EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

domingo, 13 de septiembre de 2015

No caer en la trampa





Una cosa es debatir políticas dentro del espacio, fortalecer visceralmente nuestras visiones, analizar las diversas formas que existen para resolver dilemas, intentar pensar los caminos a escoger, no sólo para profundizar el modelo sino además para que esa profundización no se observe distante en el tiempo, y otra muy distinta es tirarnos con munición menor ingresando por los sinuosos senderos apolíticos que la oposición mediática nos propone a diario.

Los medios dominantes, por medio de sus autoponderadas plumas, han tratado permanentemente de encontrar fisuras utilitarias dentro del Kirchnerismo estilando las más variadas estrategias: Apología de figuras del proyecto mostrándolas en franca oposición a la Casa de Gobierno, construcción de conflictos personales entre funcionarios mediante versiones antojadizas, recrear viejos y aclarados desencuentros, y sobre todo instalar divisorias de aguas mediante la calumnia y la injuria.

Hace un par de años, dentro del propio oficialismo y a propuesta de las corporaciones, se dieron ciertos cortocircuitos sobre temas llamativamente menores. Desde este espacio no creemos que El Papa constituya un tema de debate político trascendente de cara a nuestras problemáticas cotidianas, al igual que si Horacio Verbitsky logró tener algún salvoconducto en el pasado para no ser asesinado. Lo cierto es que la oposición mediática aprovecha de estos cortocircuitos y como diría un viejo amigo: nosotros les damos el gusto ingresando a esa pieza en cuyo frente reza un cartel francés que indica: “Sólo para boludos”.


Ya lo mencionó el Cid de Magnetto en su momento: “Voy a hacer todo lo posible para que esta gente deje el poder”, tardíamente aclaró que con votos; partiendo del interlocutor sabemos que los métodos fueron, son y serán de toda clase y tenor para lograr dicho objetivo. Esto incluye mentiras, calumnias, falacias, operaciones, trampas dialécticas, falsas denuncias, de modo que flaco favor le estaríamos haciendo al proyecto Nacional sin en lugar de colocar todas nuestras fuerzas en la política concreta y real nos enroscamos en las artificios de los perversos. Nada podemos hacer con aquella porción de la sociedad que nos odia, y más cuando ese colectivo utiliza dichas artimañas como pretexto de su odio.

Octubre del 2011 demostró que los medios dominantes nada pueden hacer en contra de un gobierno que atiende a las necesidades de las mayorías populares. Ocurre en Ecuador, Venezuela, Bolivia, Uruguay. Cuestión que dichos medios aún no han sabido leer y se me ocurre que nosotros tampoco hemos sabido leer. Ambas disyuntivas me llaman poderosamente la atención. Lo de ellos me tiene sin cuidado, acaso no tengan otra opción, hasta el momento la voluntad popular les fue esquiva, me preocupa lo nuestro. Si tanto nosotros como nuestros cuadros políticos gobernantes estamos seguros del camino y sabemos que poco a poco existen más y más ciudadanos integrados a la Patria no existe ninguna necesidad de incluirnos en las falacias. Quizás el problema radica en esa seguridad.

Más que nunca debemos elevar el debate político, ponernos por encima de la miserabilidad mediática. Más que nunca debemos expresar las bondades del modelo en franco antagonismo con las propuestas que desean retornar a las recetas neoliberales. Desde hace diez años nos estamos defendiendo por pecados inventados, operados, pues contraataquemos con política, con argumentos. Cada vez que Cristina nos habla debatamos lo trascendente, dejemos de lado la chicana – método dialéctico de defensa que nuestra Presidenta utiliza a la perfección -. Pongamos sobre la mesa de discusión qué significa recortar el gasto público, a cuál porción de la sociedad le impacta directamente dicho recorte, qué diferencia existe entre una administración pública responsable y el “gestionalismo”, cuáles son las razones (causas) fundamentales del conflicto social (efectos). Detenerse en el “quien es quien” es el juego preferido de las corporaciones mediáticas y sus gestores, entretenimiento al cual se prende la oposición política por ausencia de argumentos y una historia reciente que nos los acompaña demasiado.






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