EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

lunes, 28 de mayo de 2012


RICHARD WAGNER, por Rafael Barret 


                         
Hay asuntos que hacen la exageración imposible. Al hablar de Wagner, nada debe temer el más noble y apasionado entusiasmo sino quedar pequeño y frío ante la obra del coloso alemán. He visto con gusto que pronto tendremos ocasión de oír dos admirables trozos en que se concentran, como la luz en el diamante, todas las bellezas esparcidas por dos célebres dramas wagnerianos, Lohengrin y Tristán e Isolda, y me parece éste el momento de recordar al genio más poderoso del pasado siglo, al genio quizá más grande de todas las épocas.

Ricardo Wagner nació en 1813. Sus padres le dedicaron a la pintura. Cuando los profesores comenzaban a creerse en presencia de un futuro Rembrandt, el discípulo abandona los pinceles y compone una tragedia en que sucumben treinta personajes. Al fin descubre su vocación y escribe dos óperas, Las Hadas y Rienzi, donde se notan reminiscencias de Meyerbeer.

Con la partitura del Buque Fantasma debajo del brazo, va a París y está a punto de perecer allí de miseria y de desesperación.

Vuelve a su patria y consigue estrenar el Buque; el público lo recibe desconcertado. El famoso Liszt, maestro de capilla en Weimar, monta el Tannhäuser, que levanta una tempestad. La rutina, la envidia y la pereza acusan a Wagner de oscuridad y de pedantería, como acusaron a Gluck y a Beethoven. Hoy, después de cuarenta años de rebeldía al divino yugo, el mundo pone al autor de Tannhäuser en la región sagrada donde están Víctor Hugo, Miguel Ángel y Shakespeare.

Después del grandioso poema cristiano viene Lohengrin, celestial poema de misterio y de amor. El romántico y suntuoso Luis de Baviera protege al artista, que va engendrando la tetralogía del Anillo del Nibelungos, inmenso ciclo simbólico, Tristán e Isolda, incomparable elegía de pasión y de muerte, Los Maestros Cantores, prodigio de majestuosa y salvaje ironía, Parsifal, augusta y sublime leyenda. Wagner, elevado a las cimas deslumbradoras del arte, es reconocido profeta. Su Meca es Bayreuth. Su teatro es el Templo, y los intérpretes de sus creaciones son los sacerdotes de un culto nuevo. Venerado por la legión innumerable de sus fieles muere en el año 1883, a orillas del Adriático, en plena gloria.



Sucede al imperio absoluto de Goethe en la cronología del pensamiento germánico, el triuniverso formado por Nietzsche, concentrado y violento, Schopenhauer, altivo, ingenioso, enormemente sabio, y Wagner, que completa y supera a los dos por su imponente organización artística.

Los asuntos de sus dramas líricos suelen estar tomados de las tradiciones y de la mitología medievales, y se desarrollan en ambientes fantásticos y a la vez profundamente lógicos. La fábula se humaniza, el símbolo se hace carne. La edad caótica en que los gérmenes de la moral futura brotan de las ruinas de todos los paganismos, es para Wagner el crisol que depura sensaciones extrañas, sentimientos sobrehumanos, ideas eternas, seres dotados de una inmortalidad abrumadora.

¿Qué hombre dominó hasta ese punto la materia, asentó el pie en tierras tan remotas, dispuso de tan distintas y terribles armas para rendir el ideal?

Pintor, él mismo imagina y dibuja las decoraciones y las vestiduras, y evoca escenas de la hermosura centelleante del Fuego Encantado, o del siniestro esplendor del Crepúsculo de los Dioses: poeta, rima él mismo los libretos de sus obras, y produce páginas, como las de Tristán, en que suenan los más altos acentos de la poesía; músico, se apodera de la armonía en el grado perfecto en que la dejó Beethoven, y con formidable empuje hace de ella montañas, paisajes, abismos de sonidos, o con maestría maravillosa la desvanece en murmullos, gemidos y lágrimas.

Y esto no es nada. La trascendencia de Wagner está en que ha transformado, no la música, sino la estética, en que ha creado una forma definitiva, el drama lírico, unidad extraordinaria que resume toda la sensibilidad de una civilización.

Por eso es más que Víctor Hugo. El uno forjó la lengua francesa contemporánea, el otro dio sentido a la lengua universal de la música, y enseñó a expresar con ella lo que no expresa ninguna otra. El uno ha dado un alma al verso, el otro ha dado un alma única a todas las artes.

Sería una mezquindad decir que Wagner ha hecho escuela. Quien revoluciona la humanidad y la orienta por algunos siglos hace más de una escuela. Desde que Wagner ha muerto la estatura de Alemania se ha reducido a la mitad. Allí y fuera de allí la mole ciclópea cierra el horizonte, y por mucho tiempo trabajarán los artistas a la sombra.



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