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domingo, 16 de abril de 2017

Cambiemos es un puñado escueto de elocuciones que no paran de sacarle siempre gravedad a la historia. (Horacio González – Ensayo) - La Tecl@ Eñe




La voz y la escritura del período macrista

Por Horacio González para La Tecl@ Eñe


Las brutales palabras de Esteban Bullrich en la casa de Ana Frank constituyen un ensayo mayor del discurso macrista en el cual la ambigüedad y la ahistoricidad aluden a un nuevo tipo de lenguaje de guerra mediática o de redes, que incluye la coacción simbólica y la producción de nuevos sujetos sumergidos en un mundo que suprime la ideología por la frase vacua del “sí, se puede” negacionista.

Por Horacio González
(para La Tecl@ Eñe)
I

No parece fácil decirlo, pero se gobierna también con la voz, las frases. Incluso se gobierna con la entonación de la voz y las formas de presentar el cuerpo ceremonial del gobernante. Y se gobierna, asimismo, con la displicencia rápida de una frase efectista: es decir, vacía por dentro, pero que significa la mera afirmación de un poder. Un poder expresado por la simple presencia de una frase genérica, un a priori trascendental ya probado, que posee un imán paralizante. Sería algo así como una instrucción salida del inconsciente de la  historia con pretendida pero falsaria validez universal.
        
El macrismo está constituido por un conjunto de frases que parecen protegidas por una suerte de gas pimienta. Dichas están, y no podemos acercarnos a ellas a riesgo de comenzar a lagrimear. Son las lágrimas de asombro y la incredulidad. Cuando las pronuncia, no podemos estar cerca. Se las escucha con temor y se observa en ellas la costura de su capa de inmunización. ¿No podemos juzgarlas como salidas de un laboratorio químico? ¿Acaso no parecería imposible que tratemos de refutarlas, como si fueran neutrones o protones? Ejercen un efecto paralizante, y parecerían adecuarse a infinidad de casos, válidas tanto para los más pequeños, como para los  nacionales, mundiales, barriales o cósmicos, atinentes a derechos humanos, legislación laboral, de inversión de capitales o sobre las más trágicos relatos de dolor en el mundo. El “Sí, se puede”, es un voluntarismo de la lengua contra realidades de múltiples singularidades. Anula con una auto convicción abstracta, sin atender desafíos cada vez más disímiles, resolviendo genéricamente el desguace de todas las voluntades y asperezas constitutivas de la vida pública nacional. Se gobierna con la voz y el discurso, pero convertidas en abstracciones. Cuando la abstracción se impone, una gélida brisa de miedo puede recorrer las sociedades.
        
Pero ese modelo de frase que acuñan los cerebros macristas no funcionó en la  Casa de Ana Frank. Hay algo que no pudo comprender el Ministro Bullrich. Esa frase oficial sobre el “diálogo”, que parecía invulnerable, salió a otros campos de pruebas, otros lugares desconocidos y allí fracasó. Parecían frases que bastaban por memorizar módulos y emulsiones verbales, alcanzaba con lanzarlas como jabalinas cortésmente envenenadas, lo que hacen a diario y funciona en la televisión central, el sábado en Plaza de Mayo, o en las instrucciones que emanan en los “retiros espirituales” del partido gobernante. Tienen, sin embargo, muy poco de espiritualidad. El espíritu, incluso el de ellos, “está siempre preñado de materia”.

II

Sin embargo, esa teratología verbal en la casa de Ana Frank  esta vez se volvió contra la maquinaria obtusa que las inventa. Ana Frank, desde su cándida escritura adolescente, en páginas de un cuaderno guardadas en su museo como relicarios de la voluntad de vivir y la voluntad de narrar, desde su muda letrita apretujada entre la sangre y el tiempo, refutó este tipo de jergosidad torpe como una esfinge que reprueba en silencio a los necios. Como si ella fuera otra manifestante de las grandes marchas de Buenos Aires –manifestante fantasmal pero recorriendo una ciudad de pluralidad vocinglera y no compañera de una multitud que era el “brote verde” de las redes…
        
Y así, el discurso macrista no funcionó en la casa  de Ana Frank, entre otras cosas porque se produjo aquí una fisura impresionante, pues en el caso de Frank, una gran campaña neo nazi de décadas quiso mostrar el diario como una escritura apócrifa. De inmediato, innumerables pruebas de todo tipo lo mostraron como auténtico, y posteriormente se le agregaron las páginas que el padre mantuvo en reserva. Para llegar al libro esas hojas escrita atravesaron muchas instancias y decisiones, que lo hacen más, no menos interesante. Paradójicamente, en su país, el macrismo mantiene ciertos lazos con el llamado “negacionismo”, y tuvo que confrontarse en Ámsterdam como portador de una  suerte específica de negacionismo encubierto. En Europa, ya en la posguerra, se enfocó el diario de esta niña como un testimonio de tanta contundencia que, como se dijo, el neo nazismo buscó argumentos “técnicos” para que se considerara como un escrito realizado a posteriori, hecho luego de terminada la guerra. Fue fácilmente demostrable que esos intentos se basaban en consideraciones profundamente inexactas y arbitrarias. ¿Cómo considerar ahora este punto oculto y soterrado en que el macrismo en la Argentina está próximo al negacionismo (luego veremos los alcances de este concepto), e intenta un balbuceo ininteligible, supuestamente elogioso, en la casa-museo que hoy visitan miles de  paseantes de todo el mundo? (Hace años, yo mismo lo recorrí)

Ese lugar museístico es un enorme símbolo del poder de la escritura candorosa pero que cruje de profundas observaciones que abarcan con tensa cotidianidad un teatro de la desgracia humana. Tiene la significación de un monolito dormido y mudo, que sin moverse de su fuerza testimonial hecha de papeles fantasmales, se despierta y habla. Y sin que sepamos cómo, destroza esta vez, una fórmula artificiosa para gobernar sin problemas, una frase modelada con la arcilla resecada de un señuelo trivial, hecho de confusos verbos, predicados y sujetos –todo con un baño de prestidigitación dialoguista-, aplicables sin distinción a la historia universal desde Tutankamón hasta la actual Reina de Holanda. Frente a los cuadernillos de Ana Frank, encerrados en vitrinas super protegidas (si es que lo que se exhibe son los originales), estalló y tropezó el Verbo Macrista. No tenía la misma protección sellada que esas hojas manuscritas de la niña que lo miraba todo.

El ministro dijo, tal como se lee en los diarios, que “Ana Frank tenía sueños. Es un símbolo muy importante, especialmente trabajando en Educación", sostuvo. Luego comentó: "Ella sabía lo que quería, escribía sobre lo que quería y esos sueños quedaron truncos, en gran parte por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia". Los sueños truncos – deberíamos pensar si nos pusiéramos dentro del provocativo sistema ministerial de lanzar esquemas prefigurados de frases del “sí, se puede”-, pertenecen al acervo normal y muy transitado del decir de todo político que maneja abstracciones angélicas. Aptas para toda situación. ¿Quién no tiene sueños, entendiendo por ellos una rápida metáfora del buen vivir, del confort o de los posibles lugares agradables? Bullrich emplea esa idea genérica de tanta obviedad como de laxa extensión, porque no sabe romper su cerco lingüístico, que lo asedia en un puñado escueto de elocuciones que no paran de sacarle siempre gravedad a la historia.

"Sueños truncos” no es una frase adecuada para lo que pasó en la gran historia de esa casita museo ahora alegorizada. La irrupción de la patrulla de la Gestapo en la casa corre el peligro de llegar a ser igualada a cuestiones tales a como que no alcance la cuota para comprar el auto o cambiar el televisor. Y sin querer menospreciar ninguno de esos deseos de cariz inmediato, la palabra “sueños” no puede abarcar situaciones tan disímiles. Pero en la jerga de Bullrich, esto ha sido posible. Tener sueños no es lo mismo para el tipo de apuestas al filo de la navaja que hacen con un electorado que sale a la calle en tanto “multitud neo y post liberal”, que el sueño durante la gran persecución, que eran sueños que imploraban sobre las grandes pesadillas de la historia, con sus anuncios de masacre.

III

Se dirá que exageramos. Si algo por naturaleza es más analizable que cualquier otra cosa y más disoluble que los más volátiles de los materiales, son los sueños. Supongamos que se los emplee como una manera de nombrar un conjunto de expectativas sobre su vida personal, familiar y su modo de estar expuesta a una historia. Cambia un poco el problema, pues esa frase macrista se emplea sobre el sueño personal fundado en deseos cotidianos, pero para hablar, para interpretar el trastocamiento general de la vida de un país. En un salto incomprensible, el sueño, bien que trivializado, es el del individuo y sus oportunidades. Su auto ayuda permanente, incluso la apología del egoísmo. Pero el Ministro les hace dar el salto del tigre hacia los sueños de Ana Frank. ¿Pero puede ser equiparada al votante medio del macrismo con sus sueños de escapar de las complejas realidades de un país que en verdad hace circular bienes, discursividades y decisiones amenazando múltiples sueños, individuales y colectivos? Bullrich convirtió a esta adolescente, que es un espectro que derrama su letra de remordimiento sobre una Europa culposa, en una votante macrista.

Ya nos debe parecer obvio que Ana Frank no tenía los mismos sueños en los que piensa Bullrich ni los sueños del votante macrista, ni de cualquier ciudadano envuelto en determinados problemas generales. Pero como lo dicho por el Verbo Macrista no termina aquí, enseguida se enmaraña más la interpretación pues el ministro ya se encuentra internado –sin que lo asistan los ángeles salvadores- en una jerigonza incomprensible. ¿No percibió nada el ministro? Ya vimos que no es verdad que Ana Frank “sabía lo que quería, escribía sobre lo que quería y esos sueños quedaron truncos”. No es adecuada esta frase porque el ministro equivoca totalmente lo que se quiere o se sueña en una situación de encierro, miedo y persecución. El hacer “lo que se  quiere” también pertenece a una racionalidad macrista, ficticia y vaga. Ana Frank no hacía lo que creía o quería, y por eso surgía de allí una literatura angustiosa del encierro, frases simples de la mera descripción agudísima, por ejemplo, de una patrulla que merodeaba por los alrededores de la casa. Mientras, se comentan dilemas familiares. Todo ellos adquieren en esos cuadernos un sentido fantasmagórico.

La sencilla escritura de esta casi niña, es un literatura cercana a la alucinación. ¿La “libertad al escribir” pudiera ser una frase que explique todo esto? No, señor Bullrich, señor “educador” Bullrich, muy señor mío. No es la libertad de un alumno que se encuentra con protocolos de ascensos sociales que es la hueca didáctica que entregan bajo el nombre de igualdad de oportunidades. Confundió a Ana Frank con una carrera estudiantil regida por pruebas multiple choice; confundió la libertad que se estrecha dentro del canal preparado de antemano para la producción de almas gerenciales, con la verdadera libertad. La que siempre se ve actuando bajo condiciones de opresión.

IV

Pero falta algo más, lo que ya hace más difícil la interpretación de la pieza ministerial. Esos sueños, dijo, quedaron truncos en gran parte “por una dirigencia que no fue capaz de unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia” ¿Cuál era esa dirigencia, quién promovía la intolerancia? En verdad, este balbuceo es ininteligible además de vergonzoso. Se puede interpretar como parte de una preocupante confusión, o como una confusión deliberada, o como una voz macrista que “sueña” con exportar el “sí se puede” para interpretar y resolver con la fórmula televisiva nacional de “salir de la grieta”, los problemas europeos de aquella hora tan trágica.

La dificultad intrínseca para trasladar un macrismo antedatado para resolver la hondonada europea de hace siete décadas, revela que al macrismo ni le queda “chica” la Argentina, ni deja de ser una brizna de torpeza en el mundo, aun dentro de ese pensamiento de la  “serie neoliberal” envasada al vacío. No es una frazada corta ni estrecha, sino una verba irresponsable, que se hace añicos  fuera de las cañerías desnudas del “sí se puede. ¿Cómo funcionan estas palabras: “la intolerancia que promovía el mundo” en esos momentos? ¡Que supina vaguedad! Si la intolerancia la promovía el nazismo, no es aceptable decir que no fueron capaces de “diálogo”. Protocolo macrista de vergonzosa ahistoricidad para decir cómo fue ese lamentable ciclo de la historia. ¿Pero, por qué la frase es tan confusa? Descartemos que esa “dirigencia” a la que alude la frase ministerial sea la de los políticos del Weimar, en cuyo ámbito formalmente constitucionalista se desarrollaba un drama entre socialdemócratas y espartaquistas, que termina con el recordado asesinato de Rosa Luxemburgo y  Karl Leibschneck. Eran tiempos revolucionarios y los diálogos –múltiples- obviamente se hacían  en ese contexto.


Pero para ellos sería frase totalmente abstracta la de "unir y llevar paz a un mundo que promovía la intolerancia”. No podían ser macristas esos prohombres del Weimar, a su vez represores de las alas de izquierda, y si bien este último punto figura en forma latente en el programa macrista, superar la “brecha” sonaría allí como un gemido etéreo y ficticio. Sin embargo, la frase del historiador duranbarbista Bullrich no está solamente equivocada. En aquella idea extrema de una voluntad de poder surgida de los planos subterráneos de la sociedad alemana, bullía una futura guerra, donde cualquier historiador serio no podría  imponer retrospectivamente la consigna del diálogo, y mucho más porque la versión macrista del diálogo incluye coacción simbólica y producción de nuevos sujetos atados a monolitos del miedo, sumergidos a la historia en nombre del sueño frente al televisor. Peligroso, reprobable. ¿Pero cómo con estos rudimentos de principiante podrían juzgarse acontecimientos lúgubres y grandiosos, donde la ideología era una pulsión económica y lo económico un complejo mundo ideológico?

¿Qué se le pediría a la luz de “unir y llevar la paz” a la “solución final”? ¿El protocolo macrista hubiera podido influir sobre los generales nazis, Eichmann, Rommel, o von Ribbentrop, que sí dialogaba, pero dentro del cuadro de alianzas de Hitler, para conformar la política definitiva de lo que se llamó el Eje? Como los que se llevaron a la joven escritora era una partida de la Gestapo en Ámsterdam, no serían ellos los que promoverían la tolerancia, pero no queda claro finalmente cuál era esa dirigencia que “no supo unir en un mundo intolerante”. En la frase bullrichista no se hace nunca nítido quiénes son los sujetos implicados, “esas dirigencias no sapientes” que no encararon un “macrismo” para la ocasión, un macrismo adecuado e iniciático, contra los que “promovían la intolerancia en el mundo”. No podemos dejar de conjeturar que ese “mundo” abarcaba a todos los dirigentes, Hitler, Roosevelt, Churchill, Stalin. ¿Podría ser un macrismo ahistórico tan indulgente y tan suave en los calificativos, y a la vez tener la fuerza retrospectiva de llamar al orden y de encaminar las cosas hacia una paz del sí-se-puede? Absurdo. La cruda historicidad del macrismo no sólo tiene sueños. Tiene pesadillas, toscas pesadillas.

V

Esas abstracciones contrastan con las voces que configuran al macrismo como la máxima experiencia de insolencia y barbáricos desprecios sobre las poblaciones trabajadoras. Desde la grasa militante al choripán como símbolo de una pérdida de libertades del manifestante, solo han construido una catedral de injurias tejidas al croché. Pero lo de Bullrich también es parte de este nivel de injurias sumado a la grave incontinencia del que desconoce la historia contemporánea. Lo que fracasó en Europa quebrando el sueño de Ana Frank, ¿podía ser llevado a cabo en la Argentina, donde hay un símil del negacionismo de la represión militar en marcha? Mientras, en Ámsterdam expusieron una versión del negacionismo light, omitiendo nombres propios, dejando en una extraña confusión el papel del nazismo y colocando esa Casa que es punto de espesura trágica que condensa líneas de fuerza de la historia, al nivel de una ficticia visita macrista al conurbano, dedo en ristre, preparado para el Timbreo del “Unir y llevar la Paz”.

La ambigüedad sobre cuál era esa “dirigencia” que no fue capaz de tener prácticas de tolerancia, agrede a la misma noción de historia, y no porque no sea deseable la paz y la tolerancia. Al contrario, sino porque esa forma de invocarla es parte de una emulsión sutil de guerra, un nuevo tipo de guerra. Si la podemos calificar, pongamos la palabra “mediática” o de “redes”. El discurso en la casa Frank es un ensayo mayor del discurso macrista, así como han tomado el nombre de Hannah Arendt sin leerla, absorbiendo a cucharaditas, apenas el título de sus libros, ignorando sus conceptos de trabajo, natalidad, promesa y sobre todo el de república, que la acerca al consejalismo y a Rosa Luxembrugo.

Cuando el macrismo toma la historia contemporánea o la alta teoría, las rebaja de un bofetazo, pues es lo que está en su metodología hiriente y arrogante. Su negacionismo al paso, inserto en volátiles circunstancias, aun así es muy grave. No solo hacia las víctimas del terror, y no solo en lugares que toma a la ligera –allí donde se halla la museificación del terror, sobre la cual nunca cesaron las grandes discusiones- sino empeñándose en ofrecer el mundo sus cancherismos embaucadores e irresponsables, confiados en sus aciertos porque los dejan dormir en viejas alcobas del siglo XVII.

Siempre se exhibe el macrismo elaborando un aire de detención de la epifanía de lo social, lo cual se muestra en sus discursos sin sujeto de donde emanan grajeas insulsas de la historia, omitiendo señalar a los victimarios y cuestionando los actos que llevan a inscribirse en el recogimiento por las víctimas. Pues su vacuo afirmativismo (“llevar la paz a la intolerancia”) es una abstracción que deja asomar impúdicamente su horror por la historia real. Ese es su negacionismo implícito, con el cual construye multitudes abstractas y lleva a sus funcionarios en viaje por una resquebraja Europa, a lanzar despreocupadamente un mensaje hueco y dislocado. No están en la historia. Quieren que la historia esté dentro de los discursos de Bullrich ante esos papeles escritos por una chica, papeles que hoy, aun soportando una rutina de lecturas, sigue saliendo de ellos una chispa de redención que puede atestiguar sobre la situación límite de la condición humana. Pero ante esos cuerpos desvanecidos que devoró una historia trágica, ellos hacen sus discursos para educar a dirigentes europeos que no nombra, en muchos casos horrorosas sombras de una historia siniestra, introduciendo una infrecuente y hasta pavorosa ambigüedad ante la historia.




1 comentario:

  1. Una reflexión impresionante por su densidad (no siempre soy fan de González, aclaro, pero esta vez merece varios oros).Y confieso que me tomé tiempo para releerla varias veces. Cuán necesario habría sido, pienso, discutir en los pocos programas potables de TV que aún subsisten, este material. Pero es por su causticidad, precisamente, que tal discusión no existirá. Porque sería necesario saltearse por un día el recuento sorprendido de barbaridades políticas cotidianas, demorándose en reflexionar de qué está compuesta la locura, precisamente, y si podemos reconocerla en toda su real estatura, de tenerla enfrente.
    Lo que resalto no es tanto la impudicia del formato discursivo de Cambiemos, sino ese hallazgo de González acerca del matrimonio ineludible entre el negacionismo y Cambiemos. Y en la necesidad - cómo no - de buscar en la cuna de los negacionismos más espectaculares, por caso, el nazi, un génesis, una paternidad mítica, de lo que lindamente se sostiene desde el vacío ambiguo local. Porque las míticas se sospechan a sí mismas, vacías, carentes, sedientas de sustancia.
    Pero Cambiemos no inventó el ahistoricismo reciente como tampoco lo hizo la Dictadura hace 40 años cuando nos descerrajó, con idéntico sentido ahistórico, menudo kilombo metafísico (siguiendo los dedicados pasos dominicos de tiempos de la Conquista en eso de dotar o sustraer alma al Otro, al Adversario). Ese ahistoricismo ya larvaba hacía mucho, escondido entre postales sepias, tomando la fisonomía informe del inconsciente colectivo argentino, tan gustoso del barro y las miasmas.
    Las sociedades se sirven (porque la Historia, en un capricho, evidencia que es posible la masividad de patologías laburando juntas) de ocasionales y rutilantes conjuntos de psicópatas que tienen por finalidad hacer por un tiempo limitado (el de su dignificación circunstancial) aquello que éstas precisan y queda fulero blanquear. Ese 3 a 6 % psicopático puro, que anida en toda sociedad, realiza entonces contraprestación dantesca por un espacio de tiempo limitado a la manera de un esfuerzo homeostático, igual de perverso, emprendido por esa sociedad. Tal vez nuestra sorpresa provenga de negarnos a comprender que somos parte de un conjunto social tan violento como para permitirse la supresión de una parte de sí mismo, en aras de limpiezas dudosas. Así que esa ahistoricidad y abstracciones de peligrosísima evolución social, me temo que ya estaban bien campantes, solo esperando quien las interpretara con mejores y más nuevas herramientas. Como un autor...en busca de su actor.
    Cuando desde sectores progresistas se pide perentoriamente una estrategia de comunicación política más efectiva para atraer a refractarios, deberíamos comprender al memos dos cosas:
    a) que quien se refracta lo hace a soberana y patológica voluntad;
    b) que quienes están sumidos en la irracionalidad gozosa, no transitan ni transitarán el mismo carril de quienes los buscamos para intercambio, dado que esas capilaridades discursivas que eligen, son de otra sustancia - irraccional, repito - y por tanto, inalcanzables con herramientas discursivas ordinarias. Y esto es un drama, por supuesto.
    Gracias por tan buen texto.Está para ser desmenuzado, palabra por palabra. Saludos.

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