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miércoles, 6 de diciembre de 2017

El kirchnerismo, el movimiento nacional y la esperanza Por Carlos Raimundi

El kirchnerismo, el movimiento nacional y la esperanza


Por Carlos Raimundi para La Tecl@Eñe








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El campo popular atraviesa una saludable etapa de debate –interno y público- para desentrañar los meandros de la feroz ofensiva neoliberal, actualizar sus rasgos de identidad profunda, sus lazos con el proceso mundial y las posibles razones por las cuales, luego de doce años de gobierno popular, el neoliberalismo se presenta con tanta potencia.
        
Eso habla bien de nosotros, siempre y cuando el debate sea sinceramente profundo, pero no se dilate demasiado en el tiempo, de modo de estar bien preparados para reasumir la orientación del proceso político cuando las circunstancias se presenten.
        
El otro requisito es que si bien debemos debatir sobre nuestras asignaturas pendientes, el hecho de asumirlas no implique debilitar nuestra acumulación social y política. La interrogación no puede ser eterna.     


Superar la perplejidad


La falta de límites, la escalada, la inescrupulosidad del macrismo parecen causarnos cierta perplejidad. Salvando las enormes distancias, algo similar sentíamos durante las horas previas y los primeros tramos posteriores al golpe de estado de 1976. Desconcierto, impotencia frente a la irracionalidad de aquellos días, la brutalidad inédita, la desaparición de nuestras Compañeras y Compañeros. De allí la trascendencia histórica de la Carta Abierta de Rodolfo Walsh, que en una deslumbrante combinación de excelencia y tragedia sistematizó lo que sucedía describiendo las bases de un plan siniestro que entrelazaba el terrorismo de Estado con un plan económico de miseria para las mayorías. Es decir, para comprender los alcances de la etapa debimos ubicarnos en un plano superior de análisis, que nos apartara momentáneamente del aturdimiento cotidiano para ver la realidad desde una mayor perspectiva: el rol que los grandes centros de poder mundial habían asignado a América Latina en aquel momento de reconfiguración del capitalismo mundial, que se preparaba para su estocada final contra el socialismo, una década después.

Muchos acontecimientos de hoy, como –en nombre de la República-anular derechos, derogar leyes por decreto, perseguir a líderes políticos, inventar causas judiciales, generar la mentira sistemática desde los medios, reprimir bestialmente, no se entienden en toda su dimensión sólo desde la lógica cotidiana. Es necesario elevar nuevamente nuestro plano de análisis, para observar cómo podrían desequilibrar los gobiernos populares de América Latina la presente disputa geopolítica que está dando a nivel mundial el capital financiero globalizado contra los Estados y los Pueblos. Dado que la disputa de hegemonía alcanza a todos los rincones de la vida social y política, no hay espacio que la contra-ofensiva neoliberal resigne en su lucha por evitar el resurgimiento de experiencias populares. Contra ese fenómeno nos enfrentamos; eso explica la desmesura.

América Latina está viviendo hoy, como en aquel momento, una fase de golpe de Estado, lisa y llanamente. Con menos crueldad física por el momento, pero con consecuencias económicas y sociales estructurales de alcance similar.
        
Debemos entender el fenómeno, para situarnos correctamente frente a él. Entender que existe un amplio trayecto de nuestra historia durante el cual se fue forjando en una notable porción de la sociedad argentina una determinada subjetividad, adherente, o cuanto menos complaciente respecto de los slogans del liberalismo, hoy neoliberalismo. La conjunción entre una clase media fascinada por el estilo de vida de la oligarquía, una alianza de clase entre oligarquía y poder militar y una tendencia actual a la fragmentación de todos los colectivos sociales a nivel mundial, arrojan como resultado una considerable adhesión a la experiencia macrista, excesiva si se la coteja con los retrocesos en cuando a calidad de vida que sus propios votantes reconocen. Es decir, debemos abordar esta etapa a partir de un diagnóstico y una tarea que no sólo se ocupe de lo estrictamente programático, sino del litigio en el campo simbólico. En ese plano que estructura no sólo la vida material, sino el sistema de esquemas lógicos y éticos con que el votante del neoliberalismo construye su interpretación de la realidad, pese a verse perjudicado por él social y económicamente.   
        
Y no debemos perder de vista que, por acción de algunos, pero por la omisión de muchos otros, la Argentina no muy lejana atravesó etapas atroces como cierta indiferencia ante el terrorismo de Estado, la aceptación de la aventura de Malvinas, la ficción de que un peso valía lo mismo que un dólar, y, no obstante todo eso, adhirió en un elevado porcentaje al neoliberalismo de Menem y López Murphy en las elecciones de 2003. El macrismo es heredero político de toda esa tradición, que se remonta a los albores de nuestra historia y atraviesa golpes de estado, bombardeos y proscripciones.  

Entonces, en lugar de la perplejidad de preguntarnos ¿por qué?, sería más correcto admitir ¿por qué no? ¿Por qué no habría de suceder lo que sucede? ¿Por qué no habrían de ser permeables esos mismos grupos sociales al agobio de la mentira mediática, que supo actuar inteligentemente sobre esa subjetividad? Preguntarnos ¿por qué? sugiere no entender la conducta del otro, o situarla en el plano de lo irracional. Admitir ¿por qué no? nos abre, en cambio, el camino para asumir que estamos ante una construcción racional, afrontar la situación y poner manos a la obra sobre ella.


Derechos fundamentales


Salarios, derechos laborales, jubilaciones, políticas de inclusión, servicios esenciales, empresas públicas, recursos estratégicos, autonomía financiera, constituyen derechos humanos fundamentales. Por lo tanto, deben convertirse en cuestiones de interés público, y con ello, de orden público. Los intereses privados no pueden prevalecer por sobre ellas, y los derechos subjetivos de carácter particular ceden frente al interés público. Según esta concepción, el bien jurídico que se tutela es de una jerarquía claramente superior. Ningún interés personal (de persona física o jurídica) de carácter privado, ni un derecho adquirido por un particular que ponga en riesgo aquellos derechos fundamentales, puede considerarse en un plano más alto que ellos. Esto, debido a que dichos derechos fundamentales son considerados derechos adquiridos ab-initio por la persona humana dada su condición de tal, de ciudadano y ciudadana.

Entre quienes acaban de aprobar en el Senado la reforma previsional están, desde luego, los que han representado a la oligarquía históricamente. Pero también algunos de quienes fueron votados en nombre de los intereses populares. Sería simplificar demasiado la cuestión atribuir el voto de estos últimos solamente a una traición. Muchas mentes han sido ganadas por una visión filosófica, inteligente y perseverantemente trabajada por la comunicación neoliberal, según la cual el bienestar deviene más de una cuestión fiscal en abstracto que del goce concreto del derecho. Su lógica argumentativa es paradojal; nos tratan de persuadir de que se está mejor cuando se gana menos, y cuando se ganaba más se estaba peor. Se ha llegado al extremo de que quien dirige el organismo administrador de la seguridad social dijera que el hecho de que las jubilaciones de la Argentina son las más altas de la región, es algo negativo.  

Esto, que parece tan simple de entender, responde a un trabajo medular del neoliberalismo sobre nuestra subjetividad, no únicamente a una actitud traidora. En todo caso, se puede calificar de traidor a quien toma la medida o a quien vota la ley. Pero no al jubilado que lo sufre, y sin embargo lo consiente. Nosotros, desde el campo popular, tenemos que trabajar muy lúcida y tenazmente sobre ese territorio de la subjetividad. Inculcar que los derechos no provienen de una concesión del Estado sino que van unidos a la persona simplemente por su condición de tal. Que la misión estatal consiste sólo en administrarlos. El gobernante no es quien concede la propiedad del derecho, se limita a transferir recursos. Esto es lo profundamente democrático.

En definitiva, se trata de un cambio filosófico, que implica revisar deformaciones históricas de la conciencia colectiva de una parte de la sociedad, que, por vía de la cultura neoliberal, acepta como natural que los derechos fundamentales no le pertenecen, sino que deben ser determinados por quien ocupa un lugar transitorio en el aparato burocrático del Estado, en función de un supuesto equilibrio de las cuentas fiscales.

Y aquí cabe una última aclaración para adelantarnos a quienes quieran interpretar maliciosamente este análisis. No estamos propiciando el desquicio de las cuentas fiscales. Estamos diciendo que las cuentas deben cerrar a expensas de los derechos esenciales, y no los derechos mutilarse a expensas de las cuentas. Además, es el propio macrismo quien perjudica las cuentas fiscales al eliminar retenciones, aportes patronales e impuestos en favor del sector empresario, y luego pretende subsanarlo bajando salarios y jubilaciones. Aplica así, un criterio de transferencia inversa o regresiva de recursos, lo que está reñido con todo concepto elemental de justicia. La macroeconomía debe subordinarse al buen vivir de las personas, y no a la inversa. Para que cierren las cuentas fiscales, son los intereses y privilegios particulares de los más poderosos los que deben ceder ante los derechos fundamentales de la persona y del Pueblo, que son los sujetos que dan sustancia a un sistema verdadera y efectivamente Democrático.  
        
Por esta razón, en el Preámbulo que presida nuestra Nueva Constitución, debe quedar establecido que la Argentina adopta, en nombre de todas sus luchas, un modelo profunda y definitivamente Democrático. Y su fuente primera y objetivo mayor, su principio, su fin y los medios para lograr la Democracia es el Pueblo, que debe contar con derechos inalienables, indelegables, intransferibles e imprescriptibles.   


Desarrollo e Igualdad
        

Nada más alejado de nuestro pensamiento que estigmatizar la pobreza, asociarla con el delito. Más bien, los ilícitos que más han conmovido la matriz económica y social de nuestro país han sido cometidos por las clases dominantes, no por los humildes. Pero está comprobado que la exclusión y la desigualdad constituyen el mayor caldo de cultivo para la inseguridad. De aquí que el desarrollo se erige en una meta fundamental. Es decir, el crecimiento de la riqueza precedido de criterios de distribución de carácter progresivo. Las políticas públicas deben tender a ecualizar los márgenes de ganancia de cada rubro de la economía. No es intrínsecamente justo, ni correcto ni eficaz, que sectores como la actividad financiera, los agro-business o las grandes cadenas de comercialización reciban tasas de ganancia varias veces superiores a las de los rubros más productivos como el empleo industrial, el empleo en la construcción, el trabajo rural o las pequeñas y medianas empresas. Nadie con buen criterio debería oponerse a una reforma tributaria que persiga esa finalidad.


Abonar la esperanza
        

El modelo macrista es una continuidad de la dictadura y los noventa: ingreso de fondos especulativos desde el exterior-maximización de la tasa de ganancia financiera-apertura económica para facilitar la inmediata fuga de esos capitales. Pero, a diferencia de esos dos períodos anteriores, la actual iliquidez y recesión internacional merman la cantidad de capitales disponibles para endeudarnos, es decir, el financiamiento externo para que se sostenga. Esto significa, o bien menor plazo de sustentabilidad del modelo, o bien aumentar la exigencia de los capitales externos de asegurarse una tasa rápida de ganancia, mediante un acelerado ajuste social. Desde lo financiero y desde lo social, el modelo es insustentable a mediano plazo.

Nadie podría anticipar el momento ni la forma, porque los procesos populares son precisamente eso, resultado de la propia maduración y la espontánea oleada de protagonismo del Pueblo. Pero el colapso financiero del país, una vez más, se torna una cuestión de tiempo. Es como vivir financiando la tarjeta de crédito, lo que devendrá en crisis política cuando este proceso macroeconómico afecte irreparablemente la vida cotidiana de millones de argentinos. En ese momento cambiará significativamente el clima político y el humor social. No sólo se des-legitimará el macrismo, sino todo su andamiaje policíaco-mediático-judicial, y se re-legitimará el modelo de inclusión y sus figuras más contundentes. Un mismo espíritu histórico, expresado en las mejores tradiciones nacional-populares, pero encarnado en una nueva morfología. Enlazando las nuevas generaciones con las anteriores y sujetos pre-existentes con otros novedosos, conformaremos la nueva mayoría social y política que aparecerá en el escenario para ejercer el protagonismo de la etapa.

El campo popular está fuerte. Lo demuestra, precisamente, este estado de debate intenso en el seno del colectivo político con mayor afinidad ideológica interna, liderazgos, militancia, presencia de jóvenes, inserción social, poder de convocatoria a la movilización masiva (no sólo callejera sino en medios convencionales y alternativos, formas de la cultura popular, redes, etc.). Nuestro gran desafío es construir, desde esta plataforma fundamental, la mayoría social y electoral requerida por el sistema institucional vigente. Para ello tenemos que proponer futuro. El pasado es nuestra base de lanzamiento, sólo nuestra base de lanzamiento. El futuro significa leer el país en una clave que renueve la esperanza.

El campo popular –al menos una parte fundamental de él- tiene unidad de conducción en la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Tiene, como dijimos, base social. Y tiene unidad de concepción y suficiente homogeneidad ideológico-política. Resta aceitar la conexión entre cada uno de esos campos a través del fortalecimiento de la organización.

En presencia del Estado, son las políticas públicas y quienes las ejecutan, los articuladores de los diversos campos del movimiento. Pero en ausencia del Estado, se requiere un esfuerzo adicional. Es más, era imposible que el retiro del Estado luego de administrarlo durante doce años, no impactara al interior de la fuerza.

Todo desafío de organización política se encuentra ante la tensión entre una ampliación que diluya su consistencia ideológico-política y una institucionalidad que acote sus márgenes de crecimiento. Cómo resolver esa lógica tensión no está escrito en ningún manual de procedimientos. No hay elaboración técnica que lo predetermine. Es su propia dinámica la que va encontrando los canales más adecuados a las circunstancias, en tanto exista un sólido núcleo de conducción, acumulación y articulación.

De todas maneras, no se trata sólo de lo organizacional, sino también de lo actitudinal. Para volver a ser mayoría es necesario salir de lo propio a la conquista de lo no-propio. Y eso implica toda una gestualidad que dispute, además de lo propositivo, el campo de lo simbólico.   

Podemos –y debemos- asumir las posiciones más radicales en términos de intervención sobre las estructuras más sensibles del poder fáctico de nuestro país y de la región, pero desde un semblante y una narrativa no fanatizada ni de vanguardia, debido a lo expulsivo que ello conlleva, sino seductora y amigable. Más orientados hacia la persuasión que a la imposición, lo que no implica tibieza, relativismo ni concesión alguna, sino más bien eficacia para sumar el mayor consenso posible a la hora de tomar las medidas de la profundidad que se requiera. Las circunstancias, siempre y cuando sostengamos un contacto muy fluido con el Pueblo, nos irán marcando los momentos más tendientes a la pedagogía política y aquellos en que la acción deba ser más contundente. Sin perjuicio de que ambos momentos se alternan necesariamente en todo proceso de ampliación de derechos y cambio institucional.

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