EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

domingo, 8 de abril de 2012

Leoneses en Guisasola - 1892 - Partido de Coronel Dorrego - Autora: Dora M. Eulalia






UNA HISTORIA DE INMIGRANTES
CASTELLANOS LEONESES
EN CORONEL DORREGO

El Perdido – Estación José A. Guisasola
Partido de Coronel Dorrego
Provinica de Buenos Aires - Argentina - 2007

                                                   

Hace cinco años Don Alberto Eulalia, más conocido por el apodo de Mota, natural de El Perdido, tuvo la razonable idea de proponer a su familia la venta de un predio ubicado en el mismo pueblo. Esta finca prácticamente abandonada perteneció a sus padres y en la que vivió hasta su fallecimiento Don Ángel Eulalia (H), el mayor de sus hermanos. El terreno de unos quince metros de frente por veinte de fondo, era acompañado por una precaria construcción digna de demolición. La propiedad en su conjunto era de suma necesidad para una empresa cerealera vecina la cual efectivizó una propuesta monetaria demasiado conveniente como para rechazarla. Dicha construcción estaba protegida o lo que es lo mismo invadida por frondosos matorrales que invariablemente presentaban un duro desafío para el machete. No obstante la dificultad, y una vez aprobada la operación por parte de la totalidad de la familia, comenzó la depuración y extracción de todo aquello que resultase fiel a las emociones y también aquello que fuera útil, práctico y merecedor de ser conservado, ya sea para el recuerdo o para su empleo terrenal. Estamos hablando de una propiedad deshabitada desde hacía no menos de doce años, en donde las lilas, los siempreverdes y las madreselvas daban fiel testimonio de la voces que construyeron sus días. Este relato tiene como escenario un pequeño pueblo o terruño que se levanta en plena llanura pampeana cuya doble denominación ya presenta características particulares. Efectivamente El Perdido o Estación José.A. Guisasola conserva aún la pujante impronta gringa que otrora fuera fuente de ilusiones y sueños de miles de inmigrantes que vieron en la región una notable posibilidad de trabajo y de prosperidad. Así Daneses, Alemanes del Volga, Gringos y Españoles compartieron y apuntalaron con su esfuerzo ese desarrollo. En la actualidad, sus apellidos se entremezclan y le agregan identidad al recuerdo y al coraje.
Políticamente se encuadra en el centro sur de la Provincia de Buenos Aires dentro del Partido de Coronel Dorrego y a veinte kilómetros de la homónima ciudad cabecera. Este marco se halla distante a quinientos ochenta kilómetros de la ciudad de Buenos Aires y a ciento veinte kilómetros de Bahía Blanca. Toda la economía palpita según ritmos y avatares de la agricultura y ganadería, siendo el factor clima uno de las variables del humor y desventuras cotidianas.
Algunas rimas de un poeta local describen al pueblo con suma precisión:

Con la fuerza del camino
y el silencio del andén,
lo que nació como vía
y parada obligatoria,
hoy es solo la osadía
de mil almas que conviven
a la vera de una ruta
que canta pidiendo paso
y que de a ratos convoca
a disfrutar del ocaso.

Volviendo a nuestro relato les cuento que esta suerte de búsqueda racional de elementos dentro del predio fue el disparador necesario para el armado de este trabajo. Allí encontré historias que hablan de mí y de mi gente y que si bien no ignoraba, las mantenía secretamente olvidadas producto del vértigo y la involuntaria desmemoria de todos los días.
Documentos, partidas, escrituras, nombres desconocidos en apellidos familiares, fotos, cartas, folios y actas escritas en cursiva inglesa y pluma cucharilla pasaron a formar parte de una cohorte de necesidades y urgencias.
Ambas direccionadas hacia el mismo sentido: Mi propia identidad.
La delicada y exquisita reconstrucción de mis ojos, de mi boca, de mi traza y mi color. La omnipresente necedad y tozudez de hallarme viva y curiosa, y por ende agradecida. Con asumidos temores de encontrar durante el viaje algún arrogante del cual avergonzarme o con la legítima ilusión de hallar en el camino aquel valeroso poeta que jamás resignó principios. Este prólogo tiene el simple objetivo de posicionar al lector dentro del ámbito de una historia tan única como otras e invitarlo a una atmósfera de recuerdos aparentes y licencias permitidas, en donde entrelineas pueda leerse aquello indomesticable que poseemos: Nuestra propia sangre.
                                             Dora Mabel Eulalia



Postales Imprecisas
    
Este relato no solamente tiene como objetivo participar de la propuesta en función de un certamen con incentivo económico. Esencialmente es una invitación a todo aquel que suponga encontrar coincidencias y nos dé la posibilidad de intercambiar información de manera tal plasmar certezas donde no las hay y con ese pretexto acercarnos para recuperar nuestra memoria e identidad, además de reflexionar sobre nuestro presente y lo que en conjunto podamos hacer a favor del futuro.

Nuestra historia tiene su comienzo en la comarca serrana denominada La Cabrera, Provincia de Castilla y León, durante la primera mitad del siglo XIX.
El pueblo de Robledo de Losada, terruño municipal de Encinedo fue el ámbito en donde vivieron su matrimonio Don José Eulalia y de Doña Rosalía Vázquez. De dicha unión y en la misma localidad nace en el año 1846 Don Valentín Eulalia. Paralelamente y del mismo modo, muy cerca de allí, en el pueblo de Baillo, terruño municipal de Truchas, Don Martín González y Doña Catalina González contraen matrimonio. En el año 1852 nace fruto de la relación Doña Concepción González González.

Siempre dentro del ámbito de La Cabrera pero en esta oportunidad en el Municipio de Truchas, contraen enlace el 20 de Noviembre de 1876 Valentín y Concepción. Esta última con 24 años de edad lo hace en condición de primeras nupcias, mientras que Valentín de 30 años lo hace en condición de segundas nupcias debido a que había enviudado de Doña Natalia Quiroga, natural de Quintanilla de Losada. El fruto de estas primeras nupcias fue Don Rafael Eulalia fallecido en condiciones que se desconocen en Cuba sin haber dejado descendencia. No sería descabellado suponer que Rafael haya caído en combate a propósito de las luchas que por entonces libraba España en tierras cubanas. Su juventud lo encuadraría dentro del ámbito del enrolamiento militar.

Como ama de casa Doña Concepción compartía con Valentín sus tareas de labranza, siempre dentro del poblado de Robledo de Losada, asiento de su domicilio. El 17 de Febrero de 1881 nace su primera hija, Esperanza Eulalia. El 8 de Septiembre de 1883 nace Ángel Eulalia y por último en 1891 nace Constantino Eulalia.

La documentación evidencia que las inscripciones oficiales  de recién nacidos o de enlaces se realizaban ante el Juzgado Municipal de Truchas o Encinedo según sea el terruño que corresponda. El titular del registro civil de este último era por entonces Don José García Eulalia. Se desconoce el grado de parentesco de este último con Don Valentín.

Y es aquí en donde comienzan a tejerse las hipótesis y los supuestos con respecto a los motivos verdaderos que impulsaron a nuestra familia a iniciar el proceso migratorio que se desarrolló en 1892. Doña Concepción González de Eulalia llega al Puerto de Buenos Aires, Argentina, en dicho año con sus tres hijos pequeños de 11, 8 y 1 año, y sin la compañía de Valentín.
De él no se tienen más datos sino hasta la fecha de su fallecimiento ocurrida el 2 de julio de 1910 en la localidad de Robledo de Losada.
A propósito de este dato debemos aclarar lo siguiente: El acta de defunción muestra cierto grado de incertidumbre con respecto a los causales del fallecimiento, como así también una ausencia total de familiares, amigos y deudos que avalen tal acontecimiento.  Además la partida ofrece el dato erróneo sobre la edad del difunto al momento de producirse la expiración. De acuerdo a los años que constan en las actas de nacimiento y matrimonio su deceso se produjo a los 64 años y no a los 60 como se afirma en dicho folio.

Más allá de esta aclaración y volviendo al tema, no existe documentación que asegure que esa separación de 18 años de la pareja tuvo alguna causa cierta.
Podemos suponer o trazar hipótesis al respecto tomando aquello que más seduzca a nuestros oídos. 
Sabemos que por esos tiempos España vivía instancias de luchas internas. Se puede inferir que pudo haber participado en ellas y preservó a su familia enviándola a un país que proponía una misma lengua y un supuesto futuro alentador. Otro dato a tener en cuenta es que por entonces la península  vivía momentos de importante recesión económica con la consecuente pobreza que tal fenómeno acarreaba, más aún en aquellos pequeños terruños alejados de toda instancia que posibilite algún grado de avance y normal desarrollo de los requerimientos básicos que tiene una familia. Un último punto a añadir a los supuestos citados es que Doña Concepción contaba con familiares residentes en la localidad de Cascallares dentro del Partido de Tres Arroyos Provincia de Buenos Aires. Si bien no podemos desechar por completo la hipótesis de una separación matrimonial común y corriente, bueno es tener en cuenta que ninguno de los dos documentó haber rearmado sus vidas de relación, siendo ambos todavía  jóvenes.
Abonando esta afirmación sabemos que luego de su paso por Cascallares, Doña Concepción González de Eulalia se radica en El Perdido - Estación Guisasola, Partido de Coronel Dorrego, con sus tres hijos sin que se registre relación alguna fuera de su familia original.

Vale aclarar que la definitiva radicación en Guisasola se dio pasada una buena cantidad de años. Esta mudanza se efectivizó a expensas del joven Ángel, una vez que este encontrara una cierta certeza de ingresos regulares y la consecuente adquisición de una propiedad.

Podemos aseverar pues, que Doña Concepción se dedicó enteramente a la crianza de sus hijos y éste fue el basamento de su vida hasta el día de su fallecimiento.
Me gustaría hacer notar la valentía de una mujer joven, sola y con tres hijos muy pequeños para afrontar las vicisitudes de un proceso migratorio enmarcado con la dureza de los tiempos y la región.
Las dificultades de traslado y lo riguroso del clima no son factores a desechar para evaluar a una dura leonesa que imagino morocha, tez aceitunada, de convicciones firmes y eficaz en sus asuntos, rechazadora de lujos y que le hacía frente a lo vulgar. Los invito a imaginar por un instante nuestra región del sur bonaerense a principios del siglo XX y veremos, sin ningún tipo de reparo, el grado de coraje y tal vez de desesperación que tuvo que afrontar Doña Concepción para hacerse cargo y lograr a brazo partido su lugar y un lugar en el mundo para sus críos. Disculpen la licencia, pero no puedo evitar emocionarme y sentir verdadero orgullo.

La incógnita que de algún modo me sigue inquietando es la razón por la cual una aparente y tranquila comarca serrana plagada de valles y pequeños pueblos que irrumpen sus declives expulsaron tan prontamente a una madraza con tanto amor propio y agallas, propiciando una separación familiar irreversible, apostando a un no regreso o lo que es peor, a un no reencuentro. Trocando aquel paisaje por la rusticidad de lo desconocido, adjuntando en su derrotero un esfuerzo solitario y comprometido.
Tal vez aquí es donde apelo a la voluntad del desprevenido lector.

A modo de llamado solidario y sin especulaciones:
Para saber de Valentín y su suerte.
Para saber de Concepción y sus porque.
Para saber de mí.

Continuemos con la historia de los Eulalia leoneses en El Perdido, Partido de Coronel Dorrego, Provincia de Buenos Aires.
Y hablo de Esperanza, de Ángel y del pequeño Constantino. Imagino sus ojos asustados, bien redondos y negros, en la clase popular de la panza de un barco que por entonces no solía respetar las básicas comodidades que debía tener una madre con sus hijos. Y su llegada al puerto de una ciudad sin sierras, sin valles, sin ríos ni arroyos en donde chapotear. Aferrados a una oscura falda, que por entonces, era  sinónimo de supervivencia.
Como dijimos anteriormente, una vez que Concepción llegó a Cascallares con sus hijos, pasó algún tiempo hasta radicarse definitivamente en El Perdido. Sus familiares le permitieron sostener con tareas hogareñas el crecimiento de los niños. A la edad de 12 años Don Ángel Eulalia comienza a desarrollar tareas varias de jornalero en estancias y poblados de la zona rural. Por aquellos tiempos la adolescencia era mucho más corta que en la actualidad.
Se transforma de manera inconsciente en una suerte de pionero de la familia en la búsqueda de asentamiento definitivo. Paralelamente Esperanza Eulalia colaboraba con su madre en los quehaceres domésticos y la crianza del pequeño Constantino.
A mediados de primera década del siglo XX Don Ángel logra adquirir lotes en el recientemente fundado El Perdido. Tiempo después y tras la construcción de una humilde vivienda logra traer a su madre y hermanos para la radicación definitiva. Es así que a principios de la década del diez los Eulalia echan raíces en forma concreta y estable en un pueblo que les brinda la posibilidad de una vida ciertamente tranquila y con un lento pero constante progreso.
Muy a nuestro pesar el destino les guarda reservado a los Eulalia leoneses trágicos desenlaces que dejan a la amargura como protagonista exclusiva de esos tiempos. Al ya mencionado fallecimiento de Don Valentín, muy lejos de su familia en 1910, se suma el suicidio de Constantino el 24 de junio de 1916 a la temprana edad de 25 años.  Poco tiempo después Doña Concepción González de Eulalia fallece el 22 de junio de 1921. Madre e hijo descansan sus restos en el cementerio local. A la par de estos lamentables sucesos Doña Esperanza Eulalia contrae matrimonio con Feliciano Fondevila diversificando su rama genealógica hacia el apellido del cónyuge. Aún hoy habitan descendientes de esa rama en El Perdido.
Don Ángel Eulalia, nuestro pionero en tierras dorreguenses, definitivamente dedicado a su oficio de Agricultor, contrae enlace el 5 de noviembre de 1921 a los 36 años con Doña Juana Vera, de 18 años, natural de estas tierras, y dedicada a quehaceres domésticos. 
No obstante su oficio, Don Ángel, nunca desechó la posibilidad de la obtención de ingresos extras a través de otras labores. Su excelente monta le permitió desarrollar tareas no sólo en el campo de la ganadería, sino además como idóneo en el cuidado del caballo, siendo parejero y en algunas ocasiones jockey en las usuales jornadas rurales en donde las carreras cuadreras eran la atracción de la reunión. Como prueba de ello se adjunta, dentro de la documentación original de la época, una autorización que data del año 1899 en donde un productor ganadero de Tres Arroyos permite el uso de su marca en animales al joven Ángel para el legal desempeño de su actividad.
Otra nota distintiva era que poseía suma habilidad para el manejo de los naipes, lo que le otorgó en ciertos momentos de su vida algunos ingresos necesarios e imprescindibles. Dichas habilidades jamás creyó conveniente fueran reveladas y dejadas como herencia o legado de vida a sus descendientes.
Con la llegada de sus hijos Doña Juana tuvo que añadir a sus tareas hogareñas, labores extras para solventar la crianza y educación de los mismos. Tareas de lavandería y tejidos eran sus especialidades.
Tal como constan en el árbol familiar los siete hijos fruto del matrimonio son los primeros Eulalia nativos de la zona.
Ellos son: Ángel(H), Nélida, Elsa, Celia, Ema, Oscar y el ya mencionado Alberto, más conocido como Mota nacido en 1924 y que para mayores datos vendría a ser mi Papá y disparador indispensable para este melancólico emprendimiento. Ana Delia Eulalia y quien redacta Dora Mabel Eulalia somos la resultante de su matrimonio con nuestra recordada y muy querida Delia Del Pizzo, Mamá.
Por ahora estimamos necesario dejar reposando nuestro sueño y licenciar en este punto al relato, esperando que más temprano que tarde alguien tome nuestra posta. No le damos la entidad de un final. Las historias de familia abarcan eslabones que aspiramos sean enlazados con nuevos pretextos y nuevas prevenciones.  En lo personal trataré de ser digna del coraje de Doña Concepción, buscaré merecer el renunciamiento de Don Valentín e intentaré cosechar la garra que Don Ángel nos sembrara, para que todo esto no sea solamente una anécdota en tonos de sepia.

Apiádate tierra mía
por algún insulto dado.
Gritado por la impotencia
de no caminar tus huellas,
senderos que me susurran
de mi gente y de mi historia,
los poemas mal heridos
y las sombras de mis venturas
que hace muy poco entendí
cuando cruzando un espejo
sus arrugas advertí


Texto publicado en el II Volumen

Memoria de la Emigración Castellana Leonesa

Editores: Rodríguez – Toranzo – Martínez
Junta de Castilla y León
Fundación Cooperación y Ciudadana de Castilla y León
 UNED (Zamora)

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