EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

jueves, 14 de agosto de 2014

Siguiendo con OBVNZFHNHXD me encontré con este texto de Enero del 2013.. No hay mérito, son tan previsibles que parece escrito hoy a la mañana



La Concertación Argentina
...y lo demencial que significa como estrategia política
exterminar al contrapoder popular



Los horrores políticos que estamos presenciando del llamado Progresismo vernáculo nos resultan incomprensibles para aquellos que durante toda la vida adherimos a tales paradigmas. Entre lo probable y lo imposible se debaten los dilemas políticos. ¿Creerán Solanas, Lozano, Donda o Binner qué sus intenciones de máxima se pueden concretar lacerando los incipientes procesos distributivos e industrialistas que desarrolla o cuando menos intenta desarrollar el actual gobierno? ¿Creerán qué su lucha contra la Barrick o Monsanto se puede hacer efectiva de la mano de la corporación liderada por Magnetto?. Su confusión ideológica se vio reflejada como nunca cuando la resolución 125, ensayo que tuvo la pretensión de acotar levemente los niveles de renta de la producción sojera a favor de disminuir los gravámenes de los restantes insumos. Ver en la actualidad que antiguas zonas trigueras, girasoleras y maiceras están abarrotadas de soja explican que su lucha contra Monsanto y compañía resultó por lo menos contraproducente. A la par la Barrick ha sembrado de publicidad a todos los medios dominantes, en consecuencia el tema desapareció como disyuntiva crucial.

El Radicalismo, más allá de ubicarse en una interesante posición desde planos comunales, sabe que muy lejos está de llegar a presidir el país de no mediar una alianza concreta y programática que convenza a sus adherentes. El ala liberal del partido mira con buenos ojos al Pro, de hecho ya está trabajando en el armado, mientras que el ala progresista se debate en la construcción de un proyecto político propio buscando un acercamiento con el Socialismo y demás agrupaciones que el fracaso de la Alianza ha logrado potenciar. La izquierda dogmática, dividida en no menos de diez expresiones y consciente de que la voluntad popular no es lo suyo, intenta por un lado colar algún cuadro destacado, siempre por vías colectoras, y por el otro hacer lo que hace siempre: cuanto peor, mejor; tratando de dilucidar internamente quién se beneficia con tal política.

El progresismo argentino, en solapada asociación, ha decidido como táctica 2015 entregarle el poder a la derecha de modo vislumbrar un futuro explosivo que le permita hallar hacia el 2019 una puerta entreabierta a favor de sus apetencias. En la actualidad el Kirchnerismo le lima a la centroizquierda una buena parte de sus potenciales adherentes, eliminarlo supondría disponer de un campo fértil susceptible de ser sembrado y abonado. Como si la política fuera algo tan lineal como previsible. ¿Será tan sencillo suprimir de la memoria colectiva al kirchnerisno? La derecha, por fuera de su cosmética, no ha podido hacerlo con el Menemismo. Casi todos sus integrantes ostentan archivos lapidarios al respecto. Corrijo la pregunta entonces y bajo esos términos ¿Se puede considerar graciosamente el final del peronismo como movimiento de masas?. Además y como añadidura quién puede inferir que una bisoña ola neoliberal no finalice enamorando nuevamente a buena parte de la sociedad.

Vienen a mi memoria la Comuna de París, la República de Weimar, la República española, Salvador Allende y el Primer Peronismo. Procesos políticos populares minados por los propios segmentos progresistas, corrientes políticas que colaboraron de buena forma con las dictaduras posteriormente instaladas. Por eso no nos debe extrañar el nacimiento de una nueva concepción política, por lo menos a escala nacional, la cual ubicaremos, acaso antojadizamente, dentro de la derecha socialista, un modelo similar al llevado a cabo por la Concertación durante dos décadas en tierras trasandinas.


Desde los inicios de la década de los setenta Chile se ha presentado, dentro del escenario latinoamericano, como tierra de ensayo para la presentación de modelos políticos económicos (en este caso económicos y políticos, siendo no casual el orden establecido) ligados a los poderes supranacionales. Tendencias que una vez formalizadas desde la praxis resultan altamente gravoso modificar. A pesar de que dicha Concertación gobernó durante veinte años no pudo, no estimó prudente, o directamente no quiso modificar ninguna de las políticas instauradas por la Escuela de Chicago sucursal Pinochet. La educación y la salud se mantienen fuertemente aranceladas, las protestas continúan siendo reprimidas violentamente por el cuerpo de Carabineros, los sindicatos permanecen cooptados por las grandes corporaciones, el cobre perdura en manos extranjeras, y el sistema previsional se mantiene administrado por resortes privados. Dentro del modelo Chileno el estado no existe como motor de procesos productivos, como actor económico, como interventor en contra de la inequidad. Las fuerzas del mercado actúan como sujeto y objeto social, debido a eso no interesan las ideas políticas, menos aún las mujeres y los hombres como motivo político. Esta suerte de gatopardismo, armado bajo el paraguas del poder real, permite que Bachelet y Piñera se observen como mera continuidad.  En la práctica el actual Presidente no es más ni menos liberal de lo que era la anterior mandataria. Fue un simple cambio de gerentes operativos dentro de un poder supranacional absolutamente digitado y dependiente. Pues ese es el modelo al que aspira nuestra derecha socialista. Una “concertación antipopulista” que destruya la praxis política colocando en su lugar meros gestionalistas al servicio de las corporaciones dominantes. El pueblo, el Estado, como actor político, se va diluyendo a favor de una clase dominante que tiene el preciso y precioso objetivo de transformar la cosa pública en cosa privada.

Así como cuestión distintiva nuestro país es propietario de una clase media que cruza todos los horizontes ideológicos también poseemos un elemento que nos hace incomparables a escala internacional: El Peronismo. Movimiento que también cruza horizontalmente la complejidad de nuestros segmentos sociales. Todo intento que hubo a favor de fagocitar voluntades peronistas terminó fagocitado. No existe en Argentina agrupación política alguna con mayor voluntad de poder que el Partido Justicialista, cuestión que cuenta y mucho cuando de gobernabilidad hablamos. El Peronismo puede ser conservador, neoliberal, desarrollista o distribucionista, eso dependerá de la coyuntura, lo que nunca será es gestionalista. La política interna no se lo permite. Nadie tiene asegurado su futuro dentro del movimiento presentando simplemente prolijos balances y déficit controlados. La política cruza las vísceras de cada dirigente que pelea por su espacio. A fuerza de ser sincero estimo que tal dinámica conspira buenamente en contra del aburguesamiento dirigencial.

Los medios de comunicación dominantes laboran muy duro a favor de aquella construcción pseudoprogresista. Obra que se reserva severas falencias políticas, ausente de pertenencia social y fácilmente manejable desde el poder corporativo. Nada mejor para instalar un sistema similar al trasandino. La observancia de los comportamientos de El Mercurio chileno y de los Grupos Clarín-La Nación en nuestra Patria nos pueden acercar concretas simetrías.

Uno de los esquemas que la Concertación exponía como falsamente virtuoso es la limitación en lo que respecta a reiterar mandatos ejecutivos sosteniendo que la mera discontinuidad política es un síntoma de salud institucional (a cada uno le toca un rato). Curioso modo de interpretar la representación popular, visión que se me ocurre muy acorde para un empleado administrativo, de ningún modo puede concebirse para un político que desea potenciar políticas a favor de la población. Este esquema propone una natural ausencia del líderes, pesos pesados que sí tienen las corporaciones dominantes, de modo que la lucha política, entre lo publico y lo privado, parte de falsas equivalencias. Justamente ese obligatorio inciso fue lo que determinó que la porción más dura de la Concertación abandonase la misma y le sirviese en bandeja el triunfo a Pineyra.

Se suele afirmar que dentro de este tipos de esquemas las sociedades se encuentran pacificadas más allá de las corrientes protestas que todo sistema político tiene. Es lógico que así suceda y tiene su explicación: Si no existen pujas económicas debido a que el Estado no tiene capacidad de respuesta, si los asesinos de la dictadura no fueron juzgados, si las responsabilidades civiles con aquel proceso no fueron observadas, si todo el ordenamiento económico y social sigue como entonces, imposible que el conflicto sea visualizado. Claro que existe, pero existe licuado, escondido, pisado, “pacificado”, acaso en estado de espera.

En nuestro Pago, dentro del esquema, da lo mismo Macri, Binner o Alfonsín. Como da igual Del Sel, Ginóbili, Baldassi, Marengo, Mac Allister, ciudadanos que ni siquiera sospechan de qué se trata el contrapoder y para qué es de utilidad edificarlo y preservarlo. El único que desde el Estado tiene capacidad para construir contrapoder es el Peronismo. Por eso, durante los noventa, cuando el poder real logró tenerlo como aliado los resultados fueron devastadores para la mayoría de la población.

La Concertación Argentina está en marcha. Los medios, las corporaciones, algunos dirigentes sindicales, sectores de la justicia y la oposición están trabajando fuertemente para la eliminación del único contrapoder visible, el Kirchnerismo (Peronismo confrontativo). Me parece que la pregunta que nos debemos hacer como colectivo es la siguiente: ¿Sí con el contundente contrapoder emanado de las urnas, el poder real se comporta como lo hace, imaginemos por un rato la inexistencia de ese contrapoder democrático? Pues los noventa. Sociedad adormecida, colectivo totalmente al margen de las decisiones trascendentales, fiel e inocente contribuyente de todos los negocios armados bajo cuerda, sin un Estado que lo asista, sin una justicia que lo ampare: La dictadura corporativa. Recorrido ineluctable que parece haber seducido a nuestros iluminados progresistas contemporáneos.  


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