por José
Natanson para Le Monde diplomatique
Desde que Eric Hobsbawm decidió que el siglo XX duró
sólo 77 años, entre el estallido de la Primera Guerra en 1914 y el colapso de
la Unión Soviética en 1991, se ha puesto de moda redefinir los períodos
históricos con ingeniosa flexibilidad: digamos entonces que la década del 90
comenzó en Argentina el 27 de marzo de 1991, con la sanción de la ley de
convertibilidad, y concluyó el 20 de diciembre de 2001, con la caída de
Fernando de la Rúa. Y que desde hace ya un tiempo, en ese mundo desordenado y
salvaje pero anticipatorio que son los blogs y las redes sociales, viene
circulando una pregunta: ¿cómo contar los 90? O, mejor aún, cómo contarlos sin
lugares comunes ni demonizaciones vacías pero superando la superficie de la
nostalgia por los consumos culturales, las frenys de Pumper Nic, los discos de
Los Redondos o el soft-porno de madrugada en el viejo VCC.
La
literatura de treintañeros ya dio sus primeros pasos. En Los años que
vive un gato, Violeta Gorodischer retrata las hipocresías y
disfuncionalidades de una familia de clase media y se vale del menemismo como
el ecosistema oleaginoso en el que se producen los cambios. En Alta
rotación, Laura Meradi nos pasea por los trabajos más insoportables del
mundo –vendedora de tarjetas de crédito, mesera, empleada de un call-center
bilingüe– para dar forma a la mejor crónica escrita hasta ahora sobre la
flexibilidad laboral. En la contratapa de Los años felices,
Sebastián Robles se pregunta: “¿cómo narrar una época sin olvidar que la odié
profundamente pero también la amé en secreto?”.
Obligadas a procesos de validación más o menos científicos y a menudo
entrampadas en pesados mecanismos burocráticos, límites institucionales y
guerras de vanidades, las ciencias sociales no han parido hasta ahora una
mirada global sobre los 90. Hay sí excelentes análisis de algunos de sus
aspectos fundamentales, desde los nuevos pobres a los cambios experimentados
por el peronismo, de las denuncias de corrupción a la extranjerización de la
economía, pero no una historia general que integre todas estas facetas en un
todo y permita, desde ahí, entender lo que está pasando hoy.
Dos reformas
Revisemos primero lo básico: los 90 pusieron punto final al modelo estadocéntrico, habilitaron el salto tecnológico y consolidaron una catástrofe social, en el marco de la transformación económica más monstruosa del último medio siglo. Fue también en esos años cuando el poder militar terminó de subordinarse al poder civil, cuando se consolidó la democracia y cuando Argentina se dio a sí misma –¡finalmente!– una moneda, el peso, que contra todo pronóstico sobrevivió a la crisis de principios de siglo XXI (en rigor, muchas de las monedas hoy vigentes en los países latinoamericanos fueron “inventadas” en los 90: el nuevo sol peruano en 1991, el peso uruguayo en 1993, el real brasileño en 1994).
¿Cómo entender entonces los 90? ¿Desde qué punto de vista enfocarlos?
Una vía interesante y no muy explorada consiste en analizar aquellas reformas
que luego, ya en otro tiempo histórico, permitieron avances virtuosos: aquello
que sobrevivió positivamente de la década y que ayudó a empujar las conquistas
del siguiente período. Sin pretender agotar la lista, quisiera agregar a las
políticas más mencionadas –el ahogamiento presupuestario de los militares y la
firma del tratado constitutivo del Mercosur– dos reformas más: se trata en
ambos casos de transformaciones tecnocráticas que, sin embargo, resultaron
fundamentales para los cambios implementados a partir del 2003. Y fueron, no
casualmente, dos centralizaciones.
La primera es la unificación federal de las cajas jubilatorias. Comenzó
en 1990, cuando las diferentes cajas provinciales y sectoriales, casi todas
ellas colapsadas, convergieron en el Instituto Nacional de Previsión Social
(INPS). Dos años más tarde, en 1992, se creó el Sistema Único de la Seguridad
Social (SUSS) bajo control de la flamante Administración Nacional de la
Seguridad Social (Anses), que pasó a concentrar, además de casi la totalidad
del sistema previsional, las asignaciones familiares, los programas de empleo y
las pensiones no contributivas. Después, por supuesto, se procedió a la
privatización, pero lo que quiero subrayar aquí es que la eficiencia de un
instrumento concebido para un objetivo ciertamente negativo –el ingreso del
capital privado al sistema jubilatorio– pudo ser utilizado luego para fines más
nobles: el kirchnerismo, en efecto, aprovechó la moderna estructura de la Anses
para ampliar la cobertura previsional, estatizar casi de un día para el otro
las AFJP y lanzar, también en poquísimo tiempo, la Asignación Universal, el
Plan Conectar Igualdad, el Procrear y, más recientemente, el Progresar. Tanto
es así que la Anses, de indudable perfil técnico, se convirtió en el trampolín
político para dirigentes como Sergio Massa y Amado Boudou.
Mi tesis es simple: sin la modernización tecnocrática de los 90, sin la
informatización, la homogeneización de los trámites y la descentralización de
la atención al público a través de una red de oficinas de la Anses distribuidas
por todo el país, los avances del kirchnerismo hubieran sido más difíciles, más
costosos o más lentos.
El otro caso interesante es el de la recaudación impositiva, que a
comienzos de los 90, y por obvio efecto de la crisis, estaba por el piso. En
1996 se fusionaron la Aduana, la Dirección General Impositiva y la Dirección
General de Recursos de la Seguridad Social en una sola entidad, bautizada AFIP.
Se unificaron las alícuotas, se eliminaron lo que los neoliberales llaman
“impuestos distorsivos” y se simplificaron los trámites. La presión impositiva
pasó del 13 por ciento en 1989 a más del 20 en los mejores años de la
convertibilidad, aunque con un sesgo muy regresivo, pues el nuevo esquema elevó
el IVA al 21 por ciento y redujo los impuestos al capital (se suprimieron los
aportes patronales, por ejemplo). Fue también el inicio de un proceso de
informatización basado en el software libre y realizado casi enteramente con
recursos propios, que le ha hecho declarar a Axel Kicillof que el centro
informático de la AFIP hoy parece la NASA. Y fue también en esa época cuando
apareció el primer sheriff impositivo de la historia argentina, Carlos Tacchi,
que prometió “hacer mierda a los evasores” y que es el antecedente directo de
las persecuciones en las playas, los embargos a automóviles de lujo y las fotos
aéreas que hicieron famoso a Santiago Montoya: la contribución de ambos
pintorescos personajes a la creación de una cultura tributaria argentina
debería ser valorada.
Pero no nos
desviemos. Lo que quiero plantear es que la modernización de los instrumentos
recaudatorios iniciada en los 90 fue decisiva para que el kirchnerismo, en un
contexto económico muy diferente, lograra elevar la presión impositiva al
fabuloso 37 por ciento del PBI de la actualidad, con todos sus efectos en
cuanto a disponibilidad de recursos fiscales, fortalecimiento del Estado y
equilibrio de las cuentas públicas (aunque con pocos avances en la construcción
de una estructura menos regresiva). Igual que con la Anses, el camino fue la
centralización, la digitalización y la construcción de organismos con autonomía
operativa y diferenciación burocrática: los trabajadores de ambas entidades no
forman parte del sistema general de los ministerios y cuentan con esquemas de
carrera meritocráticos, sindicatos diferentes y salarios más altos.
El busto de Menem
Las dos reformas mencionadas son un ángulo posible para entender mejor los 90 y considerar no sólo los cambios sino las continuidades, en el contexto de un país adicto a las rupturas y poco inclinado a progresar por vía de la acumulación. Pero cuidado: el riesgo, para quienes hoy rondamos la treintena y nos acercamos –peligrosa, dramáticamente– a los 40, es caer en las miradas indulgentes propias de nuestra educación sentimental. Si de política se trata, conviene ser claros y huir de los enfoques azucarados: la de los 90 fue una década negativa desde casi todos los puntos de vista.
Dicho esto, creo que vale la pena revisitar el período para extraer
algunas conclusiones sobre la Argentina de hoy e incluso sobre la Argentina que
se viene. Y en este sentido el primer razonamiento podría ser un contraste, el
que separa la figura de Alfonsín, alrededor de la cual se ha construido un
curioso consenso multipartidario en torno a un líder aparentemente desprovisto
de contradicciones, aristas amenazantes y ángulos problemáticos (el Alfonsín
esférico), frente a un Menem que opera como el culpable absoluto de todos los
males, del pasado y del presente. Aclaremos, una vez más, que esto no exculpa
al ex presidente, responsable de mucho de lo peor de aquellos años, pero agreguemos
también que es fácil detectar detrás de estos mecanismos de creación de sentido
común colectivo una forma sutil de des-responsabilización social. Como sabemos
los adeptos al extravagante hobby semanal de clases medias que es el
psicoanálisis, un poco de negación siempre es necesario para seguir avanzando.
En una nota publicada en la edición especial de el Dipló por
los 30 años de democracia, Martín Rodríguez se preguntaba quién se animaría a
inaugurar, como hizo Cristina Kirchner con el de Alfonsín, el busto de Menem en
la Casa Rosada. Mi respuesta sería: la generación que se prepara para llegar al
poder –los Scioli, los Massa, los Macri– está llamada a hacerlo. Se
trata, ya lo hemos dicho, de una camada de dirigentes nacidos y criados en los años
de Menem pero que se hicieron grandes durante el kirchnerismo. Expresión del
mix entre política, espectáculo y deporte típica de los 90, son también líderes
desideologizados y flexibles, tan populares como conservadores. Con un botín
clavado en cada década, quizás alguno de ellos se anime a estrenar en un mismo
acto los bustos de Menem y Kirchner, y en ese caso estarían haciendo justicia
con sus propias trayectorias. Pero parece improbable: la sociedad difícilmente
valore una operación simbólica de estas características y una de las claves del
éxito de esta generación de políticos es la atención extrema a una opinión
pública a la que nunca osan controvertir, un vicio en el que curiosamente no
incurría ninguno de sus dos maestros.
Fuente: Le Monde diplomatique edición sur
"Aclaremos, una vez más, que esto no exculpa al ex presidente, responsable de mucho de lo peor de aquellos años, pero agreguemos también que es fácil detectar detrás de estos mecanismos de creación de sentido común colectivo una forma sutil de des-responsabilización social. Como sabemos los adeptos al extravagante hobby semanal de clases medias que es el psicoanálisis, un poco de negación siempre es necesario para seguir avanzando".
ResponderEliminarexcelente párrafo de José
¿Y no alcanzó el material para el busto del bañero?
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