FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Habemus un Gerardo Morales en Coronel Dorrego




Primero vamos a las declaraciones por la AM 1470 La Dorrego





Este es el mismo pibe que, a partir de su puño y letra, acusó el año pasado de asesinato a Milagro Sala y a la Tupac, calificándolos de apátridas...  Y el humo apareció, habemus un Gerardo Morales derecho y humano en Coronel Dorrego..

No se lo entiende a este chico. Por un lado dice desconocer lo concerniente a la causa política que Morales le inventó a Milagro Sala (ergo se hace el gil, una suerte de “esa te la debo”, cosa que le cuesta poco por cierto, tiene escuela radical y dorreguense al respecto, y no es poca cosa dirá un sabio local) y por el otro, hace un año, no tuvo ningún empacho en redactar el comunicado inculpándola a ella y a la agrupación Tupac por un asesinato en la que nada tuvieron que ver. Incluso los llamó apátridas, paramilitares.. Lindas palabras hacia compatriotas para un tipo encargado de la comisión de derechos humanos de la JR.  Vale decir prejuzgó y condenó sin pruebas por interés político-electoral. Tristemente creo que Bernardo Blázquez es el cuadro ideal que la JR de la provincia de Buenos Aires necesita para este inciso, un tipo confundido (y digo tipo porque yo a su edad ya era delegado gremial en Ademys) representa fielmente los postulados perversos (malversación del verso) de Cambiemos. El afecto de años que tengo por su padre no me impide sostener que este chico vive en una nube de conceptos equivocados, heredados de los peores dirigentes locales. Y me banco que Gustavo, su padre, me lo recrimine y lo comprendo. Pero como bien le mencionó Picasso a los fascistas cuando le preguntaron quién había pintado el Guernica, les respondió, fueron ustedes, nada más que ustedes. No me vengan con mariconeadas cuando el día de mañana le volvamos a pedir perdón, desde el Estado, a las víctimas de la ignominia, debido a las excluyentes agachadas de los que debían defenderlas.
El chico se define como socialdemócrata alfonsinista. Pero no está con Santoro y con Moreau, está con un tipo siniestro como Chalde (titular de zonas francas de Vidal) y con él toda la runfla que se atrevió a prepear en masa a Palomino y a Rizzo por sus posiciones políticas, siempre en pos de los derechos humanos (campestres), cuando vinieron a presentar la obra La Tentación. Se sienta a lado de un tal Sanz, nefasto alcahuete de las corporaciones venido a menos por unas declaraciones judiciales efectuadas por otro tal Pérez Corradi. Tipo que vino a incriminar a Aníbal Fernández (el monstruo que creó Carrió para que gane la bella) y que finalmente lo enviaron en decomiso a EE.UU por afirmaciones inconvenientes al clima de época. En lo personal considero que Bernardo tiene mucho futuro político si empieza a actuar como piensa y no como le dicen sus mandantes, abandonando esa efímera idea del puesto a cambio de las convicciones. Hacerse el boludo con respecto a lo que está haciendo el dictador jujeño forma parte de eso. Coronel Dorrego es complicado, lo entiendo, y se sabe perfectamente que de no mediar un enlace fuerte con el oficialismo a nivel de la subsumisión, no hay trabajo, no hay desarrollo, no hay futuro. Podés escribir la mejor novela, el ensayo más logrado, pintar el más bello cuadro, esculpir una obra que quedará para la historia del arte, aquí si no sos radical y lamebotas te pisarán la cabeza y te enterrarán boca abajo por si se te ocurre resucitar. Eso lo sabemos, pero existe algo superior que nos moviliza a todos los seres humanos sentipensantes: El espejo. Sobre todo cuando nos preguntamos delante de él y a solas qué queríamos ser antes de ser lo poco y miserables que somos. ¿Y sabés qué? A pesar de las penurias y las injusticias que uno puede sufrir, es extraordinario vivir sin traicionarse y morir si haber traicionado a nadie, muy a pesar de haber tenido a la mano, y varias veces, más de 30 monedas para hacerlo... Allí está justamente el valor de una persona, algo que en nada se relaciona con el precio, aunque algunos por limitaciones y conveniencias confunden ambos términos de ex profeso.

Noto que el periodismo local es bastante condescendiente con el muchacho, exiliando de sus reportajes la cantidad de torpezas y bravuconadas cometidas, acaso su abolengo limita el accionar crítico. Flaco favor le hacen. Cuando hablan con Bernardo no hablan con el hijo de Gustavo, hablan con un tipo con pretensiones políticas concretas y respetables, con una persona que decidió pertenecer a un colectivo despótico y excluyente y que debe hacerse cargo de ese lugar que escogió, de lo contrario nunca crecerá como dirigente y será uno más que no dejará sombra ni siquiera para recordar.  

martes, 29 de noviembre de 2016

Crítica a la macroeconomía convencional. “Teoría autista, que no conecta con el mundo real de los millones de seres humanos que padecen la explotación, la desocupación o las crisis del sistema capitalista”.





Por Rolando Astarita, Profesor de economía de la Universidad de Buenos Aires, Argentina,  para Revista Sin Permiso

Recientemente Paul Romer publicó un texto, “The Trouble with Macroeconomics” (Stern School of Business, New York University, 14/09/16) en el que afirma que por más de tres décadas la Macroeconomía ha experimentado un retroceso intelectual. Para quienes no lo conocen, digamos que Romer es un estadounidense, profesor de Economía, de orientación neoclásica. Es conocido principalmente porque fue iniciador de los modelos de crecimiento endógeno, que actualmente se enseñan en los cursos de Crecimiento Económico.
La crítica de Romer entronca con críticas anteriores a los contenidos de la Macroeconomía “oficial”, realizadas también por personajes del establishment de la corriente principal. Por ejemplo, en “Macroeconomía del mainstream y crisis”, comentamos un trabajo de Claudio Borio, en el que repasa críticamente la teoría anterior a la crisis de 2007, y propone cambios en algunas de las perspectivas fundamentales que se manejaron hasta ahora. Borio es un importante economista del Banco de Pagos Internacionales, BIS. También Krugman, Stiglitz, la revista The Economist, pidieron cambios. En esa nota señalábamos: “…son varios los economistas de la corriente principal que hoy admiten que la situación teórica es muy preocupante. Tal vez, el más notable haya sido el premio Nobel Paul Krugman, de la facultad de Princeton, y colaborador del New York Times, quien afirmó que la macroeconomía de los últimos 30 años fue ‘espectacularmente inútil en el mejor de los casos, y en el peor, positivamente perjudicial’. Stiglitz, premio Nobel, y también neoclásico, es otro crítico. Significativamente, algunas publicaciones del establishment, como The Economist, unen su voz al pedido de indagar qué anduvo mal”.
Pues bien, Romer focaliza su crítica en la tesis del “ciclo real de negocios”. Afirma que los macroeconomistas se sintieron cómodos con la idea de que las fluctuaciones de los agregados macroeconómicos son provocadas por shocks imaginarios, y no por las acciones de las personas. Ese confort fue suministrado por el modelo del llamado ciclo real de negocios. El ciclo real de negocios (tesis elaborada por Kydland y Prescott, en los 1980) sostiene que existen shocks de productividad, o tecnológicos, generados por algo que los neoclásicos llaman “productividad total de los factores”, o “residuo de Solow”, pero que en realidad, dice Romer, no saben bien cómo definir. O, como dijo Moses Abromovitz (otro destacado economista estadounidense), y cita Romer, el residuo “es una medida de nuestra ignorancia”. Romer lo llama el flogisto y agrega: “El modelo del ciclo real de negocios explica las recesiones como bajas exógenas del flogisto”.
En particular Romer critica que en estos modelos la política monetaria, y el dinero, no tienen importancia. Y observa que nadie sabe explicar en qué consisten esos shocks negativos. O, en todo caso, son reducidos al absurdo de una congestión de tránsito (respuesta de Prescott a un docente que le preguntó en qué consistía el shock tecnológico; la anécdota es citada por Romer). El modelo luego se enriquece por otros supuestos –todos en esencia formas de flogistos- sobre los que ironiza Romer, que dan lugar a los modelos de equilibrios múltiples. Más tarde, agrega Romer, se incluyeron precios rígidos para abrir la posibilidad de que la política monetaria pudiera importar y afectar al producto; pero importa poco, ya que el dogma del ciclo real de negocios permanece.
Pero por otra parte, está el problema de los tests econométricos. Es que cuando el número de variables crece, dice Romer, el problema de identificación se hace cada vez peor. Recordemos en qué consiste el problema de la identificación. Supongamos que tenemos series temporales de datos sobre cantidades y precios, y no disponemos de ninguna otra información adicional. El problema de la identificación reside en cómo sabemos –dadas únicamente las cantidades y los precios-, si estamos estimando la función de demanda o la de oferta. O, alternativamente, si pensamos que estamos estimando la función de demanda, cómo garantizamos que esa sea la función de demanda. Para responder estas cuestiones, es necesario estimar antes los parámetros de nuestra función de demanda. Pero si solo se tienen las series de precios y cantidades, y ninguna otra información, no hay manera de responder, ya que los mismos datos pueden ser compatibles con varias funciones hipotéticas de oferta y demanda (Basic Econometrics, D. Gujarati, cap. 19).
Por lo tanto, y a fin de obtener resultados, el cálculo econométrico tiene que introducir algunos otros datos en las variables del sistema. Romer los llama “hechos con un valor de verdad desconocido” (FWUTV, por sus siglas en inglés). Con esto subraya que, a pesar de que el proceso de estimación trata al FWUTV como si fueran hechos conocidos por ser ciertos, los procesos de estimación del modelo no revelan nada acerca de su valor real de verdad. Y los resultados de los cálculos econométricos varían según el FWUTV introducido. Por ejemplo, dice Romer, si dada una serie de datos sobre precios y cantidades, se quieren establecer las curvas de oferta y demanda, y se introduce un FWUTV que dice que la curva de oferta es vertical, se obtiene un determinado resultado. Pero si se introduce otro FWUTV, imponiendo, por ejemplo, que la curva de oferta pase por el origen, se obtiene otro resultado. Las elasticidades de demanda obtenida son distintas, y no hay manera de saber cuál es verdadera, si es que hay alguna verdadera.
El problema, sin embargo, se hace más grave con los modelos de múltiples equilibrios, o con la introducción de las expectativas racionales. Romer sostiene que la matemática no resuelve el problema; lo único que logra es colocar el FWUTV cada vez más lejos de la discusión de la identificación. “Apoyándose en una fundamentación micro, un autor puede decir, ‘supongamos A, supongamos B… bla, bla, bla, … y así hemos probado que P es verdadero. Entonces el modelo está identificado”. Agrega: “Con suficiente matemática un autor puede estar confiado en que la mayoría de los lectores nunca se imaginarán donde está enterrado el FWUTV”. Y los macro modelos descansan así en supuestos que no son creíbles, y son opacos. Precisemos, sin embargo, que el avance de Romer con respecto a los modelos neo-neo clásicos, al estilo ciclo real, se reduce a introducir algunas rigideces de precios y salarios, de manera de admitir efectos reales de las políticas monetarias.
En cualquier caso, Romer hace entonces una comparación con los físicos que defienden la teoría de las cuerdas, y encuentra que en los economistas “post ciclo real” se registra: 1) tremenda autoconfianza; 2) una comunidad inusualmente monolítica; 3) un fuerte sentimiento de identificación con el grupo, afín con una fe religiosa o una plataforma política; 4) un fuerte sentido de vinculación entre el grupo y otros expertos; 5) un desinterés por otras ideas, opiniones o expertos que no son parte del grupo; 6) una tendencia a interpretar la evidencia de manera optimista, y una no consideración de la posibilidad de que la teoría esté equivocada; 7) una falta de apreciación de la medida en que el programa de investigación debe incluir riesgo.
La convicción de que la matemática soluciona los problemas, y el desprecio por los hechos, se combinan para potenciar esta situación. Tomando la expresión de Bunge, Romer habla de pseudo ciencia.
Sin embargo, lo que Romer no dice es que las siete características que atribuye a los economistas macro del ciclo real de negocios (o post-ciclo real) se aplican también al mundo académico y al establishment neoclásico, del cual el propio Romer forma parte. En esos círculos, los enfoques que son críticos de conjunto de la teoría neoclásica son sistemáticamente excluidos, o (en el mejor de los casos) relegados al estatus de “curiosidades”, de importancia menor. Su mismo modelo de crecimiento endógeno se basa en la función de producción neoclásica, y en supuestos “heroicos” –como que el capital y el trabajo reciben respectivamente sus productos marginales- que no tienen el menor sustento teórico ni empírico. O contienen fatales inconsistencias internas, como lo demostró, hace ya décadas, la crítica de Cambridge. En el mismo sentido, ¿cómo es posible que Romer pase por alto la crítica que se hizo, también desde el enfoque de Cambridge, al residuo de Solow? (una presentación sencilla de esa crítica, aquí).
En definitiva, la “tremenda autoconfianza”,  el “desprecio por las teorías alternativas”, “el desinterés por las críticas que se les han dirigido”, “la no consideración siquiera de la posibilidad de que la teoría que usan esté equivocada” (empezando por la misma función de producción, base del modelo de crecimiento endógeno), han sido la constante en toda la economía oficialmente establecida. Esta gente parece intuir que si comienza a tirar de estas “fisuras”, se viene abajo el trabajoso edificio que han levantado. En particular, son conscientes de la necesidad de excluir de toda consideración a los enfoques que ponen al desnudo la naturaleza y el origen de las plusvalías que llueven sobre las clases dominantes.
El escrito de Romer es entonces síntoma de un malestar intelectual con una teoría autista, que no conecta con el mundo real de los millones de seres humanos que padecen la explotación, la desocupación o las crisis del sistema capitalista. En este sentido es digna de atención. Pero no va mucho más allá. Es apenas un insustancial cambio de formas, para que permanezca lo sustancial: la apologética del sistema económico y social establecido.


sábado, 26 de noviembre de 2016

Industria Nacional: Lo que nunca termina de ser y la inexistencia de una burguesía que piense como Nación




La industria que supimos conseguir

Por Claudio Scaletta, Economista y periodista. Para Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


La industria nacional ha enfrentado a lo largo del tiempo, con suerte dispar, diferentes obstáculos. La experiencia muestra que, sin la conducción y la planificación del Estado, no hay desarrollo, una convicción que no parece prioritaria para el gobierno actual. 
¿De qué hablamos cuando hablamos de industria argentina? La respuesta parece obvia y podría responderse rápidamente mirando el Estimador Mensual Industrial del Indec. Sin embargo, se habrá comprendido poco. Si lo que importa son los problemas y potencialidades del desarrollo industrial, la mejor manera de entenderlos es en su devenir histórico, que a su vez exige considerar como dato central la dialéctica permanente entre las limitaciones internas y los acontecimientos del mercado mundial. Sólo así será posible hacerse una idea de las características de la industria nacional y los desafíos que enfrenta bajo el gobierno del PRO.

Apéndice agrario

Durante la consolidación del Estado Nacional y después la economía creció de manera constante sobre la base de la súper productividad de la Pampa. Entre 1880 y 1930 la población se multiplicó por cinco, el producto por diez y las exportaciones primarias por doce. La reproducción casi espontánea del ganado y la siembra de tierras fértiles riquísimas en nutrientes se tradujeron en una expansión constante del producto, crecimiento que fue acompañado por un significativo incremento del ingreso per cápita.
La apropiación latifundista de la tierra previa a la misma colonización marcó una gran diferencia con respecto a otras economías de carácter similar, como las siempre mentadas Canadá y Australia. Esto determinó un modelo de ganadería extensiva en grandes estancias y una agricultura en la que la figura preponderante fue la del colono arrendatario. La expansión continuó mientras resultó posible extender la frontera agrícola pampeana. Como el proceso coexistió con una política de promoción de la inmigración, el aumento de la población contribuyó, ya sobre el final del período, a frenar el ingreso per cápita. Los límites del modelo fueron internos y externos. Aparecieron con la frontera agrícola y con la crisis de los mercados de destino, cuya manifestación formal y concreta fue el pacto Roca - Runciman de 1933.
En esta etapa, las manufacturas emergentes estuvieron ligadas al desarrollo del transporte de las materias primas a los puertos, es decir al mantenimiento del ferrocarril, y a una escasa “integración hacia arriba” a partir de la producción primaria. En su trabajo pionero, Adolfo Dorfman retrataba que los frigoríficos, las productoras de cerveza, las fábricas de galletitas, los talleres ferroviarios y las metalúrgicas se concentraban en la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires. Menos concentrados territorialmente estaban los primeros talleres textiles, los saladeros y los molinos. Los bienes de capital se compraban en el exterior. El poco integrado interior era la tierra de los ingenios azucareros y las bodegas. Tales fueron las primeras “ramas industriales”.
El crecimiento económico y su derrame generaron demanda interna, pero estuvo lejos de ser aprovechada. Para el capital de entonces las ganancias agropecuarias fáciles funcionaron como desaliento para la actividad manufacturera, que a la vez debía ser capaz de competir con una industria importada favorecida por la política comercial. De acuerdo a un censo de 1913, la industria alimenticia abastecía al 37% de la demanda interna, la textil al 17 y los metales y maquinarias al 12. No obstante, hacia el Centenario de Mayo la clase obrera ya era parte del escenario urbano.
Para la década del 20 se habían consolidado en el interior la industria azucarera y bodeguera, mientras que en Buenos Aires se encontraban los grandes frigoríficos y la industria alimenticia. El sector mecánico subsidiario de los talleres ferroviarios se distribuía más armónicamente a lo largo del territorio. Bodegas Arizu, Bagley, Molinos Río de la Plata, Canale, Tamet y Siam ya estaban presentes en esta época. Para subrayar la dependencia conviene destacar el hecho de que hubo sectores que crecieron escasamente debido a las relaciones comerciales privilegiadas con Gran Bretaña, como la industria textil. También se vio frenada la minería, ya que los barcos que exportaban cereales y carnes regresaban con carbón inglés. Los años 20 fueron también los de la llegada masiva del capital estadounidense en la actividad frigorífica pero también a través de firmas como IBM, Chrysler y General Motors. En la mayoría de los casos se instalaron con el formato de armadurías para reducir costos de transporte, es decir, como importadoras de piezas y partes.
La ciudad-puerto alojaba a una población numerosa con un buen nivel de ingreso promedio, un mercado apetecible y sofisticado. Jorge Schvarzer, un estudioso del desarrollo de la industria, graficaba el panorama con un ejemplo: Ford abrió en Buenos Aires su segunda oficina fuera de Estados Unidos después de la londinense: ya que en 1929 el parque automotor local era, medido por habitante, similar al estadounidense.

Sustitución temprana

El agotamiento del modelo agroexportador se hizo evidente en la segunda mitad de los años 20. Entre 1926 y 1932 los precios de exportación de los productos agropecuarios cayeron 40%, en tanto los precios de las importaciones se mantuvieron estables. Se inició así un freno de los flujos del comercio exterior que se mantuvo a lo largo de toda la década del 30. Luego llegaría la Segunda Guerra Mundial, con lo que se completarían dos décadas de interrupción parcial y total del comercio exterior. Quizá nunca como en estos años la crisis externa se convirtió en oportunidad. La rentabilidad agraria se había desplomado, existía un mercado interno demandante, el ligero desarrollo industrial y la desarticulación económica del interior acumularon mano de obra en las ciudades y había capitales excedentes. Pero faltaban tecnología e insumos. Esta sumatoria de factores moldeó las condiciones de la expansión industrial de la década del 30 y dio lugar a una sustitución inducida por causas externas antes que por una voluntad deliberada.
La expansión productiva se basó en el uso más intensivo de las fábricas existentes. Como se dijo, la importación parcial o total de partes e insumos sustituyó a la de productos terminados. Ya en la crisis, esta fue la base de la tesis de la “sustitución de exportaciones” de los países desarrollados como contrapartida a la sustitución de importaciones local. Como las trabas arancelarias dificultaban las exportaciones de productos terminados, se instalaban fábricas para luego exportarles los insumos y partes. El motor de esta guerra fue la exportación de capitales. A las empresas estadounidenses les siguieron las alemanas. En adelante los requerimientos estatales a los capitalistas extranjeros incluirían el reclamo por una mayor integración de partes locales.
La sustitución temprana desencadenó un auge económico, con ocupación de la mano de obra y alivio externo, en el marco de una nueva convergencia de intereses entre los sectores dominantes locales y los del exterior. Se profundizó el desarrollo de industrias como la del cemento, despegó la industria textil, acompañada por el desarrollo de cultivos industriales como el algodón, y aumentó la producción de otros insumos como tabaco y yerba. En Salta y Mendoza se comenzó a producir petróleo, sumándose a la Patagonia y duplicando la producción total. Frente a la demanda de un parque automotor que rondaba el medio millón de automóviles se instaló la industria del neumático. También llegaron firmas de artefactos eléctricos como Philips y Eveready.
El estallido de la guerra en 1939 significó el corte abrupto de la importación de productos terminados e insumos, como maquinarias, repuestos y carbón. No ocurrió lo mismo con las exportaciones agropecuarias, lo que permitió la mejora de la situación externa y la acumulación de reservas. Parte de la respuesta local fue la utilización intensa de las líneas de producción existentes, con dobles y triples turnos, lo que agravó los problemas de desgaste y obsolescencia tecnológica. Pero el resultado general para la industria fue muy positivo. Entre 1939 y 1945 la producción sectorial creció el 45% y los obreros ocupados el 66%. En 1941 las manufacturas superaron al agro en su aporte al PIB.

De la posguerra al desarrollismo

Desde fines de los años 30 el Estado asumió un rol más activo en la promoción industrial. A principios de los 40 creó Fabricaciones Militares (FM), estrategia que reforzó con la estatización de las empresas alemanas, que sobre el fin de la guerra pasaron a ser capital enemigo, y se conformó la Dirección Nacional de Industrias del Estado (DINIE). También se crearon sociedades mixtas en el sector siderúrgico, como Somisa en 1947, y el Estado ingresó a la química Atanor en 1948.
Terminada la Segunda Guerra, los principales desafíos eran evidentes: renovar equipos industriales obsoletos e incorporar ramas básicas todavía ausentes, tarea que ocuparía las décadas siguientes. En el corto plazo, en cambio, se siguió una estrategia defensiva frente a las industrias de los países más desarrollados. En términos de producto industrial, el período 1948-54 fue de virtual estancamiento. La excepción fueron sectores como química, metales, maquinaria y equipo para consumo doméstico y, finalmente, reparaciones. En industrias básicas no se logró avanzar en la producción de acero por dificultades en la importación de equipos. El primer alto horno entraría en funcionamiento recién en 1961.
El problema principal, que se volvería cíclico, era claro: desde 1950 se dejaron de generar las divisas suficientes para incorporar los bienes de capital necesarios para la renovación de equipos. Era la restricción externa, que también significaba problemas con los insumos intermedios. Según la encuesta industrial de 1957, el país importaba en promedio el 22% de los insumos, aunque en metales y maquinarias llegaba al 45% y en el sector alimenticio a sólo el 2%. Para 1954-55 el sector agropecuario estaba estancado por falta de insumos técnicos y algunas sequías. La combinación de estos procesos reforzó la restricción externa.
Pero la industria repuntó en los años siguientes. Al margen de los cambios políticos y sobre la base de una demanda sostenida, entre 1954 y 1958 el PIB industrial creció 40%. El sector más dinámico fue el de maquinaria y equipo. Ya en los últimos años del peronismo comenzó a prevalecer la idea de que la salida era atraer capitales extranjeros. En 1953 se realizaron los primeros acuerdos con Kayser y Fiat que dieron origen a la producción de autos y tractores, se verificó un auge de la producción de artefactos para el hogar y avanzó la sustitución de importaciones en las ramas mecánicas y químicas.
Pero los problemas de fondo durante toda la década, junto con la restricción de divisas, fueron el desgaste y la obsolescencia de los equipos de producción y de la infraestructura, especialmente la escasez de energía eléctrica pero también de los ferrocarriles, la parálisis de obras camineras, las comunicaciones y los puertos.
A partir de 1958, el desarrollismo frondofrigerista se propuso por primera vez en la historia argentina la transformación de la estructura productiva como objetivo explícito. Su diagnóstico fue que los principales problemas eran la carencia de industrias básicas y la insuficiencia de capital, lo que se tradujo en una legislación favorable al ingreso de empresas extranjeras y una promoción industrial activa de sectores específicos. Los resultados fueron dispares: en orden decreciente se destacaron automotores, petroquímica, siderurgia, celulosa y papel e industria naval.
Deteniéndose en el caso más exitoso, se abrió el negocio automotor a las multinacionales pero exigiéndoles un plan de producción a cinco años y la progresiva disminución de la importación de partes. El resultado fue la rápida expansión sectorial, con sus conocidos efectos multiplicadores. La demanda más exigente de las nuevas firmas automotrices significó también el aumento de los estándares de calidad de las empresas locales proveedoras. Para 1964-68 la producción automotriz llegaba a las 180 mil unidades anuales y los insumos locales pasaron del 26% en 1960 al 47 en 1964. La clave de este desarrollo fue la protección del mercado interno. Su contrapartida fue que los precios finales de las unidades locales triplicaban los internacionales, lo que vedaba el acceso al mercado exportador.
Otra de las prioridades para atraer capitales externos fue atacar el déficit comercial a través de la disminución de importaciones de combustibles, un objetivo que se logró hacia el final del gobierno desarrollista gracias al ingreso, muy controvertido en su tiempo, de grandes petroleras internacionales. Más allá del desplazamiento del desarrollismo del poder, muchas de sus ideas se plasmarían durante las décadas del 60 y 70.

Planificación discreta

La experiencia desarrollista reveló nuevas limitaciones y certezas. La primera fue que los mismos intereses de la industria podían funcionar como trabas a su desarrollo, ya que una vez cristalizados impulsaban mecanismos de control y protección de mercados que impedían la incorporación de tecnologías y la baja de los precios. Esta situación dificultaba la posibilidad de que el sector industrial, en el marco de una economía con restricción externa, generara divisas o al menos redujera su déficit. La segunda certeza fue que el capital extranjero, pasado el shock inicial de la instalación de plantas nuevas, no demostraba un dinamismo superior al del capital local.
Los diagnósticos políticos emergentes fueron dos. Por un lado, la visión más liberal, que sostenía la necesidad de introducir estímulos de mercado para que la industria gane competitividad frente a la competencia extranjera. Por otro, la visión que sostenía que el Estado debía profundizar la planificación. En los años que siguieron prevaleció un mix: el Estado no abandonó la planificación, pero decidió avanzar mediante la “creación” de los estímulos de mercado para desarrollar empresas privadas nuevas en los sectores faltantes.
En este contexto, en 1967 el gobierno militar comenzó a crear los “estímulos de mercado”: estableció retenciones del 25% al agro y reembolsos del 10% a las exportaciones de manufacturas. Además creó el contexto, vía inversión pública, para resolver algunos déficits crónicos de infraestructura energética, transporte y comunicaciones. Se construyeron grandes puentes, caminos y represas hidroeléctricas, como Zárate-Brazo Largo y El Chocón, lo que aumentó la demanda de cemento, acero, asfalto, equipos eléctricos y petroleros. Esta política se profundizó a partir de 1969.
En lo estrictamente industrial, frente a los magros resultados del capital transnacional se optó por la creación de grandes empresas nacionales: Aluar, Papel Prensa, Alcalis de la Patagonia, Petroquímica Mosconi, Hierro Patagónico Sierra Grande. Todas fueron impulsadas para ser puntales de sectores básicos en mercados monopólicos. La opción fue crear o fortalecer empresas de cada rama en lugar de impulsar las ramas en general, como fue el caso automotor bajo el desarrollismo. En base a estas políticas el capital local llegó a dimensiones inesperadas: entre 1965 y 1975 el producto industrial creció de manera continua a una tasa del 5 por ciento anual.

Desarticulación neoliberal

El período que va de mediados de los 70 a la gran crisis de 2001-2002 es una etapa larguísima de la historia industrial con marchas y contramarchas. A partir de la dictadura se consolidaron algunas ramas industriales monopólicas como la siderurgia, aluminios y petroquímica, todas gestadas durante las décadas anteriores, más algunas vinculadas a ventajas comparativas estáticas, como el sector alimenticio. Durante los 90 también se registró la modernización de algunas plantas e infraestructura.
Sin embargo, el balance general es de retroceso en la participación relativa industrial. ¿Cuál fue la causa de este achique de la industria? Si bien muchos autores enfatizaron el atraso cambiario, esta tesis se encuentra actualmente en discusión. Menos dudas presenta el cambio de precios relativos que desincentivó al sector manufacturero industrial, pasando por lo tarifario, lo arancelario y lo crediticio, junto a la eliminación de la banca de desarrollo e instrumentos clave de promoción, como el “compre nacional”. Los ganadores fueron los sectores monopólicos y los tradicionales de la agroindustria y, especialmente, las finanzas.
Más allá de la discusión de políticas, la estrategia de apertura, desregulación y privatizaciones impulsada en los 90 produjo cambios de fondo. El primero fue un marcado proceso de extranjerización de las principales empresas, lo que incluyó a las plataformas productivas, con disminución en la composición nacional, de la que es ejemplo el siempre protegido sector automotor. El segundo fue la mayor concentración y centralización del capital. El tercero, el abandono casi total por parte del Estado de sectores estratégicos, entre los que se destacaron el energético, proceso que culminó con la privatización de YPF. Finalmente, el cuarto efecto fue el desmantelamiento generalizado de la investigación y desarrollo del área pública, desde viejos laboratorios de YPF, la CONEA o la Fábrica Militar de Aviones.
En este marco, los datos a destacar en términos productivos son que el sector automotor retrocedió en la integración de partes pero siguió impulsando la actividad sectorial, a la vez que las industrias básicas heredadas de la etapa anterior, como la siderurgia, el aluminio, la petroquímica (que se reorientó parcialmente hacia fertilizantes) y el petróleo continuaron su consolidación. Durante este período también se afianzó el complejo oleaginoso. En contrapartida, se destruyó una industria electrónica que había conseguido una alta integración local y se contrajeron ramas tradicionales, como textiles y calzados, y “pesadas”, como los astilleros y las fabricaciones ferroviarias. Aunque al final del ciclo el producto industrial era similar al de 25 años antes, la expresión que mejor describe al período no es el estancamiento, sino la desarticulación.

Crecimiento con transformación inconclusa

Seguramente en el futuro no se discutirá el dato duro de que a partir de 2003 la economía y la industria experimentaron uno de los procesos de recuperación más importantes de su historia, apenas interrumpido por la crisis internacional de 2008-09, y que se extendió por lo menos hasta 2011, momento a partir del cual comenzó a operar la restricción externa. Para 2012, el PIB industrial había crecido el 110% desde la crisis de 2001 y el empleo sectorial el 60%. Durante el período, las exportaciones de manufacturas de origen industrial se multiplicaron casi por 4, con un crecimiento del 284%, mientras que las de origen agropecuario aumentaron el 244%.
Las ramas de insumos básicos, como aluminio, petroquímica y siderurgia, mantuvieron su buen desempeño, pero también se reactivaron sectores afectados durante el ciclo 1976-2001, como astilleros, metalmecánica, plásticos, bebidas, textiles, química y gráfica. Se impulsaron ramas no tradicionales, como el software, y producciones regionales como la avícola, jugos cítricos y biocombustibles. También se sumaron sectores “nuevos”, como biotecnología y genética, y se registraron avances en agroquímicos, productos farmacéuticos, maquinaria agrícola de precisión y equipamiento médico. Con un activo apoyo estatal se revitalizó el sector nuclear a través de la inauguración de Atucha II, la extensión de Embalse y la producción de agua pesada y enriquecimiento de uranio, además satélites y aeronáutica.
Pero también hubo claroscuros. El dato más crítico fue que no existió un cambio estructural, en el doble sentido de un aumento del peso relativo de la industria en el producto y de resolución del problema cíclico de la restricción externa. Salvo en el período inmediato posterior a la crisis, no se registraron saltos importantes en la participación del PIB industrial sobre el total.
La relevancia estructural y de largo plazo del déficit de divisas demanda detenerse brevemente en los sectores más críticos. El primero es el automotor. En la década del 70 se producían poco menos de 200 mil unidades anuales, pero la integración nacional llegó a ser casi total. Durante la década pasada se produjeron medio millón de unidades en promedio, pero con una integración local que se redujo a menos del 20%. El vuelco importador fue el resultado de un cambio de estrategia de las multinacionales. Desde fines de los 80 se había optado por ampliar la escala del mercado vía la integración económica con Brasil y la construcción de plataformas productivas regionales. Esta nueva estructura, que se extendió también a las proveedoras, se tradujo no sólo en la resignación de ingeniería y capacidades locales, sino en un déficit comercial que, en la década pasada, promedió los 4.200 millones de dólares anuales. Esto hizo que cuanto más creciera la producción más aumentara el déficit. El dato central es que las automotrices locales se volvieron ensambladoras de una plataforma regional que permite a las multinacionales aprovechar los mercados internos altamente protegidos del Mercosur.
El segundo caso, aun más dispendioso, fue el de las armadurías de la electrónica fueguina, cuya integración local escasamente supera el packaging. Allí también unas pocas empresas recibieron subsidios multimillonarios. En 2012 el costo fiscal por cada trabajador ocupado en las ensambladoras fueguinas era de 700 mil pesos anuales. Entre 2010 y 2013 las compras al exterior del complejo pasaron de 2.100 a 4.500 millones de dólares, es decir del 3,7 al 6,1% de las importaciones totales.
En términos generales, para 2010 el rojo de divisas total del sector industrial fue de 6.000 millones de dólares. Para 2011-2013 el desbalance había saltado a más de 13.000 millones anuales. Haciendo foco en 2013, el peor año, se observa que mientras el sector alimenticio realizó un aporte positivo al balance de divisas de 6.300 millones de dólares, el resto generó un déficit de 21.800 millones. De ese rojo, el 38% correspondió a la industria automotriz y el 34% a la electrónica, maquinaria y equipos.
La mirada de conjunto muestra que a partir de los 2000 se aprovechó el desendeudamiento público y privado y la abundancia de divisas emergente de los buenos precios internacionales de los commodities para impulsar el consumo. Si bien no existió una planificación sectorial deliberada, hubo señales arancelarias (retenciones) en favor de las manufacturas que no siempre rindieron los frutos esperados. Existió una fuerte protección que, de la mano del consumo, favoreció a sectores como indumentaria. Se mantuvieron los regímenes especiales, como el automotor y la electrónica fueguina, con pocas exigencias y resultados muy deficitarios. Volvió a utilizarse el “compre nacional” para impulsar sectores de alta tecnología, lo que permitió recuperar capacidades tecnológicas propias en el área nuclear y satelital.
En infraestructura el avance fue relativo. El déficit vial quedó pendiente y las inversiones en ferrocarriles se demoraron hasta el final del período. Lo mismo puede decirse de la tardía recuperación de YPF y de la falta de transformación de la matriz energética, que profundizó su dependencia de los hidrocarburos y contribuyó fuertemente a la restricción externa partir de 2012. La inversión pública no estuvo a la altura del crecimiento alcanzado.
Estos datos permiten adelantar unas pocas conclusiones muy generales.
En primer lugar, con el crecimiento no alcanza. Toda la experiencia local desde los inicios de la industrialización sustitutiva parece gritar que sin la conducción y la planificación del Estado no hay desarrollo, entendido como transformación cualitativa de la estructura productiva para alejar la restricción externa. Prácticamente no existen sectores industriales que hayan surgido por señales de mercado o como consecuencia espontánea del crecimiento.
Pero al mismo tiempo, como demuestran las experiencias de la industria automotriz y las armadurías de electrónica fueguina, el Estado también puede hacer muy malas elecciones: deficitarias, sumamente costosas y con nulo o casi nulo efecto multiplicador.
Finalmente, no es posible pensar integralmente la economía ni los sectores manufactureros sin proponerse contribuir también a alejar la restricción externa. Las industrias que no pueden reducir su déficit en divisas son inviables en el largo plazo, por lo que la creación de empleo en el corto no resulta un argumento estable para justificarlas. La función de la industria es crear riqueza y reducir su déficit de divisas, es decir, crecimiento con estabilidad de largo plazo.

El presente

El crecimiento de los doce años de kirchnerismo acumuló tensiones que se agudizaron con la reaparición de la restricción externa a partir de 2011. En perspectiva histórica volvió a verificarse el dato fáctico de que el déficit de divisas suele ser acompañado por un cambio de régimen económico, en este caso marcado por el ascenso de Mauricio Macri. El problema a analizar reside en la naturaleza del ajuste subsiguiente. Siempre haciendo foco en las manufacturas y dejando de lado los juicios de valor, pueden tomarse como fuente los datos conocidos, que son dos.
El primero, externo, es un ciclo internacional con presiones liberalizadoras en el que los principales núcleos dinámicos tienden a cerrarse sobre sí mismos. Estados Unidos evalúa procesos de reshoring, es decir, de recuperar fronteras adentro procesos productivos que había exportado en la búsqueda de reducir costos de mano de obra. China, en tanto, nunca dejó de avanzar en su integración productiva: así como integró su siderurgia, lo mismo hace con el resto de los sectores. Hoy, por ejemplo, ya importa más porotos de soja que aceite. Resulta cada vez más difícil pensar dónde están las complementariedades míticas de las “cadenas globales de valor”.
El segundo dato es interno. El énfasis discursivo del nuevo gobierno se centra en la competitividad y la apertura más o menos gradual “al mundo”, es decir al orden neoliberal y financiero. Si bien no cree en los instrumentos tradicionales de la política industrial, sí estableció señales de mercado para algunos sectores con ventajas competitivas estáticas: la agroindustria, la minería y la energía, para las que eliminó retenciones y subió precios en boca de pozo. También generó condiciones favorables para el giro de utilidades de las firmas multinacionales.
En este escenario es posible predecir que, si se logra estabilizar la macroeconomía, florecerán las industrias vinculadas a estos sectores tradicionales, como la química que produce fertilizantes. Firmas tecnológicas como INVAP ya comienzan a pensar en la reconversión a las energías renovables o en la provisión de equipamiento para la industria petrolera. No está claro si se seguirán exportando reactores, pero para el sector nuclear será mejor reorientarse a las áreas médicas. Al igual que durante el ciclo de desarticulación neoliberal, las industrias básicas monopólicas creadas en los 60 y 70 no enfrentarán mayores turbulencias bajo el gobierno del PRO. Lo mismo ocurrirá con sectores asentados y con mercado interno protegido, como la industria farmacéutica. Seguramente sectores altamente deficitarios, como el automotor, se verán compelidos a realizar un ajuste por la caída de la demanda. La subsistencia del régimen fueguino seguirá dependiendo de lo que siempre dependió: su capacidad de lobby. Las ramas intensivas en mano de obra, menos productivas por definición, como textil y calzado, se contarán entre las más afectadas.
En términos generales se reducirá la industria liviana, se mantendrá la básica y podrían retroceder el conjunto de experiencias, saberes e instituciones que integran el sistema nacional de innovación. No está claro todavía si en algún momento el desarrollo de la infraestructura a través del impulso a la obra pública, que tracciona muchos sectores, se convertirá en realidad. Tampoco si habrá una transformación que permita alejar el horizonte de restricción externa. Por ahora, el presupuesto elaborado por el gobierno prevé la continuidad del déficit comercial, lo que supone una dependencia inestable de los capitales internacionales. En este contexto, las únicas estrategias que resultan claras son el endeudamiento externo y la espera al ingreso de capitales que refuercen los sectores tradicionales. Mirando la historia, no es difícil intuir que la economía y la industria local se desenvolverán nuevamente en el marco conocido del desarrollo dependiente.

Fuente: Le Monde diplomatique Cono Sur


viernes, 25 de noviembre de 2016

Maestros del blues. Annika Chambers y algo de poesía..











Las big mamas del blues van al frente sin temores y con mucho ímpetu. Vuelcan una descarga sexual sobre el escenario y llevan al público de sus narices hasta donde ellas quieren. Atraen a los hombres y logran la empatía de las mujeres con actitud, movimientos provocadores y voces descollantes. El blues es lo que sienten y lo expresan sin pudor. Annika Chambers es una de ellas. Su voluptuosidad es comparable con la intensidad de su canto. Ella es capaz de tener al mundo en sus manos. Todo le sale natural, no fuerza ni tuerce nada. Viernes a la noche en La Trastienda, más bien madrugada de sábado, y ella da todo lo que tiene porque es lo único que sabe hacer cuando se corre el telón. (Malec & Blues)


Quítate el vestido, suavemente,
con la prudencia que marca  la estética..
Deja que de a poco
tus senos se declaren en eterna indisciplina..
Haz de cuenta que soy tu hombre,
finge si es medida, hazme miserable,
réprobo, indeseable...
Abusa de tu cuerpo de tu ardor y tu belleza,
no pienses que estoy, poco importa mi presencia,
tu talle desnudo es lo que cuenta...
La cama, el vino, yo, da igual
testigos inanimados, a punto, en punto,
enterrados, escasos, olvidables, olvidados...
Ignorar un posible amor resulta
una amarga prevención...








jueves, 24 de noviembre de 2016

Kautsky el "Papa del marxismo”, y la actitud de los socialistas ante el proletariado – Ensayo - (Tomate tu tiempo para leerlo)





Por Marc Mulholland para Revista Sin Permiso

Karl Kautsky, como es bien sabido, fue reconocido como el intérprete más autorizado del marxismo de la Segunda Internacional. En broma, se referían a él como el "Papa del marxismo”. Kautsky, en cierta medida simplificó y sistematizó el corpus marxista, pero también fue un pensador original, y con el trabajo de toda una vida desarrolló el sistema que había heredado.

En relación a su obra, me interesan particularmente las actitudes de los socialistas hacia el proletariado. Los socialistas escriben mucho sobre el capitalismo, pero sorprendentemente poco sobre el proletariado - la clase obrera moderna asalariada - y esto incluye al propio Marx, así como a sus sucesores. En algunos aspectos Kautsky es parte de esta tradición: no escribe directamente sobre el proletariado como tal, pero se pueden encontrar en su obra consideraciones más relacionadas con el proletariado como clase social que las que se pueden encontrar en la obra de Marx.

Probablemente la más útil es su importante trabajo, La cuestión agraria, publicado en 1899, que era parte de un debate en el seno de la socialdemocracia alemana sobre el revisionismo. También su Anti-Kritik , que fue su respuesta específica a Bernstein en el debate sobre el revisionismo. He tratado de extraer de ellos lo que dice Kautsky del proletariado y su relación con el socialismo.

Clases candidatas

Quiero empezar por examinar lo que Kautsky dice acerca de esas otras clases, no proletarias, que podrían considerarse como candidatas a jugar un papel progresista. No dice mucho acerca de los ricos ilustrados y filantrópicos - él mismo era de origen burgués - pero estaba de acuerdo con Marx en que ese tipo de personas siempre serían una pequeña minoría.
Se concentró más en la población trabajadora en general, señalando que sólo el proletariado asalariado es un agente social con tendencias socialistas espontáneas. Esto no es debido a que sean los más pobres de la sociedad - Kautsky es bastante claro en el sentido de que el proletariado moderno no se caracteriza por su pobreza. De hecho, otras clases distintas del proletariado son más explotadas (en el sentido no técnico). Los campesinos y los artesanos, por ejemplo, trabajaban incesantemente para preservar su pequeña propiedad y por esta razón tendían a aceptar estándares de vida más bajos que los esperados por los asalariados. Incluso cuando estaban semi-proletarizados, los campesinos y los artesanos estaban demasiado apegados a su propiedad privada residual como para desarrollar cualquier tipo de simpatía en general por el socialismo. De hecho, Kautsky creía que, en tanto los trabajadores creyeran que podían ser independientes, que podían poseer su propia propiedad productiva, se resistirían Al socialismo. Cito:
“Aunque las personas viven en el presente, trabajan para el futuro ... El obrero asalariado industrial que todavía cree que la artesanía tiene un futuro, o el jornalero que se imagina a sí mismo como un futuro maestro, es diferente de aquel que ha abandonado toda esperanza de llegar a ser independiente dentro del actual modo de producción”. 
Si se cree que se puede llegar a ser un productor independiente en el actual modo de producción, no se será socialista. La implicación aquí es que la pequeña propiedad es más atractiva naturalmente que la propiedad colectiva, que sería una segunda opción en el mejor de los casos, por lo que se refiere a los trabajadores. Los campesinos y los artesanos, por otra parte, están acostumbrados a trabajar por su cuenta y por lo tanto carecen del sentimiento común y la disciplina de los trabajadores industriales, a los que la empresa capitalista les forma en el trabajo socializado, y en los que la resistencia organizada contra la explotación capitalista ha fomentado las virtudes de cooperación, confianza en sus compañeros y sumisión voluntaria al colectivo. De nuevo, para Kautsky, el instinto socialista sólo emerge entre aquellos trabajadores que carecen de toda esperanza de actuar individualmente.
El proletario está en posición antagónica con su empleador, pero como consumidor también está en conflicto con todos los que son dueños de sus medios de producción, incluyendo a campesinos y pequeños comerciantes. El socialismo, por tanto, no puede ser construido a partir de un interés común con los pequeños propietarios, estén más o menos explotados. Ahora bien, es cierto que la clase de los pequeños propietarios tenía su propia tradición revolucionaria heroica. Históricamente había sido la primera piedra del movimiento democrático, lo que  Kautsky reconoce sin ambages. Pero a finales del siglo XIX esto había cambiado:
“Hace cien años, el pequeño comerciante superó con creces a todas las demás clases populares en inteligencia, autosuficiencia y coraje. Hoy en día, el proletariado desarrolla vigorosamente estas virtudes, mientras que el pequeño comerciante se ha convertido en el prototipo de la estrechez, el servilismo y la cobardía”. 
Continuamente bajo la presión tanto de los grandes capitalistas como de los asalariados, el pequeño comerciante tiende a la histeria política y es presa de los demagogos. Como clase, tienden hacia lo que Kautsky llama una "democracia reaccionaria": el colapso del movimiento democrático pequeñoburgués en una rabiosa hostilidad hacia el proletariado organizado. Esta tendencia, Kautsky argumentó en 1909, era aún más avanzada en Francia, Austria y Suiza que en Alemania, mucho antes del ascenso del fascismo alemán, por supuesto. la socialdemocracia internacional no tenía ningún enemigo más encarnizado que la "democracia reaccionaria”.
También están las famosas "nuevas clases medias". El modo de producción capitalista también produce esta nueva clase media de intelectuales, profesionales, académicos, artistas, ingenieros y otros. ¿Podrían ser un sujeto social progresista? No. Carecen de una conciencia propia coherente, siendo los intereses de cada sector demasiado particulares. Esta clase en crecimiento, a pesar de su falta de propiedad, no es en absoluto un campo de reclutamiento prometedor para el movimiento socialista.
Y ¿qué pasa con las personas que viven en la economía gris, sumergida y marginada en las zonas urbanas (probablemente la mayoría de la llamada clase trabajadora en nuestro actual "sur global")? Kautsky dice que este proletariado pobre, o lumpenproletariado – sin empleo o criminal - es superfluo a la producción, a pesar de que representaba una proporción creciente de la población en las zonas industriales. En general, es servil con los poderosos, y no puede tomar la iniciativa en el movimiento revolucionario, aunque puede pescar en las aguas turbulentas de las turbulencias revolucionarias.
Esto es lo que el historiador socialista del siglo 20, Raymond Postgate, escribió:
“Puede, como en Baviera en 1919, que momentáneamente apoye la revolución, sólo para abandonarla rápidamente a la primera dificultad. Puede, como cuando Cavaignac lo armó en París en 1848, que tome las armas por unos cuantos centavos para aplastar a los mismos revolucionarios que luchan en su defensa”.

El proletariado

Para Kautsky el verdadero proletario era el trabajador sin posibilidad de llegar a ser independiente. Esto es importante: el proletariado no es sólo una posición objetiva de clase: es una psicología de clase. El proletario tiene la misma voluntad de vivir que cualquier otra clase, pero esta voluntad de vivir se despliega en condiciones apropiadas a sus medios de vida definidos en términos de clase. Los proletarios no se esfuerzan por el beneficio, sino que venden su fuerza de trabajo, y es natural que busquen precios más altos para esa fuerza de trabajo y precios más bajos para los alimentos, etc. Esa es la base elemental de la conciencia de clase proletaria.
Kautsky reconoció que en un principio, con el inicio de la industria moderna, el término "proletariado" implicaba una degeneración absoluta. Históricamente, durante la primera industrialización, el proletariado fue reclutado entre las clases pobres, semi-criminales, perezosas de los barrios populares, como se podría encontrar, ya fuese en la antigua Roma o de hecho en los barrios pobres de la Turquía moderna o Londres. Kautsky afirma que el proletariado surgió como una chusma con poca conciencia política. Sin embargo, el proletariado industrial moderno era también un fenómeno absolutamente sin precedentes. Por primera vez, surge como una clase hereditaria, radicalmente distinta de sus empleadores. Parte de esta línea de argumentación proviene de Marx, y algunos de estos argumentos creo que viene de los pensadores socialistas franceses de la década de 1830, en particular la noción de una clase hereditaria, y tal vez de Lorenz von Stein.
En marcado contraste con la industria de la Edad Media, en la industria moderna el lugar de trabajo está completamente separado del hogar. En la época de los gremios, los trabajadores del taller artesano eran parte de la familia, a la familia del maestro. Los trabajadores no podían establecer su propio hogar: no podían casarse y formar una familia sin establecerse primero como una unidad económica autónoma, es decir, sin llegar a ser aprendices en el camino de convertirse en maestros. En términos muy prácticos, el proletariado pre-moderno no podía reproducirse a sí mismo como una clase, porque era casi imposible tener una familia sin escapar de la condición proletaria. Esto contrasta con la industria moderna, como surgió a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, donde los hogares y la fábrica están separados. Los trabajadores ahora pueden crear sus propios hogares y familias sin antes tener que convertirse en artesanos independientes. Los asalariados se multiplican y se convierten en una clase distinta, que se auto-reproduce. (Marx subrayó que los capitalistas pueden dejar la reproducción del proletariado a los propios proletarios. Hay una cantidad sorprendente de textos de Marx, que nos parecen ahora extraños, sobre la vida sexual del trabajador asalariado).
Kautsky argumenta que el proletariado es una clase hereditaria que se auto-reproduce de una manera que, tradicionalmente, el asalariado no había sido. La separación entre el hogar y la fábrica fue crucial para permitir al proletariado desarrollar una conciencia de clase cohesiva. Esto es debido a que permitió al asalariado convertirse en un individuo libre fuera de su trabajo, y desarrollar las cualidades que hacen posible que el proletariado pueda conquistar el poder del Estado.
A diferencia de los proletarios del mundo antiguo y medieval, el proletariado moderno abastece las necesidades de la clase dominante en lugar de ser abastecido por ésta. No envidian ni imitan a los ricos, sino que los desprecian como ociosos. Fue este cambio de conciencia lo que hizo a la clase obrera moderna. La sensación de poder que acompaña a la conciencia de clase implica la regeneración de la clase obrera. La gran industria conduce inevitablemente a la concentración progresiva de la masa de la población y de la vida económica en grandes ciudades. Esta concentración y urbanización es crucial para el desarrollo de la conciencia de clase proletaria. Los trabajadores pueden comunicarse y organizarse con mayor facilidad en los centros urbanos, y son más difíciles de controlar y disciplinar. La multiplicidad de oportunidades de empleo significa que si es necesario pueden normalmente esperar encontrar un nuevo trabajo en otro lugar. La ciudad estimula el intercambio intelectual a través de innumerables asociaciones, reuniones, exposiciones, museos, teatros y bares. Es aquí donde el proletariado alcanza la conciencia de clase, se organiza y alcanza la madurez política. Kautsky cree que el proletariado es, más o menos necesariamente, una clase urbana.
Dos tendencias opuestas, Kautsky argumentó, actúan sobre el proletariado bajo el capitalismo. Por un lado, la degradación que producen un trabajo desmoralizador y la pobreza. La primera industrialización produjo una degeneración absoluta, tanto física como moral, pero fue sólo una etapa de transición. En términos generales, la industrialización mejora el nivel de vida de los trabajadores, lo que evoluciona, en general, en menos horas de trabajo, salarios más altos y condiciones más higiénicas de vida. Los trabajadores, por otra parte, se esfuerzan por regenerarse a sí mismos - en primer lugar, mediante la limitación de la jornada de trabajo. Kautsky no estuvo de acuerdo con la idea común de que la revolución social surge de la miseria proletaria y la degradación. Con el tiempo, dijo, la tendencia a la mejora de las condiciones de vida del proletariado, inevitablemente, acaba prevaleciendo.
No obstante, incluso en las mejores circunstancias, el proletariado se ve privado de la cultura, de tener poco de tiempo libre para adquirirla y ser intelectualmente embrutecido por unas máquinas que no le exigen pensar. Sin embargo, el trabajador está ansioso por escapar del lugar de trabajo con el fin de desarrollar su potencial. El mismo proceso de la producción moderna, al agrupar a los trabajadores en áreas urbanas, rompe los confines limitados de la vida rural, mezcla culturas y requiere la alfabetización. Todo ello actúa sobre la vida intelectual del proletario y despierta en el la sed de conocimiento. El proletario tiene el deseo de ejercitar su mente fuera de sus horas de trabajo. A diferencia del intelectual burgués, cada vez más encerrado en su especialidad esotérica, el trabajador trata de abarcar todos los campos del saber: "Es en el proletariado despreciado e ignorante donde renace el espíritu filosófico de los miembros brillantes de la aristocracia ateniense".
La importancia del deseo de mejora cultural del trabajador asalariado aumentó en el pensamiento de Kautsky. Antes de 1916 el deseo de los proletarios de educarse de forma autodidacta y el aumento de la capacidad de la sociedad para educarlos se había convertido, para Kautsky, en crucial para su papel histórico. Así afirma:
“Si esperamos mejores resultados de la lucha de clases del proletariado moderno que de las luchas de las clases trabajadoras de épocas anteriores, la razón esencial es la mayor sed de conocimiento y las mayores oportunidades educativas del trabajador moderno”. 
La lucha de la clase obrera por el salario no puede superar por si misma la degradación del capitalismo o revertir su tendencia creciente hacia la crisis. La elevación de la clase obrera provocada por la lucha de clases, por lo tanto, es más moral que económica. Sin embargo, la elevación moral de la clase obrera genera un creciente descontento con las limitaciones impuestas por el orden capitalista.
Kautsky, al menos en la década de 1890, admitió que el nivel de vida de la clase obrera estaba mejorando. Inicialmente, argumentó que esto era debido a una caída de los precios agrícolas, que hacía que los alimentos y otros productos básicos fueran más baratos. Con el cambio de siglo lo fue atribuyendo más a la reforma social y económica. Siguiendo el consejo de Engels, Kautsky en su crítica del programa de la socialdemocracia alemana no se concentró en la pobreza de la clase obrera, sino en la incertidumbre de sus medios de existencia como el factor más potente de radicalización:
“De todos los males del actual sistema de producción, el más difíciles de sobrellevar – el que vacía con más saña las almas de los hombres y hace brotar de su raíz todos los instintos del conservadurismo - es la incertidumbre permanente de su medio de vida”. 
Esta incertidumbre se ve agravada por la migración internacional de trabajadores - un tema muy actual hoy. Kautsky comentó irónicamente que en el flujo constante de la inmigración generada por el transporte internacional, "los barcos de vapor y los ferrocarriles, esos pilares tan cacareados de la civilización, no sólo llevan armas, licores y sífilis a los bárbaros, sino que también nos traen a los bárbaros y su barbarie".
Los enjambres de desocupados eran un peligro social, que se mezcla en "esa masa formidable de la humanidad de todo tipo que pueden ser designados como los barrios miseria". Dentro de este grupo incluye a los timadores y los estafadores, los delincuentes y las prostitutas, y los parásitos sociales diversos sin ninguna función útil. También incluyó a los intermediarios, los encargados de salón, los agentes comerciales, los sirvientes personales, la mayoría de los soldados y, curiosamente, los tambores.
En primer lugar, los trabajadores tienden a resentir la afluencia de extranjeros que socavan los salarios. Aprenden, sin embargo, que la única medida para contrarrestarlo es la solidaridad internacional, oponiéndose a la opresión capitalista más allá de las fronteras. El moderno proletario - a menudo obligado a emigrar en busca de trabajo - es menos propenso a caer en un chovinismo nacional estrecho que el pequeño propietario unido a su tierra, el mercado y el entorno local.

El movimiento obrero

A medida que el trabajador no especializado puede ser sustituido con facilidad, la auto-organización de los trabajadores tiende primero a desarrollarse entre la clase obrera cualificada. Por consiguiente, el proletariado se diferencia en dos sectores. Los trabajadores mejor organizados y más cualificados llegan a considerarse a sí mismos como una "aristocracia del trabajo". Excluyen a los trabajadores no especializados de los sindicatos de oficio y actúan de hecho como "los peores enemigos de la clase obrera".
Esta división se supera gracias a la progresiva mecanización, que disuelve los diversos oficios en el abismo del trabajo común. Sector por sector, los trabajadores no cualificados emulan a los sectores mejor organizados del movimiento obrero, y superan su apatía moral. Mediante este proceso de emergencia y selección se desarrolla una vanguardia del trabajo - "la iglesia militante", como la llamó Kautsky, de la clase obrera- , que se desarrolla a un ritmo más rápido que la clase en su conjunto.
A partir de este proletariado militante se recluta la mayor parte del movimiento socialista. De hecho, "el socialismo y el proletariado militante tienden a ser la misma cosa".
Las primeras armas del proletariado moderno son la huelga y el boicot. La huelga, en particular, es el arma de guerra peculiar del proletariado. Aunque es probable que desempeñe un papel importante en un proceso revolucionario, la huelga es claramente inadecuada para la lucha a gran escala de la clase trabajadora. Los trabajadores deben exigir inevitablemente libertades políticas para organizarse a escala masiva. Las libertades civiles y políticas son para el proletariado "prerrequisitos de vida"; son "la luz y el aire del movimiento obrero". Para Kautsky, la forma más elevada de la lucha de clases del proletariado no es la huelga, sino el proceso político democrático y la conquista y utilización de las libertades civiles. Los bolcheviques, por cierto, estaban completamente en desacuerdo con Kautsky en este punto: en su opinión, la acción democrática de la clase obrera era un signo de debilidad del proletariado, no de madurez. "El proletariado necesitaba la democracia en el pasado porque aún era incapaz de pensar la dictadura en términos reales", escribió Nikolai Bujarin. No llegamos muy lejos si eludimos las diferencias políticas y temperamentales reales entre el bolchevismo y el kautskismo.
Mientras que los capitalistas ricos pueden influir directamente en los gobiernos, la clase obrera sólo puede hacerlo, de acuerdo con Kautsky, a través de la actividad parlamentaria. La lucha para influir en el parlamento es para la clase obrera "la palanca más poderosa que puede utilizar para sacar al proletariado de su degradación económica, social y moral". La clase obrera está particularmente bien adaptado a esta forma de organización parlamentaria, porque se forma a través de distintas formas de actividad en el trabajo, lo que acostumbra a los trabajadores a una rígida disciplina. La participación obrera en la política conduce inevitablemente a un partido de clase específico: "Más pronto o más tarde en todos los países capitalistas la participación de la clase obrera en la política debe conducir a la formación de un partido independiente, a un Partido del Trabajo”.
Kautsky era de la opinión de que un partido de clase de los trabajadores debe exhibir tarde o temprano tendencias socialistas. Estaba seguro, por lo tanto, de que la lucha de clases proletaria toma una dirección socialista por su propia naturaleza. Esto contrasta con la visión tradicional de Lenin, de que el socialismo debe ser llevado al proletariado desde el exterior. No es eso lo que pensaba Kautsky. Kautsky no creía, de hecho, que los proletarios se inclinaran por el socialismo porque ese fuera el interés objetivo de la clase obrera. De hecho, Kautsky pensaba que la población rural tenía un interés objetivo mayor en el socialismo que incluso la clase obrera urbana.
El desarrollo espontáneo de la conciencia socialista en el proletariado tiene un doble aspecto. En primer lugar, que el proletariado carece de propiedad, que no tiene apego específico a la propiedad privada de los medios de producción y, por lo tanto, es posible ganarlo para la destrucción de la propiedad privada y del modo de producción capitalista. En segundo lugar, al ser explotado, el proletariado se esforzará para poner fin a esa explotación.
Kautsky tuvo que admitir que la explotación de la clase obrera es una noción algo abstracta. Si, como sostiene Marx, la fuerza de trabajo se vende a su valor de mercado, difícilmente puede ser inmediatamente obvio para los trabajadores que están siendo robados. Este es particularmente el caso si la explotación técnica, para los estándares marxistas, coexiste con el aumento de los salarios, como Kautsky creía que era el caso. La "ciencia" del marxismo no era de mucha ayuda aquí. Kautsky reconoció que la masa de los trabajadores ni realiza una investigación estadística ni reflexiona sobre las teorías del valor y de la plusvalía. Sin embargo, los trabajadores pueden y deben percibir su explotación, cuando contemplan el aumento de los beneficios y la mejora del nivel de vida de la burguesía, porque "las clases no están divididas por murallas chinas ... Que el nivel de vida de la burguesía se eleva más rápidamente que entre los trabajadores se pueden ver en cada paso". En términos de la psicología, por lo tanto, la explotación de clase es un punto de vista relativo y comparativo.
Aquí me permito añadir algunos comentarios a lo Kautsky tenía que decir. Es evidente que los trabajadores a menudo encuentran las desigualdades de riqueza perfectamente justificable. En general, sólo le ponen peros si creen que la riqueza no ha sido obtenida con esfuerzo. La gente común no suelen oponerse a que los jugadores de fútbol, ​​por ejemplo, estén muy bien pagados, siempre y cuando jueguen bien. A menudo les gusta pensar que la familia real lleva a cabo un trabajo difícil por el país y que se les paga mediante la generación de ingresos turísticos. La gente, sin embargo, se opone cuando cree que los ingresos se perciben sin ser fruto del trabajo. Siempre hubo mucha oposición de los trabajadores, por ejemplo, a los propietarios de las minas de carbón, porque habían hecho grandes sumas de dinero, simplemente debido al golpe de suerte de que tenían carbón en terrenos que poseían. Esto ayuda a explicar la extraordinaria solidaridad proletaria de la huelga general de 1926. Hoy en día, los rentistas como Sir Philip Green son despreciados porque no parecen hacer nada para "crear riqueza" real. Del mismo modo, y por desgracia, hay mucha hostilidad de base a los que "estafan prestaciones sociales”, los “inmigrantes económicos” y otros grupos oprimidos que son vistos como parásitos sociales. Hay una extensa e instructiva literatura en psicología social de cómo funciona esta "justicia motivada”, basándose en los conocimientos de Melvin J Lerner.
Volvamos a Kautsky y su punto de vista de la psicología proletaria. Los trabajadores son más propensos a verse a sí mismos como explotados si los empresarios son extranjeros, y para Kautsky eso explica en parte los intensos antagonismos de clase que eran evidentes en la Rusia zarista. Si, por el contrario, era la clase trabajadora la que estaba dividida por nacionalidades, o contaba con un gran número de inmigrantes (como fue el caso en los Estados Unidos), la conciencia de clase tuvo grandes dificultades en aparecer. Esto se debe a que los inmigrantes no son de forma espontánea e inmediatamente considerados como parte de la clase 'hereditaria' proletaria, ya que vienen de fuera.

La dictadura del proletariado

Vale la pena tener en cuenta que para Kautsky la dictadura del proletariado no es lo mismo que el partido socialista en el poder. De hecho, la dictadura del proletariado no tiene por qué ser socialista en absoluto. A veces, por ejemplo, Kautsky hace referencia a una dictadura del proletariado en el período del terror revolucionario francés de la década de 1790. Esto nos puede parecer extraño. Estamos acostumbrados a la idea leninista de que la dictadura del proletariado es una herramienta para la construcción del socialismo. De hecho, surgió como una descripción del proletariado en el poder, pero no era una descripción de su programa inmediato y su ideología. Es necesario recordar que Marx y Engels se refieren a la Comuna de París como la dictadura del proletariado, pero no creían que fuese socialista.
En el pensamiento de Kautsky, la dictadura del proletariado es un partido obrero en el poder, independientemente de si cuenta o no con un programa socialista. El gobierno de la clase obrera es la dictadura del proletariado - nada menos y nada más. Kautsky lo interpretó en el sentido de la exclusiva dominación política del proletariado, sin alianzas con cualquier otra clase.
Para Kautsky es inevitable, una vez que el proletariado existe, que un partido de los trabajadores organizados políticamente contienda por el poder estatal. Ese partido de los trabajadores pueden organizarse e incluso formar gobierno sin desarrollar primero un programa socialista. Sin embargo, el partido del proletariado, una vez en el poder, debe orientarse inevitablemente en una dirección socialista. No puede utilizar la primera gran victoria de la clase obrera sobre el capital, que pone el poder político en sus manos, de otra manera que suprimiendo el nexo capitalista.
¿Qué haría un gobierno de los trabajadores? En primer lugar, lograr la transformación del estado militarista en un "estado de la cultura" (un término que Kautsky tomó de Wilhelm Liebknecht). El "estado de la cultura" asume la responsabilidad sobre la educación, la sanidad y el transporte. Pero irá más lejos. Para Kautsky, ese gobierno toma una dirección socialista por su propia naturaleza.
Cuando un gobierno obrero llegue al poder tendrá, por la fuerza de las circunstancias económicas, que luchar por el pleno empleo como primer requisito exigido por aquellos que viven solamente de la venta de su fuerza de trabajo. Este sería el caso, incluso si, como en Inglaterra, el Partido Laborista, piensa "en términos liberales en lugar de socialistas". Un gobierno de los trabajadores que se esforzase seriamente para asegurar el pleno empleo inevitablemente entraría en conflicto con la lógica capitalista. Kautsky plantea la hipótesis de que en tales circunstancias los capitalistas verían amenazada su rentabilidad y, por lo tanto, tratarían de vender sus propiedades a las cooperativas obreras y al estado. Esto parece poco probable, pero un ejemplo análogo ocurrió en realidad en la llamada Guerra por la Tierra en Irlanda. Se trató de un movimiento de campesinos y pequeños agricultores contra el latifundismo, que llevó a una especie de punto muerto, pero un punto muerto en el que los propietarios ya no podían extraer suficientes rentas de sus aparceros. En última instancia, los propietarios decidieron vender, permitir que los campesinos tuvieran tierra, porque no podían imponerles los niveles de renta que querían. Bajo la presión de sus aparceros, el latifundismo se extinguió. Kautsky esperaba que los capitalistas hicieran lo mismo, una vez que llegara al poder un gobierno de los trabajadores sólido, sin apoyos de ninguna otra clase.
La hipótesis de Kautsky se basaba en la experiencia irlandesa. Un gobierno de los trabajadores destruye la integridad del capitalismo. Llega al poder un gobierno de los trabajadores que mejora sustancialmente la situación de la clase obrera hasta el punto de que los márgenes de beneficio de la clase capitalista son prácticamente destruidos, y los capitalistas a continuación tratan de vender sus activos al estado o las cooperativas. Creía que los propietarios de bienes buscarían una compensación en lugar de tratar de luchar como capitalistas, una vez que habían perdido todas sus armas de coerción contra la clase trabajadora. Así que, incluso en ausencia de un movimiento de trabajadores motivados explícitamente por las teorías socialistas, la supremacía política del proletariado y la continuación del modo de producción capitalista eran incompatibles.
Así que eso es lo que Kautsky entendía por la dictadura del proletariado. De hecho, no le gustaba mucho el término. En su respuesta a Bernstein en su Anti-Kritik , escribió: "Yo no juro que la supremacía del proletariado deba inevitablemente tener la forma de una dictadura de clase. No hay necesidad de atarnos las manos sobre esta cuestión". Después de la experiencia de los bolcheviques y de las revoluciones de Europa Central en el período 1919-1921, Kautsky abandonó la idea de la dictadura revolucionaria del proletariado por completo. En cambio, en el período de transición el gobierno por lo general asumiría la forma de una coalición con otros partidos de clase - al menos cuando la conquista del poder por parte de los trabajadores se efectuase por la vía democrática. En esto fue influido por Otto Bauer en Austria.
Analizaré ahora la famosa fórmula de Kautsky sobre el desarrollo histórico de un movimiento socialista de masas - la fusión del movimiento obrero y de los intelectuales socialistas - porque quiero hacer hincapié en que la dictadura del proletariado es algo distinto de un gobierno socialista consciente. El partido de clase de los trabajadores se encuentra la doctrina socialista ya desarrollada en mayor o menor medida por elementos de la intelectualidad. El socialismo se desarrolló como una ideología a comienzos del siglo XIX como la "expresión más profunda y más espléndida de la filantropía burguesa". (18) Los primeros socialistas querían rescatar a la clase obrera, pero no creían que el proletariado fuese el agente de su propia emancipación. De hecho, en la medida en que deseaban una sociedad armoniosa, se oponían positivamente a la lucha de clases.
El incipiente movimiento obrero sospechaba naturalmente de tales intelectuales socialistas. Según Kautsky, la gran contribución de Marx y Engels fue vincular el socialismo con la lucha de clases proletaria cotidiana. Citó:
Marx y Engels lograron en [teoría] la unificación del movimiento obrero y el socialismo. Sustituyeron el empirismo del ensayo y el error y los anhelos sentimentales por la clara percepción de que la forma más elevada del movimiento obrero es el movimiento socialista, y que el socialismo sólo puede realizarse a través del movimiento obrero; que el movimiento obrero debe, necesariamente, esforzarse por ir más allá de la sociedad capitalista, y que la única clase que tiene el poder para luchar por una etapa social superior más allá del capitalismo es la clase de los trabajadores asalariados”.
La unificación del socialismo y del movimiento obrero era la definición de Kautsky del 'socialismo científico'. Es interesante que atribuyese su origen no a una obra de Marx, sino a La condición de la clase obrera en Inglaterra (1844) de Friedrich Engels. Engels inventó el socialismo científico, ¡no Marx! Poco a poco, lo que Engels había predicho ocurrió: la fusión del movimiento obrero y el socialismo. El partido de Kautsky, el SPD alemán, no era un partido democrático popular en el sentido burgués del término, sino un partido de lucha de clases. Su función consistía en reclutar y organizar al proletariado:
“Una vez que la socialdemocracia haya 'agrupado' a toda la masa del proletariado ... ningún poder será capaz de resistirse. La principal tarea de la socialdemocracia es, y sigue siendo: ganarse a esas masas, organizarlas política y económicamente, elevar su nivel intelectual y moral y conducirlas hasta el punto en que puedan asumir su herencia: el modo de producción capitalista”. 
Sin embargo, la socialdemocracia no estaba simplemente allí para representar los intereses del proletariado: más bien era encauzar con las ideas socialistas generadas por los intelectuales el poder y el dinamismo de la clase obrera como sujeto del cambio social. La socialdemocracia es el partido del proletariado en la lucha de clases, pero no es sólo eso. También es el partido del desarrollo social.
Bernstein sostuvo la famosa frase de que "el movimiento lo es todo, el fin nada". Kautsky la invierte:
“El objetivo y el movimiento van de la mano con la socialdemocracia. Son inseparables, pero, si llegaran a entrar en conflicto, sería el movimiento obrero quién tendría que ceder el paso”. 
En otras palabras, el desarrollo social prevalece sobre los intereses del proletariado. En particular, de ciertos sectores de la clase obrera - aquellos que trabajan en oficios con una cualificación importante – que tienen tendencia a convertirse en aristocracias obreras que se oponen a la mejora técnica progresiva con el fin de proteger sus puestos de trabajo. La socialdemocracia no puede apoyar tal corporativismo. (Estaría tentado de sugerir que, en opinión de Kautsky, los socialistas no deben apoyar a los trabajadores del metro de Londres en su campaña contra los trenes sin conductor).
La socialdemocracia, por decirlo todo, no se sentía comprometida a apoyar toda acción industrial sectorial. Incluso el socialista de izquierda, Anton Pannekoek, dijo lo mismo en 1912:
“Los socialistas no deberían apoyar, por ejemplo, a los trabajadores portuarios que luchan contra la introducción de los ascensores de maíz, incluso si eso significa la destrucción de miles de puestos de trabajo ... La idea surgirá: '¿No podemos luchar contra ellos con el poder de los sindicatos? Pero la socialdemocracia respondería: ‘Es imposible; no podemos luchar contra el progreso. Aseguraros que las máquinas sean vuestras”.
Su objetivo era "eliminar los obstáculos a la libre actividad y organización del proletariado" y agitar a favor de medidas de Estado "para proteger las capacidades físicas, intelectuales y morales del proletariado ... siempre que la actividad de los individuos y la masa organizada del proletariado sea incapaz de hacerlo". La socialdemocracia tiene como objetivo la elevación intelectual y moral del proletariado con el fin de lograr el control del mecanismo económico. Kautsky puso un gran énfasis en la legislación en apoyo de una jornada laboral limitada legalmente - o el "día normal de trabajo”, como era conocida. Era el principal problema, cuando se trataba de la protección de los trabajadores. El movimiento socialista no podía prometer a los trabajadores proteger sus puestos de trabajo, sólo su capacidad de trabajo y su vida. El movimiento socialista protege la humanidad de los trabajadores, no sus trabajos particulares.

El proletariado en el socialismo

Ahora voy a pasar a lo Kautsky pensaba acerca de la posición de los trabajadores dentro del orden socialista. La revolución socialista implicaría la transición a un nuevo sistema de propiedad, que ya está latente en el viejo.
Cuando la propiedad productiva era trabajada por individuos, la propiedad individual había sido necesaria. La producción a gran escala, por otra parte, requiere la cooperación y la producción social. El trabajo se convierte necesariamente en colectivo. Se hace totalmente imposible que cada trabajador individual posea sus propios medios de producción. La sustitución del común por la propiedad privada, de la producción para su uso por la producción para la venta, implicaba la evolución de la propiedad. El taller capitalista independiente se transforma en instituciones sociales y esas instituciones, a su vez, se unen en un gran conglomerado: una comunidad socialista. De forma algo desconcertante, la sociedad socialista no sería otra cosa que "un gigantesco conglomerado industrial".
Hubo pocos indicios en los escritos de Kautsky de que creyese que la división del trabajo entre manual y mental pudiese ser superada. De hecho, Kautsky siguió a Marx al pensar que la ciencia determina cada vez más la productividad del trabajo. Pero fue más allá de Marx al afirmar que la formación de habilidades manuales y la formación científica son dos actividades estrictamente separados. La productividad se basaría en los científicos y los trabajadores manuales no tenían nada que ver en ello.
También fue muy escéptico acerca de la viabilidad de las cooperativas obreras. El empresario individual- independiente, implacable, muy motivado - era mucho más capaz a la hora de aprovechar las oportunidades del mercado. Las cooperativas individuales, casi invariablemente, se convertían en empresas capitalistas. La explotación capitalista sólo podría ser superada por las grandes - y al parecer jerárquicas - empresas socialistas.
"Es cierto que el trabajador reclama libertad, además de buenas condiciones de trabajo", admite Kautsky, cuando habla del socialismo gremialista. "Quiere que haya democracia en la industria". Es evidente, sin embargo, que Kautsky tenía una visión limitada de lo que podría significar la democracia industrial: "La democracia significa no la anarquía, sino la sumisión del individuo a las decisiones de la mayoría, y a los gerentes que la mayoría nombra". Para Kautsky la actividad económica del estado moderno era el punto de partida natural que conduce a la comuna cooperativa. El tamaño de esa comuna no podía predecirse con antelación, pero, como mínimo, probablemente sería similar al del estado moderno.
Kautsky predijo que el comercio entre las repúblicas socialistas autosuficientes sería mucho menor que el comercio que caracteriza al capitalismo internacional: "un estado libre asociado cooperativo, co-extensivo con la nación, podría producir todo lo que se requiere para su propia conservación". Así que Kautsky preveía una especie de autarquía. Obviamente, consideraba posible el socialismo en un solo país - y de hecho lo consideraba necesario, si debía evitarse el instinto imperialista de expandirse.
El objetivo del movimiento socialista, por lo tanto, era democratizar el estado existente como una primera etapa para transformarlo en una mancomunidad cooperativa autosuficiente. Los detalles de cómo se organizaría una comunidad socialista, sin embargo, no podían predecirse con antelación. Los intelectuales no podían hacer nada más que indicar la tendencia general: "Bosquejar planes para el futuro estado social es tan racional como planificar de antemano la historia de la próxima guerra".
Lo único cierto es que los grandes medios de producción y los instrumentos de trabajo serían propiedad y gestionados socialmente. Kautsky admitió que en las condiciones de su época, el estado es más caro y menos competente en sus actividades económicas que el capitalista privado. La socialización sería distinta de la nacionalización, en el sentido de que diversas formas de asociación que no son el estado, como los municipios y las cooperativas, jugarían un papel. Sin embargo, como se mencionó anteriormente, en realidad no tenía un concepto de democracia industrial. Más bien, la eficiencia derivaría del mantenimiento de ciertas técnicas capitalistas. Al menos en el futuro previsible, se podía esperar que se mantuvieran las diferencias salariales y los bonos de productividad – que eran enteramente conciliables con el espíritu de la sociedad socialista. El espíritu competitivo tendría que ser conservado, ya que "un cierto grado de rivalidad entre los miembros de la sociedad, y la selección de los más aptos, parece ser un requisito previo indispensable tanto para el progreso social de la sociedad como para el mantenimiento del nivel ya alcanzado".
Pero esto no requeriría mecanismos de mercado. Ya dentro de las empresas capitalistas el talento era recompensado y se implantaban jerarquías organizativas sin recurrir a la competencia en el mercado. De hecho, el mercado capitalista era en algunos aspectos no competitivo, ya que tiende a recompensar a los que tienen privilegios heredados, no adquiridos. Para citar a Kautsky:
Una carrera entre caballos que comiencen en diferentes puntos de partida a lo largo de la pista de carreras es un disparate. Lo mismo puede decirse de la rivalidad entre personas que son desiguales, para empezar. La selección de los más aptos sólo puede tener lugar entre iguales”.
La idea es que, no importa cuán inteligente o trabajador se pueda ser, no es probable que termine con más dinero que un gran propietario terrateniente como el Duque de Westminster.
El empleo de todos los que buscan trabajo estaría asegurado en el socialismo, pero no habría libertad completa del trabajo. En una sociedad socialista esencialmente solo habría un único empleador y los trabajadores por lo tanto no serían capaces de moverse entre empleadores. Kautsky admitió que esto era una limitación a la libertad, pero creía que era una que el proletariado estaría dispuesto a consentir: "Puede entenderse fácilmente por qué un abogado con mentalidad liberal puede considerar tal dependencia insoportable, pero no es insoportable para el proletariado moderno". Creía que el proletariado tenía horizontes más bien limitados a la hora de trabajar y que estaría contento con un puesto de trabajo seguro.
El ideal anarquista de la independencia individual fuera del proceso de trabajo colectivo era imposible para el trabajador manual, pero sería aplicable en el futuro socialista para el proceso de producción intelectual, el arte y la academia, que tienen sus propias leyes y no se pueden someter a una dirección central : "el tipo de producción socialista, por lo tanto, sería el comunismo en la producción material, la anarquía en la intelectual " - no es una utopía del todo agradable para el trabajador de la producción material. No iba a haber ninguna liberación del trabajo propiamente dicha: el socialismo se comprometía a satisfacer las aspiraciones intelectuales del trabajador, fundamentalmente, acortando la jornada de trabajo. Para el trabajador no sería la libertad de trabajo, sino la emancipación del trabajo.
La emancipación del trabajo, que ya se desarrolla bajo el capitalismo con la reducción de la jornada de trabajo, era para Kautsky siempre fundamental para lo que era el socialismo: la elevación del nivel moral e intelectual del proletariado. Esto requeriría el socialismo para su plenitud de desarrollo, pero también se desarrollaría en una medida considerable a fin de alcanzar el socialismo. En suAnti-Kritik, Kautsky termina diciendo (parafraseo): “Bernstein tiene más fe en el proletariado y en su nivel intelectual y espiritual, porque si no se tiene tal fe se puede también renunciar a la democracia, para no hablar del socialismo”. Al final se trata de una apuesta: esperemos que cuando llegue el día la clase obrera este a la altura de las tareas que se le presenten.
En muchos aspectos, la desilusión parcial de Kautsky, sus polémicas contra el bolchevismo y su antagonismo con la dirección mayoritaria del SPD después de la Primera Guerra Mundial surgieron de la visión de que en Europa central y oriental, el proletariado no tenía el nivel intelectual y cultural adecuado para alcanzar el socialismo. La guerra significó que el proletariado había ido hacia atrás, dirigido y desorganizado por la afluencia masiva de trabajadores rurales no cualificados movilizados para trabajar en las industrias de guerra. "Como resultado, la minoría con educación y cualificación, que había dirigido hasta entonces al proletariado, perdió gradualmente su poder de dirigir, y en su lugar emergió la pasión ciega de la ignorancia". Este nuevo proletariado, impulsado únicamente por la miseria, exigía un cambio radical inmediato e inoportuno: el socialismo en un abrir y cerrar de ojos y mediante el terror.
En Rusia el proletariado había sido brutalizado, en el centro de Europa el movimiento obrero se había dividido desastrosamente. La ideología y la pasión revolucionaria no eran suficientes.

Fuenmte: Revista Sin Permiso