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viernes, 9 de marzo de 2012

EGOÍSMO Y ALTRUÍSMO como teorías sociales - Por Jean Grave



Después de la necesidad de una parte escogida, es detrás del egoísmo individual donde se atrincheran la mayoría de los defensores del orden burgués, para justificar el mantenimiento de la propiedad individual, y la necesidad de un poder encargado de poner en orden todos los egoísmos.

Según ellos, el hombre es egoísta, puesto que sólo obra movido por los sentimientos del interés individual más puro. Si la sociedad no le deja la facultad de guardar para sí lo que podría procurarse por medio de su trabajo, de acumularlo y legarlo a quien mejor le plazca, se rompe el resorte motor de toda iniciativa, de todo trabajo. El día que los individuos dejen de tener la posibilidad de atesorar, ya no trabajarán más, ya no habrá más sociedad, más progreso, nada, en fin.

Pero nuestros burgueses son demasiado conscientes de su interés para llevar esta teoría hasta sus últimas consecuencias. ¡Diablo! esto podría echar a perder su sistema social. También nos dicen:

«El hombre es egoísta; esto está en su manera de ser, y no hay posibilidad de remediado. Por otro lado, la sociedad, de la cual somos su mejor adorno, pide por parte de los individuos, mucha abnegación, muchos sacrificios para funcionar divinamente; vamos, si quieren, a partir la manzana en dos: los que gobernarán y explotarán a los demás, podrán desarrollar su egoísmo con toda seguridad, ellos tendrán los medios; los que serán gobernados y explotados deberán probar su más perfecta abnegación para prestarse a lo que se les exija. Sólo a este precio es posible la sociedad».

El primer trabajo de las religiones ha sido también, predicar el respeto para con los patronos, la humildad del individuo, y la renuncia de sí mismo. El sacrificio por sus semejantes, por la patria y por la sociedad para el advenimiento de la burguesía.

Los moralistas -¡qué estirpe!- han venido luego, a demostrar que la sociedad no era ni posible, ni duradera, sino con la condición que el individuo se sacrificara a la felicidad común, que renunciara a su autonomía y que consintiera en que le fueran acortados todos sus movimientos.

Por consiguiente, los ignorantes, los menesterosos, han tomado esto al pie de la letra y por esto han transcurrido miles de años dejándose trasquilar, creyendo trabajar en provecho de la raza humana. Los que tienen algo, menos crédulos, se han contentado con gozar y explotar estos buenos sentimientos.

Pero cada acción produce su reacción; otros han venido a demostrar que, siendo el egoísmo el fondo mismo de la naturaleza humana, el hombre no encontrará su felicidad sino cuando la sociedad le permita pensar sólo en sí mismo, y relacionar todos sus actos, todos sus razonamientos ¡con la cultura de su Yo! trocado en la divinidad por la cual debía sacrificarlo todo.

Esta teoría se practica por una juventud literaria, que menosprecia toda la inteligencia de la que se cree dotada; la vil masa, que considera como inferior, ha llegado a preconizar una especie de anarquía aristocrática que con algunos centenares de francos de renta, se acomodaría perfectamente a la sociedad actual. En odio a la abnegación y a la sumisión predicadas por el cristianismo y la moral burguesa, algunos anarquistas han creído encontrar, en esta nueva fórmula, la expresión de la verdad; de aquí ha derivado una polémica entre los partidarios de lo que se llama «egoísmo» y los partidarios de lo llamado «altruismo».

Para explicar estos dos términos se ha vertido la tinta a mares, se han amontonado sofismas sobre sofismas, y empleado muchos despropósitos, por ambos lados, para probar que cada uno de estos términos debía ser el motor del individuo. Y según la idea favorita que cada uno hubiera adoptado, se ha reprobado sucesivamente al comunismo anarquista -por parte de los partidarios del egoísmo-: que la idea anarquista, para poder existir, exigía demasiado altruismo por parte de los individuos, que la posibilidad de una sociedad semejante suponía a los hombres perfectos, que no existen, que el hombre no debe verse obligado por su naturaleza a sacrificarse por los demás y que no debe hacer sino lo que considere útil para su desarrollo.
Por parte del altruismo se ha dicho a los anarquistas: reclamando la autonomía completa del individuo, exaltando el espíritu de individualismo, es al egoísmo completo de los individuos hacia donde van; su sociedad sería insufrible, porque olvidan que, para mantenerse, la sociedad exige sacrificios mutuos; que la iniciativa individual debe, a menudo, dejar el camino expedito y hacerse a un lado ante el interés común. Su sociedad sería el reinado de la fuerza bruta, la dominación de los más fuertes sobre los más débiles. Sería un conflicto permanente.

He aquí de qué manera se está expuesta a decir muchas tonterías, cuando se miran las cosas sólo por un lado. El hombre es un ser complejo que no se mueve a impulso de un solo sentimiento, pero sí puede hacerlo impulsado por toda clase de sensaciones, de circunstancias, de influencias psicológicas, físicas y químicas todas a la vez, sin que le sea posible discernir bajo qué impulso obra.

Si el hombre obrara bajo la sola presión del egoísmo, la sociedad actual no subsistiría ni un minuto, porque, exigiendo los mayores sacrificios por parte de los que están desposeídos de todo, cuando bajo sus ojos se despliega el lujo de los ricos, ha sido preciso a estos últimos hacer vibrar otros sentimientos para obtener la fuerza que sostiene su sistema y que habrían sido impotentes para defender si hubieran quedado reducidos a sus propias fuerzas.

Por otra parte, se engañan aquellos que vienen a predicarnos el sacrificio y la abnegación, porque si el hombre puede llegar a olvidarse de sí mismo para venir en ayuda de sus semejantes, sólo puede ser por intermitencias, nunca por práctica continua.

Esta es la teoría funesta, exaltada por el cristianismo, que ha asegurado el reinado de la autoridad, impulsando a los caracteres a doblegarse bajo la explotación de los patronos que se creen enviados por Dios y acostumbrando a los individuos a sufrir en esta tierra, para ganar la gloria del cielo.

El hombre no es el bruto descrito por los teóricos del egoísmo; no es tampoco el ángel predicado por el altruismo, cualidad, además, que sólo le podría ser funesta, porque sería el sacrificio de los mejores en provecho de los más malos. Si los individuos debieran sacrificarse los unos para los otros, al fin y al cabo los que sólo pensarían en su propia individualidad serían los únicos que saldrían beneficiados de este estado de cosas y sobrevivirían solos. El individuo no debe sacrificarse por nada, como tampoco tiene el derecho de exigir el sacrificio de otro. He aquí lo que se olvida y que aclara mucho más la cuestión.

El individuo, por el mero hecho de su existencia, tiene el derecho de vivir, de desarrollarse y de evolucionar. Los privilegiados pueden recusarle este derecho, limitárselo, pero cuanto más llega a ser el individuo consciente de sí mismo, cuanto más sabe usar de su derecho, tanto más se resiste al freno que se le ha impuesto.

Si estuviera solo en el universo, el individuo tendría el privilegio de usar y abusar de todos sus derechos, de disfrutar de todos los productos de la naturaleza sin restricción, sin límite, debiendo sólo ocuparse de las posibles consecuencias que podría acarrearle la costumbre de este abuso.

Pero el individuo no es una entidad, no está sólo; se han tirado más de mil ejemplares que se levantan en la tierra los unos frente a los otros, con aptitudes equivalentes si no parecidas, y teniendo la firme voluntad de usar de su derecho para vivir. Los individualistas que predican el culto del «Yo», erigiendo al individuo en entidad, hacen metafísica trascendental, tan absurda como la de los curas que han imaginado a Dios.

El individuo tiene derecho a satisfacer todas sus necesidades, a la expansión de toda su individualidad, pero puesto que no está solo en la tierra y que el derecho del recién llegado es tan imprescriptible como el del que llegó primero, es evidente que sólo había dos soluciones para que estos derechos diversos se ejercieran: ¡la guerra, o la asociación!

Pero, raras veces, el espíritu humano se presta a las decisiones categóricas. Las circunstancias, además, arrastran al individuo antes de tener tiempo para explicarse sus actos, y cuando no hay remedio, entonces se intenta tomarlo con filosofía.

Así pues, el conflicto ha estallado entre estos diversos derechos, conflicto mezclado con tentativas de solidarización: La humanidad ha vislumbrado que la solidaridad le sería provechosa, pero el terrible egoísmo de algunos que sólo han visto el beneficio actual, sin calcular el daño que acarrea, ha impedido a la sociedad evolucionar francamente hacia una solidaridad completa. El estado de lucha se ha mantenido en las sociedades que eran un principio de práctica solidaria. Y he aquí centenares de siglos -por no hablar más que del período histórico- que dura este estado mixto de lucha y de solidaridad; he aquí millares de años que, por la voluntad de una minoría que es la que únicamente aprovecha este estado de cosas, y que querría perpetuarlo, que luchamos unos contra otros formándonos los más hermosos ensueños de fraternidad; que las clases pudientes explotan a los desheredados predicando la solidaridad, la abnegación y la caridad.

Pero los que sufren se preguntan: ¿por qué hemos de continuar manteniendo parásitos? ¿Por qué hemos de pedir como una limosna lo que sale de nuestro trabajo? Su cerebro se ha desarrollado, han reflexionado acerca de las causas de su miseria, y han comprendido que para librarse debían solidarizar sus esfuerzos y que la felicidad de cada uno era sólo realizable con la felicidad de todos practicando una solidaridad completa.

Han comprendido, además, que esta autoridad que se les había representado como una salvaguardia tutelar entre los intereses antagónicos para impedir una lucha más feroz, era, por el contrario, un medio para los parásitos de eternizar el estado de conflicto, a fin de perpetuar su parasitismo; por esto es por lo que al mismo tiempo que proclaman el derecho de cada individuo a la existencia, proclaman también su más completa autonomía, no yendo el uno sin el otro; la existencia no podía ser completa sin este corolario: la libertad.

Algunos defensores del orden burgués no han podido por menos que confesar que su felicidad en la sociedad actual no era perfecta, puesto que se veía turbada en su propio origen, al pensar que, a su lado, hay seres que padecen y sufren para proporcionarles el bienestar. Todo burgués inteligente debe convenir forzosamente en que la sociedad está mal hecha, y los argumentos que aportan a su favor no son una justificación precisa, sino un principio de justificación, con el fútil pretexto de que no se ha encontrado otra mejor, del miedo a lo desconocido que acarrearía un cambio brusco. El sistema que se ve reducido a esto, queda juzgado; tiene conciencia de su propia ignominia.

No, el individuo no debe aceptar restricciones a su desarrollo, no debe sufrir el yugo de una autoridad, sea cualquiera el pretexto en que se apoye. El solo debe juzgar lo que necesita, de lo que es capaz, lo que puede serle perjudicial. Cuando haya comprendido bien lo que vale, comprenderá que cada individuo tiene su valor personal, que tiene derecho a una libertad igualitaria, a una igualitaria expansión. Sabiendo hacer respetar su individualidad, aprenderá a respetar la de los demás.

Tienen que aprender los hombres que, si no deben sufrir la autoridad de nadie, tampoco tienen el derecho de imponer la suya; que el mal hecho al prójimo, se vuelve contra el agresor. El razonamiento debe hacer comprender a los individuos, que la fuerza gastada en quitar a un individuo una parte de goce, es otro tanto perdido por los dos competidores.

Se ha acusado a los anarquistas de haberse forjado una ilusión errónea de la especie humana, de haber imaginado un ser esencialmente bueno, sin ningún defecto, capaz de los mayores sacrificios y de haber basado sobre esto una sociedad imposible que sólo podría existir con la renuncia tácita de cada uno para la felicidad común.

Es un error crasísimo; son los burgueses y los autoritarios quienes desconocen la naturaleza humana, puesto que declaran que sólo puede sostenerse en sociedad por medio de una severa disciplina, bajo la presión de la fuerza armada, siempre prevenida. Para ejercer esta autoridad, para reclutar esta fuerza armada, les serían necesarios seres absolutamente impecables: los ángeles que motejan a los anarquistas de soñadores. Según ellos, la naturaleza humana es abyecta, se necesitan varas de hierro para disciplinarla, ¡y es a los seres humanos a quienes quieren destinar estas varas! ¡Oh silogismo!

El hombre no es el ángel que sin razón se acusa a los anarquistas de haber imaginado; tampoco es el animal feroz que quieren describir los partidarios de la autoridad. El hombre es un animal perfectible que tiene defectos, pero también cualidades; organicen un estado social que le permita el uso de estas cualidades, modere sus defectos o haga que su ejecución acarree su propio castigo. Procuren sobre todo que este estado social no tolere instituciones donde estos defectos puedan encontrar armas para oprimir a los demás, y verán a los hombres cómo sabrán ayudarse mutuamente sin fuerza coercitiva.

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