FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

domingo, 28 de febrero de 2016

A pensar .... y actuar






Todos los ciudadanos medianamente informados cuya franja etaria supera los 35 años saben perfectamente quién es Macri, cómo construyó su carrera política, cómo alcanzó ser durante los setenta, ochenta y noventa uno de los principales contratistas estatales, cómo logró licuar sus pasivos devaluaciones mediante, deudas que cayeron sobre las espaldas de toda la sociedad. Todos los ciudadanos medianamente informados cuya franja etaria supera los 35 años sabe de sus procesos judiciales y los beneficios que recibió de la justicia vía mayoría automática durante la segunda década infame, procesos que les costaron la cabeza a Nazareno y compañía. De manera que esgrimir conceptualizaciones políticas so pretexto de argumentos éticos mueve literalmente a risa. Por eso es necesario volver de inmediato al debate político práctico. Hoy el tipo tiene inmunidad e impunidad judicial y mediática de manera que ingresar dentro de ese campo es encontrarse con la nada misma. La sociedad argentina ha elegido y debemos admitir que ese 51% se parece bastante a Macri en cuanto a sus paradigmas sociales, económicos y culturales, por eso me parece que es necesario revalorizar la dialéctica y la militancia política del campo popular. Todos los ciudadanos medianamente informados cuya franja etaria supera los 35 años sabe perfectamente que le ocurrió al país con este modelo que está siendo puesto en práctica, de manera que volver hacia aquellos recuerdos tampoco me parece conducente en tanto y en cuanto hoy la sociedad está colocada en otro punto de sus aspiraciones gracias a los 12 años de reconstrucción kirchnerista. La pregunta es ¿Cómo tratar de historizar esos 12 años en función de su praxis para que esa praxis desarrollada se transforme en argumento político?. Y es aquí en donde creo que nuestros mejores cuadros analíticos son los que deben comenzar a ensayar sus estudios al respecto. Qué dejó el kirchnerismo , sus paradigmas, sus logros, sus dificultades y sus imperfecciones. El proceso actual, y nunca mejor utilizada la palabra, es una reacción contra aquello. La rigurosidad de sus medidas reaccionarias y antipopulares no hace otra cosa que resaltar aquellas políticas poniendo en evidencia cuales fueron sus méritos. Pues no les facilitemos las conclusiones, verborragia infectada de clichés y sentido común. Las conclusiones que saque la franja etaria que está por debajo de los 35 años dependerá de nuestras claridades, y es nuestra responsabilidad para que el campo nacional y popular no vuelva a tener un nuevo fin de la historia decretado por el sentido común y conveniente del establishment.. 

sábado, 27 de febrero de 2016

El shock económico por Claudio Scaletta



para Le Monde diplomatique


El plan económico del PRO apunta a la liberalización y desregulación de las principales variables económicas. Pero un análisis detallado de las decisiones adoptadas revela que toda la apuesta descansa en un incremento de la inversión, que parece difícil que alcance para compensar los efectos recesivos del resto de las medidas.
A más de un mes de su asunción, los lineamientos económicos del nuevo gobierno están sobre la mesa. En adelante podrá debatirse sobre la profundidad y eficacia de las principales medidas, pero por un mínimo de cuatro años y de no mediar catástrofes, imponderables por naturaleza, existirá un nuevo régimen económico. Importa entonces conocer su naturaleza y sus posibles efectos. Una alternativa es analizar al modelo emergente desde la asepsia, real o presunta, de los grandes agregados macroeconómicos. Asepsia en un sentido especial: la economía brinda componentes numéricos más ponderables por definición que las elucubraciones políticas. Sin embargo, los números determinan también ganadores y perdedores. La política se le mete a la economía por todos lados. El anhelo matemático sirve aquí, apenas, como recurso explicativo.


Oferta y demanda


Para seguir el camino propuesto es necesario dar primero un breve desvío teórico para detenerse en dos conceptos muy simples: la oferta y la demanda agregadas. En macroeconomía se denomina oferta agregada al conjunto de bienes y servicios que se producen en un país en un determinado período. Esta oferta es el producto, también denominado, bajo ciertas restricciones, producto bruto interno (PBI). A su vez, el PBI es demandado para diversos fines: los agentes privados demandan para consumo o inversión. Luego, como existe el gobierno, a la demanda privada se suma el gasto del Estado, que también puede asumir la forma de consumo o inversión. Finalmente, como el país tiene relaciones con el resto del mundo, se añade el resultado del comercio exterior: las exportaciones menos las importaciones.


Dedicar un párrafo a estas definiciones es necesario porque la distinción entre oferta y demanda agregadas encierra la clave para comprender tanto el debate económico general como las particularidades del presente. El énfasis en uno u otro componente, en la oferta o en la demanda, define las visiones sobre el funcionamiento de la economía y su crecimiento. La ortodoxia cree que los estímulos deben producirse por el lado de la oferta: el Estado debe bajar los costos de producción de las empresas tanto por vía cambiaria, es decir salarial, como impositiva. Se supone que un aumento de la tasa de ganancia genera un clima favorable para la inversión, y entonces la economía crece. La heterodoxia, en cambio, cree que el crecimiento es el resultado de la expansión de la demanda, es decir, se necesita que crezcan sus componentes para que la oferta, el PBI, se multiplique. Mientras la ortodoxia propone que primero hay que crecer para distribuir (teoría del derrame), la heterodoxia cree que si no se redistribuye no se crece. 


El modelo que se fue


El modelo económico saliente, con sus limitaciones y discontinuidades, se basó en el concepto de estimular la demanda. En promedio, durante todo el ciclo kirchnerista los salarios se incrementaron por encima de la inflación impulsando el consumo. Sin detenerse en detalles, si se observa la evolución del PBI desde 2003 hasta 2015, el objetivo del crecimiento se cumplió al menos hasta 2012, cuando comenzaron a operar algunas restricciones estructurales y otras nuevas. La primera fue la reaparición de la restricción externa con la desaparición del superávit de cuenta corriente; es decir, la escasez de dólares para financiar las importaciones necesarias para que el consumo y el PBI sigan creciendo. En tanto los dólares se originan en las exportaciones, el problema se vio agravado por la caída de los precios internacionales de los commodities y, en paralelo, por la necesidad nueva de comenzar a importar combustibles. 


Un componente adicional fue que, en el marco de las disputas con el capital financiero internacional, el país optó por no financiar la brecha de la cuenta corriente con entradas de capital y endeudamiento, como sí lo hicieron el resto de los países de la región y como lo hace casi todo el mundo. En este freno relativo que operó en el segundo gobierno de Cristina Fernández, cuya interpretación es bastante más larga que la raíz expuesta, se encuentra seguramente buena parte de las explicaciones de la fuga de votos que terminaron en la derrota del Frente para la Victoria en el balotaje. 


Las salidas



En este escenario, la oferta electoral económica del candidato del Frente para la Victoria fue “el desarrollo”, en el sentido de avanzar en la transformación de la estructura productiva a fin de generar los dólares necesarios para seguir financiando la expansión de los componentes de la demanda, especialmente el consumo y los salarios. Esta oferta electoral explícita quedó parcialmente velada por las disputas políticas internas al interior de la fuerza, situación que no contribuyó a fortalecer al candidato propio. 


Los economistas del PRO, más allá del marketing electoral, dejaron trascender durante la campaña las principales medidas que fueron adoptadas desde el pasado 10 de diciembre. Su sustancia económica nunca enfatizó el nivel de actividad, sino la estabilidad de las variables macro. Su propuesta siempre fue un Estado pequeño, con menos impuestos para las empresas y una baja interferencia de lo público. Su perspectiva es la desregulación, incluidas tanto la cambiaria como la comercial, y no la protección de los mercados para las industrias locales. Regulaciones, impuestos y Estado interfieren con el desarrollo de las fuerzas productivas. Por último, precisamente por este conjunto de creencias y por su alianza de clases, también propone un modelo distinto de relaciones internacionales. Por decirlo de manera rápida, está más cerca del Consenso de Washington que del de Beijing.


Sin embargo, toda esta información convivió durante la campaña electoral con la creencia de que no se trataría de un simple regreso al pasado, sino de una opción política superadora. Se insistió en ver al PRO como “un partido del siglo XXI”, como “lo nuevo” en la política argentina frente a la “partidocracia tradicional”. Con el mismo procedimiento ideológico se ponderó también que su neoliberalismo no sería salvaje y que se había aprendido de los errores y extremismos del pasado.


Sobre la base de la moderación del Macri candidato muchos analistas descartaron la posibilidad de un regreso violento a las viejas recetas e imaginaron una salida más lenta y pragmática del “modelo populista”. Había razones objetivas para creerlo: no se salía de una crisis sino que se partía del piso de una economía desendeudada y en recuperación tras el sacudón de 2014.


Los datos conocidos en poco más de un mes de gobierno mostraron, en cambio, un regreso clásico a la ortodoxia neoliberal, con la aplicación de un programa de shock de consecuencias impredecibles, un conjunto de medidas que ya provocó decenas de miles de despidos en el sector público y una potente devaluación del 40 por ciento que habilitó un significativo salto inflacionario cuando todavía no se produjeron los anunciados aumentos de tarifas en los servicios públicos resultantes de la eliminación de subsidios. Al paquete se sumó el reconocimiento público, por parte del ministro de Hacienda y Finanzas, de la sumatoria de intereses del fallo neoyorquino en favor de los fondos buitre, estrategia que no solamente dio por tierra con una política de Estado del gobierno saliente, sino con la lucha llevada adelante por el país en Naciones Unidas y que contó con el apoyo de la abrumadora mayoría de los países del mundo.


Futuro recesivo



El PRO representa una primera vez no sólo en lo político –el acceso al poder de un gobierno de derecha no peronista por el voto popular– sino también en lo económico –la aplicación de un programa de shock sobre una economía que no estaba en crisis–. El primer resultado será el que históricamente, en todo tiempo y lugar, provoca una devaluación: una contracción de la demanda vía caída del consumo por reducción de salarios y, en consecuencia, de la actividad económica. En este mismo periódico se hizo la misma predicción a comienzos de 2014 tras la devaluación decidida por el kirchnerismo, con el resultado conocido. Hoy el panorama es más grave por la inexistencia de un gobierno preocupado por los efectos contractivos del salto en el tipo de cambio. Por el contrario, la nueva administración parece desearlos como instrumento de estabilización.


El “éxito” de una devaluación, cuando es buscada, consiste en el “cambio de los precios relativos”, un eufemismo de reducción de salarios. El aumento de la competitividad no es otra cosa que eso: la baja de los costos en dólares para las empresas. Los exportadores se vieron también favorecidos por la reducción y eliminación de retenciones. 


Luego, para consolidar el éxito de la transferencia se debe evitar que el aumento de los precios internos, la inflación, licúe la ganancia cambiaria. La clave es contener los aumentos de salarios, que son los causantes estructurales de los incrementos de precios. Aunque la ortodoxia hable públicamente de las razones monetarias de la inflación, los ejecutores de políticas saben bien que la clave está en las paritarias. En esta línea, los despidos en el sector público, que sumaban más de 24.000 al cierre de este artículo y que, según reconoció Mauricio Macri desde Davos, continuarán, tienen por objetivo no sólo compensar parcialmente los recursos que el Estado dejó de percibir por las bajas impositivas, sino desempoderar a los trabajadores en las inminentes negociaciones salariales. Lo adelantó como amenaza el ministro Alfonso Prat-Gay: los trabajadores deberán elegir entre mantener el poder adquisitivo de sus salarios o sus empleos. Otra primera vez del PRO: un ministro amenazando a los trabajadores con la exclusión si no aceptan las rebajas salariales.

En este nuevo escenario llama la atención el generalizado optimismo de las consultoras económicas. En diciembre todas descontaban que la economía efectivamente caería en el primer semestre de 2016, pero que comenzaría a recuperarse en la segunda mitad del año. Para estimar si esto es efectivamente posible es necesario considerar los componentes de la demanda agregada vistos al principio del artículo. ¿Cómo se divide la demanda agregada? Si se toman los últimos datos disponibles del Indec, que corresponden al segundo trimestre del año pasado, se observa que el consumo representaba el 72 por ciento del PBI, la inversión el 21 por ciento, el gasto público el 11, las exportaciones el 15 y las importaciones el 19.


Las medidas adoptadas por el gobierno impactarán de lleno en el componente que representa el 72 por ciento del PBI. El efecto de la caída de salarios no será compensado por el efecto riqueza de los sectores de mayores ingresos porque los sectores más acomodados tienen una menor propensión (marginal) a consumir. Si la devaluación es exitosa en sus propios términos, los salarios se recuperarán menos que los precios. El consumo, por lo tanto, caerá.


Luego está el gasto público, que explica 11 puntos del PBI. Aquí la caída de ingresos por las primeras medidas del gobierno y el animal spirit de sus economistas también anuncian una mayor contracción. En vez de utilizarse al Estado para compensar la caída de la demanda, se está haciendo lo contrario: reforzarla. El problema es que las contracciones del PBI son deficitarias y la mayor parte de los componentes del gasto, inelásticos. Si se agregan los compromisos emergentes de la creación de nuevo endeudamiento, incluido el reconocimiento del fallo buitre, el panorama se complejiza todavía más.

Siguen las exportaciones, que equivalen a 15 puntos del PBI. El argumento que suele esgrimirse para justificar las devaluaciones es que si se bajan los costos internos en dólares las ventas al exterior aumentarán. Quien afirma esto no considera dos cosas: en primer lugar, las series históricas que relacionan ventas al exterior con tipo de cambio no muestran este fenómeno de mayores exportaciones ante alteraciones cambiarias; en segundo lugar, la canasta de bienes comercializados por el país está compuesta mayormente por commodities, cuyos precios y cantidades dependen de factores externos. Y en este sentido el escenario internacional muestra una caída en los precios de las materias primas como consecuencia de la recesión en Brasil, el estancamiento europeo, la débil recuperación de Estados Unidos y el freno de China. La predicción es que salvo vía stocks no habrá una expansión exportadora. A ello se suma que la liberación comercial puede provocar un aumento de importaciones.


Finalmente, queda la inversión, que representa 21 puntos del PBI. Según las consultoras y el propio gobierno aquí se encontraría la clave del despegue. Pero hay que introducir dos observaciones. La primera es teórica: ¿de qué depende la expansión de la inversión? En el Ministerio de Hacienda y Finanzas creen que de la creación de condiciones favorables, como la baja de los costos salariales y los impuestos y el esotérico “clima de negocios”. Sin embargo, las inversiones se realizan en el momento de la venta de los bienes y servicios producidos, por lo que requieren demanda. La historia económica muestra que este componente suele aumentar frente a perspectivas de crecimiento. La segunda observación es que muchos países, como China y las naciones del Sudeste Asiático, lograron impulsar sus economías aumentando significativamente el peso de la inversión, hasta llegar en algunos casos a más del 50 por ciento del PBI, con modelos económicos claramente diferentes al elegido por el PRO. ¿Cómo se financiará el pretendido incremento de la inversión? ¿Cuáles serán los mercados y los sectores elegidos?
¿Cuánto tiempo llevará?


Dejando de lado el último punto, el escenario 2016 ofrece pocas dudas: la evolución posible de los componentes de la demanda predicen una potente recesión que se arrastrará a 2017.

Fuente: Le Monde diplomatique Cono Sur


jueves, 25 de febrero de 2016

EL GEN POPULISTA .. y una leve reivindicación teórica y política desde la "Academia" europea





Comentario previo: Quedará para vuestro análisis el interés de lo que a continuación leerán. No crean que en este breve ensayo del Profesor Franzé se detallarán las virtudes inclusivas del populismo, ni sus paradigmas democráticos, ni sus intentos en pos de sociedades soberanas, pluriculturales y horizontales. Nada de eso. Utilizando el formato del absurdo, es decir, a través del denuesto intenta dialécticamente elevar al Populismo al rango de teoría y fenómeno político. ¡¡ Eureka !! Es un avance, ya no nos tratan como ignorantes y parece que alguno que otro por allí comienza a observar que los populistas no portamos taparrabos ideológicos, sino que poseemos fundamentos políticos e históricos para ensayar conceptos que por lo menos ponen sobre la mesa temas nunca debatidos o que directamente se prefieren ocultar. Como por ejemplo. El nuevo marco regulatorio internacional para deudas soberanas, más allá de que nuestro actual ejecutivo nacional, retrocediendo 12 años, haya lucido sus mas distinguidas y eróticas vedetinas y culottes para reconquistar el amor de los Buitres de Singer... 




La negación del populismo como fenómeno político

Por Javier Franzé. Profesor de Teoría Política de la Universidad Complutense de Madrid

Fuente: Diario Público de España

Hay una paradoja con el populismo: en general, sus partidarios, sus críticos y también muchos analistas se resisten a considerarlo un fenómeno político.
El populismo históricamente ha sido vinculado más bien a una anomalía política, pues incumplía los caminos del desarrollo supuestamente lógico-racional que el universalismo Occidental había decretado como humano. En virtud de ello se lo vio como lo propio de América Latina y el llamado Tercer Mundo más que de Europa y el llamado Primer Mundo. Como afección de pueblos jóvenes, inexpertos, que adolecían de la madurez europea. Se borraron así los populismos norteamericano y ruso del XIX, y francés e italiano del XX, entre otros.
Pero también los partidarios del populismo tendieron a situarlo en un nivel trascendente a la política, a sus contingentes disputas por el sentido, para representarlo como la Verdad del Pueblo y/o del Ser Nacional por fin emancipada de su postergación histórica por el Poder de la Oligarquía y el Imperialismo.
Baste como ejemplo que el peronismo fue catalogado por sus detractores como el “hecho maldito” que inició una decadencia infinita, y por sus partidarios como “el subsuelo de la Patria sublevado”, que trajo los días más felices para el pueblo.
También a buena parte del análisis científico social le costó liberarse de esa mirada del populismo como fenómeno no enteramente político, como deformación de lo que la política Debía Ser: conciencia de clase, autonomía obrera y lucha por el socialismo en los análisis marxistas clásicos, integración escalonada y armoniosa de los distintos grupos sociales en la democracia liberal para los análisis funcionalistas tradicionales.
Mientras tanto, quedaba como un fenómeno para el estudio de la epidemiología o la psiquiatría clínica. Ni el fascismo, ni el comunismo estalinista, ni el nazismo recibieron ese trato impolítico durante tanto tiempo. Sólo el terrorismo compite con el populismo en esa persistente mirada que recurrentemente lo privatiza, enviándolo tras los lindes de lo político. Quizá haya algo de geopolítica del conocimiento en esto: populismos y terrorismos suelen adscribirse, a los ojos de quienes así los interpretan, a los suburbios del mundo.
Esta renuencia a colocar el populismo como fenómeno plenamente político —con toda la entidad que esto le otorga, más allá de las posiciones que suscite— hay en un reciente artículo de J.I. Torreblanca, ya desde su título: El gen populista.
Torreblanca enumera una serie de rasgos del populismo, muchos de ellos plausibles, y no reduce el populismo a un signo político determinado, sino que expone casos de izquierda y de derecha. Asimismo, no circunscribe el populismo a América Latina ni al Tercer Mundo, pues pone ejemplos europeos y primermundistas.
Según mi perspectiva, el problema se encuentra en las conclusiones: “dentro de nuestras sociedades parece haber un gen populista, una predisposición a la identificación tribal, étnica o nacionalista que pugna por situarse por encima de la consideración de todos nosotros como ciudadanos libres e iguales, sujetos de derechos inalienables. Es como si las democracias tuvieran una inclinación atávica al suicidio que sólo necesitara de los estímulos adecuados y del solapamiento de quiebras políticas, económicas y sociales. ¿Si no, cómo explicamos su insoportable recurrencia?”, escribe Torreblanca.
Si bien es cierto que al hablar de “gen” está generalizando “el problema” a todas las sociedades y no sólo a algunas, la metáfora no deja de ser biológica, extra política, lo cual casa bien con la asimilación de populismo con lo tribal, con la conducta suicida y contraria a la democracia, propia de épocas de turbulencia social, donde pareciera que los sujetos dejan de ser tales y actúan como masa. Todo esto queda contrapuesto a la idea de ciudadanía, de democracia y estabilidad. El populismo aparece vinculado, otra vez, a lo irracional (“estímulos adecuados”), a lo atávico, a lo insoportable.
No se trata aquí de tomar partido, sino de recuperar la distinción que el propio Torreblanca propone al inicio de su artículo entre el lenguaje de la contienda política y el de la explicación rigurosa, propia de las ciencias sociales. Me parece que Torreblanca incumple ambos propósitos: el esfuerzo de mostrar la variedad del populismo durante su artículo se frustra en sus conclusiones, pues allí opera una simplificación de las causas del populismo, al negar su carácter plenamente político, y volver a vincularlo a lo irracional, a lo primitivo (“atávico”) a la manipulación (otra vez “los estímulos”) y el juicio de valor (“insoportable”). Al hacer esto, el texto se coloca en la lucha política, o al menos se excluye de la explicación sociológica o politológica, pues en verdad no expone causa social-histórica alguna de esa recurrencia.
Parte clave de esta imposibilidad de reconocer el carácter político del populismo es el presupuesto que recorre el artículo según el cual la ciudadanía no es una identidad política entre otras, sino una suerte de metaidentidad humana, por lo que la comunidad democrática de ciudadanos no sería más que la suma de los individuos considerados como sujetos de derechos “inalienables” (¿naturales?) y no necesitaría actuar como colectivo (llámese pueblo, ciudadanía, Nación: lo mismo da, pues todas son identidades políticas) frente a otros (tribalmente), sino sólo sumar sus partes para constituir un conjunto que, en rigor, nunca es tal. Esta despolitización de la identidad liberal, presentada como enteramente racional, universalista (ni tribal… ni ¡nacionalista!), resulta —permítaseme como chiste— también “insoportablemente” recurrente en la incomprensión del populismo como fenómeno político.



martes, 23 de febrero de 2016

La crisis de la izquierda latinoamericana Por Emir Sader para Diario Público de España





Se puede decir que hay dos izquierdas en América Latina y que ambas están en crisis, cada una a su manera. Una de ellas es la que logró acceder al poder y ha puesto en marcha unos procesos de democratización de las sociedades, así como alternativas al modelo neoliberal y que hoy se enfrentan a dificultades —de distinto orden; algunas provenientes del exterior, otras del interior— para dar continuidad a dichos procesos. La otra es la que, aun viviendo en países con continuados gobiernos neoliberales, no es capaz de constituir fuerzas capaces de ganar elecciones, llegar al gobierno y empezar superar el neoliberalismo.

La izquierda posneoliberal ha tenido éxitos extraordinarios, aun más si tenemos en cuenta que los avances en contra de la pobreza y la desigualdad se han dado en el marco de unas dinámicas en la economía internacional que provoca un aumento de la pobreza y la desigualdad. En el continente más desigual del mundo, cercados por un proceso de recesión profunda y prolongada del capitalismo internacional, los gobiernos de Venezuela, Brasil, Argentina, Uruguay, Bolivia y Ecuador han disminuido la desigualdad y la pobreza, han consolidado procesos políticos democráticos, han fomentado la integración regional independiente de EEUU y han acentuado el intercambio Sur-Sur.

Mientras que las otras vertientes de la izquierda, por diversas razones, no han logrado construir alternativas a los fracasos de los gobiernos neoliberales —con México y Perú a la cabeza—, mostrando cierta incapacidad a la hora de sacar conclusiones de lo que ha funcionado en otros países con el fin de adaptarlas a sus condiciones específicas.

Ahora bien, ¿en qué consiste la crisis que atraviesan las izquierdas que han llegado al gobierno en América Latina? Hay síntomas comunes y rasgos particulares a cada país. Por ejemplo, la incapacidad de contrarrestar el poder de los monopolios privados de los medios de comunicación, aun en los países en que se han avanzado leyes y medidas concretas para quebrar lo que es la espina dorsal de la derecha latinoamericana. En cada uno de esos países, en cada una de las crisis enfrentadas por esos gobiernos, el rol protagónico ha sido el de los medios de comunicación privados, actuando de forma brutal y avasalladora en contra de dichos gobiernos, que se han apoyado en sus éxitos, en el gobierno y en el amplio apoyo popular conseguido.

Los medios han tratado de esconder los grandes avances sociales en cada uno de nuestros países, los han censurado, han intentado silenciar las nuevas oportunidades que los procesos de democratización social han impulsado en la población. Por otro lado, destacan problemas, aisladamente, a través de proyecciones irreales, difundiendo además falsedades, con el propósito de deslegitimar las conquistas logradas y la imagen de sus líderes, ya que los niegan e intentan destacar aspectos secundarios negativos de los programas sociales.

Los medios han promovido sistemáticamente campañas de terrorismo y de pesimismo económico. Buscan la desconfianza de los ciudadanos en su propio país. Como parte específica de esta operación, se encuentran las sistemáticas denuncias de corrupción a partir de casos reales a los que les han dado una proporción desmesurada y se han hecho denuncias inventadas por las que no responden cuando son cuestionados, aunque los efectos ya hayan sido traducidos. Las reiteradas sospechas sobre el accionar de los gobiernos produce, especialmente en sectores medios de la población, sentimientos de crítica y de rechazo, a los que pueden sumarse otros sectores afectados por esa elaboración antidemocrática de la opinión pública. Sin ese factor, se podría decir que las dificultades tendrían su dimensión real. No serían transformadas en crisis políticas, promovidas por la influencia unilateral que los medios tienen sobre ciertos sectores de la opinión pública, incluso de origen popular.

No es que sea un tema fácil de solucionar, pero no considerarlo como algo a lo que hay que enfrentar, subestima el nivel de la izquierda. Ésta ha llevado al gobierno al fracaso del modelo económico neoliberal, pero ha recibido, entre otras herencias, la hegemonía de los valores neoliberales diseminados en la sociedad. “Cuando la izquierda llegó al gobierno, había perdido la batalla de las ideas”, dijo Perry Anderson.

Las tendencias pre-gramscianas en la izquierda han acentuado las acciones tecnocráticas, que creyeron que la práctica de buenas políticas para las personas bastaría para producir automáticamente la conciencia correspondiente de apoyo a los gobiernos. Se ha subestimado el poder de acción en la conciencia de las personas de los medios y de los efectos políticos de desgaste por parte de los gobiernos que promueven esa acción.

Un factor determinante, en principio a favor —después en contra—, fue el alto coste de las comodidades que algunos gobiernos aprovecharon, no para reciclar los modelos económicos, sino para que no dependieran tanto de esas exportaciones. Para el reciclaje, habría sido necesario formular y poner en marcha un modelo alternativo basado en la integración regional. Se ha perdido un período de gran homogeneidad en el Mercosur, sin que hayan avanzado en esa dirección. Cuando los precios bajaron, nuestras economías sufrieron los efectos, sin tener cómo defenderse, y todo por no promover el reciclaje de manera distinta.

Asimismo, habría que haber comprendido que el período histórico actual está marcado por varios retrocesos a escala mundial; que las alternativas de la izquierda están a la defensiva. De lo que se trata en este momento es de salir del modelo hegemónico neoliberal, construir alternativas, apoyarse en las fuerzas de la integración regional, en los BRICS y en los sectores que dentro de nuestros países se suman al modelo de desarrollo económico con la distribución de la renta, priorizando las políticas sociales.

En algunos países no se ha cuidado debidamente el equilibrio de las cuentas públicas, lo cual ha generado niveles de inflación que han neutralizado en parte los efectos de las políticas sociales, ya que esos efectos recaen sobre los trabajadores. Los ajustes no deben de ser trasformados en objetivos, pero sí en instrumentos para garantizar el equilibrio de las cuentas públicas. Esto es un elemento importante del éxito de las políticas económicas y sociales.

Aunque los medios hayan magnificado algunos casos de corrupción, no hay forma de considerar que no hubo control suficiente por parte de los gobiernos respecto al uso de los recursos públicos. El tema del cuidado absoluto de la esfera pública debe de ser sagrado para los gobiernos de izquierdas, que a su vez deben de descubrir las eventuales irregularidades y actuar antes de que los medios opositores lo hagan. La ética en la política tiene que ser un patrimonio permanente en la izquierda; la transparencia absoluta en el manejo de los recursos públicos tiene que ser una regla de oro por parte de los gobiernos de izquierdas. El no haber actuado siempre así hace que los dirigentes paguen un precio muy caro, que puede ser un factor determinante para poner en riesgo su continuidad y dañar los derechos de la gran mayoría de los ciudadanos y el destino de nuestros estados.

Por último, para destacar algunos de los problemas de esos ejecutivos, el rol de los partidos que aspiran a gobernar, nunca ha sido bien definido en casi ninguno de esos países. Al tener los gobiernos una dinámica propia, esos partidos debieron de representar el proyecto histórico de la izquierda. Sin embargo, no han logrado hacerlo y, como consecuencia, han perdido relevancia frente al rol preponderante de los gobiernos. Se debilita así la reflexión estratégica, más allá de las conjuras políticas, la formación de cuadros, la propaganda de las ideas de la izquierda y la misma lucha ideológica.

Nada de eso autoriza a hablar de ‘fin de ciclo’. Las alternativas a esos gobiernos están siempre a la derecha y con proyectos de restauración conservadora, netamente de carácter neoliberal. Los gobiernos posneoliberales y las fuerzas que los han promovido son los elementos más avanzados de los que la izquierda latinoamericana dispone actualmente y que, de igual forma, funcionan como referencia para otras regiones del mundo, como España, Portugal y Grecia, entre otros.

Estamos viviendo el final del primer período de construcción de modelos alternativos al neoliberalismo. Ya no se podrá contar con el dinamismo del centro del capitalismo, ni con precios altos de las comodidades. Las claves para pasar a un segundo período tienen que ser: profundización y extensión del mercado interno del consumo popular; un proyecto de integración regional; la intensificación del intercambio con los BRICS y su Banco de Desarrollo.

Además de superar los problemas apuntados anteriormente, antes de todo, se debería crear un proceso democrático para la formación de la opinión pública y hacer la batalla de las ideas (cuestión central en la construcción de una nueva hegemonía en nuestras sociedades y en el conjunto de la región).

Hay que construir un proyecto estratégico para la región, no sólo para superar el neoliberalismo y el poder del dinero sobre los seres humanos, sino para construir sociedades justas, solidarias, soberanas, libres y emancipadas de todas las formas de explotación, dominación, opresión y alienación.

Fuente: Diario Público de España


lunes, 22 de febrero de 2016

DESPUÉS DE TODO, es solamente tener algo de memoria... completa







El Concejal Hugo Cesar Segurola y Presidente del bloque del vecinalismo dorreguense pide 100 días de gracia para el gobierno local de la UCR que hace 16 años ejerce el ejecutivo municipal. Si 16 años, y en su mayoría con quórum propio en el HCD. En estos 100 días acompañó con su voto la rendición de cuentas 2015 y el presupuesto 2016. Ya no llama la atención el giro oficialista que dio Juntos por Dorrego, lo que llama la atención es que se ofendan cuando, desde la crítica honesta y desde luego subjetiva, como la de cualquiera, uno desde hace tiempo les hace notar esas pequeñas acciones y contradicciones, esos puntuales detalles con relación a su dialéctica del pasado. Parece que el municipio, de la noche a la mañana, dejó de ser ese aguantadero de acomodados con abolengo radical que solamente aspira a un prolijo ABL. Pero por suerte está todo guardado en la memoria y en los archivos, es más, usted los puede leer degustando un rico helado. Si no tiene memoria es solo sentarse y leer. Está mal cambiar en política, en lo absoluto. El problema es seguir presentándose como oposición cuando simplemente se trata de una colectora del oficialismo.

JUSTICIA POLÍTICA por WILLIAM GODWIN






Mientras si investigamos si el gobierno puede mejorar, sería bueno pensar en sus efectos presentes. Desde hace mucho tiempo se sabe que la historia del género humano no es más que el registro de sus crímenes. La guerra se consideró hasta el momento como aliada de la institución política.
Si el gobierno admite, como la matemática, a la filosofía y la ética, argumento y demostración, podemos con justa razón esperar que los hombres alguna vez se pongan de acuerdo. Las ventajas de la justicia política se comprenderían mejor si consideramos a la sociedad desde un punto de vista más comprensivo. Debemos incluir en el cálculo las instituciones erróneas por las cuales se sofocó con frecuencia el entendimiento humano en su carrera, y también las opiniones de interés público e individual que sólo necesitan ser explicadas con claridad para ser admitidas.
Un gobierno despótico está destinado a volver dóciles a los hombres, y un gobierno libre, a volverlos decididos e independientes.
Si todo ser humano pudiera fácilmente obtener lo necesario para vivir, y luego de ello no sintiese apetencias de persecución de superficial, la tentación perdería poder. El interés privado y el público serían lo mismo, y la sociedad civil se constituirá en lo que la poesía imaginó durante la Edad de oro.
La legislación de cada país, en general, favorece al rico contra el pobre. Ese es el carácter del juego legal por el cual el trabajador sin educación tiene prohibido destruir al que devora las esperanzas de su futura subsistencia o de proveerse de alimento que encuentra, sin buscarlo, en su camino.
No existe característica humana que parezca tan primordial o de tanta importancia para la ciencia moral como la perfectibilidad del individuo. No hay ciencia alguna que no tenga adicciones ni arte que no pueda perfeccionarse.
En ningún pueblo el enemigo de la libertad es la gente, sino sus estratos más altos, que se aprovechan del sistema. Realmente no existe una verdad que convenga ocultar por causas de interés general. El hombre es producto de sus hábitos. Mejorar gradualmente constituye una importante ley de su naturaleza. De ese modo, cuando la comunidad llega a concretar una etapa determinada del progreso, ésta a su vez contribuye a una mayor ilustración del hombre y posibilita así los avances.
Pese a que el político y el filósofo, en sus especulaciones, sostienen la opinión del libre albedrío, nunca piensan aplicarla a su concepción práctica de los hechos.
Un hombre que no osa confiar en su propia imaginación, en su temor a un cambio de circunstancias, ha de ser necesariamente una persona pusilánime y vacilante.
La democracia es un sistema de gobierno del cual todo integrante de la sociedad es considerado exclusivamente hombre. Pero existen desventajas que parecen ser consecuencia necesaria de la igualdad democrática. Uno de los mayores motivos de error en el juicio que se hace a la democracia está en creer que los hombres son tal como los forjaron la monarquía y la aristocracia, y en juzgar inexistente su capacidad de gobernarse a sí mismos.
El camino hacia la perfección humana es sencillo. Consiste en hablar y actuar de acuerdo con la verdad. Proclamar la verdad, sin reservas, siempre, impartir justicia imparcialmente, son normas que, de adoptarse, demostrarán ser las más fecundas.
Siempre que un poder pretende evitarles a los ciudadanos la molestia de pensar por su cuenta, consigue aumentar la torpeza e imbecilidad colectiva. Si mi patria se empeña en una acción injusta serle fiel es un delito. La capacidad de perfeccionarse es característica del espíritu humano. El hombre renuncia a su atributo más elevado cuando adhiere a principios que su conciencia rechaza, aunque antes los hubiera hallado justos. Deja de vivir intelectualmente desde el momento en que se cierra a sí mismo el camino de la investigación. Ya no es un hombre, sino un espectro.
Si la justicia tiene algún sentido, es inicuo que un hombre posea lo superfluo mientras existan seres humanos que no dispongan adecuadamente de los elementos indispensables. Los mayores bienes personales son la independencia espiritual y la actividad alegre que proviene de emplear nuestras energías para crear objetos útiles según nuestro propio juicio.
El resultado del sistema de propiedad establecido es el espíritu de opresión, el de servilismo y el dolo. Y es tan hostil al progreso intelectual como al progreso moral. Para que un objeto sea calificado como de mi propiedad, debe ser necesario para mi bienestar. Mi derecho es inherente a esa necesidad. Es realmente mío lo que requiero para mi uso, el resto, aunque lo consiga trabajando, no me pertenece y retenerlo es una usurpación.


viernes, 19 de febrero de 2016

Maestros del Blues - Dave Meniketti





Nace en 1953 en Oakland, California, donde inicia su carrera musical, destacándose de los demás por la profesionalidad con la que tocaba la guitarra y la calidad de su voz. Se vio influenciado por artistas como Hendrix, Coltrane, James Brown y Led Zeppelinlo que posteriormente se vería claramente en su estilo y dirección musical.


EL AMOR PERFECTO

ES UNA AMISTAD

CON MOMENTOS ERÓTICOS 

(ANTONIO GALA)


jueves, 18 de febrero de 2016

Siete lecciones para la izquierda Por Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia ( A mi humilde entender de lo más lúcido del pensamiento popular a escala mundial)


para Le Monde diplomatique Cono Sur


En este texto el vicepresidente de Bolivia señala cuestiones cruciales para la izquierda latinoamericana, como el papel del Estado, las tensiones del extractivismo para los países subdesarrollados y la importancia de la gestión económica.

Las revoluciones se parecen menos a interminables escaleras mecánicas que a las olas que rompen en la orilla. Se forman, se alzan, avanzan, parecen suspendidas en su movimiento y luego caen antes de volver a levantarse. Las etapas de este movimiento continuo dependen del vigor de las movilizaciones populares, que determinarán el futuro de nuestro continente. Y ahora las fuerzas progresistas se ven enfrentadas a ciertas tensiones que va a haber que superar. Voy a identificar acá siete de esas tensiones.


La primera concierne a la democracia, que nuestra familia política concibió durante mucho tiempo como un puente incómodo entre la sociedad actual y el socialismo. La izquierda latinoamericana demostró que esa visión era errónea: la democracia nos provee no sólo de un método sino también del marco indispensable para la transformación social. Los procesos revolucionarios regionales de los últimos años surgieron mediante el fortalecimiento de las capacidades de organización autónoma de la sociedad, mediante la promoción de su participación y de su inversión en los asuntos colectivos. Eso no es casualidad.


Esta concepción de la democracia como el espacio mismo de la revolución implica sin embargo su reinvención. No se trata de conformarse con una concepción fósil que llegó desde los países del Norte. No: la democracia que reinventamos en América Latina se quiere plebeya, una democracia de la calle. Al final, el verdadero socialismo se caracteriza por la radicalización absoluta de la democracia: en los lugares de trabajo, dentro del Ejecutivo y del Parlamento, en la vida diaria. Sin este proceso, toda lucha que aspire a cambiar el mundo, ya sea a través de las urnas o de las armas, va a oscilar entre reformismo y oportunismo.


Otro interrogante, viejo como la izquierda: ¿tenemos que tomar el poder o construir uno nuevo, lejos del primero? Nosotros, de la vieja escuela, siempre consideramos que nuestro objetivo era la toma del poder, olvidando a veces que todo el Estado, por más democrático que sea, se constituye como monopolio de lo común, de lo universal. Ahora bien, apoderarse de ese monopolio tal como se constituyó es lo mismo que reemplazar una burocracia por otra.


¿Eso quiere decir que habría que renunciar a tomar el poder? Algunos defendieron esta idea. Se recluyeron en pequeñas comunidades, proponiéndose construir el socialismo a pequeña escala; se consagraron a la lucha contra la comida chatarra; crearon circuitos de intercambio no comerciales, basados en el trueque, etcétera. Pero se olvidaron de algo: el poder no desaparece porque uno se quede al margen del mismo. Sigue existiendo, monopolizado por las mismas oligarquías de siempre.


La centralidad del Estado


La dificultad, en el plano teórico, radica en el hecho de que el Estado no existe sólo en el plano material. Su existencia toma cuerpo, por supuesto, alrededor de una serie de instituciones, normas, procedimientos. Pero también estructura la relación entre la gente. Orquesta la manera en la que concebimos colectivamente todo lo que nos une los unos a los otros: las rutas, la educación, el comercio, las cuestiones de salud, así como también los razonamientos lógicos y morales.

Si el Estado organiza de esta manera los preceptos de acuerdo con los cuales manejamos nuestras vidas sintiéndonos miembros de una misma comunidad histórica, mientras vivimos a cientos de kilómetros unos de otros, claro está, ¡nos tenemos que apoderar de él! ¿Cómo podría la izquierda revolucionaria no estimar una herramienta semejante? Esto no significa sin embargo que pueda contentarse con tomar el poder. Tiene que transformarlo y democratizar la toma de decisiones. Sin lo cual la izquierda dará a luz a una nueva elite que reproducirá el comportamiento de la anterior.


Tercera cuestión: la de la conquista de la hegemonía, entendida como la dirección intelectual, moral, ética, lógica y organizacional de un bloque social particular sobre el resto de la sociedad. Toda transformación de la relación de fuerzas dentro del Estado requiere una modificación previa de los parámetros de percepción lógica de la sociedad; de la manera en la que cada cual ordena el mundo, incluido el plano moral.


Antes de los años 2000, todo iba de la mejor manera en el mejor de los mundos. La privatización de los recursos naturales aseguraría el bienestar de todos, nos prometían. Esta convicción ordenaba la vida diaria; delimitaba el horizonte de las ambiciones de cada cual.


Poco a poco esta construcción intelectual se volvió intolerable. Ya no era creíble, porque no se correspondía con el mundo tal como la gente lo percibía. Todas estas ideas-fuerza que organizaban el día a día fueron puestas en duda. Ese momento de ruptura simbólica en el que se modifica el “sentido común” hizo que la gente se volviera receptiva a nuevos proyectos. Entonces surgieron Hugo Chávez (Venezuela), Rafael Correa (Ecuador), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Evo Morales (Bolivia). No cayeron del cielo, sino que aparecieron en medio de la agitación. Sin embargo, transformar los parámetros culturales no alcanza: tarde o temprano, este proceso tiene que llevar a encarar la prueba de fuego, a derrotar al adversario para permitirle a la nueva hegemonía propagarse y consolidarse.

¿Dónde estamos hoy en día? En el curso de los últimos años un intenso debate colectivo transformó un conjunto de ideas revolucionarias en fuerza concreta. Pero ahora entramos en una fase de estancamiento extremadamente peligrosa. Tenemos que relanzar la guerra de ideas; no nos podemos permitir perder el estandarte de la esperanza. Una revolución es la esperanza en movimiento. Hemos conseguido mucho. Pero no alcanza. La batalla por la hegemonía se volvió nuevamente decisiva.


La gestión es revolucionaria


En muchos países de América Latina, quienes militamos en las universidades, en los sindicatos, en las asociaciones, nos tuvimos que consagrar a la gestión de los gobiernos. Era indispensable, pero nos llevó a abandonar nuestra retaguardia. Nos tenemos que volver a concentrar en eso. Acordarnos de que un dirigente sindical al frente de su confederación cuenta tanto como un ministro. No abandonemos el frente social. En Bolivia hemos cometido este error. Y es justamente ahí donde la derecha intenta reorganizarse.


Otra dificultad: cuando estamos en la oposición, lo esencial consiste en producir ideas que generen esperanza y encarnarlas. Una vez en el poder, todo eso sigue siendo necesario, pero también hay que mostrarse capaz de gestionar la economía. La respuesta de los revolucionarios latinoamericanos a este desafío va a determinar su destino.

Los ciclos heroicos de la movilización no son eternos. Tienen períodos de desaceleración que pueden durar semanas, meses, años. Es el momento en el que nos preocupamos por el día a día, por los resultados concretos; el momento en el que la gente se dirige a los dirigentes políticos para decirles: “Luché mucho. Me sacrifiqué. Pero también yo quiero cosechar los frutos de esta revolución. ¿Dónde está mi agua potable, mi escuela, mi hospital?”. Es en ese preciso momento que tenemos que poder mostrar la otra cara del revolucionario: la del buen gestor. Nos vamos a tener que mostrar a la altura de esta exigencia durante la etapa de transición que se abre.

Una quinta cuestión que atraviesa nuestros procesos revolucionarios enfrenta el bienestar económico y social a la preservación de la Madre Tierra. En resumen, el famoso debate acerca del “extractivismo”, de moda en América Latina. Ecuador, Venezuela y Bolivia cargan una pesada herencia en este campo. En el caso de Bolivia, todo se remonta al año 1570, cuando el virrey Francisco de Toledo instauró el trabajo obligatorio en el Cerro Rico, la montaña que domina desde lo alto a la ciudad de Potosí. Convirtió entonces a Bolivia en productora de materias primas para la metrópolis. Desde hace 450 años la división internacional del trabajo le impuso este mismo rol al país, al igual que al resto de América Latina. Pero nuestras sociedades también se caracterizan por tasas récord de pobreza y desigualdad; por las necesidades materiales de nuestras poblaciones, que fueron abandonadas a su suerte.


Ecologismo colonial



Entonces, ¿qué hacer? Si producimos para satisfacer nuestras necesidades materiales, vamos a conseguir buenos resultados económicos, pero habremos traicionado la herencia indígena que alimenta nuestra visión del futuro. Tampoco nos podemos conformar con proteger a los árboles y dejar a nuestra población en la miseria –porque las condiciones de vida de los pueblos indígenas no tienen nada de idílico: estamos hablando de una indigencia colonial construida durante los últimos quinientos años–. Es sin embargo a lo que nos invita lo que yo llamo el ecologismo colonial: “Queridos latinoamericanos, dejen de soñar con el progreso, nos dice; si quieren hacer algo por la humanidad, dedíquense a proteger a los árboles. Nosotros, en el Norte, nos vamos a encargar de destruirlos y de producir y esparcir el dióxido de carbono por todo el mundo”. En resumen, que los países del Sur financien la plusvalía medioambiental mediante la interrupción de su desarrollo y la renuncia a su futuro.


Algunos de los compañeros del Altiplano viven en casas de piedras; tienen que caminar cinco horas para llegar a la escuela más cercana; duermen todo el día por falta de alimentación. Que alguien me lo explique: ¿qué economía del conocimiento se puede construir en estas condiciones? ¿Salir del “extractivismo”? Sí, sin lugar a dudas. Pero no volviendo a la Edad de Piedra. La transición implica la utilización de nuestros recursos naturales para crear las condiciones –culturales, políticas y materiales– que le permitirán a la población pasar a otro modelo económico.


Una lógica semejante le escapa a esta izquierda, crítica de los gobiernos progresistas latinoamericanos, a los que les reprocha no haber construido el comunismo en unas semanas. Ejercitándose en su fitness matutino, o en seminarios generosamente financiados desde el exterior, se burla de nuestra incapacidad de controlar el mercado mundial o de instaurar de un día para el otro (¡y por decreto!) el “vivir bien”. Estos radicales de salón interpretan el papel de los idiotas útiles del neoliberalismo haciéndose eco de su cancioncita del fracaso inevitable de las revoluciones. No proponen medidas concretas, no formulan ninguna propuesta enraizada en los movimientos sociales o capaz de hacer progresar las dinámicas revolucionarias. Mediocres corifeos de la nueva ofensiva imperial, ponen su pseudorradicalidad al servicio de los dominadores, cuyo único objetivo es vernos fracasar.


Última cuestión, el Estado. A escala mundial, el neoliberalismo tuvo dos grandes fases. La primera arranca en los años 1980, con la llegada al poder de Ronald Reagan en Estados Unidos y de Margaret Thatcher en el Reino Unido. Se extiende hasta 2005, más o menos. Durante este período, el neoliberalismo usa al Estado para privatizar las riquezas públicas y darle una legitimación ideológica. 


Ahora estamos en una segunda fase. Los Estados nacionales ya no son útiles para los neoliberales, que se dedican a desmembrarlos. En principio, facilitando la formación y la movilización de oposiciones políticas, y creando zonas donde el Estado ya no es soberano (regiones autónomas, territorios ocupados, etc.). Y después debilitando la soberanía presupuestaria y monetaria de los Estados, por ejemplo mediante la mecánica de la deuda, como se puede ver en Grecia. La defensa del Estado –puesta al servicio de un nuevo bloque social– tiene que volverse por lo tanto una de las prioridades de la izquierda.




Fuente: Le Monde diplomatique Cono Sur. Este texto es una versión revisada de una conferencia pronunciada en Quito, Ecuador, el 29 de septiembre de 2015.