EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

jueves, 13 de julio de 2017

La grieta no está en la inclusión, la grieta está en la equidad... La equidad tiene enemigos políticos muy poderosos que la inclusión no tiene...





Por el año 2012, y aún sin permitirnos darnos cuenta de este posible y nefasto presente afirmábamos que una comunidad solidaria no ve a la caridad como norma, no la necesita, debido a que la equidad está naturalizada. Una comunidad solidaria entiende que el aporte colectivo hace al bien común de todos sus habitantes y trabaja a favor de que nada quede sujeto al azar. Una sociedad solidaria no pone delante a la propiedad privada como motor de sus desvelos, privilegia a la propiedad social para que todos sus componentes sin excepción puedan gozar de una vida digna, plena de derechos y responsable de sus obligaciones. Justamente y por el contrario lo que hace una sociedad caritativa es dejar de lado por un rato los principios individualistas ante dilemas límite, colabora buenamente basándose en un deber social, para luego retomar sus vicios cuando la calma vuelve. La caridad como acto inclusivo sigue siendo un evento particular insertado dentro de un contexto eminentemente voluntarista y privado, sigue constituyendo un resorte individual, caótico.
Por lo cual podemos inferir y concluir sin ningún tipo de eufemismo que el problema del humanismo de la civilización moderna no es la inclusión sino la equidad. 

Todos estamos más o menos de acuerdo en función de nuestra formación y convicciones sobre los derechos inalienables que tiene una persona al nacer, es decir son derechos inclusivos que están en todas las constituciones, documentos y cartas de internacionales, tanto continentales como universales. Pero hete aquí que eso no implica en absoluto que tal concepto incluya la equidad como valor a sostener, porque este mérito deviene de un orden que es necesario organizar desde la idea política y su campo de acción, la sociedad.

Y es allí en donde nos topamos con ese fenómeno tan despiadado que promueve la lucha interna que estamos viviendo en estos momentos: el egoísmo montado sobre el caballo de la competitividad que propone el sistema para sobrevivir, inciso en las que ingresan todas las armas posibles de ser utilizadas por el hombre común. Según afirma Jean Grave el hombre es egoísta, puesto que sólo obra movido por los sentimientos del interés individual más puro. Si la sociedad no le deja la facultad de guardar para sí lo que podría procurarse por medio de su trabajo, de acumularlo y legarlo a quien mejor le plazca, se rompe el resorte motor de toda iniciativa, de todo trabajo. El día que los individuos dejen de tener la posibilidad de atesorar, ya no trabajarán más, ya no habrá más sociedad, más progreso, nada, en fin. El individuo, por el mero hecho de su existencia, tiene el derecho de vivir, de desarrollarse y de evolucionar. Los privilegiados pueden recusarle este derecho, limitárselo, pero cuanto más llega a ser el individuo consciente de sí mismo, cuanto más sabe usar de su derecho, tanto más se resiste al freno que se le ha impuesto. El individuo tiene derecho a satisfacer todas sus necesidades, a la expansión de toda su individualidad, pero puesto que no está solo en la tierra y que el derecho del recién llegado es tan imprescriptible como el del que llegó primero, es evidente que sólo había dos soluciones para que estos derechos diversos se ejercieran: ¡la guerra, o la asociación!
Un sistema equitativo, igualitario, quita de plano a la caridad individual de la escena, en consecuencia muchas instituciones intermedias o religiosas dejarían de ostentar  sentido político para pasar a tener sentido meramente espiritual dentro de la individualidad del sujeto, vale decir, se atomizaría su poder.
La equidad tiene enemigos políticos muy poderosos que la inclusión no tiene por eso no nos puede llamar la atención que cuando, desde el sistema capitalista, se desarrollan análisis sobre la temática dichos términos se hayan escindidos y se encuentren fuera de toda complementariedad. La equidad distribuye los frutos del árbol de manera que no habrá demanda ociosa ni comercial, en consecuencia la acumulación no tendría sentido social ni económico. Pero en el presente los frutos de ese árbol distribuidos caóticamente y por la fuerza son insumos negociables por un “don” que se reserva para sí arrojarle uno de ellos al pasajero andrajoso, “Credo” mediante. 


Para finalizar vuelvo a Jean Grave: El hombre es un animal perfectible que tiene defectos, pero también cualidades; organicen un estado social que le permita el uso de estas cualidades, moderen sus defectos o hagan que su ejecución acarree su propio castigo. Procuren sobre todo que este estado social no tolere instituciones donde estos defectos puedan encontrar armas para oprimir a los demás, y verán a los hombres cómo sabrán ayudarse mutuamente sin fuerza coercitiva.

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