EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

domingo, 22 de febrero de 2015

Marchó el núcleo duro opositor... y fueron lo mismo antes, durante y después de la marcha... las mismas consignas, las mismas intenciones, el mismo vacío político...





 

 

Marcha, discursos y esa cosa blanda

Daniel Cecchini para Miradas al Sur

En El hombre unidimensional, publicado en 1964, el filósofo Herbert Marcuse decía, refiriéndose al discurso de las clases dominantes, de sus representantes políticos y de los medios de comunicación del establishment: “Su universo del discurso está poblado de hipótesis que se autovalidan y que, repetidas incesante y monopólicamente, se tornan en definiciones hipnóticas o dictados”. En otras palabras, Marcuse está hablando de la creación del sentido común, una producción vertical e impuesta por quienes tienen el poder de la reproducción de la palabra. Podría decirse que los sujetos del sentido común no hablan, sino que son hablados por ese discurso.

En su masividad, la marcha del miércoles pasado estuvo poblada de diversidades. La convocatoria de unos pocos fiscales –desconocidos para la inmensa mayoría de los argentinos– motorizada por los medios hegemónicos y desde las redes sociales sirvió de recipiente para la expresión de variopintos descontentos. Hubo, claro, quienes quisieron expresar su solidaridad con los familiares del fiscal Alberto Nisman, cuya muerte se convirtió en el gran paraguas de la movilización. Pero junto a ellos marcharon muchos otros. Estuvieron los enemigos viscerales del kirchnerismo, los típicos caceroleros –por una vez silenciosos– que fueron con la clara intención de limar al Gobierno; también hubo quienes marcharon para hacer notar que se sienten inseguros, que no confían en las fuerzas de seguridad ni en la Justicia, dos elementos que meten en la misma bolsa y cuyo mal o buen funcionamiento atribuyen, en una simplificación falaz, al Gobierno. Y también quienes quisieron quejarse de supuestas corrupciones, crispaciones y otras ones varias. Muy pocos jóvenes, mayoría de mayores de cuarenta, mayoría de clase media, mayoría de debutantes en este tipo de movilizaciones. En fin, una marcha de eso que suele llamarse “la gente”. 

Pero también hubo otras presencias. Una de ellas fue la de los políticos de la oposición, haciendo el acting de ciudadanos comunes autoconvocados para rendir “homenaje” a un fiscal que mantuvo inmovilizada la causa AMIA durante una década, autor de una acusación judicialmente insostenible y asiduo concurrente a la Embajada de los Estados Unidos, todos hechos olvidados por la alquimia de una muerte dudosa que les permitió devenirlo héroe. La otra presencia fue la de las cámaras de televisión y sus extensiones: los periodistas de estudio y los movileros.
Fueron esas otras presencias –sobre todo la última, la de las cámaras de los medios hegemónicos y sus apéndices zocaleros– las encargadas de subsumir la diversidad en un solo discurso que, elaborado desde una clara intencionalidad política, hicieron que, devuelto a la calle y los paraguas, fuera el discurso de todos. Lo que transmitieron fue muy claro: la gente marchó indignada porque Nisman había denunciado a la Presidenta y (a raíz de eso) terminó muerto. Por lo tanto, a los responsables de la muerte de Nisman –sin importar si se trató de un suicidio o de un homicidio– hay que buscarlos en el Gobierno. 

En definitiva, volviendo a Marcuse, lo que lograron fue la autovalidación de una hipótesis que, mediante una repetición incesante y monopólica, convirtieron en un hecho. Y eso fue lo que le hicieron decir al sentido común de “la gente”.
En medio de las discusiones de estos días sobre si hay o no una movida desestabilizadora o destituyente, y si en ese marco la marcha pudo o no ser utilizada en ese sentido, para este cronista no hay dudas: más allá de las diversas intencionalidades de los concurrentes, la marcha (su utilización política y mediática) debe leerse como un eslabón más –pero muy grueso– en la cadena de hechos y discursos con que se intenta provocar un golpe blando.
Por estos días, desde la oposición y los medios hegemónicos también se dijo que esa hipótesis –la del golpe blando– no tiene asidero. Que es ridícula cuando se sabe que el Gobierno cumplirá su mandato en diciembre y que incluso antes, apenas realizadas las elecciones, perderá casi toda su capacidad de maniobra. Que a nadie, se insistió, le conviene destituir al Gobierno.

Es evidente que a la oposición –y a sus presidenciables– no le conviene tal cosa. Nada le daría mayor legitimidad al próximo presidente que asumir el cargo luego de ganar unas elecciones limpias y pacíficas, sin ruidos institucionales que las empañen.
Tampoco les convendría tal cosa a ciertos sectores del poder económico. En sus cálculos electorales, el kirchnerismo puro no tiene continuador con posibilidades de mantener el rumbo de este gobierno. Para ellos, gane quien gane –se trate de Scioli, de Massa, de Macri o de cualquiera de los presidenciables del Unen–, el próximo gobierno volverá, con matices según quien sea el triunfador, al redil del neoliberalismo, aunque más atenuado si se lo compara con el salvajismo de los ’90.

Entonces, ¿para qué promover un golpe blando? La respuesta también es clara: para dar una lección, para dejar sentada una advertencia al próximo ocupante de la Casa Rosada. Para decirle que todo va andar bien, en tanto y en cuanto no saque los pies ese plato cuya circunferencia está delineada por los grupos económicos más concentrados y los medios que les son funcionales, porque les pertenecen.

No hay que remontarse muy atrás para encontrar un antecedente. ¿Qué otro sentido tuvo la movida económica destituyente contra Alfonsín que marcarle la cancha a Menem? Con la caída de Alfonsín, a Menem le dijeron lo que tenía que hacer. Y Menem lo hizo...


Catalizador
Por Carlos Villalba para Miradas al Sur

La dinámica de la política no está determinada por las reglas de la química. Sin embargo, no pocas veces se registran episodios con lógicas semejantes a las que determinan las reacciones de la materia. Hay escenarios más propicios que otros para que la construcción de la realidad se aleje cada vez más de los hechos reales.
El 18 fue un miércoles de ceniza pasado por agua en la Ciudad de Buenos Aires. También fue una jornada en la que una multitud decidió participar de una marcha convocada desde la consigna “Homenaje al fiscal Nisman. Marcha de Silencio”. Contra las previsiones de gorilismo extremo, insultos a la Presidenta y reclamos golpistas, que caracterizaron cacerolazos y adhesiones a las patronales del campo durante el conflicto por las retenciones a las exportaciones al poroto de soja, la movilización respetó los pedidos antipartidistas surgidos desde la familia Nisman, más que del pequeño grupo de fiscales convocantes.

En el mar de gente, se diluyeron las figuras. Apenas bajo los focos televisivos posteriores los aspirantes a candidatos se animaron a hacerse ver. No sirve entrar en la descripción de los acontecimientos realizados por el periodismo que convierte en “histórico” cualquier hecho que se oponga al Gobierno con la misma liviandad con que usan ese adjetivo tras el resultado de una noche de verano futbolístico. Tampoco es útil la comparación, con parámetros de verdulería, de una plaza con otra, una marcha con otra. Ya vendrán las movilizaciones kirchneristas y lo que sí sucederá es que ante la misma cantidad o el doble de gente, quienes ayer aventuraban la cifra de 400.000 personas, la reducirán a 80.000.

La crisis del 2001 al 2003 licuó la organicidad de los partidos políticos; la dictadura ya había cambiado los comportamientos de los simpatizantes, dando por tierra, por ejemplo, con aquel famoso “voto cautivo” de las expresiones mayoritarias; sucesivas elecciones mostraron corrimientos de los electorados, hasta caer en el pozo del desencanto. El 25 de mayo de 2003, aquel auto negro que llevó a un pingüino y su esposa hasta el Congreso de la Nación y de allí a la Casa Rosada, también transportó el renacer de la política en la Argentina.

Aunque la política es de todos, solo el Gobierno, su frente partidario y sus organizaciones sociales lograron consolidarse, darse organicidad, acumular capacidad de convocatoria y movilización y sostenerse en el tiempo. Los partidos opositores se mantuvieron desdibujados. Un escenario político sin partidos sólidos que puedan discutirle propuestas al Gobierno es un escenario sin intermediaciones entre los intereses de las franjas disconformes con el oficialismo y las autoridades. Sobre todo, es un espacio vacío disponible para el asalto directo de los sectores económicos que no están dispuestos a tolerar procesos de redistribución de la riqueza.

Esa es la cancha, lo fue antes de fin de año, lo será a lo largo de todos los meses preelectorales y, también, en el momento exacto del disparo que produjo la muerte del fiscal Alberto Nisman. El silencio como herramienta de presión, tras objetivos pertinentes, es un arma efectiva. Reclamar justicia siempre lo es, aunque, claro, los cinco que primero la pidieron antes la trabaron, distrajeron, impidieron, en la causa AMIA o en otras.

El silencio muestra por ausencia. Del mismo modo que desmintió muchos de los preconceptos descalificadores previos, sólo en el relato de los constructores de la realidad mediática la marcha del miércoles 18 se convirtió en un acto masivo de repudio a las políticas del gobierno de Cristina Kirchner y de acusación directa hacia esa cima por la muerte del responsable de la Causa AMIA y denunciante presidencial.

 Los jefes políticos de las oposiciones se movieron con cuidado; fueron, pero se mantuvieron en un segundo plano. Ya habían recibido un sablazo de la ex mujer de Nisman cuando la llevaron a su audiencia parlamentaria y los incluyó en la bolsa de los que no deben entorpecer las investigaciones; el día anterior, la jueza Sandra Arroyo Salgado volvió a pedir la abstinencia de las banderías. Sabían que, igual, tenían asegurada la foto. Los canales que los impulsan, después de la marcha, pondrían los reflectores sobre sus propias interpretaciones de lo sucedido. 

Catálisis es el proceso por el cual se aumenta o disminuye la velocidad de una reacción química, producto de una sustancia llamada catalizador. Sin partidos políticos capaces de representar y organizar demandas concretas de distintos sectores sociales que quieren diferenciarse del Gobierno, oponerse, cambiar su signo en el siguiente turno electoral, hechos como los de inseguridad, demandas sectoriales como las de las patronales del campo o la muerte de un fiscal que acababa de denunciar a la Presidenta se convierten en la vía que canaliza descontentos, a veces con precisión o con consignas variadas y hasta contradictorias; a veces en silencio. 

Algo importante de este proceso químico es que el catalizador no se modifica durante la reacción química y una vez producida seguirá siendo el mismo. Pasó el 18F. La muerte de un fiscal, manipulada con descaro, utilizada y convertida en acusación antigubernamental, habrá facilitado la expresión respetuosa de un sector de la población que está indignado con lo sucedido y que, además, encontró en ese repudio la forma de expresar su rechazo a un gobierno, a todas o algunas de sus políticas.

El día después, los distintos componentes vuelven a ser exactamente lo que eran la jornada anterior, como en el proceso de catálisis. La operación de los sectores económicos más poderosos de la geopolítica continental –con la CIA incluida– y sus socios locales seguirá en marcha, para tratar de evitar que el modelo kirchnerista, de redistribución con inclusión, continúe después del 10 de diciembre, con una etapa de profundización de lo actuado. 

Esas caras opositoras perdidas bajo los paraguas de la prudencia seguirán su danza de acuerdos y desacuerdos, y el aparato de comunicación de los grupos económicos mantendrá su lucha por lograr que todos sean uno y junten los votos para reemplazar aquella bandera negra con letras blancas, por un programa económico de retorno al modelo de endeudamiento y exportaciones básicas, con empobrecimiento y exclusión de grandes sectores populares. Buscarán alcanzar el imposible que solo logró el silencio. La propuesta, que es la forma de hacer política –y no química–, necesita palabras, consignas, cánticos, gritos que la expresen, además de dirigentes, organización y movilización.

Fuente: Miradas al Sur 



3 comentarios:

  1. La pregunta que nos debemos hacer es por qué razón un tipo tan inoperante y manipulable como Nisman estaba la frente de la causa AMIA.

    ResponderEliminar
  2. http://elblogdelfusilado.blogspot.com.ar/2015/02/bueno-y-ahora-que.html

    ResponderEliminar

  3. http://www.infonews.com/2015/02/15/politica-186023-marcha-contra-los-suicidas.php

    ResponderEliminar