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lunes, 9 de febrero de 2015

Un mapa político para 2015/1... por María Esperanza Casullo. Para Le Monde diplomatique







A diferencia de otros países, en Argentina no es posible ubicar a los candidatos en un eje izquierda/derecha. El peronismo cruza, y sobredetermina, las opciones ideológicas. Scioli, Randazzo, Macri y Massa definen su perfil y sus propuestas, en una dinámica que también depende de la performance del gobierno.
Para ensayar un mapeo del sistema formado por las identidades políticas nacionales al día de hoy, y así poder analizar de manera sistemática la distribución de los precandidatos presidenciales, conviene, antes que nada, realizar algunas clarificaciones. 

En primer lugar, es necesario despejar la extraña naturaleza del sistema político argentino. La clave es que aquí el espectro, que la ciencia política imagina lineal, no lo es. En Argentina, en efecto, es imposible ubicar a todos los candidatos en una sola línea imaginaria que vaya de izquierda a derecha porque el sistema político tiene una particularidad, analizada por Pierre Ostiguy: no se distribuye en un espacio imaginario según una sola dimensión ideológica, sino que combina dos dimensiones. Esta peculiaridad genera un esquema político que toma la forma de una matriz de dos por dos. 


Desde 1945, esta matriz está conformada por la intersección de dos líneas: una que demarca el continuo derecha/izquierda, y otra que marca el par peronismo/antiperonismo. Quedan así definidas cuatro posiciones polares: peronismo de izquierda y peronismo de derecha (estas dos en general expresadas como fracciones internas, a veces violentamente enfrentadas, del propio peronismo) y antiperonismo de izquierda (la UCR o el socialismo) y antiperonismo de derecha (la derecha liberal de la UCeDé).
Dado que el clivaje peronismo/antiperonismo es más determinante que el clivaje ideológico, los partidos antiperonistas de izquierda y derecha exhiben una desconcertante propensión a aliarse entre sí. Como explica Ostiguy, el peronismo es el gran organizador del sistema y la suerte de los demás se mueve a su compás: en momentos en que el peronismo de izquierda gobierna (como hoy), asciende un partido opositor no peronista de derecha, y viceversa. 


Siguiendo esta línea, podríamos alterar ligeramente este esquema y decir que el mapa de las precandidaturas actuales se dibuja según una matriz con cuatro cuadrantes similares a los anteriores, pero no idénticos. El eje peronismo/no peronismo se mantiene, pero ha sido en parte reemplazado, como sucede en varios países de Sudamérica, por otro eje, definido en función de una mayor o menor cercanía respecto del gobierno. Por caso, en Argentina, Nuevo Encuentro ocuparía el cuadrante “izquierda” y “gobierno”, mientras que Libres del Sur ocuparía el cuadrante “izquierda” y “oposición”. Ideológicamente casi no hay diferencias entre uno y otro, salvo en la relación con el Poder Ejecutivo. 


El no peronismo


Analicemos primero las opciones de la mitad no peronista de la matriz, donde sobresalen los precandidatos Mauricio Macri, Ernesto Sanz y Sergio Massa, que presentan dos perfiles diferenciados. Macri tiene más en común con Sanz que con Massa, ya que ambos compiten por sectores sociales casi idénticos, es decir, sectores medios y medios altos, profesionales y empresarios, mientras que Massa cuenta con una fuerte llegada al electorado popular de la provincia de Buenos Aires. Sanz expresa claramente una identidad antiperonista y Macri una no peronista, pero no anti. Massa, en tanto, es el más cercano al peronismo de los tres, aunque las apelaciones peronistas han desaparecido de su discurso. En cuanto a la cercanía con el gobierno, sin duda el más lejano es Sanz. Massa, que se situaba en un punto intermedio, se movió hasta una posición más opositora que la que encarna hoy el líder del PRO.


Los votantes de Macri coinciden con los votantes históricos del radicalismo: sectores medios urbanos preocupados por marcar cierta distancia con los sectores populares y su expectativa de ascenso social. Este solapamiento de electorados está definido por un dato: el PRO prácticamente borró a la UCR de su bastión en la Ciudad de Buenos Aires, y ha desarrollado opciones competitivas en otras dos provincias de raigambre radical, como Córdoba y Santa Fe. Por otra parte, Macri ha incorporado a su partido a una buena cantidad de dirigentes provenientes del radicalismo, tanto aquellos que hoy son funcionarios de su gobierno (Hernán Lombardi, por ejemplo) como intendentes o dirigentes de provincias. 


Una novedad que diferencia ambas fuerzas es que el PRO no es peronista pero tampoco es antiperonista. Por supuesto, nadie pensaría que Macri es peronista, y él mismo se cuida muy bien de recurrir a gestos discursivos o estilísticos propios del peronismo. Sin embargo, Macri tampoco cae en impugnaciones totalizantes del tipo “el problema de este país es el peronismo”, ni promete “nunca aliarse con un peronista”, y mucho menos realiza descalificaciones hacia las clases populares que históricamente han constituido la base del peronismo. Tampoco es fácil encontrar en Macri el espíritu ilustrado tan caro a la herencia radical; antes bien, cultiva una imagen popular anclada en sus años en Boca y su relación con figuras del espectáculo como Marcelo Tinelli. Además, el PRO ha demostrado ser perfectamente capaz de incorporar a su partido y a su gobierno a dirigentes provenientes del peronismo.


Esta progresiva desaparición del radicalismo como opción real de poder y la captación de su electorado histórico por parte del PRO confirman la pérdida de potencia del antiperonismo como identidad política. Esto se explica, por un lado, porque el peronismo perdió su pretensión fundante para transformarse en un partido político que, aun siendo dominante, no está a salvo de la competencia. Y, por otro, porque esas mismas clases medias descubrieron durante el menemismo que el populismo puede ser bastante útil cuando gobierna a su favor; por último, el final anticipado de las dos presidencias radicales de la era democrática hirió casi de muerte la lealtad de incluso los más fieles antiperonistas. En este nuevo contexto, Macri es consciente de que sus votantes pueden estar hoy alejados de la variante kirchnerista del peronismo pero que la pueden haber votado en 2011 o podrían perfectamente hacerlo con un peronista neoliberal estilo Menem. Macri, en suma, ha interpretado mejor los cambios de los últimos veinte años que el centenario Partido Radical. 


Del mismo modo, Macri ha construido un posicionamiento que, sin ser cercano al gobierno, carece del carácter rabiosamente opositor del discurso público de los principales dirigentes de la UCR. En general, el PRO no apela a un discurso republicano para sentar su oposición frente al gobierno ni personaliza tampoco el debate en la figura de la presidenta. Más bien plantea una oposición entre “lo nuevo” y “lo viejo”, entre “la ineficiencia” y “la gestión”.


Analizadas las cosas de esta manera, una alianza entre la UCR y el PRO es casi inevitable: más que partidos opuestos, son dos fuerzas que encajan una dentro de la otra. La UCR, desde una posición secundaria en la fórmula, puede defender una apelación más clásicamente antiperonista, liberando a Macri para construir un discurso más amplio y difuso. 


El caso de Massa es interesante, porque su figura se ha desplazado. Para decirlo sintéticamente: Massa, que saltó a las grandes ligas como peronista, hoy está a punto de dejar de serlo. Sin duda, su atractivo en las elecciones de 2013 se explicaba en buena medida por su condición, si no de “peronista” (Massa comenzó su militancia en la UCeDé, no tenía casi trayectoria previa a su ingreso al kirchnerismo y ganó en un distrito famoso por su fuerte vecinalismo), sí al menos de “peronístico”. Su triunfo en la provincia de Buenos Aires expresó una coalición netamente peronista basada en su amplia victoria en el conurbano (con algunas excepciones, como La Matanza).
Envalentonado por este resultado, Massa prometía hegemonizar al peronismo nacional y profetizaba innumerables “saltos de garrocha” de gobernadores e intendentes hacia su espacio. Pero ninguna de estas dos cosas sucedieron y el PJ sigue hasta hoy ordenado por la promesa de unas PASO competitivas. En este marco, Massa fue moviéndose lentamente hasta una posición mucho menos peronista, expresada en una serie de acuerdos y fotografías con dirigentes radicales conservadores del interior. 


Paralelamente, Massa giró desde una posición de crítica moderada al gobierno, simbolizada en la idea de “conservar lo bueno y rechazar lo malo”, a un discurso opositor apocalíptico, centrado en la inseguridad, que en los últimos días se volvió casi caricaturesco. Nacido como la esperanza de disputar al peronismo desde afuera, y con un ascenso empujado por los votos del peronismo, Massa, forzado por las circunstancias, ha desperonizado su discurso, su imagen y sus alianzas.


El peronismo 


Pasemos ahora a la otra mitad del mapa, la peronista. Aquí encontramos, como principales candidatos, a Daniel Scioli y Florencio Randazzo. También aquí se da el fenómeno de que los dos precandidatos compiten abiertamente por articular coaliciones de apoyo con segmentos sociales prácticamente idénticos, ya que en los dos casos el principal desafío es consolidar el voto típicamente peronista. Esto implica, según la distribución geográfica, el conurbano bonaerense, la provincia de Buenos Aires, el Noroeste, el Noreste y la Patagonia; y según la base social, votantes de clase media-media y sectores pobres urbanos. 


El lugar de ambos respecto del peronismo es equivalente: se trata de dos peronistas que, por así decirlo, resultan inusualmente prolijos. Si bien es cierto que Scioli disputó su primer cargo público en los 90 como parte de la celebrity política a la que Menem era tan afecto, mientras que Randazzo se formó en la militancia territorial más tradicional de Chivilcoy, lo cierto es que el gobernador bonaerense ha demostrado una fidelidad tal a la etiqueta que cualquier intento de impugnar hoy su peronismo sería absurdo. Randazzo, un dirigente en teoría más “auténtico”, no es sin embargo afecto a la sobredeterminación simbólica peronista y opta por un discurso y una imagen más modernos, centrados en la idea de gestión.


Luego de varios meses (o más bien años) amagando con dar el salto hacia una posición francamente opositora, Scioli hace esfuerzos por situarse en un punto perfectamente equidistante entre los sectores peronistas pro y anti gobierno. Para ser más claros: su objetivo consiste en mantenerse cercano al gobierno por historia pero sin deberle nada en el futuro. Esto le permite a Randazzo, en ausencia de un candidato claramente ungido por Cristina Kirchner, presentarse como el más cercano al oficialismo, aunque más no sea por su rol como ministro del gabinete nacional. 


Tanto Scioli como Randazzo provienen de la provincia de Buenos Aires. La mayor fortaleza del primero es su inalterable imagen positiva, sumada a los lazos que ha construido con gobernadores del PJ, mientras que la del segundo es, según señalan algunas encuestas, su consideración positiva en las clases medias urbanas, asociada a su imagen de eficaz gestor de la cosa pública. A priori, la situación interna del peronismo parece favorable a Scioli, el candidato más conocido, el que tiene más llegada nacional, más experiencia en campaña y más recursos; sin embargo, no todo está dicho en un mapa que está lejos de ser estático. 


¿Cómo llegará el gobierno?


El mapa de las candidaturas define entonces un opositor más peronista (Massa) y un opositor menos peronista (Macri), frente a un peronista más cercano al gobierno (Randazzo) y uno más lejano (Scioli). De todos ellos, como decía una recordada película ochentosa, sólo puede quedar uno. Pero, como señalamos al inicio, el sistema de identidades políticas en Argentina sigue moviéndose en buena medida al compás de lo que haga el gobierno. Esto marcará tanto a los posibles herederos como a los eventuales opositores.

De acuerdo a lo que suceda en los próximos meses, se abren dos escenarios posibles. Para el peronismo, el primer escenario es el que imaginaban (e incluso deseaban) muchos opositores: un derrumbe marcado por la crisis económica, apagones, protestas, saqueos, acuartelamientos policiales e inestabilidad política. Algunas fantasías opositoras incluso llegaron a pronosticar que el recambio de gobierno se adelantaría para diciembre de 2014. Si la crisis se dispara y el gobierno cae en la apreciación social, entonces podrían mejorar las chances de Scioli. Si, en cambio, el gobierno nacional logra mantener controlada la situación, sería natural que se abriera el espacio para un candidato más cercano, como Randazzo. 


En la mitad no peronista del espacio sucede algo similar. Paradójicamente, Massa, que comenzó su campaña prometiendo reemplazar lo negativo y consolidar lo positivo, es hoy el candidato más jugado a la hipótesis de la crisis, mientras que quien mejor expresa la idea de “oposición sin guerra frontal” es Macri. Si el gobierno se derrumba, el opositor con más posibilidades será aquel que se sitúe más lejos del oficialismo. Pero si esto no sucede (y nada indica que, aun con turbulencias, vaya a suceder), sería esperable que la demanda social apunte al “cambio con continuidad”, lo que dejaría mejor ubicado al candidato más moderado. En 2013 parecía ser Massa, pero en el último año Macri ha sido muy eficaz en empujarlo hacia una de las esquinas del mapa. 



1 comentario:

  1. Hoy por hoy y como viene la mano,pareciera que la cosa se divide entre malparidos y gente que mantiene cierta dosis de dignidad

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