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lunes, 24 de noviembre de 2014

NO ESTAMOS MAL, HEMOS SALIDO DEL INFIERNO PERO EL EMPLEO ES UN TEMA QUE ES NECESARIO REPENSAR





Grietas en el trabajo

Por Juan M. Graña, Doctor en Economía (UBA) e investigador CONICET-CEPED, para Le Monde diplomatic Cono sur

El trabajo, que mejoró significativamente en la última década, atraviesa un momento complejo, marcado por las suspensiones en algunas industrias y el estancamiento en la creación de nuevos puestos. Los motivos estructurales que explican esta tendencia.
Las noticias de suspensiones en algunas industrias, estancamiento del empleo y aumento de la informalidad laboral ponen el foco nuevamente en la situación del mercado de trabajo, que se acerca a un punto crítico luego de una etapa positiva. En efecto, uno de los principales rasgos de la última década fue la rapidez del crecimiento económico y la recuperación del trabajo. Sin embargo, al analizar de manera más detenida el proceso se observan dos etapas diferentes. En la primera, efectivamente, se registró un importante crecimiento económico junto a mejoras laborales significativas; en la segunda, en cambio, sólo hubo crecimiento, y más bajo. ¿A qué se debió la mejora inicial? ¿Cómo se explica el freno o reversión de los últimos años? Responder estas preguntas resulta necesario para entender la coyuntura actual.
Comencemos con un breve repaso de la situación sociolaboral. Si observamos la última década vemos que la mejora de los indicadores fue importante. En 2002 el desempleo se encontraba por encima del 25%, la precariedad laboral alcanzaba al 42 % de los asalariados y la pobreza incidía sobre el 50% de los hogares, mientras que actualmente esos niveles se encuentran en 7,5%, 32% y 15%, respectivamente.
Sin embargo, desde hace algunos años la velocidad de mejora no es satisfactoria. El quiebre de tendencia se produjo en 2007 (en el caso de la desocupación), 2008 (en el caso de la precariedad) y hacia 2010 (en la incidencia de la pobreza). Peor aun, esos mismos niveles muestran el largo camino a recorrer para recuperar los guarismos de 1974, es decir antes del inicio de la dictadura, cuando la desocupación alcanzaba al 3% de la población activa, la precariedad apenas al 23% de los asalariados y la pobreza al 5% de los hogares.


¿Cómo llegamos hasta aquí? Luego de transitar cuatro años de recesión y de destrucción del empleo en el final de la convertibilidad, el ciclo comenzó a revertirse un par de meses después de la devaluación de enero de 2002. La amplia mayoría de los economistas coincide en que el nuevo tipo de cambio real es la clave para entender el proceso. Parecería, en esa línea de pensamiento, que esta modificación impulsó la generación de un nuevo modelo sin límites estructurales explícitos que, basado en la producción de bienes primordialmente industriales (y no en los servicios, como ocurría durante los 90), generaría una ilimitada expansión del empleo, sobre todo por el vigoroso crecimiento experimentado por el segmento PyME.


En los primeros años de la pos-convertibilidad, el impulso a la demanda, necesario para salir de la recesión, provino de la multiplicación de la renta de la tierra en manos de los terratenientes (cuyos ingresos se triplicaron) y del Estado, que se apropió de una parte de ella mediante retenciones y volcó esos recursos a la sociedad a través de los programas sociales, particularmente el Plan Jefas y Jefes de Hogar. Otra fuente importante de impulso a la demanda fue la lenta liberación de los fondos acumulados durante la década anterior en el sistema bancario. La declaración de la cesación de pagos sobre la deuda pública, por último, permitió disponer de recursos adicionales.


Pero este esquema, que no se ha modificado sustancialmente a lo largo de la década, fue perdiendo dinamismo y hoy enfrenta problemas críticos. El inicio de tales problemáticas comenzó incluso antes de la disputa por la Resolución 125 y del estallido de la crisis mundial, justamente cuando empezó a observarse el aletargamiento de las variables laborales y la aceleración de la inflación. En la fase más extrema de esta etapa –los últimos años–, el crecimiento económico se ha vuelto esquivo y la restricción externa reapareció brutalmente como un freno a la economía.


Los economistas discuten la causa de esa pérdida de dinamismo: ¿es la inflación, el atraso cambiario, la falta de confianza, de inversión? Aunque se trata de problemas relevantes, el análisis de las condiciones estructurales de la economía constituye una explicación más completa y coherente.


La cuestión de fondo


Al igual que en otros países en desarrollo, el principal problema estructural que enfrenta Argentina es su rezago productivo. Como puede verse en el gráfico 2, el crecimiento de la productividad laboral en nuestro país ha sido marcadamente más lento que en Estados Unidos, tomado como ejemplo de los países desarrollados: 200% contra 500%, entre 1970 y 2012. Ello ha llevado a que la productividad relativa de la industria nacional se reduzca del 30% a fines de la etapa de industrialización por sustitución de importaciones al 12% en la actualidad.

Argentina, y las empresas que operan aquí, arrastran un rezago productivo muy relevante. ¿Por qué esto es importante? En el capitalismo, las empresas buscan valorizar su capital compitiendo en el mercado: el principal mecanismo para triunfar es la reducción de costos que se logra, en términos generales, a través del aumento de la productividad. Si no logran sostener el ritmo de la competencia, quiebran.


Pero antes pueden recurrir a fuentes extraordinarias de riqueza para compensar ese rezago productivo. La primera es la apropiación de la renta de la tierra, sea directamente o a través del Estado y sus subsidios. La segunda es la reducción de costos a través del deterioro de las condiciones de empleo de los trabajadores. La tercera es el endeudamiento externo, que permite financiar ese rezago durante un tiempo, aunque su posterior repago profundiza el problema.


En este marco, la historia económica argentina puede comprenderse como el resultado superpuesto de dos procesos: la evolución de la necesidad de compensaciones –en función de la magnitud de su rezago productivo– y la disponibilidad de esas fuentes. Cuando éstas son suficientes, la economía avanza como si el rezago no existiera; cuando no alcanzan, se ingresa en un período crítico.


Una nueva interpretación



Analizando la historia económica reciente desde este punto de vista, la crisis de 2001–2002 puede entenderse como un momento donde el rezago productivo, exacerbado por la sobrevaluación cambiaria, fue superior a las compensaciones que los bajos salarios, la renta y la deuda –ya como factor negativo– generaban.
 
Al devaluar se produjo un aumento automático de los precios de los bienes y servicios que se importan (hay que pagar más pesos por el mismo valor en dólares) y en los que se exportan (los exportadores pueden obtener más pesos con el nuevo valor del dólar y buscan imponer el mismo precio internamente).

 Como los bienes que exporta Argentina forman parte de la canasta de consumo de los trabajadores (trigo, carne, maíz, leche, etc.), la devaluación eleva los precios de los alimentos –siempre que se impongan retenciones inferiores a la devaluación– y reduce el poder adquisitivo de los salarios. En este contexto, el principal dinamizador de la acumulación de capital luego de la devaluación fue la caída de los salarios. La compensación radicó principalmente allí. Esto benefició sobre todo a las PyMEs, que se expandieron gracias a la competitividad lograda en base a la baja de salarios. El tipo de cambio competitivo nada tiene de mágico ni gratuito: no crea riqueza sino que la redistribuye.


A partir de 2005, los precios internacionales de las materias primas comenzaron a subir vertiginosamente, generando una mayor disponibilidad de compensaciones. Ello permitió sostener un esquema de subsidios a las empresas que relajó las limitaciones que el rezago productivo establece sobre las condiciones de empleo, permitiendo la recuperación salarial. De esa manera, entre 2003 y 2007 la economía argentina no parecía enfrentar ningún límite.

Pero que el rezago productivo de las empresas no genere repercusiones no significa que haya dejado de existir, lo que nos lleva a la segunda etapa de la década. A partir de 2007/2008, Argentina comenzó a alcanzar nuevamente su límite estructural, aquel donde las compensaciones ya no alcanzan para cubrir las necesidades. Por un lado, la bienvenida recuperación salarial comenzó a reducir las compensaciones salariales que las empresas necesitan para competir. En defensa de su rentabilidad, las empresas empezaron a trasladar a los precios los incrementos de costos. Pero la inflación resultante deterioró la competitividad externa de la economía, lo que implicó una necesidad aun mayor de compensaciones. Frente a la decisión política de no incrementar el endeudamiento externo, ese rol recayó exclusivamente sobre la renta de la tierra.

No por casualidad fue en 2008, cuando el salario real superó los niveles previos a la crisis de 2001, que el gobierno intentó ampliar su participación en la renta agraria mediante la aplicación de retenciones móviles. El fracaso político de ese proceso puso un límite muy claro a la capacidad de aumentar las compensaciones por esa vía. En este contexto, al que se añadía la apreciación cambiaria generada por la inflación, el rezago productivo de la economía argentina comenzó a hacerse visible. En virtud de la heterogeneidad productiva ese proceso impactó primero en las empresas más pequeñas. Ello derivó en el estancamiento del empleo (explicado por las PyMEs), la pérdida de dinamismo de la industria respecto de los servicios (menos expuestos a la competencia internacional) y la necesidad de protección adicional para el sector industrial (por ejemplo, mediante licencias no automáticas).
 
En ese marco de menor dinamismo económico, los empresarios comenzaron a frenar sus inversiones y presionar por una salida devaluatoria que restituya las condiciones iniciales del proceso. Esa puja se observó en una creciente fuga de capitales y una serie de especulaciones respecto al valor del dólar que llevaron al gobierno a establecer restricciones a la compra de divisas en 2011. Pero la reaparición de problemas en el sector externo no es ni más ni menos que la siguiente expresión del proceso de reducción de las compensaciones vis a vis su necesidad. Y el estancamiento del mercado laboral había sido la primera.

El proceso se aceleró y en enero de 2014 se corrigió el tipo de cambio, generando un deterioro de los salarios que recompuso la rentabilidad pero que, al continuar reduciéndose la renta de la tierra, en este caso por la baja de los precios internacionales, no logró reimpulsar el crecimiento. La normalización de las relaciones con los acreedores externos –que los fondos buitre demoraron– revela la voluntad de activar la tercera fuente de compensaciones, el endeudamiento externo, por ahora frenada.


Presente y futuro



La situación actual está marcada por el estancamiento económico, la caída del empleo y del poder adquisitivo de los salarios. A su vez, el sector externo presenta un escenario complejo.


En este contexto, los economistas, ahora disfrazados de candidatos, vuelven a entrar en escena con soluciones mágicas. Algunos señalan que el Estado debe reducir su participación en la renta agraria (eliminar o bajar las retenciones) para dinamizar la economía. Pero eso implicaría necesariamente buscar compensaciones de otra fuente: o un nuevo ciclo de endeudamiento externo o una reducción de las remuneraciones. En otras palabras, mientras el rezago productivo continúe vigente de alguna forma hay que alimentarlo.

La única solución para superar la restricción externa y el deterioro de las condiciones de vida de la población es, como se sabe desde siempre, la transformación estructural de la economía. Necesitamos elevar la productividad de manera que las empresas compitan sin necesidad de compensaciones, provengan éstas de la renta de la tierra, del deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores o del endeudamiento externo. En este camino todas las soluciones coyunturales son bienvenidas, siempre que ganen tiempo para que un proceso de cambio estructural tome cuerpo. La pregunta es si ese proceso de transformación ha comenzado.

Fuente: Le Monde diplomatique

2 comentarios:

  1. Cuando entremos nosotros al gobierno el año que viene ( tipo enero, febrero) vamos a limpiar las cagadas que se mandaron ustedes, como siempre ha sido históricamente. Y respecto del empleo, vamos a instaurar la jornada laboral de 80 horas semanales, para reconstruir este país devastado por el peronismo y por este experimento sovietizante que destruyó nuestra economía y degeneró nuestra ética puritana del trabajo. Chau Derechos Humanos y esas boludeces zurdas: grillete, bola de hierro y a meter pico y pala.

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