EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

lunes, 16 de enero de 2017

Dice el inmigrante, mientras el pequeño burgués se tapa los oídos, y pide echarlos a patadas en el culo





Falsamente se plantea el tema de la inmigración como una suerte de banal albedrío individual sin entender que se trata de una disyuntiva colectiva por la supervivencia de un conjunto. Si por un lado aceptamos el dawinismo que impone el sistema capitalista, ergo regiones favorecidas y regiones no favorecidas, ese mismo concepto darwinista propone naturalmente las migraciones como parte del proceso de selección. Somos liberales en lo económico y amamos la competencia hasta que otro nuevo jugador entra en escena. Me hace ruido. Y es allí donde nuestra liberalidad pequeño burguesa se siente acongojada e insultada. Vienen por nuestros recursos, nos invaden las calles, las ensucian, quiénes son estos tipos oscuros de raras vestimentas, quieren vivir. Los procesos migratorios tienen variadas  motivaciones y cada una de ellas ameritan un estudio especial. Escapar de una guerra, huir de la hambruna, exiliarse debido a las persecuciones políticas que aún existen en el planeta, las pestes, los cataclismos, la contaminación regional, cuestiones que deben ser discernidas puntillosamente ya que los protagonistas de estos procesos varían socialmente. Y este es el punto de conflicto desde donde parte el banal sentido común de nuestra pequeña burguesía xenófoba y discriminatoria.
Nuestro pequeño burgués confunde superviviencia con “estar mejor”, con progresar, inciso que relaciona la inmigración con una decisión individual y es allí en donde descansa el sofisma. El colectivo inmigrante escapa de la muerte que le tiene reservado como determinismo histórico el lugar donde nació, con todas las contradicciones y quebrantos que la cuestión incluye, y es capaz de asumir empresas sumamente riesgosas para escapar de esa muerte, incluso encarar la propia muerte y la de los suyos, al cruzar un río, una mar, un océano, al saltar un muro, a desafiar las balas del rechazo. No tienen tiempo para absurdos trámites burocráticos, y si no hay que preguntarle a los galeses que llegaron a nuestras costas de Puerto Madryn en una breve cáscara de nuez, obviando permisos y ritos sistémicos, instalándose en las cuevas de la costa para conformar con el tiempo una de las colonias más selectas del país. Pasó mucho tiempo, acaso una generación para regularizar la situación. Los procesos migratorios no son viajes de placer, no escogen los lugares en función de un packaging turístico, tampoco convengamos que vienen al mejor de los mundos ni al más justo de los lugares, escapan hacia donde pueden. Desertan de su génesis, de su cuna, del lugar en donde vieron la luz, una luz que el sistema dominante apaga sin prisa pero sin pausa debido a que ese haz lumínico lo concentra en los grandes centros de poder. Las visiones de nuestra pequeña burguesía son coincidentes, ven al receptor como víctima de una horda, pero jamás será osada y preguntarse las razones por las cuales esas “hordas” de marginados existen en todas las latitudes del planeta. Acaso el espejo es un cruel delator y encuentren en él las respuestas que su sentido común les impiden revelar. La pequeña burguesía jamás se piensa a sí misma en esa disyuntiva, cree que su condición social la inmuniza. Gieco lo expresa mejor que nadie, de manera, afinada, poética y clara...




Guarda la risa entre los dientes 
marcha del sur para el este 
lleva la sombra que sostiene 
todo el peso de la gente que mas quiere 

Lleva incertidumbre 
y la risa postergada 
lleva un libro, eso es bastante 
dice el inmigrante 
Lleva la cruz del marginado 
lleva otro idioma 
lleva su familia, eso es bastante 
dice el inmigrante 

Lleva en sus ojos toda la mezcla 
de la rabia, de la duda y la tristeza 
tiene que pagar con el olvido 
lágrima de puerto y de destierro

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