EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

miércoles, 30 de mayo de 2012


Crónica (Cuento Breve) - Autor: Gustavo Marcelo Sala

                                                          ayer quiso matarme la mujer de mi vida,
                                      apretaba el gatillo cuando se despertó...
                                                                               Joaquín Sabina




Fueron envidia y orgullo de El Perdido.
El Perdido es una de esas aldeas de acuarelizada llanura, de traza pequeña y timorata, en donde en cada ventana, en cada puerta o en cada claraboya están ocultos sentidos bisoños y parlantes de acueducto.
Él, el Delegado Municipal Carlos Orellana; joven, buen mozo, probo y honesto, abogado recibido brillantemente en la Universidad Nacional de La Plata. 
Ella, Paula Rivera Olmos, la criatura adorada; resignada de antemano por sus padres, con el futuro tallado en sus ojos color miel, mil espera, miel deseo. Piel muy blanca, casi transparente al sol o cambiante de rubor según el espectro que la abrace.
Eran ejemplo, intimidad y coincidencia. Las matronas fundadoras garabateaban sonrisas y placeres cuando la pareja alternaba cumplidos y saludos en su rutinaria caminata sabatina y crepuscular de visita al cementerio, o durante el tradicional encuentro religioso dominical.
Ni el peluquero, ni el boticario, ni el médico, ni la maestra sospechaban de un rencor disfrazado de requiebro al momento que sus ojos se encontraban en algún punto del paisaje. Su verdad era silenciosa, ceñida con la firmeza de candados.
Tiempo hacía que no compartían sábanas. El fantasma del desamor amaneció durante cierta primavera cuando Paula comenzó a poetizar con el solitario escritor radicado en la finca lindera al camino real, a orillas del arroyo Los Gauchos.  Ignoraba el escritor que Orellana lo sabía... desconocía Orellana el propietario de esas rimas... Ajenas, las matronas no sospechaban que en breve estarían de riguroso luto y llorando, completando un prolijo cortejo en dirección al sur.
Y no medió palabra, ni agresión, ni roce... no existieron reproches ni violencias, no hubo error, ni omisión, ni angustia; sólo un poco de temor y un suspiro de derrota.
Una mañana de marzo, en el caudal más profundo del arroyo, con la primera bruma de testigo apareció sin vida el cuerpo de Orellana.  Los medios locales titulaban “Muerte por Asfixia”, destacando en cursiva “agua en sus pulmones”... El Perdido completo conjuró desconsoladamente argumentando que el arroyo lo había traicionado. Pasado el tiempo me parece oportuno eximir de cargos al arroyo Los Gauchos. Una parte de la traición continúa con su caminata sabatina durante el crepúsculo, rumbo al cementerio, portando las sietes espinas y la flor de su adulterio; la otra parte de la traición acaba de narrarles la historia.


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