EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

lunes, 23 de julio de 2012


Ahora le tocó a la Cadena Nacional



Nuestros pensadores e intelectuales liberales, tanto de izquierdas como de derechas, han puesto recientemente sobre la mesa de debate (pido disculpas por la exageración) el rol de la Cadena Nacional y su utilización, como herramienta para comunicar decisiones políticas, que de ella hace el Ejecutivo Nacional. Atribución constitucional que para nada establece límites y condiciones (el inciso tercero de la disposición deja librado al ejecutivo justipreciar la jerarquía y la importancia temática para desarrollar dicha operatoria). Parece que la muchachada bienpensante de nuestra ilustración vernácula siente extrema mortificación por la continua exposición pública que realiza nuestra Presidenta con relación a los actos de gobierno. Demás está aclarar que ninguna de estas lumbreras del pensamiento trata de discernir sobre lo manifestado en cada uno de los mensajes expresados, la trama solamente es sometida a partir de la necesaridad de la implementación o no de dicho mecanismo. Consecuentemente apagar televisores y radios es la consigna de cabecera de aquellos que consideran que la palabra de nuestra primera mandataria no es relevante dentro del marco republicano y democrático. Encontramos dentro del dilema varias cuestiones para exponer. 

¿Cuántas razones existen para desautorizar o por lo menos para restarle importancia a la palabra de un Jefe de Estado que hace poco menos de diez meses obtuvo una mayoría abrumadora en los comicios nacionales? ¿No es probable qué una buena porción de nuestra sociedad esté sumamente interesada en lo que la Presidenta exhibe? Resulta cuando menos curioso la falacia argumentativa teniendo en cuenta que ellos mismos son los que hablan de una coyuntura política y económica delicada que necesita de explicaciones y a la vez de soluciones puntuales y concretas sobre cuestiones esenciales; instancias que justamente Cristina Fernández suele abordar y que por negarse a escucharla no son advertidas. ¿Con qué intención se sostiene que es mejor ignorar los mensajes presidenciales bajo el pretexto de un abuso, aún desconociendo lo que dichos discursos podrían afectar, desde la dialéctica y desde la praxis, el interés del colectivo? Nadie puede saber el rango de importancia de lo que se dirá antes de que el mensaje sea puesto a consideración. No me interesa lo que digas, sólo me interesa que no lo digas, parece ser la idea madre de Martín Caparros. Y creo que allí está el punto del dilema. La lucha por el poder también implica la lucha por la palabra, espacio que tiene mucho que ver con la batalla cultural que se viene dando desde hace varios años para democratizar y horizontalizar la opinión publicada y el impacto directo que ésta tiene en el campo de la opinión pública. ¿Cómo hacen las corporaciones para crear relatos mediáticos si desde sus mismas pantallas dicho relato es invalidado por la política real? Les resulta más complejo diseñar operaciones y esto los descoloca notablemente. La aparición de la Presidenta por Cadena Nacional cambia toda la discrecionalidad de la agenda mediática, cosa intolerable para aquellos que prefieren manipular y asentar dicha agenda a favor de sus propios intereses corporativos. De modo que no nos puede extrañar el enfado que provoca ese contacto directo y sin intermediarios que nuestra primera mandataria tiene con el pueblo, cosa detestable para el pensamiento liberal y su constante prédica antipopulista. Nuestros notables sospechan ser los necesarios e indiscutidos traductores de la realidad, asumiendo que nosotros, el vulgo, no tiene autoridad analítica para tal empresa, en consecuencia suponen que la interpretación y la palabra les pertenecen con exclusivdad; ni siquiera a la máxima autoridad ejecutiva y menos a nosotros nos asiste el derecho de obviarlos y pasar por encima de sus subjetividades y “llamativas” conclusiones.

Días pasados el politólogo Edgardo Mocca nos ponía sobre la mesa un dato muy interesante en relación con esta actitud: La solapada pretensión de silenciar a las mayorías. Cuestión que expone una intencionalidad taxativa en sintonía con fenómenos destituyentes de marcado cariz totalitario que se vienen manifestando cíclicamente desde hace varios años en consonancia con los tremendos fracasos electorales de las fuerzas opositoras, aún habiendo obtenido éstas algún triunfo resonante.

La palabra de nuestra Presidenta molesta, porque lo que incomoda es su indiscutible representatividad, de modo que para estos demócratas y republicanos del pensamiento lo mejor es que no tenga palabra y de la mano de ese silencio invisibilizar el apoyo que el proyecto político ostenta.
Existe además una cuestión etnocéntrica. Quién sufre el encantamiento por leerse y escucharse a sí mismo es muy probable que encuentre en los demás, y sobre todo con respecto a aquel que piensa distinto, una suerte de menosprecio en donde le resulta intolerable cotejar la sustancia y el contenido del mensaje político, ya que tiene la necesaria obligación de atender para luego analizar; tarea fatigosa si tenemos en cuenta que justamente tanto la sustancia como el contenido político es lo que menos le resulta favorable y en consecuencia relevante para sus intereses. Encuentro llamativo el enojo de varios comunicadores cuando la Cadena Nacional coincide con sus programas, es probable que piensen, vedetismo mediante, que sus dichos y decires son más importantes y necesarios para la sociedad que el propio mensaje presidencial.
Nuestros pensadores e intelectuales liberales aman formatear a la democracia según los resultados, de modo que se es o no se es democrático en función de ese diseño subjetivo.  Discutir ese formato particular es el nudo de la batalla cultural que con mucho esfuerzo se está librando contra un poder corporativo que jamás cejará en sus intentos hegemónicos. Nuestros liberales pegan desde dentro y desde fuera, en algún caso añoran el cuanto peor mejor, tiempos en los que eran las únicas estrellas del firmamento, otros extrañan el modelo noventista del que tanto rédito obtuvieron. Ambos coinciden en sus prepotencias. Detestan las decisiones populares, aborrecen la relación directa entre gobernantes y gobernados, se reservan para sí lo que es adecuado, lo que corresponde y lo que no. Hasta ahora las mayorías les han informado que muy poco han hecho por la felicidad colectiva; hasta ahora nada hay para agradecerles porque en definitiva no apuntan a la dicha social y menos aún al esclarecimiento de sus rémoras existenciales, simplemente intentan colocarse como una casta superior dotada de sortilegios que el vulgo tiene la obligación atender con suma predisposición, inclusive hasta propiciar con “democrático” despotismo que su Primer Mandataria no sea escuchada.

2 comentarios:

  1. Lo que me molesta del calvo-bigotón no es su opinión,sinó la sugerencia,directiva,órden de no escucharla,en un claro y berreta intento de manipulación,intento que pone de manifiesto su berretín de autoridad superior.Un boludo creído,bah.

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  2. Moscón
    Coincido...
    Temo que nuestro amigo Caparros se quiere reservar el derecho a la interpretación. Desde una astucia llamativa dice NO LA ESCUCHEN, YO LO HAGO POR USTEDES (Jamás se va a privar de semejante fuente de inspiración) Y LUEGO LES EXPLICO. El tipo está creído que es un traductor válido de la realidad social y política. Al igual que Lanata y otros, son de los tantos que sospechan que por comicio ingresan en más de una ocasión al cuarto oscuro.

    saludos

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