la programación de Canal 5…
Ése era el panorama cuando Víctor Hugo revolucionó el periodismo deportivo. Aunque Héber Pinto (“el relator que televisa con la palabra”) era excelente y muchas de sus imágenes todavía son recordadas por los que pasamos los 40 (“voló como un Caravelle”), Víctor Hugo lo desplazó rápido. Tenía una voz clara y potente, velocidad, inteligencia, imaginación. Sus trasmisiones y su programa nocturno Hora 25 eran dinámicos en extremo gracias a un equipo de producción muy numeroso, una novedad en la radio deportiva uruguaya. “Tenían toda la trasmisión del fútbol del fin de semana guionada y libretada, como nunca antes se había hecho. Se buscaba una sincronización y una prolijidad que no eran características de las emisiones deportivas”, recuerda el periodista Joel Rosenberg en el libro Un grito de gol, la historia de relato de fútbol en la radio uruguaya.
Pero, más importante aún, Víctor Hugo encontró una mina de oro: en un país donde informar era leer comunicados militares, descubrió que no había nada que impidiera informar y opinar sobre los avatares internos de la Asociación Uruguaya de Fútbol, sobre lo que hacían, decían y votaban los dirigentes de sus clubes. A ellos se los podía criticar, incluso con la mayor dureza: nadie lo había prohibido.
Esa apuesta le deparó un éxito demoledor. Se miraba Telenoche 4 yendo de bostezo en bostezo, escuchando como se leían los comunicados oficiales (“adelante Asadur desde Casa de Gobierno”), hasta que aparecía Víctor Hugo: con su rico lenguaje y su voz potente denunciaba el horroroso manejo de la AUF, acusaba a dirigentes por ineptos y corruptos, exigía responsabilidades. Aquello no era político, claro. Pero, en aquel país anestesiado, se parecía. La gente lo escuchaba porque era el único ámbito en todo Uruguay donde había información, opiniones tajantes, graves acusaciones y un aire de libertad.
“En poco tiempo Víctor Hugo Morales cambió el estilo del periodismo deportivo, confiriéndole un tono editorialista, asertivo, más gritón que razonable, que ganaría no pocos adeptos desde entonces”, dice Luciano Álvarez en su Historia de Peñarol. Y continúa: “Creyéndose más periodista que relator, intuitivamente descubrió que, en aquellos años de dictadura y silencios, la opinión era una mercadería escasa y necesaria. Si se manejaba bien y se aplicaba solo al fútbol, además era inocua para el régimen, y hasta lo ayudaba”.

 LA GRAN “AUDIENCIA CON EL DIABLO”
El 8 de agosto de 2013, el CEO del Grupo Clarín Héctor Magnetto tenía cita cara a cara con Víctor Hugo Morales, a quien había denunciado ante la Justicia. De ese momento parte un libro imprescindible para conocer los mecanismos que los medios hegemónicos utilizan para perpetuar su dominio. Una historia en la que se cruza la información sobre el mundo de la política, el periodismo y el poder con las vivencias personales de uno de los principales protagonistas de la actualidad periodística.
Se cita a continuación un fragmento ineludible del libro mencionado, donde se vislumbra la capacidad analítica de Víctor Hugo Morales:
“Héctor Magnetto permaneció solo en la oficina que le asignaron. Lo imaginé como una sombra más, seca y mustia, en ese espacio impersonal y utilitario, en la penumbra de una habitación en la que el poder se recorta como la belleza de un cisne desplumado. “Davanti a lui tremava tutta Roma”, dice Tosca mirando al inclemente Scarpia, apuñalado a sus pies. “Pensar que este tipo es el amo de la Argentina”, digo, no sin gozarlo. “Y ahora lo tengo ahí”, me ufano, acaso para alivianar la carga del fastidio. Lo imaginé impaciente y terco, desoídor de todas las voces que le reprocharon que se rebajara de esa forma. Un Menelao enloquecido lanzado a una guerra absurda, ganada de antemano pero con la derrota en el vientre. Un capricho más de un poder insaciable y estúpido, como es el poder cuando sólo sirve para acrecentarlo. Tenso, como el que se habitúa a jugar con las cartas marcadas, pero ha descuidado el mazo y es otro el que reparte. Y lo confirmó Fabiana, la coordinadora de mi programa de radio. Ella había logrado pasar entre la multitud, con la mano apoyada en mi hombro como en la formación antes de ir a clase. Lo que vería en un abrir y cerrar de puerta, acomodada en un sillón del living, se parecía a una escena de El Padrino. La voz que se oía era como la de Brando. “Mejor”, me dijo.
Desde el recibidor, ubicado en el centro de la escena, se veía a un guardaespaldas sentado en la entrada, a la salida del ascensor. Luego el sitio dispuesto para Magnetto, quien por un instante, al entrar sus abogados, quedó al descubierto mirando hacia la pared o a un interlocutor, también silencioso. Fue apenas, cuando entornaron la puerta. Callado y duro, como enojado, lo vi.
En la última sala, estábamos la mediadora, los abogados de Magnetto, uno rojo y sobrador, el otro pálido y serio, el doctor Eduardo Barcesat y yo. Discutíamos sobre la ausencia del demandante. La mediadora señaló que no era una obligación la presencia de Magnetto. La insistencia de Barcesat, que yo apoyaba mirando a la funcionaria con expresión de “¿qué sentido tiene, si no?”, provocó que ella les pidiese a los letrados de Magnetto que fueran a buscarlo. “A lo mejor viene”, asintió Barcesat. Se leía fácil en los rostros el escaso optimismo de los enviados, cuando se alzaron con la pereza del alumno que debe pasar al frente.
La puerta de al lado fue superada con rapidez. Los abogados ingresaron como si fueran siameses. Y retornaron a nuestra reunión unos diez minutos después. “Dice el señor Magnetto que no. Que su representado ya anunció que no piensa disculparse, por lo que no vale la pena el encuentro.”
Los cantos de la gente en la calle, al oírse demasiado fuerte, provocaron una mirada de la mediadora que descifré como: “¿Qué más quiere?”. Era una invitación a que firmáramos el acta, pero antes Barcesat se expresó severamente sobre la ausencia de Magnetto. El abogado de pelo rojo ladrillo oía llover. Se convertiría en una celebridad por su pobre desempeño en una audiencia de la Corte Suprema sobre la ley de medios, semanas después. Ahora escuchaba a Barcesat desparramado en su silla, con las piernas estiradas, las manos en el bolsillo y ese aire sobrador que toman prestado de sus jefes los que cuidan la puerta de un lugar.
Magnetto no tenía dudas de lo que yo sería capaz de decirle. No quiso darme ese placer. A una distancia de tres metros pero con una pared en el medio, mis discursos, los atropellados, los feroces argumentos de mi rabia, se desvanecían. Había llegado con el propósito de controlar las ideas que giraban con la potencia de un tornado, solo en el umbral de la delicadeza que merecían las personas que oficiarían de testigos, aun los guardaespaldas del Padrino. No le diría “un mafioso como usted”. Tenía decidido hablar de la mafia como algo que hubiese soportado mejor en el cotejo con la muerte civil que quiso destinarme.

Mire, Magnetto, era mejor que mandase a matarme que la muerte lenta a la que quiso someterme con su ataque incesante, usted que tiene idea clara de lo que significa para un hombre en contacto permanente con el público la mirada desaprobatoria de cuanto imbécil juega a creer en las mentiras de sus diarios y de sus canales, y me acusa de pertenecerle al gobierno, se solaza en el invento, más atroz aún, de asignarle un interés económico a esa afiliación para que la gente tenga un pretexto que le permita descargar su odio solo porque no tolera al que piensa distinto, y no le alcanza con que a uno lo rechacen por pensar equivocado, sino que debe haber según sus inventos un interés espurio, es decir, tiene que haber dinero, pero sosteniendo la infamia sin pruebas que sería imposible reunir, solo con insidias, mencionando la plata del Estado, la entrega de la conciencia a cambio de lo que no solo no necesito, sino que lo he ganado con creces, y lo logré, pese a confrontar públicamente con su diabólico poder, sin resignar una sola bandera, sabiendo como sabemos que hubiera bastado entregarme al mismo y beneficiarme con pertenecerle yo también como pudo haber sucedido tantas veces, y no quise, en cada ocasión que quisieron cooptarme con TyC, con Radio Mitre, en el Canal Metro, en el diario Olé, del que fui el primer periodista entrevistado para escribir los comentarios del fútbol, y a cambio fui castigado a la desaparición de sus medios, y así veinte años, lo cual era entendible, hasta que apareció la discusión de la ley de medios y entonces, porque mi palabra adquiría otro valor, porque tenía antecedentes de haberlo denunciado en incontables ocasiones en mis espacios, en los reportajes, en el Congreso de la Nación, entonces, para anularme como contendiente procedieron a herir mi credibilidad y lo hicieron con una saña jamás vista contra un periodista, salvo los asesinados por mafias, comprando redactores de libros infames, arrojándome los perros de sus redacciones con títulos y comentarios provenientes de lo que ustedes mismos preparaban.
¿De qué se siente ofendido, usted, cuya infamia me perseguirá más allá de mi muerte? Mire esta carpeta, ¿sabe cuántas páginas de falsedades hay aquí? Mil páginas, Magnetto, en menos de cuatro años, esa es su campaña y la de quienes lo siguen por complicidad o por temor a sus represalias, mil páginas sin contar las horas de radio y televisión que me ha dedicado, o los correos electrónicos canallas enviados, empezando por aquel que decía que el gobierno me dio diez millones de dólares para torcerme el brazo, salido de la clandestinidad de su usina de la calle Perú, probadamente falso, “firmado” por personas inexistentes, correos que llegaron a millones de personas para que, como peces en una red lanzada al mar, quedaran atrapados los ingenuos, los odiadores, los fachos, esos que, por carecer de argumentos para la discusión de fondo, se sienten cómodos en la injuria.
¿Sabe usted que he ganado en mi vida bastante más que ese dinero, y que lo conseguí sin venderle mi dignidad a nadie, empezando por usted mismo, que no pudo comprarme? ¿Y que sin embargo no puedo manejar el auto de mi mujer porque es importado, a riesgo del insulto de los que, por odio o por envidia, lo pondrían en la cuenta de esos diez millones de dólares que sus criminales mediáticos entintados pusieron en mi cuenta? ¿Y sabe dónde está la prueba de cada peso facturado? En la AFIP, donde debo ser el periodista que más dinero pagó nunca en impuestos a las ganancias, acusando un salario que, vergüenza debería darle a usted, es un poco, nada más que un poco, inferior al que usted declara. Ahí tiene mi verdad, ahí está pulverizada su mentira y la de sus sicarios, ¿sabe cuánto dinero pude ganar decentemente en la TV Pública? Nada más el Mundial de 2010 pudo dejarme una fortuna y renuncié a ese privilegio la misma noche que se votó la ley de medios. ¿Y sabe para qué? Para que no pudiera usted decir, o sus esbirros, que el gobierno pagaba de esa manera mi adhesión a la causa de la ley, que en realidad era mi propia causa mil años antes de que existiera el gobierno en cuestión.
¿Imagina, Magnetto, cuánto hubiera gozado profesionalmente del privilegio de conducir y relatar un Mundial en la televisión? ¿Le parece que me lo merezco, que soy alguien en esta profesión que podría hacerlo bastante bien y, quizás, era capaz de cambiar los paradigmas de amarillismo, grosería, y obviedades con las que se castigó a la audiencia mientras usted controló a la televisión, a la AFA, al fútbol, a los competidores? ¿Puede calcular cuánto dinero dejé de percibir en un solo mes del Mundial si, en la radio, que es nada comparada comercialmente con la televisión, la cláusula extra por transmitir un Mundial es de cien mil dólares aparte de los sueldos y los acuerdos publicitarios? ¿Sabe el convencimiento y el desinterés que hay que tener para esa renuncia? ¿Le consta que he declinado desde siempre trabajar en Fútbol para Todos, solo para que usted no declame “con razón le molestaba el fútbol privado, lo que quería era quedárselo”?
¿Tiene idea del dinero que me he negado a ganar para no darles ese gusto a usted y a su caterva de serviles? ¿Y cuánto me ha servido? Ustedes apuestan a que la mentira llega a mucha más gente que la refutación y relativizan la verdad como si la hubieran arrodillado en una cava para darle un tiro en la nuca, como actúan las mafias con los que les son molestos, como hace usted conmigo.
¿Sabe, Magnetto, cuándo escribí por vez primera sobre Clarín? En 1987, hace veintiséis años. ¿Sabe desde qué fecha está documentado que hablo contra los multimedios como el suyo y denuncio los perjuicios que provocaría al periodismo, a la sociedad y a las relaciones del poder? Desde 1991. ¿Entiende lo que eso significa de libertad en mi conciencia? La misma que me provoca saber lo que he perdido económicamente en estos años, porque, mientras usted me ensucia, la realidad es que de publicidad he dejado de percibir más del sesenta por ciento de lo que está pautado, usted puede preguntarle al actual director de Radio Continental, que trabajó para Clarín hasta no hace demasiado tiempo, cuánto dinero dice perder porque los avisadores de la derecha se niegan a poner los avisos en mis programas, acaso cumpliendo lo que por las redes sociales piden desde su SIDE de la calle Perú, y ese mismo señor de la radio puede decirle que acepté trabajar dos años, 2011 y 2012, sin un peso de aumentos porque, si no, no podían mejorar los salarios del personal en la eterna crisis de las emisoras.
¿Y usted se dice ofendido, siendo que, de manera kafkiana, mientras denuncia que lucro con mis opiniones, no he cesado de perder fortunas, por el abandono de seguidores publicitarios que eran de fierro, y por lo que no pude aceptar para que no mezclaran principios con intereses? Todo esto se lo quise demostrar a su propia gente de la ONG Poder Ciudadano que, al ver que nada podrían demostrar en mi contra, declinaron la auditoría que yo mismo les ofrecía hacerme. ¿Qué más debo ofrendar para dejar en claro lo patético de la demanda de un ensuciador profesional como usted? Y hace no mucho tiempo, Magnetto, cuando usted y las consultoras liberales, los grandes entregadores del país, pugnaban por la devaluación, para sostener mi manera de pensar, tomé el ahorro que tenía en el banco y lo convertí en pesos, perdiendo quizás la mitad del capital.
Si ustedes consiguen doblegar al gobierno, ¿quién es la víctima aquí?, ¿en cuántas cuotas debo pagar la osadía de enfrentar su poder?
¿No alcanzan el dinero perdido, las ofertas desechadas, los insultos padecidos, las mil páginas de mentiras, el ataque de impertinentes agrandados por la protección que usted les asegura? Ríase, pero a un privilegiado que lleva treinta y ocho años de contratos millonarios usted lo ha expulsado de muchos lugares. Mire cómo se mata a una persona sin llevarla a una cantera por la madrugada, le da nomás la muerte civil acusándolo de venderse a un gobierno, y lo sube a un caballo como en la Inquisición para que al hereje lo vean todos, ése es su poder, celébrelo, que no todos pueden matar tan higiénicamente con un balde de tinta.
Cada vez que me lanzaba mentalmente a esta catarsis me preguntaba hasta dónde podría avanzar. Sería interrumpido muchas veces, me advertía en los monólogos imaginarios. Magnetto amagaría con irse, se iría nomás. Los abogados protestarían como los que saben que no fue penal y lo piden. La negociadora del juzgado procuraría calmarme. “Pero escúcheme, no se vaya”, me imaginaba diciéndole a Magnetto. “Después argumentará cuanto quiera usted también.” Es que tenía tanto más para decirle. Me veía en el espejo de sus ojos fríos, impasibles como los de un francotirador que espera el paso de su presa. Gozaba de antemano ese desprecio en la curva de su boca. Pero estaría todo el tiempo temeroso de su partida. De ahí la sutileza con la que debía conducirme. Como se ofrecen semillas a las palomas, sin gestos que las espanten. Ningún discurso llegaba tan siquiera a la mitad del recorrido. Lo veo al pelirrojo, mientras me lanzaba desde lo alto de la montaña, recto en la embestida, sin hacer slalom. “Es escandaloso”, diría el que ahora veo con su pelo de polvo de ladrillo, condenado a explicar en mil almuerzos de trabajo por qué se abatató el día más importante de su vida al servicio de Magnetto.
Las palabras iban en tropel, como el que llega y cuenta un crimen, en cada ensayo de esos días, a veces hablando solo, como cuando era muchacho y decía avisos en voz alta, o hablaba como Oscar Casco mientras cuidaba vacas a la vera de una carretera en las afueras de mi pueblo. Eso me subleva. No era tan malo hacer pastar unas vacas tontas si tenía la soledad necesaria para jugar a ser actor de radioteatro y acaso me conformaba con eso. Pudo ser mi vida. Pero algo sucedió en el trayecto. Dejé las vacas ajenas y me metí en la radio y me vi de afuera del aparato con la curiosidad de un niño. Y construí una carrera sin negociar nada, nunca (sic..)”
El conductor de radio Continental explicó que el fragmento elegido para leer al aire, se trataba de una catarsis -en una situación imaginaria- expresada cara a cara al jefe de Clarín, Héctor Magnetto. 

En poco más de tres minutos, Víctor Hugo Morales blanqueó situaciones personales relacionadas a diferenciar "principios e intereses" frente al odio que el dueño del multimedio -"ensuciador profesional"- lanzó a través de todos sus caminos mediáticos.

"Audiencia con el diablo" es el título del texto que califica a Magnetto como uno "de los grandes entregadores del país".

El pensamiento constante de un comunicador, que no cambió su mirada política a través de los años, relata en sus páginas las variadas maneras que tuvo el cómplice de las trasnacionales para atacar el trabajo que con pensamiento y humildad forjó durante 38 años.

"No todos pueden matar tan higiénicamente con un balde de tinta", leyó para dejar en claro el trato que reciben los que estén dispuestos a enfrentarse con el 'diablo'

Es por todo lo anteriormente mencionado. Por su trayectoria y concreción. Por su vehemencia y su capacidad de “decir” en tiempos democráticos pero sesgados por las visiones partidarias de turno, donde trabajar por la verdad es menuda tarea que se hace solo desde la honestidad y la ética intelectual que demuestra tener este comunicador social de profundo hablar y situada razón; Por lo expuesto es que solicito a todos mis colegas.,me acompañen con su voto-







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