EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 21 de enero de 2014

CUANDO LAS REVOLUCIONES SE COMEN A SUS PROPIOS HIJOS (DANTON) basado en algo que leí por la red y me pareció interesante


Réquiem del Poeta



                                                    Lyon, Octubre 20 de 1790

Estimado Christian Trouviller...


                                          No se trata de un sentimiento vacante. Tampoco se trata de perezas ni de ausencias. Me he propuesto escribir el último poema. Hay matrimonios que suelen dilatar sus destinos esperanzados que algún día aquella imagen que descansa en la memoria recobre su color original. Y uno intenta interpretarla de otro modo, se esfuerza por disimular sus sepias, se inclina en dirección al contraste conveniente. La pasión literaria conlleva las mismas reglas de juego, el mismo desgaste. Un fatigoso derrotero cuyas huellas simbolizan fracasos, tanto no deseados como irremediables. La idea de trascendencia va decreciendo en expectativa dando lugar a la finitud como prodigio invulnerable. He decidido romper el vínculo; divorciarme sin protesto de aquello que amé profundamente. Noches de graníticos encierros, recuerdos no anhelados y penumbras persistentes; silencios partícipes, coautores de faenas que nadie tendrá voluntad de leer. Y temo que no puede ser de otro modo. El responso es una buena forma de despedida. Momentos en los cuales se suelen evocar las mejores obras y los mejores rasgos del flamante difunto. Le ruego que el día 27 de Octubre concurra al penal de forma tal poder confiarle, en mano, mi último poema...
                                                             ...Marcel Fernot


El recado le fue entregado a Christian por el Teniente Diupernau, interino de la guarnición de Lyon. Hacía dos meses que Marcel estaba detenido en dicha fortaleza en condición de traidor a los principios revolucionarios. Principios por los cuales había luchado desde el campo de la intelectualidad durante los últimos quince años. Fernot era autor de las publicaciones más entusiastas a favor de las consignas libertarias. Aportaba, no sólo su convencimiento ideológico, sino también ponía su formidable prosa al servicio de la causa. Al igual que Aristóteles apreciaba la verdad por encima de sus afectos personales de modo que las consecuencias no se hicieron esperar. A poco de instalado el gobierno revolucionario se mostró en desacuerdo con las persecuciones y los vejámenes que las autoridades constituidas practicaban como sustento político. Sostenía que habían sido bastardeados aquellos principios que dieron fin al despotismo monárquico. Alzó su voz contra la política de la guillotina, manifestando que de ese modo de ejercía una suerte de gatopardismo. Cambiar para que nada cambie, teorizando que la resultante de tales eventos sólo podía desembocar de manera siniestra. Su amigo Dantón trató de convencerlo que en breve la racionalidad de los paradigmas libertarios se instalaría definitivamente en Francia, sin saber que poco tiempo después él mismo caería bajo la segadora inercia del cadalso. 
Para Marcel Fernot, libertad, igualdad y fraternidad, eran módulos imprescindibles, sustancia que corría por sus venas al igual que la misericordia y la solidaridad ante el dolor ajeno. Pensaba que la revolución se estaba comiendo a sus propios hijos a través del destierro o el patíbulo y que nada se podía hacer al respecto.
La fortaleza estaba custodiada por cientos de pestilentes andrajos hambrientos de sangre y venganza. Conforme se recorrían sus pasillos la percepción de un incierto futuro se hacía sentir; masas fanatizadas y permeables a la espera de un discurso cómodo y malversado. Dentro de las mazmorras decenas de viejos luchadores por la libertad eran sometidos al insulto y al oprobio. Un tal Bonaparte era el Comandante de la guarnición. Joven muy alejado de los principios revolucionarios era fiel amante de sus propias palabras y discursos. Fernot soñaba con una Galia solidaria y participativa; Bonaparte con una Europa imperial y determinante que tuviera a Francia como protagonista exclusiva. Odio y admiración al mismo tiempo. El Comandante del presidio, en sus momentos libres, solía bajar hasta la celda de Marcel para conversar sobre filosofía y política, analizaban juntos textos de Rousseau, Montesquieu y Voltaire; discutían sobre el valor de la opinión pública y cómo ésta debía encauzarse a favor de objetivos concretos. No obstante la animadversión que sentía por su ocasional antagonista, Fernot percibía en el pequeño militar un carisma dominante. En varias oportunidades Bonaparte le insistió que haría todo lo posible para salvarle la vida debido a que tenía demasiado respeto por su inteligencia, cualidad que consideraba como un bien escaso. Lo cierto es que a través de sendas cartas escritas, de propio puño y letra, pedía encarecidamente tanto a Robespierre como a Marat por la vida del condenado detallando que el poeta detentaba atributos intelectuales por sobre la media debiendo ser aprovechada su capacidad para enfrentar la futura reorganización de la República.
En el crepúsculo del día 26, el Comandante de la guarnición le informó a Marcel Fernot que su sentencia se llevaría a cabo al amanecer del día siguiente. Conforme a las normas establecidas para antiguos militantes de la causa condenados a la pena capital, se les permitía solicitar aquello que reconfortara sus almas.  En la ocasión el poeta fue simple y escueto...

-  Por favor. Deseo tenga a bien le entregue al ciudadano Christian Trouviller el presente manuscrito. Teníamos pendiente un encuentro, que por desgracia, va a quedar trunco por razones de fuerza mayor.

-    Confíe – aseguró Bonaparte- en persona me encargaré de la encomienda.

La pena fue ejecutada ceñida a las normas burocráticas en curso. Luego de llevada a cabo, el Comandante de la guarnición elevó el informe a sus superiores tal cual observaban las formas revolucionarias. El encargue nunca llegó a manos de Trouviller, quien arribó tres horas después de efectivizarse la condena.
Pasados treinta y cinco años, y en uno de los arcones que el viejo Emperador tenía en su dormitorio de la fortaleza de Santa Elena, entre las hojas del Cándido de Voltaire, más precisamente en el capítulo XII “La Separación”, se halló un poema cuya autoría, en un principio, le fue adjudicada por error. A poco de comparar la caligrafía los investigadores desestimaron que Bonaparte era el responsable de tales versos. Quizás, una clandestina admiración; algún camarada tal vez, no había posibilidad de precisiones... El título del soneto era ilegible; sus estrofas expresaban las marcadas y encontradas sensaciones que propone el crepúsculo como estado de espera, angustia y resurrección...



Crepúsculo de cumbres inasibles
cuéntame de tu miel y de tu espanto
no nos hieras con tu hiel y con tu llanto
por cuenta del amor y lo imposible...

crepúsculo y tu necia soledad
que invita a sostener una mirada
aquella que convierte en estocada
el celaje que arropa tu verdad.

Crepúsculo de turbias imprudencias
te advierto que me duele tu talante
fuiste juglar de indultos y clemencias

divulgando tan sólo en un instante
que el amor también vive de indecencias
y el dolor se atesora en el Levante.

 G.M.S  2006



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