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martes, 16 de agosto de 2016

Las ideas no se matan, por estos días están cumpliendo 90 años…




Por Luciana Garbarino para Le Monde diplomatique Cono Sur


A lo largo de su vida Fidel Castro sufrió más de seiscientos intentos de asesinato. Según Fabián Escalante, el hombre que tuvo la difícil tarea de mantenerlo con vida durante años, en algunos casos la CIA recurrió a ideas que desafían cualquier episodio del Superagente 86. Pero como es evidente todos estos intentos fracasaron, y hoy el hombre que cambió la historia del mundo cumple 90 años.
Pero mucho antes, cuando Fidel Castro daba sus primeros pasos como revolucionario, ya tenía varios enemigos que lo querían muerto.
Lo que sigue es el relato de uno de aquellos primeros intentos y de cómo un hombre le salvó la vida en tres oportunidades. Lo que sigue es un reconocimiento al papel que jugó el teniente Pedro Sarría.

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En las turquesas aguas caribeñas, el 21 de septiembre de 1947, el buque Aurora partía de Cayo Confites rumbo a Santo Domingo con el objetivo de derrocar al dictador Trujillo. En él viajaba un hombre de 21 años, presidente del Comité Pro Democracia Dominicana de la Federación Universitaria (FEU). A pesar de su corta edad, el joven se mostraba seguro y convencido de que se podía luchar contra un ejército convencional recurriendo a métodos de la guerra irregular.
Aunque el entonces presidente de Cuba Ramón Grau San Martín había autorizado la expedición, la posterior amenaza de guerra por parte de Trujillo obligó al gobierno cubano a dar marcha atrás. Pero para entonces ya era demasiado tarde: los tres buques se encontraban en el mar decididos a cumplir la misión encomendada. Sin embargo, no lo lograrían. A poco de partir, la Marina de Guerra cubana los interceptó y apresó a sus expedicionarios. El joven veinteañero daría las primeras muestras de su espíritu rebelde desconociendo las órdenes y saltando al agua junto a otros compañeros para no ser apresado.
El nombre de Fidel Castro comenzaría a resonar dentro y fuera de los muros de la Universidad de La Habana.

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Fidel Castro comenzó la universidad el 4 septiembre de 1945 para estudiar derecho, pero rápidamente se convirtió en un importante dirigente político. Su simpatía por Eduardo Chibás, fundador del Partido Ortodoxo (el principal partido opositor al corrupto Partido Auténtico) lo acercó a la política y en poco tiempo se radicalizó y comenzó a leer con entusiasmo a Marx, a Lenin, a Martí.
Aunque estudiaba muchísimo, no solía asistir a las clases. Su tiempo se iba en la actividad política, formando a sus compañeros en el parque de la universidad acerca de lo absurdo de la sociedad capitalista.
—Cuando leí aquella frase de Martí: “Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”, nunca la pude olvidar –dirá muchísimos años después –. Ante tanta vanidad que circula por doquier, me apoderé de esa ética.
Luego de recibirse de tres carreras –Derecho, Derecho Diplomático y Ciencias Sociales– decidió dedicarse casi por completo a la tarea revolucionaria. Aunque también ejercía como abogado, su defensa de los sectores más humildes hacía que sus ingresos apenas le alcanzaran para su subsistencia.
El golpe de Estado de Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952, meses antes de las elecciones presidenciales, no lo encontró desprevenido. Para entonces ya tenía evidentes dotes de liderazgo y una estrategia elaborada: lanzar un programa revolucionario y organizar un levantamiento popular.
El nuevo contexto de violencia, corrupción y abusos no haría más que agudizar su espíritu revolucionario. Tal es así que, poco después del golpe, comenzó a preparar la primera acción armada que comandaría: el asalto al cuartel Moncada.
Fidel reclutó a sus hombres personalmente entre las fuerzas antibatistianas que se multiplicaban, aunque la mayoría de ellos provendría del Partido Ortodoxo gracias a las estrechas relaciones que mantenía con este. Realizó una exhaustiva tarea de persuasión hablando con cada uno de ellos y convenciéndolos de por qué había que llevar adelante la lucha armada contra el régimen de Batista. Después de varios meses y más de 50.000 kilómetros que fundieron su Chevrolet beige, logró convencer a 1.200 jóvenes.
Sin un peso y sin contactos en las fuerzas, hubo que armar un plan de entrenamiento en la más absoluta clandestinidad. Fidel organizó una estructura de células de entre seis y doce hombres, cada una con un jefe directo. Los entrenamientos se realizaban en la universidad de La Habana simulando una actividad deportiva y las prácticas de tiro se realizaban en los clubes de tiro. Si bien Fidel tenía una cierta experiencia en el manejo de armas, los demás, en su mayoría, jamás habían tenido una preparación militar.
El plan original, que sólo conocían Fidel Castro, Abel Santamaría y unos pocos hombres más, era tomar durante la madrugada el cuartel Moncada, el Hospital militar, el Palacio de Justicia y el cuartel de Bayamo para evitar la llegada de refuerzos por esa vía. Una vez tomado el cuartel, las armas que había en su interior serían repartidas al pueblo, que acompañaría la acción gracias su tradición luchadora e independentista.
Pero las cosas no saldrían tal como estaban previstas.

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A las 2.40 de la madrugada del sábado 25 de julio de 1953 Fidel Castro partió desde La Habana rumbo a Santiago de Cuba, a casi 1.000 kilómetros. Pasó por Santa Clara para comprar unos anteojos en una óptica, porque sufría de miopía, y siguió camino. Se detuvo en Bayamo y en Palma Soriano para revisar algunos aspectos del plan y por la noche llegó a la granjita Siboney, en las afueras de Santiago.
La granjita había sido alquilada por Renato Guitart, un joven santiaguero, en abril de 1953. Era un lugar discreto y apartado, que quedaba sobre la carretera que conducía al mar. Además tenía enormes árboles frondosos que servían para ocultar los dieciséis autos que llegarían finalmente. Para no levantar las sospechas del régimen, allí se montó una granja avícola y en un pozo contiguo a la vivienda se ocultaron algunas armas, aunque la mayoría de ellas llegarían junto con sus portadores. Gran parte del armamento se compró en armerías de venta libre incluso pocas horas antes del operativo, la tarde del viernes 24 de julio.
Los demás combatientes también habían salido desde la capital en unos autos alquilados el día anterior al ataque. Varios de ellos llevaban una banderita de los batistianos para desorientar. Una vez en Santiago, se dirigieron en grupos a distintas casas de huéspedes. El clima festivo y las actividades que se desarrollaban allí con motivo del carnaval ayudaban a ocultar los preparativos.
Finalmente, el 25 de julio entre las 10 y las 11 de la noche los combatientes comenzaron a llegar a la granjita Siboney. Allí, los ciento veinte hombres escogidos para participar de la acción se enteraron de cuál sería la misión. Se vistieron de sargento con los uniformes del ejército batistiano para confundir y se dividieron en tres grupos: uno liderado por Fidel Castro que tomaría el cuartel, otro liderado por Abel Santamaría que tomaría la parte del Hospital civil que lindaba con las barracas del cuartel, y el tercero, comandado por Raúl Castro, que tomaría el Palacio de Justicia.
Antes de iniciar la misión, cuando los primeros rayos de sol despuntaban, Fidel les dijo a sus hombres:
—Compañeros: podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol! Como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de ¡Libertad o muerte!
A las 4.45 hs., la caravana de autos en fila inició su marcha: primero los que se dirigían a la azotea del Hospital, luego los que iban hacia el Palacio de Justicia y por último aquellos que iban hacia el cuartel.
Este último grupo, el más numeroso, cruzó el estrecho puente que permitía la entrada a la ciudad, avanzó por la avenida Garzón y llegando al cuartel dobló por una lateral hacia la derecha en dirección a una de sus entradas. Unos pocos hombres se bajaron de uno de los autos con el objetivo de neutralizar a los hombres de la garita. Pero allí ocurrió algo inesperado: en la vereda de enfrente dos soldados les apuntaban con sus ametralladoras. Esa patrulla no estaba prevista y desordenó todo el plan. Se iniciaron los disparos y una ensordecedora alarma comenzó a sonar en el cuartel. El factor sorpresa se había perdido y Fidel era consciente de que el objetivo inicial ahora resultaba inalcanzable.
El caos se multiplicó, los hombres se dispersaron y Fidel terminó solo en el medio de la calle tiroteándose con un hombre que se encontraba sobre uno de los edificios del cuartel. De repente, como salido de la nada, un auto se dirigió hacia él, lo subió y lo ayudó a escapar.
De los ciento veinte combatientes, sólo un pequeño grupo conseguiría sobrevivir. Además de los seis muertos en combate, más de cincuenta serían luego salvajemente torturados y asesinados por la dictadura de Batista.

***

Los hombres que consiguieron escapar se reagruparon en la granjita Siboney, pero el panorama era desolador. Había muchos heridos y muchos otros que querían abandonar la misión.
Fidel Castro, decidido a no rendirse, se dirigió con diecinueve combatientes hacia las montañas. Pero el agotamiento no les permitía alejarse rápidamente de aquella zona saturada de soldados y mucho menos el esfuerzo de ascender hasta mil metros.
En el camino, algunos resultaron nuevamente heridos y partieron hacia la ciudad de Santiago en busca de apoyo de la población.
Los ocho que continuaron el escape improvisaron un nuevo plan de acción: se filtrarían por la zona costera hasta la bahía de Santiago y desde allí cruzarían en bote hacia la otra orilla. Pero nuevamente el grupo se vio reducido: cinco de ellos se dirigieron a la casa cercana de un campesino de confianza que tenía relaciones con el arzobispado. A través de él reclamarían por su integridad física a la Iglesia Católica. Sus armas fueron escondidas en las proximidades.
Los tres que todavía conservaban algo de fuerzas, entre ellos Fidel, intentaron continuar la marcha unos kilómetros más. Pero la necesidad de descanso pudo más y se echaron a dormir en un pequeño ranchito, en vez de hacerlo en el medio del bosque como hasta entonces.
Fidel se despertó de un sobresalto por un culatazo que tiró la puerta abajo. Al abrir los ojos tenía el cañón de un fusil apuntándole al pecho. En cuestión de segundos, los tres hombres fueron capturados y maniatados por la espalda.
Los soldados de Batista tenían sed de venganza. Las venas de sus cuellos estaban hinchadas y caminaban de un lado a otro como perros rabiosos. Querían fusilarlos ahí mismo. De haber reconocido a Fidel, lo habrían hecho al instante. Pero el estado en el que se encontraba le permitió presentarse como “Francisco González Calderín”.
El clima de tensión era creciente y los jóvenes combatientes creían estar cerca del final. Hasta que un hombre alto, negro, de entre 30 y 40 años les ordenó a sus hombres:
—¡No disparen! ¡Las ideas no se matan!
Los soldados se contuvieron por unos instantes gracias a la intervención del teniente Pedro Sarría. Pero al rato, el hallazgo de las armas escondidas en las inmediaciones volvió a encolerizar a los soldados.
—¡Quietos! ¡No disparen! ¡Las ideas no se matan! –repetía Sarría.
Cuando vio la integridad de aquel hombre, Fidel Castro se sintió seguro para confesarle su identidad.
—No se lo digas a nadie –le contestó seco el teniente.
Luego se dirigieron hacia la casa del campesino donde se encontraban los otros prófugos, que también habían sido interceptados. Una vez allí, los ocho prisioneros fueron subidos a un camión. Pero, consciente de quién era Fidel, Sarría tomó una precaución adicional y lo sentó adelante, entre el conductor y él.
Antes de partir, una nueva amenaza se presentó. El comandante Pérez Chaumont, el asesino que había comandado la masacre de los demás prisioneros, se acercó a Sarría y le exigió que le entregue a Fidel Castro.
—El prisionero es mío y es mi responsabilidad – objetó Sarría y ordenó arrancar.
Desde allí los detenidos fueron conducidos al Vivac, una cárcel civil que estaba en el centro de la ciudad, y puestos a disposición de los Tribunales. De haber sido llevados al cuartel Moncada, el nombre de Fidel y el de quienes lo acompañaban integrarían con certeza la larga lista de los “héroes del Moncada”.
Una vez en el Vivac, un grupo de periodistas registró los acontecimientos y habló con Fidel Castro. La noticia de que aún se encontraba con vida se difundió con velocidad y ya no resultaría tan fácil liquidarlo. El pueblo se había animado con esta acción que pretendía derrocar a la tiranía y expresaba su admiración por la valentía de estos hombres.
Tras el triunfo de la Revolución, el teniente Sarría fue ascendido a capitán ayudante del presidente de la República de Cuba. Poco después contrajo una enfermedad fatal y murió. Pero el devenir de la Revolución lo empujaría a la historia y le daría la razón: las ideas no se matan.



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