EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

viernes, 4 de agosto de 2017

De “la patria es el otro” (generalidad incluyente) pasamos a “el otro es un narcomenudeador”... (generalidad excluyente)... Cambiamos







Cuando los enemigos son muchos


Por Oscar Steimberg, Semiólogo y poeta para para La Tecl@ Eñe


Uno de los componentes habituales del discurso de la derecha política es el de  la búsqueda de un efecto de naturalidad y hasta de obviedad, a través de proposiciones breves y simples que abran posibilidades inmediatas de repetición. En el 55, se escuchaba decir a los que se regocijaban con los resultados sociales y políticos del golpe cívico-militar de entonces: “con seis meses de no robar, aquí se arregla todo”. Y querían volver al 44, o más bien al 42.

El verbo robar no había dejado todavía su lugar al sustantivo corrupción, pero ambas  denuncias, con su elevado grado de aparente sencillez y claridad, podían articularse con proposiciones macropolíticas que terminaron cumpliendo, cada una en su tiempo y de acuerdo con diferentes estilos de época, la misma función: unificar y simplificar la serie de denuncias destinadas a similarizar, y entonces hacer acumulables, las razones aducidas para postular una condición intrínsecamente amoral y antisocial como característica absolutamente definitoria del movimiento popular que se quería borrar de la escena y de la memoria política.

Había ocurrido en la irrupción del primer peronismo, y antes en el treinta con el yrigoyenismo; después, cada tiempo político recuperaría su complejidad, y en todo caso la maldad adjudicada a los enemigos históricos pasaría a remitir a pecados más diversos. Pero en los momentos de irrupción de movimientos sociales de refundación o ruptura, o ante la posibilidad de su vuelta, crece hasta sus niveles más altos el nivel de simplicidad de los discursos de la derecha. Como si se apelara a una búsqueda sin precedentes de claridad y síntesis para acercar la posibilidad del rechazo de todo recomienzo político y social. Como si fuera lo más profundamente propio esa absoluta simpleza en el nombrar; en el nombrar una acción que movería todo para dejar como estaba lo que se hacía en las más plurales instancias de la gestión política del país, en cada uno de sus espacios de poder. Como si se tratara de decir poco repitiendo mucho, hasta terminar, tal vez, con lo nuevo. Unos años después ya costará mucho apelar a esa reducción del vocabulario en el debate político, inevitablemente empujado por las imprevisibilidades de la marcha a la recuperación de su complejidad.

Pero… aquí entra el tema de los retornos de un cierto efecto de novedad, o del retorno de algo que lo fue, hoy advertible en reflexiones sobre lo social como las propuestas por Durán Barba. Clásicamente, en las macroimpugnaciones de derecha a los gobiernos populares se señala a un grupo, a una banda… aunque se proponga compartir una calificación o clasificación que se sabe abarcativamente social y hasta racial. Y podría decirse que el consultor Durán Barba se ha apartado esta vez de lo actualmente habitual al condenar, en su definición de adversarios, a los que son “parte del millón de personas vinculadas al narcomenudeo en la ciudad y en la provincia, entre otros” (de remarcar: un millón nada más que  en la capital y la provincia).

La acusación irrumpe definiendo a un conjunto que constituiría… una gran parte de la sociedad, como ocurrió en las adjudicaciones de inferioridad social al migrante interno proferidas por el primer antiperonismo, o aun (podría compararse) por un racismo cualquiera.

Es como si a los de la otra (propia) parte del electorado el consultor les pidiera compartir su ¿sencilla? mirada sobre lo social, por la que uno o varios millones de posibles votantes opositores están siendo clasificados como subsidiados profesionales y/o especialistas en narcomenudeo. Lo nuevamente novedoso (si no nos alejamos muchas décadas del presente) es la explicitación de la masividad adjudicada al enemigo social y político: en general, calificaciones sociales tan inclusivas y explícitas se piensan pero no se dicen; se acusa a unos gobernantes pero no a una masa de votantes o a un pesadillesco conjunto social… para evitar que los desbordes de un chacoteo político en charla privada se conozcan de pronto en momentos de un discurso público y de campaña. Como si se volviera a momentos históricos en los que era educadamente aceptable el reconocimiento de que el enemigo político y social podía estar conformado por la mitad de un pueblo, o por una clase. Y como si los participantes en los chacoteos se hubieran vuelto a mostrar como en aquel entonces, con sus señales más inmediatas de pertenencia o de aspiración a una jerarquía social.

En aquellos tiempos, las migraciones internas amenazaban la continuidad de las imágenes urbanas indicadoras de un estilo aceptable de vida, y el enemigo también podía definirse -como ahora otra vez en los retratos sociales de Durán Barba- en términos de una condición masivamente plural. Como si los malos volvieran a ser insoportablemente muchos, y ya no produjera culpa volver a ver la política así.

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