EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

sábado, 10 de marzo de 2012

EDGAR ALLAN POE por Rudolf Rocker



 EL HORLA

“¡Infelices de nosotros!... ¡Desdichada humanidad! Ha llegado, ha invadido la tierra el… el… ¿Cómo se llama? El… Me parece que me grita su nombre y no lo entiendo… El… ¡Si! Le oigo gritar… le oigo y no puedo… Lo repite… sí… ¡El Horla!... ¡Ya lo he oído!... ¡El Horla! Es él… es el Horla… ¡Vino por fin!”…

Estas palabras desesperadas de Guy de Maupassant son algo más que una simple pintura literaria, más que una concepción fantástica: son el grito salvaje de un alma torturada, un suceso interior. Maupassant sentía venir al Horla, luchaba con él como lucha un náufrago con la muerte, pero sabía, demasiado bien lo sabía, que iba a perder la lucha. Y venció el Horla, arrastrando a su víctima al mundo sombrío de la locura y de la noche eterna a ese mundo horrible que ya antes se le apareciera al escritor genial en las horas tranquilas de la soledad.

¡El Horla! ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Cuál es la causa de su aparición? ¿Es un principio o un fin? ¿Es el mensajero de un nuevo porvenir o el sepulturero de las esperanzas, el enterrador de toda nostalgia? ¿Lo conocían también las generaciones pasadas o sólo aparece en el hombre moderno?

¿Quién es? Hasta ahora no se ha dado una respuesta clara a esta pregunta. Tiene centenares de nombres distintos y se presenta bajo las formas más diversas, pero en todas partes suscita la misma impresión y provoca idéntico terror.

El hombre primitivo, por lo general, no lo conocía. Su actividad intelectual se limitaba exclusivamente a las necesidades materiales de su existencia, y por eso sus pensamientos y sus acciones estaban siempre en concordancia mutua. Pero aun en los períodos posteriores, en las épocas de la historia conocida, tampoco encontramos un fenómeno análogo; si hubiera existido, habría hallado su expresión en la literatura y en el arte de esos tiempos. Verdad es que los místicos de la Edad Media conocían esas sensaciones obscuras de miedo y de terror para las cuales no hay explicación alguna, esos hondos estados interiores de ánimo que dieron origen, poco a poco, al Horla de Maupassant. Con todo, no era la misma manifestación que se nota en el arte y en la literatura moderna. El hombre de la Edad Media tenía un compás moral: la fe; y cuando su alma se sentía invadida por el terror buscaba y encontraba consuelo en su Dios. La idea religiosa, que hipnotizaba a la gente de la Edad Media, movía a menudo a millones de hombres y desarrollaba en ellos las mismas concepciones sugestivas. Un temblor de tierra, una epidemia, la aparición de un cometa o la profecía de que el mundo iba a perecer eran motivos suficientes para infundir un pánico mortal a países enteros; mas era siempre la Iglesia el sitio donde las hordas humanas desesperadas buscaban la paz y la redención: Dios era el centro espiritual, el punto de atracción de los desesperanzados y la religión era un bálsamo para las almas aterrorizadas y torturadas. Y hasta los satanistas, mucho más numerosos de lo que se imagina, estuvieron también sugestionados por las mismas concepciones; la única diferencia residía en que el centro espiritual de sus deseos y aspiraciones lo constituía el “espíritu maligno”, Satán, en quien buscaban la dicha y el consuelo.

Ciertamente, ha habido períodos en la Edad Media en que el miedo y la desesperación se han manifestado en formas sobrehumanas, gigantescas; hubo épocas en que parecía que la humanidad entera había perdido la razón, que la locura dominaba los cerebros humanos. El hombre medieval no sabía ocultar sus sentimientos, su estado psicológico no era todavía tan complicado como el del hombre moderno que encubre sus disposiciones de ánimo e inventa medios artificiales para ocultar su tragedia interna. Y porque la misma sugestión abrazaba en un momento dado a todos los corazones, la expresión de sus sentimientos resultaba frecuentemente tan salvaje, tan brutal y cruel. La manifestación colectiva de esos sentimientos individuales prestaba a esas sensaciones un carácter gigantesco, casi sobrenatural. Pero la vida sensitiva del hombre giraba siempre alrededor del mismo centro de las concepciones religiosas; y cuando el alma humana se sentía arrastrada en los altibajos del mar del terror igual que una barquichuela por la tormenta, poesía, empero, un compás interior que le señala el “camino verdadero”.

Debido a esto, no se puede comparar el sentimiento de pavor que dominaba de cuando en cuando al hombre medieval con esa sensación sombría del Horla que impresionara el alma de un Maupassant y de otros artistas modernos. El Horla nació en el momento en que el hombre enterró a su último dios, cuando su espíritu perdió el compás seguro, cuando sintió que en el fondo de su alma se desarrollaba algo oscuro, extraño, pavoroso, un segundo “yo” hasta entonces desconocido. Es cuando se siente más cercano a los enigmas eternos de la vida y su alma se petrifica ante la grandeza desconocida.

Con la iniciación de la era de la ciencia pareció por algún tiempo que el hombre sería capaz de quitar el velo a todos los misterios. Eran los tiempos en que Moleschott y Vogt aparecían como apóstoles de un nuevo conocimiento, en que Fuerza y Materia de Büchner suplantaba a la Biblia. El Espíritu humano, que antes se moviera sobre las muletas de la religión, comenzó a moverse sobre las muletas de la ciencia y los métodos científicos hasta llegaron a predominar en el arte y en la literatura. Era la época en que el naturalismo celebraba sus triunfos y creía haber establecido de una vez por todas las formas y los principios del nuevo arte.

Pero con el andar del tiempo se volvió a la modestia, pues se comprendió poco a poco que la ciencia era impotente para correr el velo y para explicar los intrincados enigmas del universo; los artistas y los escritores prestaron de nuevo oído a las voces subterráneas que resuenan desde las posibilidades del alma humana, suscitando en nosotros esos estados de ánimo sombríos y misteriosos que nos impresionan con tanta fuerza que los sentimos casi como un dolor físico. Son sensaciones nocturnas del alma humana, de las cuales no existe ninguna explicación determinada. Son las horas en que el hombre se siente solo, tan solitario que toda compañía sólo perece en el sentimiento de su soledad profunda. El pintor Hamershoy ha reflejado maravillosamente esta sensación en un cuadro que representa a cinco hombres sentados ante una mesa, en un cuarto envuelto en la semipenumbra. Parecen estar en compañía; pero contemplándolos con más atención se ve que cada cual está sumido en sus pensamientos: es una compañía de solitarios, nadie conoce a su prójimo, cada uno se siente extraño a todo lo que le rodea.

De esta disposición de ánimo ha nacido el Horla, el segundo yo, el ojo invisible y mudo que cuida cual un espía todo movimiento, toda idea. Y este estado de ánimo ya no es en los tiempos actuales un fenómeno aislado, pues lo hallamos en todas partes en el arte y en la literatura modernas: en las melodías de Chopin, en los cuadros de Eduardo Münch, Fernando Chnopf, Feliciano Rops, Paul Bernard, Sascha Schneider y mucho otros, así como en las obras de Maupassant, Knut Hamsun, Maeterlinck, Ola Hansum, Przybysiewski, Machar, Baudelaire Strindberg, Kragh, Karasek, etc. Es el estado de ánimo del hombre moderno en esos momentos raros y calmosos en que siente sobre sí las sombras de la eternidad.

Los primeros representantes conocidos de este sentimiento del Horla que buscaran y encontraran una expresión artística para concepciones obscuras y profundas del alma humana fueron el romántico alemán Amadeo Hoffmann y el americano Edgar Poe, una de las figuras más fuertes y originales de la literatura universal y al mismo tiempo uno de los hombres más desdichados y solitarios que hayan existido. El espíritu de Poe ha fecundado a muchos de los más profundos y significativos escritores de su época y de las generaciones posteriores, a hombres como Dostoiewsky, Baudelaire, Maupassant, Wilde y otros y su influencia sobre las novísimas tendencias del arte moderno es mucho más importante de lo que se piensa generalmente.

Edgar Poe nació en Baltimore en 1809. Sus padres fallecieron temprano, dejando tres hijos en la mayor miseria. Un amigo de la familia, Juan Allan, hombre rico, adoptó a los chicos y les dio instrucción. Se interesó especialmente por el joven Edgar, que era un niño de belleza y de inteligencia extraordinaria. Pero parece que Allan jamás llegó a comprender el alma misteriosa de aquel muchacho, y por eso existía siempre entre ambos cierto distanciamiento que el mismo Allan probablemente no había notado, pero que ha desarrollado sin duda en Poe, desde muy temprano, el sentimiento sombrío de una honda soledad interior.

En 1816 Allan hizo un viaje de negocios a Inglaterra, llevando consigo a Edgar, entonces de seis años de edad; allí lo confió a cierto doctor Brandsbey, dueño de un colegio de Stock-Newington, cerca de Londres. Poe describió más tarde, en su cuento “William Wilson”, el período que pasara en aquella casa antigua y extraña y que fue, según parece, uno de los más impresionantes de su vida. En 1822 Poe volvió a Estados Unidos y continuó sus estudios en Richmond y más tarde en la universidad de Charlotteville. Como estudiante Poe se distinguió por su inteligencia extraordinaria, fuera de lo común, pero ya entonces se revelaban los aspectos sombríos y misteriosos de su carácter. No se sabe en qué circunstancias Poe abandonó la universidad. Greesworld, su primer biógrafo sostiene que fue expulsado a causa de sus pasiones desordenadas y de sus orgías, pero las afirmaciones de este calumniador sistemático, que se valió de los recursos más infames para mancar el carácter y la personalidad del poeta difunto, deber ser acogidas con la mayor reserva; además, otro biógrafo de Poe, John H. Winghem, declara que es falsa esa historia.

En aquella época los griegos luchaban por su libertad contra la tiranía turca y Poe, lo mismo que Byron, resolvió tomar parte en esa lucha, por más que su padre adoptivo era contrario a ese propósito. Poe partió para Europa, pero nadie sabe si ha estado o no en Grecia. Tampoco se ha confirmado que haya sido arrestado en San Petersburgo nueve meses después de salir de los Estados Unidos. Poe mismo nunca explicó lo que hiciera durante su ausencia. Al volver en 1829 a su patria ingresó en la Escuela Militar de West Point, pero su espíritu inquieto no pudo acostumbrarse a la disciplina militar y ya en 1831 fue expulsado por desacato y negligencia. Poco después Poe cortó también las relaciones con su protector, quedando repentinamente solo en el mundo en que no podía hallar lugar para sí. Comenzó entonces para él un período de dura miseria, que contribuyó seguramente a desenvolverle esas disposiciones de ánimo sombrías y profundas que encontraron más tarde una expresión tan vigorosa e hipnotizadora en sus narraciones. Estando aún en Richmond, Poe publicó un pequeño libro de poesías y poco antes de su expulsión de la Escuela Militar de West Point hizo una edición aumentada de ellas. Pero según parece, el joven poeta no soñaba todavía con la carrera literaria. Sólo más tarde, cuando la miseria gris cayó sobre él con toda su crueldad, trató de conquistar un lugar en la literatura. Una feliz casualidad lo salvó de la muerte por el hambre. El editor de un periódico de Baltimore había fijado dos premios por la mejor poesía y el mejor cuento que se le enviara. Poe, que se hallaba en una situación desesperante, mandó una poesía y seis cuentos y mereció ambos premios. Kennedy, presidente del jurado, a quien impresionaron poderosamente el estilo y el argumento de las narraciones de Poe, invitó al poeta a almorzar en su casa. Es de imaginar los sentimientos que le embargaron al recibir la siguiente respuesta: “Su invitación me ha impresionado muchísimo, pero desgraciadamente no puedo concurrir porque me lo pide el estado de mi personalidad exterior. Tal vez comprenda usted cuán difícil me ha sido hacerle esta declaración, pero no me quedaba otro recurso”.

Kennedy fue a buscar al desventurado en su vivienda y encontró a un joven que estaba por morir de hambre. Kennedy hizo por el desdichado todo lo que le fue posible y tal vez el mundo deba agradecerle el no haber perdido a uno de los grandes escritores. Gracias a su intervención Poe se hizo colaborador y más tarde redactor del Southern Literary Messenger, de Richmond, en el cual publicó sus notables y originalísimos cuentos. Allí apareció por primera vez su fantástica narración “El viaje de Hans Pfall a la luna”. Pero precisamente cuando el nombre de Poe se iba haciendo célebre en el mundo literario, fue cuando más desdichado se sentía. Una carta dirigida a Kennedy arroja una débil luz sobre la lucha tremenda que mantenía con las fuerzas sombrías y diabólicas que se desenvolvían en el negro abismo de su alma y le hacían sentir miedo de sí mismo.

Es posible que su casamiento con una sobrina suya, efectuado por aquel entonces, haya sido una salvación para él. Un efímero rayo de felicidad apareció en su vida, pero no era el áureo brillo del sol, sino el pálido reflejo de la luna. Su joven esposa era una de esas figuras tiernas y melancólicas sobre las cuales la muerte arroja prestamente su sombra. Casi siempre estaba enferma; Poe la amaba entrañablemente y ella era la única capaz de apaciguar su alma en los instantes de terror y desesperación. Pero aun los contados años que el poeta vivió con esa mujer -hasta que la muerte se la arrebatara- estuvieron llenos de penurias materiales. El romántico Poe no encuadraba en el mundo de los negocios de los Estados Unidos, prosaico y falto de espíritu. Cambio a menudo de actitud, pero la desgracia le perseguía donde quiera que fuera; nadie le comprendía; gentezuela de espíritu menguado lo injuriaba, lo calumniaba y le amargaba la vida. Su miseria era tan grande que una señora filantrópica llegó a reunir para él una suma de dinero a fin de impedir lo peor. En 1847 Poe perdió a su mujer, lo último que poseía y amaba sobre la tierra, a su “espíritu bueno”. El desdichado poeta se alejaba cada vez más de los hombres y en su alma se desenvolvía con creciente fuerza el poder de las tinieblas. Su pasión por el alcohol, que ya había desempeñado un papel tan importante en su vida, se vigorizaba. Se embriagaba con vino, con licores y con opio, deseoso de ahogar por un momento las fuerzas sombrías y demoníacas de su alma, de olvidarse de la vulgaridad de la vida. Pudo aún escribir su vigorosa obra Eureka, pero ya su espíritu vivía en otras regiones. En el último período de su vida no podía quedar tranquilo en un sitio y viajaba de ciudad en ciudad. El 6 de Octubre de 1847, antes de abandonar Baltimore, entró en una taberna, donde se encontró casualmente con algunos compañeros. A la mañana siguiente fue recogido en el camino un hombre agonizante, quien, no habiendo sido identificado, fue conducido al hospital, donde falleció ese mismo día. Sólo más tarde se llegó a saber que aquel hombre era Edgar Poe, el escritor más grande que produjera la literatura de los Estados Unidos.

Baudelaire observa con justicia que la sociedad desprecia instintivamente a los que son perseguidos por la desdicha, lo cual nadie ha sentido tan hondamente como Poe. Aun después de su muerte no se le dejó en paz y un miserable sin responsabilidad alguna manchó su fresca sepultura con una biografía tendenciosa del desventurado escritor. Un hombre como Poe, claro está, no podía merecer las simpatías de los traficantes de la literatura, quienes sentían que era demasiado grande para sus almas pequeñas; y nada hay tan odioso para el filisteo como la verdadera grandeza.

Sin duda Poe no era un “hombre normal”; pero debido a eso precisamente han visto sus ojos y escucharon sus oídos lo que no pueden ver ni escuchar los demás. Todos los grandes innovadores de la vida, todos los pioneers de conocimiento humano, todos los profetas de nuevas ideas, no han sido hombres normales, es decir comunes, y Poe no hubiera hecho lo que hizo si hubiera sido un hombre normal.

Poe es más que un hombre, es un fenómeno moral, un problema que seguirá preocupando durante largos años al espíritu humano. En sus primeras poesías se nota ya algo extraño, algo lejano que produce inquietud. Se diría que se oyeran voces apagadas que provienen de las profundidades, voces lanzadas en medio de una densa neblina. En sus poesías posteriores esta sensación adquiere una expresión casi sobrenatural, demoníaca. Quien haya leído en una noche apacible su maravilloso poema “El cuervo” sabe que estas estrofas sombrías fueron escritas con la sangre del corazón del poeta y con lágrimas de desesperación. En esa poesía simboliza Poe la muerte de todas las esperanzas. El pájaro negro, el cuervo, es la voz interior que se vuelve cada vez más fuerte e inunda por fin todos los rincones del alma del poeta. Es la voz de las tinieblas, la voz de la desesperación y Poe sabe que resonará eternamente y nunca más se reducirá a silencio: “Never, nevermore!”.

Desgraciadamente, no es posible ocuparse de las demás poesías: hay que leerlas para sentir su belleza. Mencionaremos tan sólo: “Ulalume”, “Las campanas”, “El castillo maldito”, “El país de los ensueños” y la maravillosa balada “Annabel Lee”.

Pero es en sus narraciones donde Poe demuestra toda su fuerza extraordinaria, que hipnotiza al lector y lo obliga a seguir al autor a donde éste lo quiera llevar. Con sólo algunas palabras quita el velo de los problemas morales más hondos y nos arrastra a un mundo de noche eterna y de profundos misterios. En el cuento “El espíritu del mal” nos muestra cómo una bagatela, un sentimiento momentáneo, una palabra, puede a menudo determinar el destino de una persona. Un hombre acaba de cometer un crimen; realizó su empresa tan diestramente, tan calculadamente, que ninguna sospecha recae sobre él. Se siente seguro en absoluto, pero esa seguridad lo traiciona. Un día estando solo en su casa, exclama de repente: “¡Estoy seguro!”. Y estas palabras lo persiguen, sin que pueda librarse de ellas. Resuenan constantemente en sus oídos, como ocurre a veces con una melodía, un canto que repetimos inconscientemente. Y en cierta ocasión, caminando por la calle, grita impensadamente las palabras: “¡Estoy seguro!”, y de pronto un temblor se apodera de su cuerpo. Sintió que manos invisibles se extendieron para asirlo; empezó a correr como un loco, la gente corría detrás de él y no recuperó la calma hasta después de haber revelado su secreto. Poe ilustra ese estado con las siguientes palabras características: “Nos hallamos al borde de un abismo y miramos hacia abajo hasta que empezamos a sentirnos mal y a marearnos. Nuestro primer movimiento entonces es apartarnos del peligro. Sin embargo, no nos movemos de nuestro sitio y permanecemos como aferrados. Poco a poco todo se vuelve confuso: nuestro malestar, el mareo, el miedo; y nace un sentimiento nebuloso para el cual no existe nombre. Y esa neblina adquiere con el tiempo una forma determinada, del mismo modo como del humo que sale de la botella encantada en Las mil y una noches se forma un espíritu. Pero la imagen que aparece cada vez más nítida al borde del precipicio es cien veces más horrible que un fantasma o demonio de ninguna fábula; y sin embargo no se trata sino de una idea, idea que hiela el tuétano en nuestros huesos y causa un deseo salvaje en nuestra mente. Es la suposición sencilla: ¿cómo te sentirías cayendo en estas profundidades? Y esta suposición se transforma paulatinamente en el deseo vehemente de ver el cuadro más horroroso de muerte y de dolor que la fantasía pueda crear. Y precisamente porque nuestra razón nos ordena que nos apartemos de la orilla peligrosa, es porque nos sentimos más atraídos. Ninguna pasión es tan impaciente como la del hombre que está pensando trémulo, al borde de un precipicio, si debe arrojarse o no. Volver a pensar en esta situación, aunque sea un instante, significa perecer irremisiblemente. Nuestra razón nos dice que esa tentativa es un crimen, y por eso precisamente no nos es posible detenernos”.

Este comentario no sólo aclara la tenencia del cuento mencionado, sino que al mismo tiempo arroja luz sobre el estado interior del poeta. También Poe se hallaba siempre pensativo al borde de un precipicio, por el cual fue tragado finalmente. En los relatos “El gato negro” y “El corazón delator” trata Poe la misma cuestión con tanta fuerza que leyéndolos sentimos un temblor de frío que atraviesa nuestro cuerpo y nos hiela la sangre en las venas. Sobre todo el último cuento, en el cual un individuo narra cómo se ha visto obligado a cometer un crimen porque no podía soportar el Mal de Ojo del anciano a quien asesinara. Todas las noches abría suavemente la puerta de la habitación en que dormía el viejo y dejaba filtrar de una linterna sorda un imperceptible rayo de luz sobre el rostro del anciano. Pero el ojo permanecía siempre cerrado y el homicida no pudo ejecutar su plan. A la octava noche el anciano notó que alguien había entrado en el aposento. “¿Quién anda ahí?”, preguntó con voz trémula. El asesino permanecía en la oscuridad, inmóvil, ahogando la respiración. Un silencio terrible reinaba en la habitación y sólo se oían los latidos que producía el corazón del anciano, el cual sentía venir sobre sí la sombra de la muerte. Así transcurrió una hora. Por fin, el homicida entreabrió un poco la linterna y nuevamente proyectó sobre el “ojo malo” el mismo rayo pálido, imperceptible. Un grito sofocado, y dos brazos férreos abrazaron el cuello del viejo ahogando en él el espanto juntamente con la vida.

¡Ese rayo fino, imperceptible! Cual hilo delgado penetra en el alma y a él se aferran fantasmas obscuros, diabólicos, que tratan de subir de las honduras. Y estas profundidades, este mundo oculto de noche y de oscuridad eternas era el elemento de Poe, allí se sentía en su casa más que ningún otro. No amaba el día ni la luz y su espíritu sólo se interesaba por los aspectos horribles y tenebrosos de la vida. Las catástrofes del alma, el dolor, la desesperación, los sufrimientos sobrehumanos, tal es la atmósfera que envuelve cual niebla gris la mayor parte de sus narraciones. Poe busca la desventura y la desesperación; el deseo de sufrir se desarrolló en él hasta el grado de una pasión que llegaba a la locura. Su imaginación no se atemoriza ante ningún horror, pero tampoco los cuadros de esta naturaleza pierden jamás su delicadeza artística. Tomemos como ejemplo esa escena terrible de su novela Aventuras de Arturo Gordon Pym, cuando los cuatro desdichados, los únicos que han quedado del buque náufrago, medio enloquecidos por el hambre, la sed y el espanto, descubren de pronto una embarcación a distancia. Su alegría es indescriptible, ríen y lloran como niños y no cesan de hacer señas a los salvadores desconocidos. ¡Ah, ellos no saben que es a la Muerte a quien hacen señas! El buque negro se acerca cada vez más y de repente se deja sentir un olor hediondo, como de cadáveres descompuestos, que apesta el aire en torno; y cuando, finalmente, llegó el momento de lanzar una mirada sobre la cubierta del buque extraño, sintieron, aterrorizados, que la sangre se les helaba en las venas, pues la embarcación estaba repleta de cadáveres humanos en estado de descomposición.

La escena es horrible, pero al mismo tiempo ¡qué grandeza sombría se halla oculta en esa fantasía espantosa!

Hermosísimo por la forma y admirablemente profundo por su contenido es el cuento “William Wilson” y nos explicamos que escritores como Dostoiewsky y más tarde Oscar Wilde se hayan valido, cada cual a su manera, del tema de Poe. “William Wilson” es la historia de un hombre perseguido por su otro “yo”, es la historia de la vida y de los sufrimientos del autor mismo. Es la lucha eterna entre Dios y el Diablo que se ha reflejado en el alma de Poe y que finalmente lo ha aniquilado.

La vida de William Wilson es una sucesión de pasiones desenfrenadas, de perversidades y crímenes; es un juguete en manos de fuerzas diabólicas que lo atraen como un imán. Pero en todo momento crítico se encuentra con un individuo que lleva su nombre y que tiene el mismo aspecto que él. Y ese hombre le hace advertencias y trata de disuadirlo de sus actos, infundiéndole miedo con su seriedad. Vivía junto con él en el mismo colegio. Entonces se veían todos los días. Al abandonar por fin la vieja y extraña casa se fue a recorrer el mundo, lo perdió de vista, pero cada vez que cometía o estaba por cometer una mala acción se le aparecía el otro y lo contemplaba con sus ojos profundos y serios. Lo odiaba como a la muerte, mas al propio tiempo su corazón le temía. Un día, la última vez que lo viera, se le había aparecido en un baile de máscaras, precisamente en el momento en que quería arrimarse a la joven y hermosa dueña de la casa. Al descubrir nuevamente esos ojos serios y tristes casi enloqueció de odio y de ira. Tomó al intruso por la manga y lo arrastró a otra habitación. Allí cerró la puerta, se quitó el abrigo y extrajo la espada. “Saca tu espada, uno de nosotros sobra en este mundo”, exclamó con voz apasionada. El otro lanzó un suspiro y extrajo su espada. Instantes después yacía en el suelo con el pecho ensangrentado. Pero al mirar William Wilson en el espejo, vio su propia figura ensangrentada y le pareció oír su propia voz que le decía: “¡Tú has vencido y yo sucumbo; pero en adelante tú estarás muerto también, muerto para el mundo, para el cielo y la esperanza! En mí existías, y ahora puedes ver en mi muerte, por esta imagen que es la tuya, cómo te has suicidado irremisiblemente”.

“William Wilson” es tal vez el trabajo literario más personal de Poe, a pesar de que uno de sus biógrafos haya sostenido -con razón- que todos sus cuentos son en el fondo capítulos aislados de una gran novela titulada “Edgar A. Poe”. En algunas narraciones el sentimiento de pavor y de espanto está mezclado con una ternura extraordinaria, como en “La extinción de la casa Usher”. No es posible contar el argumento de este relato. La sola descripción del viejo castillo, la arquitectura pavorosa de sus habitaciones, el río negro que lo circunda y la extraña atmósfera en que está envuelto como un cadáver en sus mortajas, todo eso suscita en el lector un estado de ánimo indescriptible. Y luego, la admirable y delicada figura de Roderico Usher, hombre que ya no pertenece a la tierra y en cuyos ojos se reflejan los bordes de otros mundos. Todo el cuadro nos impresiona como una melodía dulce, indefinida, melancólica. Pero cuando llegamos a la terrible escena en que la hermana enterrada viva llama al hermano enfermo, es cuando sentimos la debilidad artística de Maeterlinck y otros en situaciones análogas, al compararlos con esta fuerza sobrenatural que nos hiela la sangre.

Los que quieran conocer el grandioso poder que Poe puede hipnotizar al lector, pueden leer “Los sufrimientos”, “El cado Valdemar”, “La máscara de la muerte roja”, “El hombre de la multitud” y otros productos de su imaginación infernal, para la cual no existió límite alguno.

Hay un cuadro de Eduardo Münch que representa una habitación; a través de la ventana penetra la pálida luz temblorosa de la luna y cerca de la ventana está sentada una figura solitaria y sombría, sumida en reflexiones. También Poe era un soñador de esta clase, su espíritu se hallaba siempre ausente de la vida, lejos de los hombres, entregado constantemente a los hondos misterios de la eternidad. Un sueño ha sido también su maravilloso poema Eureka, que dedicara “a los soñadores y a aquellos que ven en los sueños la única realidad”. Sus sueños son por lo general pavorosos, pero a menudo resuenan de un modo tan fino y delicado cual una melodía suave y solitaria de otro mundo. Maupassant sólo veía el Horla; Poe ha visto algo más: vio lo que viene detrás del Horla, pero ha muerto con su secreto y en sus ojos profundos y enigmáticos solamente desciframos que existe un camino, pero que es necesario buscarlo…


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