EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

jueves, 28 de junio de 2012



29 de Junio de 1935 nace FORJA
De FORJA al Peronismo






Ante el fracaso de las acciones armadas se torna necesario regresar a la política legal. Pero... ¿cuál era la táctica más adecuada a seguir? Muchos se preguntaban si había que constituirse como un grupo interno organizado dentro de las filas del viejo partido, o si, en cambio, había llegado al hora de fundar una nueva fuerza política en la Argentina.

              Scalabrini Ortíz              Homero Manzi                        Arturo Jaurteche

Sonaba en los oídos aún el eco de las palabras de Hipólito Yrigoyen: «Radicales, hay que empezar de nuevo». Malograda la herramienta electoral que hacía 20 años venía utilizado como canal de expresión el pueblo argentino, parecía eminente la necesidad de crear algo nuevo. Pero el poder de la política territorial y la necesidad de sostenerse como organización y de llegar eficientemente a las masas populares traccionaban a estos díscolos a la interna del aparato partidario: la posibilidad de ganar una circunscripción donde hacer base era real. Así nace, a mediados de 1935, la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA, según sus iniciales). El nombre lo sugiere el mismo Jauretche, a partir de una frase que alguna vez dijo el viejo caudillo: «todo taller de forja se parece a un mundo que se derrumba». El grupo realiza la tarea histórica de sistematizar las realizaciones y los principios del nacionalismo popular en la Argentina. Pese a que la presidencia la detenta Luis Dellepiane, las que descuellan son las figuras de Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz. FORJA es el ideario-puente de una generación que opera como polea transmisora de ideas entre los dos movimientos populares contemporáneos, el radicalismo y el peronismo. Formaron parte de esta organización Luis Dellepiane, Arturo Jauretche, Homero Manzi, Gabriel del Mazo, Darío Alessandro, Raúl Scalabrini Ortiz y Jorge del Río, entre otros. Todos, menos Scalabrini, miembros de la disidencia popular del radicalismo. Los hombres de FORJA se volcaron a la tarea de estudiar, explicar y denunciar los lazos de dependencia concreta de nuestro país al capitalismo mundial. Así nacen los grandes trabajos de Raúl Scalabrini Ortiz: «Política Británica en le Río de la Plata» y la «Historia de los ferrocarriles argentinos», donde probó que los ferrocarriles en nuestro país se instalaron con capitales argentinos que representaban trabajo argentino y que se sostuvieron y desarrollaron con más trabajo argentino, siendo el capital inglés innecesariamente beneficiado por el Estado nacional a través de la llamada «Ley Mitre», que colocó todo el sistema férreo nacional en sus manos. De este modo, Scalabrini no sólo demolía la imagen de Inglaterra como «nación amiga», sino que además destruía el mito antinacional (ya vigente en esa época) de que los argentinos no somos emprendedores y que nos capitalizamos gracias al aporte extranjero, porque si no, si hubiera dependido exclusivamente de nosotros, no nos hubiéramos desarrollado nunca. Para la década del ’30 la dependencia de la Argentina respecto de Inglaterra era un dato de política internacional que manejaba cualquier persona bien informada en cualquier lugar del mundo y, sin embargo, no era un dato que formara parte del debate ni de las preocupaciones de la «clase política» de nuestro país. Ni los socialistas y comunistas que formaban la izquierda, ni los conservadores y «nacionalistas» de la derecha estaban preocupados por esto (y mucho menos los liberales del «centro», que se ocupaban de la administración de la colonia). Esta preocupación por desentramar los lazos de la dependencia económica de nuestro país era una novedad absoluta para una organización política en aquél medio histórico, y a esta novedad le correspondió un nuevo lenguaje. Los hombres de FORJA incorporaron entonces al vocabulario político algunas palabras que pocos años después serían de uso habitual. A este respecto, en una carta escrita a la Academia Porteña del Lunfardo con fecha 29 de abril de 1965, en respuesta a una consulta que le hicieran, Jauretche dice que: «El uso de la expresión ‘oligarca’ – ya empleada en el poema ‘El Paso de los Libres’ – en su acepción hoy popular, así como las expresiones ‘vendepatria’ y ‘cipayo’, las popularicé desde el periódico ‘Señales’ y en otros de vida efímera en los años posteriores a la revolución de 1930". El modo de difusión de las ideas forjistas era el «boca en boca» y se centraba en una práctica diaria de conferencias callejeras. El público que asistía a ellas fue creciendo paulatinamente hasta que, alrededor del año 40, se llegaron a juntar varios cientos, y hasta hubo mítines que pudieron haber superado los mil concurrentes. Para la difusión, rara vez se contaba con afiches o volantes; la gente se enteraba de estas conferencias a partir del pregón que hacían desde la mañana un par de jóvenes militantes en la esquina donde se iba a realizar la conferencia por la tarde. La gran prensa nacional no le dio a este hecho inédito la más mínima importancia. Funcionaba a la perfección la «conspiración del silencio» a la que hace referencia René Orsi, en su obra Jauretche y Scalabrini Ortiz : «Una tarde dialogando con Scalabrini en un café de la capital le hice un comentario sobre esa cortina infranqueable a propósito de un acto que se llevaría a cabo en el transcurso de esa semana, y ante mi sorpresa, Raúl escribió en un papel común una esquela dirigida a Eduardo Mallea, director a la sazón del suplemento literario del diario ‘La Nación’ diciéndole: ‘Querido Eduardo, te ruego atiendas al Prologo portador de la presente, señor René Orsi, y le seas útil en la medida de tus posibilidades. Raúl’. Con esta nota me presenté ante (...) Mallea, quien al leerla, me dijo: ‘¿Qué es de la vida de Raúl? ¡Qué lástima! Las letras argentinas han perdido un gran valor’. Frente a esa extraña expresión de recuerdo al amigo común, avancé algo más en la conversación preguntándole por mi parte desde cuando se conocían con Scalabrini, respondiéndome que ambos habían entrado a ese diario contemporáneamente, y que al igual que él, que ya era nada menos que encargado del por entonces prestigioso Suplemento dominical, Raúl también había tenido la posibilidad de una brillante carrera en la hoja de los Mitre , malograda, según agregó, por su militancia política e ideológica a partir de 1930; (...). Finalizando el diálogo, Mallea llamó a otra persona de la redacción y le hizo conocer el motivo de mi presencia allí, y, unos días después apareció en ‘La Nación’ un aviso de la conferencia, breve, reducido, en página par y casi al fondo; pero salió. Debe haber sido una de las 100 escasas informaciones que tuvo FORJA a lo largo de diez años de brega incesante». FORJA no llegó a ser nunca una fuerza electoral importante. A pesar de esto sus ideas fueron invadiendo el modo de pensar y de hablar de mucha gente, y esa unificación del lenguaje fue creando una mancomunidad de ideas. Según el mismo Jauretche, «la labor cumplida por FORJA fue, precisamente incorporar a los hábitos del pensamiento argentino la capacidad de ver el mundo desde nosotros, por nosotros y para nosotros. Esto requería sacar todas las cosas del plano estratosférico en que se desenvolvían y poner en primer término nuestro interés nacional y popular».
FORJA había desplegado una tarea docente, y en 1941, en un acto celebrando el 6º aniversario de la fundación de la organización, Jauretche les dice a sus compañeros estas palabras que resultarían proféticas:
«Día por día hemos visto crecer el público alrededor de nuestras tribunas callejeras; sin prensa, porque nos está cerrada la información que no se le niega ni al más insignificante comité de barrio; sin radiotelefonía porque a ningún precio se nos ha permitido el acceso a ella. El idioma que hablamos, que era sólo el de una pequeña minoría y hasta parecía exótico, hoy es el lenguaje del hombre de la calle. Puedo decirles en este aniversario, que estamos celebrando el triunfo de nuestras ideas. Pero estamos constatando, al mismo tiempo, nuestro fracaso como fuerza política: no hemos llegado a lo social: la gente nos comprende y nos apoya, pero no nos sigue. Hemos sembrado para quienes sepan inspirar la fe y la confianza que nosotros no logramos. No importa, con tal que la labor se cumpla.
       

Además de las tribunas callejeras, esta organización produjo un profuso material impreso que circulaba con gran aceptación en ámbitos universitarios, en algunos sindicatos y entre los oficiales nacionalistas (no fascistas) del ejército. Entre estos cuadros a los que les llegaban los materiales forjistas había un coronel, muy respetado por sus pares e incluso por sus superiores, que estaba convencido de que el Ejército podía ser el instrumento de la liberación económica y social del país. Se trataba de un hombre que estaba a la búsqueda de un lenguaje nuevo que le permitiera ponerle nombre a las cosas de una nueva era. Entre las páginas de los Cuadernos de FORJA encontrará la confirmación de lo que venía intuyendo sobre la situación nacional, y encontrará, sobre todo, el idioma para expresarlo. Obviamente, tal coronel es Juan Domingo Perón. Al producirse la asonada del 4 de junio de 1943, que derroca al régimen fraudulento, Perón, que es quizás el máximo inspirador del movimiento triunfante, es además, el oficial que mejor expresa las ideas nacionalistas y de desarrollo estratégico que pululan entre las filas del Ejército. Proclama la necesidad de que las Fuerzas Armadas dejen de ser el garante de un régimen corrupto y vendepatria y a esto le agrega un condimento que no todos los hombres de armas podían tragar: para Perón, la recuperación de la Argentina, además de económica tenía que ser social, y para ello debían ser rescatados y cumplidos todos los derechos de los trabajadores, a los que el Estado tenía que privilegiar frente a los ricos y poderosos dueños del capital y los medios de producción. Para alcanzar sus objetivos, Perón debía convertirse, si no en un «político» tradicional, sí al menos en una persona que se pudiera manejar en cualquier espacio de poder. Y lo hizo de un modo superlativo. La vida cuartelera está protegida de ciertos vaivenes de la sociedad civil y es común que los militares se mareen en los pasillos de los ministerios, donde está el reino de las aves negras, administradores profesionales, doctores y caballeros que conocen todos los vericuetos de la ley tan bien como los escondrijos de los edificios públicos. Perón necesita aprender y, entre otros, comienza a entrevistarse todos los días con Arturo Jauretche en sus oficinas del Ministerio de Guerra. Durante casi todo el año ‘44 Jauretche tuvo pase de «audiencia permanente» en el Ministerio de Guerra con el coronel Perón. Conversaban de los diferentes temas de la dependencia semicolonial argentina y sobre el mapa político del país (al cual Jauretche conocía en detalle). Luego, hablando con sus amigos, Jauretche les decía: «Perón me ‘rasca’, me hurga», expresando así la avidez con que el futuro jefe del segundo movimiento histórico de la Argentina se interesaba por todo aquello que creía que Jauretche le podía aportar. Es interesante ver lo que dice, en un reportaje de 1971, Arturo Jauretche sobre la formación del pensamiento político de Juan Perón:
«Es muy posible que Perón, en algún momento de su formación haya simpatizado, no creo que con el nazismo, pero sí con alguna forma del fascismo italiano. Él había vivido en Italia mucho tiempo, pero cuando Perón tomó contacto con las masas argentinas, con la política argentina, se percató en seguida de las particularidades del fenómeno político social argentino y adaptó su pensamiento a esa realidad nueva, que se iba creando y que él, en cierta medida, iba creando, pero la creaba porque se puso en esa realidad y caminó para ese lado. Perón aprendió y aprendía con velocidad porque era muy inteligente. Por ejemplo, sobre la vieja política argentina creo haberle sido muy útil para informarle, pero le aseguro que pronto sabía más que yo. Y tenía ciertas aptitudes revolucionarias que los hombres ya formados no tenemos, una capacidad para no sorprenderse de nada, para aceptar hechos nuevos y para adaptarse a la realidad.»



Con la llegada del peronismo al poder nace una nueva realidad política en la Argentina. Realidad que no era rozada ni de cerca por la «cultura» ideológica heredada del liberalismo conservador de los años de la colonia próspera. El país era definitivamente «moderno», no porque se organizara su Estado según el canon de «los modernos estados-nación», sino porque se organizaba su pueblo. Les cupo a los intelectuales vinculados al peronismo dotar de un pensamiento propio a esa nueva realidad. Era todo un desafío y la posición inclaudicablemente popular a la que adhería Jauretche le permitió esquivar lo que él mismo dijera sobre la relación entre los revolucionarios y las revoluciones: «Creo que se atribuye a Mirabeau una frase que ha hecho carrera: ‘La revolución es como Saturno, que se devora a sus hijos’. La frase es bella pero inexacta: la revolución devora a sus padres, los precursores. Los precursores de toda revolución, pese a sus divergencias con el sistema que combaten, son hijos de su época y, como tales, no pueden desafiliarse totalmente de ella; acatan sus escalas de valores, su estilo, su estética. Ocurre que cuando el hecho revolucionario se produce, a la par de los frutos esperados aparecen otros menores y sorprendentes. (...) La revolución, así sea pacífica, no es como la inauguración de una casa nueva bien pintada y con jardín al frente. Por el contrario, está terminado el comedor y falta el cuarto de baño, la mezcla anda derramada por el suelo y se choca en todas partes con baldes y escaleras; es el momento en que el viejo revolucionario empieza a preguntarse si no era mejor la casa vieja que con todos sus defectos respondía a los hábitos adquiridos. (...) Su actitud de ese momento es la prueba de fuego; ella nos dice si el luchador estaba en lo profundo de los acontecimientos que reclamaba o sólo en lo superficial...»

Fuente: wwwperonismomilitante.com.ar – Prólogo por Mariano Cabral – Arturo Jauretche

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