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jueves, 22 de diciembre de 2016

UN PODER ACUARELIZADO.... ARRIBADO EL NEOLIBERALISMO, EL SINDICALISMO OPTÓ POR SER ACTOR DE "REPARTO" EN LUGAR DE PROTAGONISTA..


DIRIGENTES Y BASES SINDICALES EN LA ERA MACRISTA


El sindicalismo al desnudo

Por Diego Genoud, Periodista, para Le Monde diplomatique


El actual escenario de inflación, despidos y tarifazos empujó a las centrales sindicales a la calle y las confirmó como interlocutoras sociales. Pero este protagonismo, al mismo tiempo, dejó al descubierto sus propios límites: la fragmentación entre las centrales dificulta el planteo de un plan de lucha unificado y las muestra desorientadas frente al nuevo gobierno.
Un factor de poder que sobrevivió a todo y se revitalizó durante los últimos 12 años frente a un nuevo poder político que ganó las elecciones cuando pocos lo esperaban. Los trabajadores argentinos sindicalizados frente al primer presidente que no es peronista y llega a la Casa Rosada desde el mundo empresario. La película podría ser taquillera y tendría como protagonista principal al gremialismo si no fuera por las divisiones y los traumas que arrastra. 

La devaluación del 40%, los despidos y el tarifazo que marcaron los primeros meses de Mauricio Macri potenciaron el cuadro de demandas insatisfechas de los asalariados, entre las que se destacan el deterioro del poder adquisitivo frente a la inflación, el impuesto a las ganancias y el trabajo en negro.


Con el fondo de una fenomenal transferencia de ingresos que afectó el salario real, el sindicalismo argentino debutó en la calle con una movilización multitudinaria por el Día del Trabajador que lo confirmó como interlocutor social y evidenció su fortaleza, pero al mismo tiempo mostró sus diferencias de criterio. 


La aspiración a la unidad


El veto del Presidente a la ley antidespidos sancionada por el Congreso volvió a dejar a la dirigencia desnuda. Mientras que las dos CTA respondieron con el llamado a un paro nacional, las tres CGT acentuaron su proceso de introspección que, en el mejor de los casos, redundará en una conducción única durante el período que va del Comité Central Confederal del 3 de junio al Congreso normalizador del 22 de agosto. 


“El movimiento obrero disperso no tiene una estrategia común frente al debate social en estos meses de ajuste. Tenemos que recuperar la unidad de la CGT para superar los movimientos tácticos y pensar en el mediano y largo plazo”, dice Héctor Daer, el sindicalista de Sanidad que actúa en su doble condición de diputado nacional y mano derecha de Carlos West Ocampo, emblema de “los Gordos”. Daer fue electo en 2013 con la boleta por el Frente Renovador pero el debate de la ley antidespidos lo alejó del campamento de Sergio Massa. Su nombre es uno de los que suenan para encabezar la nueva conducción de la CGT en una fórmula de unidad que incluya a su lado a un representante del ala moyanista: el combativo Pablo Moyano, el petrolero Guillermo Pereyra o Juan Carlos Schmid, el histórico compañero de Moyano que hoy lidera la poderosa CATT, la cámara que reúne a los gremios del transporte.

Hugo Moyano, el jefe de la CGT Azopardo durante la última década, parece replegarse hacia el mundo del fútbol y dejar su tarea en manos de su hijo mayor. Después de haber activado cinco paros nacionales contra Cristina Kirchner y de haber apoyado a Mauricio Macri en el último turno electoral, no estará a cargo de la ofensiva contra su gobierno. 

“El sindicalismo está hiperfragmentado. La división es mucho más profunda de lo que pensamos. Hay una ruptura política interna que es fuerte y eso no permite avanzar hacia espacios de unidad. La unificación de la CGT puede ser formal pero no implica que puedan avanzar juntos”, dice la socióloga e investigadora del Conicet Ana Natalucci, dedicada al estudio del proceso de revitalización del sindicalismo peronista en los últimos años.


La unidad de los dirigentes también parece darse en el campo de las dos CTA. Después de tener posturas antagónicas durante la era kirchnerista, Pablo Micheli y Hugo Yasky volvieron a actuar en conjunto como la variante más dinámica del sindicalismo. Sin embargo, la historia reciente los separa y los pone en situaciones muy distintas ante sus bases. “Tenemos profundas diferencias pero supimos dejarlas de lado en función de las necesidades de los trabajadores”, repite Micheli, principal abanderado de la unidad y promotor de un paro nacional de todas las centrales sindicales contra el gobierno de Macri que, por ahora, parece muy lejos.

El secretario general de La Bancaria, Sergio Palazzo, es uno de los que creen que la anunciada nueva conducción unitaria será, sobre todo, un producto de la rosca y que no saldará las diferencias políticas. 


Heterogeneidad laboral y política


El movimiento sindical parece desorientado ante un Presidente que en público se muestra más amable que Cristina Kirchner, pero que tampoco cede a sus reclamos. Aunque los recibe, los convoca al Consejo del Salario y no los ataca en sus discursos, Macri vetó la ley antidespidos en cuestión de horas. La reforma del impuesto a las ganancias, la gran promesa electoral de Cambiemos para el sindicalismo, sigue afectando a los trabajadores mejor pagos. “El impuesto golpea más ahora que antes, por lo menos en mi actividad, donde pasaron a pagar más de 20 mil bancarios que antes no pagaban. Los que tuvieron una solución temporal, ahora con el acuerdo salarial están pagando lo mismo que en diciembre, incluso más”, dice Palazzo.

La Bancaria tiene afiliados a 70 mil de los 106 mil trabajadores bancarios que hay en el sistema y, según sus estimaciones, hoy 80 mil tributan Ganancias. El gremio firmó una de las paritarias más altas desde que comenzó el año –35 % en una sola cuota– y fijó el salario inicial en 20.500 pesos por mes. “El mínimo no imponible de un soltero está en 18.800 pesos, es decir que todo soltero que ingresó a trabajar está afectado”.
El sindicato que obtuvo el aumento salarial más alto del año fue, por tercer año consecutivo, el de Aceiteros, que conduce Daniel Yofra. “La ofensiva del gobierno nos agarró en un momento de mucha debilidad. El pedido de las cinco centrales de una ley antidespidos lo demuestra. Pedirles a los políticos que te salven con una ley es como pedirles a los abogados que nos resuelvan los problemas. La herramienta fundamental de las centrales es la huelga”, dice. Enrolado dentro de la CGT de Moyano, Yofra se pregunta por qué, en lugar de delegar el freno a los despidos en el Congreso, las centrales sindicales no llamaron a un plan de lucha. La respuesta tiene que ver con esa debilidad frente al nuevo gobierno que, si algo parece haber heredado del anterior, es su carácter decisionista.


Con cuarenta y ocho años, el sindicalista aceitero encabezó en 2015 un paro de veinticinco días contra las grandes cerealeras en el polo oleaginoso de Rosario que concluyó con un incremento salarial del 36%. El principal escollo para el acuerdo no fueron las empresas multinacionales del sector –que según estima el gremio, cada día muelen 100 mil toneladas de soja y obtienen una ganancia de 2 millones de dólares–. El mayor obstáculo fue la postura del entonces ministro de Trabajo, Carlos Tomada, que tenía la misión de fijar un techo paritario y no dudaba en tratar a los aceiteros de desestabilizadores. Hoy, en un contexto distinto, Yofra sigue pensando que uno de los traumas del sindicalismo es que los dirigentes se alinean, antes que con sus representados, con los partidos políticos. “La ley antidespidos sería una seguridad para los lugares de trabajo en los que no hay gremios. Si están despidiendo trabajadores privados y estatales, la pregunta es por qué los gremios involucrados no hacen paros para defenderlos”, señala Yofra.


Los casos de los bancarios y los aceiteros contrastan con la realidad de los metalúrgicos, que cerraron una paritaria del 35% pero en tres cuotas. Los afiliados de Antonio Caló cobran un sueldo promedio que es apenas la mitad del que perciben los de Palazzo y Yofra. Esa heterogeneidad laboral también se traduce en diferencias políticas. Con despidos en su sector, Caló tiene una postura más moderada, herencia de un tiempo en el que –como jefe de la CGT kirchnerista– predicaba a favor de conservar el empleo a cambio de resignar mejoras para sus trabajadores.

Después de un acto masivo que entusiasmó a muchos, el veto de Macri reactivó la imagen de una dirigencia sindical que todavía duda acerca de cuáles deben ser su rol y su estrategia. “Tanto la marcha del 29 como la ley que aprobó el Congreso sirvieron para plantearle demandas al poder”, opina Daer. Frente a los que creyeron que la concentración en el Monumento al Trabajo era el punto de partida de un plan de lucha, la discusión en el Congreso se desarrolló a puertas cerradas, sin presencia sindical en la calle. Eso facilitó la tarea del Presidente.


Si en los años noventa el MTA del camionero Moyano y el colectivero Juan Manuel Palacios encarnó la corriente más combativa del sindicalismo peronista, hoy el único sector que se perfila para ocupar un lugar similar es el de la CATT. Sin embargo, allí conviven dirigentes como Schmid y el joven moyanista Juan Pablo Brey, de Aeronavegantes, con otros como Omar Maturano y Roberto Fernández, de una tradición bastante más viscosa. Decisiva en los paros de los últimos cuatro años, la CATT todavía no movió sus fichas durante el gobierno de Cambiemos. 


Nuevos dirigentes, viejas estructuras


Mientras los dirigentes dudan y buscan reagruparse, por abajo se profundiza un recambio generacional. Los sindicatos hoy tienen más afiliados, más delegados y más recursos económicos. Sin embargo, Yofra sostiene que la fuerza no surge de la cantidad de gente, ni de la recaudación de sus aportes: “La fuerza te la da la conciencia que puedan tener los trabajadores, obviamente ligada a los logros que alcance la organización”. 


Para la socióloga Natalucci, una de las mayores transformaciones del ciclo kirchnerista estuvo en las bases. “Hay organización, actividad de base y dirigentes más jóvenes que incluso están en las comisiones directivas y empiezan a reactivar algunas discusiones. Pero eso todavía no cristalizó en ninguna forma organizativa nueva. En el mediano plazo empezará a notarse, pero en el corto plazo está todo bastante complicado. No veo mucho ánimo de lucha”, dice.


El mismo día de abril en que las centrales sindicales se congregaron en el Monumento al Trabajo, se produjo un hecho histórico en las fábricas Pirelli de Merlo, Bridgestone Firestone de Lavallol y FATE de San Fernando. La izquierda ganó en un frente único y por primera vez un sindicato industrial a nivel nacional, el sindicato del Neumático, que durante los últimos dieciséis años estuvo en manos de Pedro Wasiejko, el adjunto de la CTA de Hugo Yasky. 


Con cuarenta años de edad y doce como operario de FATE, el electo secretario general Alejandro Crespo del SUTNA explica las razones del triunfo de la lista combativa. “Había un gremio inmovilizado frente a las acciones del gobierno anterior que atacaban a los trabajadores como el impuesto a las ganancias y la ley de ART en un sindicato que afronta graves situaciones por las condiciones de trabajo. Mientras los compañeros veían la inacción de la conducción kirchnerista, veían lo que pasaba en el SUTNA San Fernando que ya dirigía FATE”, dice Crespo, que además es miembro del Partido Obrero y de la Coordinadora Sindical Clasista. “Ganar en un gremio industrial es doblemente complicado. Hay más persecución, hay más control de la patronal, las burocracias son más duras y el laburo es menos estable.
Cuando las empresas detectan que existe algún tipo de organización, empiezan con los despidos. Esto es producto de muchos años de organización”, agrega.


Crespo coincide con el aceitero Yofra en que la ley antidespidos sólo hubiera tenido éxito si venía acompañada de la acción gremial. “Las cúpulas sindicales tienen que empezar a mostrar fuerza ante los despidos; si no lo hacen las patronales no van a dejar de despedir”, sostiene.

Aunque por supuesto se trata de un fenómeno incipiente, no deja de ser sintomático: dirigentes de una nueva generación que son electos en gremios industriales y deciden mantenerse dentro de las centrales sindicales existentes.


Una agenda amplia


La democracia sindical, que incluye un límite de dos mandatos en los cargos, es un reclamo que crece y cuenta incluso con el respaldo de algunos sectores de la CGT. Después de cuatro años de acercar posiciones y coordinar acciones, Pablo Micheli asegura que Moyano padre hoy está de acuerdo con la libertad sindical. 

En los momentos de mayor confrontación con Moyano, el gobierno de Cristina amagó con impulsar una reforma para democratizar los sindicatos. Pero eso nunca se concretó. Todavía hoy son mayoría los gremios en los que, cuando se quieren organizar, las empresas desactivan el proceso con el despido de los candidatos a delegados e incluso de los delegados electos. “Siguen existiendo las patotas, las persecuciones a los que quieren hablar en asamblea y no existe la democracia obrera. Nosotros vamos a reformar el estatuto para que los trabajadores puedan elegir y presentarse como candidatos”, cuenta Yofra.


La agenda del movimiento sindical es amplia. Al drama de los despidos se le suman problemas estructurales que el gobierno anterior no resolvió, como el trabajo en negro, el impuesto a las ganancias, el sistema de tercerizados, la democracia sindical y la demanda de un salario mínimo vital y móvil que iguale al costo de la canasta básica familiar que hoy duplica a los 8.060 pesos que se fijó en la reunión de mayo del Consejo del Salario. Hay otro ítem, que para la cúpula cegetista tiene tanta o más importancia: la deuda del Estado con el sistema de las obras sociales que hoy asciende a 29.700 millones de pesos y que la gestión Macri promete regularizar.


Después de doce años de gobierno kirchnerista y según los índices oficiales, la informalidad laboral se mantuvo en torno al 34%. Si uno de cada tres trabajadores sigue relegado a las condiciones de trabajo de la década del 90 y si el empleo no crece, la discusión pasará a ser otra. Así como la CTA se encargó de representar a los trabajadores desocupados en los años menemistas, hoy es la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP) la que se propone ocupar un lugar similar, como portavoz de las generaciones que no lograron ingresar a la formalidad laboral: trabajadores independientes, informales y cooperativistas. Organizaciones kirchneristas y no kirchneristas conviven detrás de una consigna ambiciosa: reconocimiento sindical de la CTEP y paritarias populares para pelearle a la inflación. “Si el sindicalismo no puede pensar que hay nuevas formas de trabajo y que no todo es trabajo formal asalariado, va a tener una representación muy restringida”, apunta Natalucci.


Con un Moyano desgastado y distraído con el fútbol, el liderazgo capaz de representar a todos los trabajadores está vacante. El sindicalismo tiene un lugar central en la discusión que viene, pero está desorientado por un gobierno que se mueve en base a una lógica que todavía le resulta indescifrable. Si los tironeos entre el moyanismo, el kirchnerismo y el massismo que se vieron en la discusión por la ley antidespidos se mantienen, Cambiemos verá además facilitada su tarea. Si, como todos repiten, se ponen finalmente por delante los intereses de los trabajadores y se interpretan las necesidades de las bases, la película puede ser otra.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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