FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

domingo, 30 de noviembre de 2014

CUANDO LA POESÍA ES LIBERACIÓN, ES POESÍA Y ES POLÍTICA. Juan Gelman... El emotivo corto San Perón y un blues instrumental memorable..




http://tra46.blogspot.com.ar/2011/09/la-aspiracion-del-poeta.html



...mientras el dictador o burócrata de turno hablaba en defensa del desorden constituido del régimen él tomó un endecasílabo o verso nacido del encuentro, entre una piedra y un fulgor de otoño. Afuera seguía la lucha de clase, el capitalismo bruta, el duro trabajo, la estupidez, la represión, la muerte, las sirenas policiales cortando la noche, él tomó el endecasílabo y con mano hábil lo abrió en dos cargando de un lado más belleza y más belleza del otro, cerró el endecasílabo, puso el dedo en la palabra inicial, apretó la palabra inicial apuntando al dictador o burócrata salió el endecasílabo, siguió el discurso, siguió la lucha de clases, el capitalismo brutal, el duro trabajo, la estupidez, la represión, la muerte, las sirenas policiales cortando la noche este hecho explica que ningún endecasílabo derribó hasta ahora a ningún dictador o burócrata aunque sea un pequeño dictador o un pequeño burócrata/y también explica que un verso puede nacer del encuentro entre una piedra y un fulgor de otoño o del encuentro entre la lluvia y un barco y de otros encuentros que nadie sabría predecir, o sea los nacimientos,  casamientos, los disparos de la belleza incesante






Mike White, Steve White  & Rich Bryant

sábado, 29 de noviembre de 2014

LA NACIÓN LE TOMA EL PELO AL 99% DE LA POBLACIÓN ESTIMULANDO LOS DESEOS MEDIOPELO. UNA ZONCERA MÁS PARA LA LISTA. Segunda entrega




Vacaciones en tiempos de crisis: nuevos hábitos se imponen esta temporada


"La crisis afecta mal. Directamente, ni te vas. Los chicos este año van al campo de sus abuelos. El resto, a seguir trabajando", resume Mariana Canda, de 40 años, directora de una agencia de prensa y comunicación.
A distintas escalas, las estilos de vereneo se van transformando para las diversas clases sociales. El alquiler en countries también es una modalidad en crecimiento, de la que se benefician dos familias. Los inquilinos eligen pasar más días de descanso por precios más accesibles que en los lugares de veraneo, sobre todo si se prioriza una casa amplia y con todas las comodidades. Y los dueños, que años atrás cerraban sus casas a la hora de viajar, ahora las alquilan para tener un ingreso que ayude a financiar sus gastos de vacaciones.
Este año probará la experiencia Romina, una psicóloga de 34 años que vive en un barrio privado de Tigre y que por primera vez no se instalará todo enero en Punta del Este con su marido y tres hijos. "Las cuentas no dan y hay que recurrir a métodos nuevos, hace un tiempo me hubiera parecido una locura, ahora me parece una salida interesante. Lleva mucha logística, primero porque hay que guardar todo lo personal, desde ropa hasta fotos y recuerdos. Además tengo que dejar la casa todo el mes y a Punta sólo vamos a poder ir 15 días...la otra quincena, estaremos instalados en el campo de unos amigos". A cambio de esta "movida", recibirá 45.000 pesos de alquiler, más un depósito de 13.000 de cobertura por si no le devuelven su vivienda en las mismas condiciones.

Leer nota completa y a los propios forista de La Nación:

http://www.lanacion.com.ar/1745943-vacaciones-en-tiempos-de-crisis-nuevos-habitos-se-instalan-para-la-temporada-2015

RELATO POLÍTICO: El Peluquero Vendrá de Guillermo Martínez y un blues conmovedor , dueto que armaron Larry Carlton y Robben Ford. Desde Australia nos lo recomineda Javier "Paco" Miró













Es de mañana y el hombre de bata azul, al que ahora todos llaman el Viejo, acaba de pasar casi una hora en el corral, alimentando a los conejos. Sale al jardín, donde está su esposa entre las plantas, y se agacha a su lado, frente a un cactus recién trasplantado. Un mechón de pelo lacio y gris le cae sobre los lentes. Tiene los dedos sucios y trata de quitárselo, molesto, con el dorso de la mano, pero el mechón vuelve a caer. Voy a necesitar un peluquero, dice, y conversan por un momento sobre el asunto. Los dos coinciden en que es peligroso salir. No pasaron tres meses del ataque a la casa, y todavía están a la vista, en las paredes de adobe del dormitorio y en los postigos blindados de las ventanas, los abanicos de agujeros que dejaron las balas. La organización, aún desperdigada, alcanzó a reunir en este tiempo el dinero para fortificar la quinta. Levantaron la pared externa, construyeron un refugio con techo de cemento armado, cambiaron el portón de madera por puertas de acero con alarma eléctrica, erigieron tres nuevas torretas para dominar las calles laterales. Todavía, entre las torres, tendieron alambres de púas y redes flexibles para rechazar granadas. El gobierno de ese país caluroso y exótico, el único que aceptó recibirlos, avergonzado por el ataque, triplicó el número de guardias. Y aun así, él sabe que está condenado. Soy un militar, contestó a un diario hace poco, y puedo observar que todas las cartas están en mi contra . Sabe, también, que es el último de los históricos: a todos los demás ya los han alcanzado. Está solo, escribe su mujer, y caminamos por este jardín tropical rodeados de fantasmas con la frente agujereada . La casa es ahora una fortaleza, sí, pero toda fortaleza es al mismo tiempo una prisión. Ya no pueden pensar en salir. No te preocupes, dice la mujer, yo lo voy a arreglar: el peluquero vendrá.


El hombre entra en la casa y se dirige por un pasillo hacia la segunda prisión, más íntima, que es su estudio. Como parte de la rutina, entreabre al pasar la puerta del cuarto donde duerme su nieto y espera hasta que ve alzarse su pecho con la respiración. Una de las balas lo hirió en un pie durante el ataque, pero ya pasaron las noches de pesadillas y ahora duerme otra vez hasta tarde, protegido en el sueño y la infancia. Sieva es lo único que les queda vivo de sus hijos. Los tres, uno tras otro: muertos, muertos, muertos, ya forman parte también de la fila de fantasmas.


En su escritorio lo espera la pila de periódicos, su máquina de escribir, los quevedos para leer y los recortes subrayados: debe preparar las notas para el artículo que dictará a la tarde, sobre la movilización de tropas norteamericanas. Sólo se interrumpe para el almuerzo: despide a Sieva, que va a la escuela, y le pregunta a su mujer si pudo llamar al peluquero. Ella asiente: el peluquero vendrá, en algún momento de la tarde.


Segunda sesión de trabajo después del almuerzo. Ahora está sumergido en lo que -espera- será su libro definitivo, el documento detallado de la gran historia, su denuncia final. Pasan lentamente las horas. Un poco después de las cinco le avisan desde la entrada que tiene una visita. ¿Es el peluquero? No: es Jacson Mornard, el novio de su secretaria. Aquella visita es imprevista, pero sale al jardín para recibirlo. Es agosto, la época de las lluvias, y Jacson aparece con un impermeable doblado sobre el brazo. Es la primera vez que lo ve a solas. Su secretaria lo introdujo no hace mucho al grupo y a todos les resulta encantador: le regaló a Sieva un avioncito que planea, los lleva y trae en su enorme Buick, y aunque al principio sólo parecía interesado en los deportes y los autos, de a poco se fue acercando al movimiento. Viene a despedirse, está por viajar a Nueva York, y le trae una pequeña sorpresa: el primer artículo político que ha escrito, contra la teoría del "tercer campo". ¿Sería tan amable de darle una mirada?


Los dos entran al estudio, y el Viejo se instala en su sillón. Muy cerca está el dictáfono, con los rollos impresos, y abandonada junto a los rollos, su automática calibre 25. En el cajón de la mesa guarda otro revólver, un Colt 38. Las dos armas están cargadas, con seis tiros. El Viejo se ajusta los lentes y se inclina para leer la primera página. Jacson se aproxima a su lado, como si quisiera seguir la lectura sobre su hombro. El Viejo no alcanza a ver el giro del brazo pero escucha el ruido horroroso del golpe que abre su cabeza y siente la punta cruel de hierro que penetra en su cráneo. Uno de los custodios escucha un gemido espantoso, largo, mitad grito y mitad llanto. El Viejo trata de luchar con Jacson y la sangre que mana de su cabeza empieza a manchar su bata azul. Llegan los guardas y golpean a Jacson hasta destrozarle la cara. El Viejo queda tirado en el suelo. También caído, junto al escritorio, ve el pico de albañil, el piolet de hierro con el que Jacson acaba de atacarlo. Su esposa acude, desesperada, y trata como puede de contener la sangre mientras llega la ambulancia. Aparece Sieva, que vuelve de la escuela, y se asoma al estudio. El Viejo, con un susurro, pide que lo aparten. Llega por fin una ambulancia, que lo lleva a través de la ciudad, con las sirenas aullantes, hasta el hospital. El brazo izquierdo del Viejo está paralizado y su brazo derecho hace un extraño movimiento reflejo circular, sin poder detenerse. Cómo estás, le pregunta su mujer, aterrada. "Mejor, mejor." Lo depositan en una camilla y empiezan los preparativos para una trepanación de urgencia. Una enfermera se acerca con unas tijeras y le corta por detrás los primeros mechones grises, que caen ensangrentados sobre la camilla. El Viejo mira a su mujer con una sonrisa triste. Llegó el peluquero, murmura.

  • Lev Davidovich Bronstein, de 60 años, más conocido como León Trotski, no sobrevive al ataque y muere al día siguiente, el 21 de agosto de 1940. El verdadero nombre de Jacson Mornard era Ramón Mercader. Todos los datos de este relato están extraídos del libro Trotski , México, 1937-1940, de Alain Dugrand y otros (Siglo XXI editores, 1992).

Paco Miró recomienda que luego de leer este enorme relato político del bahiense Guillermo Martínez te tomés ocho minutos y disfrutes...



viernes, 28 de noviembre de 2014

MIENTRAS LA RUNFLA NEOLIBERAL PRETENDE VOLVER A LA MATRIZ DE LOS NOVENTA, MASSA, SANZ, MACRI, BINNER, COBOS, MOYANO Y EL MOMO SE PONEN A SU SERVICIO…



ESTE ES LO QUE SE JUEGA. Poder Popular vs Poder Real


No hay debate, el mercado (Poder Real) le va a ganar al 

Estado (Poder Popular), afirmó Betnaza


Con la presencia del CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto, el establishment marcó los lineamientos centrales en materia política. Escucharon el jefe de gobierno Mauricio Macri, los radicales Julio Cobos y Ernesto Sanz, y el legislador, Sergio Massa. 


"Yo no creo que haya un debate entre el Estado y el Mercado. Creo que el Mercado le va a ganar al Estado, y el debate es cómo liberar las fuerzas del mercado para producir", señaló el vicepresidente de la Unión Industrial Argentina (UIA) y hombre fuerte de Techint, Luis Betnaza, en el Foro de Convergencia Empresarial a los principales candidatos de la oposición. Algunos de los políticos que asistieron al salón Juan Pablo II de la Universidad Católica Argentina (UCA) fueron Mauricio Macri, Sergio Massa, Ernesto Sanz, Julio Cobos y Hermes Binner, sentados junto a empresarios como el director de Swiss Medical, Miguel Blanco, y el CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto. Los empresarios hablaron del futuro del país y de la agenda de cada sector para después de 2015.

El titular de la Asociación Empresaria Argentina (AEA), Jaime Campos, consideró que el punto central del desarrollo es el fortalecimiento de las instituciones. "Con una real división de los Poderes del Estado podremos asegurar que las reglas del juego se mantengan", sostuvo. Cada uno de los empresarios mostró las supuestas potencialidades de su sector. Tomás Bulat, el coordinador del segundo panel dijo que "creemos que somos un país rico y eso no es cierto. La diferencia la hacen las empresas y el trabajo. Falta institucionalidad e inserción en el mundo", concluyó el periodista. Los empresarios presentaron una serie de estimaciones propias en caso de aplicar un programa económico de liberalización económicaBulat insistió en lo que repitieron todos los empresarios: "Si se libera el mercado se puede integrar en total a 300 mil nuevos trabajadores formales, para lo que es importante invertir. Más inversión implica más crecimiento, empleo y mejores salarios", sentenció el periodista.








Fuente: Infonews





MAESTROS DEL BLUES: Juan Carlos “Black” Amaya




Su nombre verdadero es Juan Carlos Amaya, nació en el barrio de Palermo en Capital federal el domingo 20 de Agosto de 1950.  A los pocos meses de vida de Black,  se mudan al barrio de Mataderos,  en esta etapa es cuando se despierta su pasión por la música,  siendo muy pequeño comienza sentir curiosidad por las melodías en ingles al escuchar por la radio a Paul Anka y Neil Sedaka.  Al cumplir los 12 años se mudan a Villa Insuperable (Pcia de Bs As).  Aquí comienza su interés por la música definitivamente. Se inventaba sus propias baterías con latas de dulce de batatas y baldes y forma un trío con su primo Juan Carlos Pérez y su mejor amigo El negro Abelardo, dos guitarras criollas y él con su “batería”. A los 14 años le piden permiso a sus padres unos músicos de un grupo de cumbia del barrio de San Justo, mayores todos, para que lo dejen tocar las timbaletas porque se venían los carnavales y no tenían otro a quien llamar, se llamaban Los 5 del Trópico. Pero al pequeño Black lo que más le gustaba era la batería y el rock de esos años. En 1964 se hizo amigo de los hermanos Bruno y Oscar Baldiga,  este último era el más grande. El trío se iba al puerto de Madero a esperar el barco que traía discos de las bandas que estaban sonando en el mundo, Beatles, Stones, The Who, Kinks, Yardbirds. En 1966 descubre la música de Los Rolling Stones y los toma como sus ídolos eternos y especialmente Charlie Watts, su baterista. A los los 17 años sus padres se mudan nuevamente a la capital,  al barrio Chacarita, a La Colectiva, lugar histórico, ya que por su casa pasaron Pappo, Luis Alberto Spinetta, y muchos amigos, como el Bocón Frascino, Héctor Starc, lugar de encuentros, soñando formar “la banda”.. Al mudarse a Chacarita, su padre, cansado de que su hijo no estudiara ni trabajara, le compra al fin, su primera batería, una Rex, para que trabaje de músico y que se vaya de su casa. A partir de ese momento su carrera musical empieza de la mano de Hector Starc con quien integro su primer grupo de rock y blues “Las Piedras”, obviamente haciendo covers de los Rolling Stones. Después de varias actuaciones en los barrios de Mataderos y Flores les llega una propuesta del sello discográfico Music Hall, se presentan con el nombre de Los Grillos, su cantante y líder Carlos Amado,(el que bautizo a Black con su nombre de el “negro Black”), compuso los temas en castellano, buscaban una banda que cantaran en castellano al estilo de Los Gatos, que ya eran muy conocidos. Carlos había jurado que si no contrataban al grupo se iría al Brasil, y así fue, nos dijeron que no les interesaban Los Grillos.





A partir de la separación de Los Grillos, Black trabajó como sesionista con solo 17 años,  siempre tocando junto a Héctor Starc, este lo llamó para remplazar a Corre en Los Walkers,  pero no tocaron nunca en vivo.  Starc le presenta a Machy Rufino y forman Trieste,  mas tarde acompañaron a Mario Maudino,  que después fue Fernando de Madariaga versionando temas de Wilson Picket,  James Brown,  Tom Jones,  Marvin Gaye. Más tarde acompaño a  ”Las Medias Negras”, un grupo de chicas con bastante éxito en los años 60 y a un cantante de baladas,  el paraguayo Rolando Percy.  En este tiempo es donde Starc le presenta a Pappo y a Billy Bond con este último se incorpora a la banda y graba su primer simple llamado “No Pibe”.  Luego, Billy les ofrece tocar todas las noches en “La Cueva de Once”,  como grupo estable de este lugar muy de moda,  con Héctor Starc y el Pasto en bajo en el lugar tocaban varias bandas del naciente Rock argentino como Almendra,  Los Gatos,  Manal,  Moris,  Sandro entre otros.

La Pesada del Rock and Roll

Durante sus primeros años,  La Pesada fue un grupo abierto. Tanto en sus actuaciones como en grabaciones,  contó con la presencia eventual de músicos destacados de la escena rockera de aquellos tiempos, constituyendo así una especie de seleccionado del rock nacional. En ese entonces Billy comienza a darle forma a su proyecto de La Pesada del Rock and Roll.  Black, junto a Isa Portugueiz son los que tocaban en los shows en vivo de La Pesada cuando los demás no podían. Black grabó la pandereta y percusión en el tema “El Parque” y la batería en el disco “Buenos Aires Blues” junto a Donna Carol. Transcurriendo el año 1970, fue uno de los “bateros” más estables de esta banda, mientras alternaba zapadas con músicos como Moris, Charly García, Rino Rafanelli, Alejandro Medina, Jorge Pinchevsky y todos los músicos famosos que frecuentaban tocar en la famosa Cueva de Billy Bond. De esa cantera se nutrió inicialmente La Pesada, dando oportunidad a todos ellos de tocar y crear dentro de un contexto caracterizado por su espontaneidad. El segundo disco de la banda, conocido como La Oreja refleja el clima de las “Zapadas” en las que intervinieron todos esos músicos. A mediados del año 1971 Luis Alberto Spinetta, en una de las tantas zapadas que hacia Pappo en su casa, convoca a Black para formar una banda que después seria Pescado Rabioso. Luego de ofrecerle el puesto de bajista a Alejandro Marassi (ex La Banda del Oeste) Black le recomienda a Luis al Bocón Frascino para que toque el bajo. Una vez conformado el trío, Jorge Pistocki les alquila una quinta en Castelar para que compongan el material para el primer disco. Después de debutar en un pequeño pub de Castelar y de ser presentado a la prensa en octubre de 1971, viajan a Punta del Este y tocan en recién inaugurado Teatro Concorde. Al quedarse sin dinero en Uruguay, Carlos Paez Vilaro les ofrece tocar en Casa Pueblo para poder cobrar un dinero y así volver a la Argentina. Ya instalados nuevamente en su país debutan en el Cine Teatro Metro el 5 de Mayo 1972. Posteriormente se presentaron en el Festival B.A. ROCK III que se realizó en el estadio de Argentinos Juniors. Sus actuaciones continuaron en la ciudad de La Plata y nuevamente en el Metro.
El 23 de julio de 1972 el trío logró reunir a más de 1.000 personas en el teatro Atlantic. Poco tiempo después ingresaron a los estudios Phonalex para registrar su placa debut. En ese momento se sumó Carlos CUTAIA (teclados) para participar del tema Serpiente (viaja por la sal), quedando luego como miembro estable de la banda. El disco se llamó Desatormentándonos y lo editó el sello Microfón en noviembre de 1972. Según Black esta etapa de Pescado nuevamente en trío, fue muy productiva para Luis principalmente y a su vez también para Black, con esta formación, hicieron varias presentaciones, en el Teatro Olympia de la calle Sarmiento Al irse Bocon, mas tarde se suma a la banda David Lebón.
La unión se llevó a cabo en medio de la grabación del segundo disco que llevó por título Pescado 2 editado por el sello discográfico como álbum doble. Comenzó a grabarse en los estudios Phonalex en noviembre del 1972 y se concluyó a fines del mes de enero de 1973. Poco tiempo después el grupo se disolvió. En año 2009 Luis Alberto Spinetta convoca a Pescado Rabioso a tocar en Vélez Sarsfield dentro del marco de las bandas eternas. Esta sería la última actuación en vivo de la banda después de 36 años de no tocar juntos, Pescado Rabioso fue uno de los más esperados de la noche por muchos fans, de la vieja guardia y los más jóvenes también.





Fuente: http://www.blackamaya.com.ar/

jueves, 27 de noviembre de 2014

El mundo se acerca a niveles de desigualdad similares a los de la época victoriana. Creyendo combatir a Marx, el capitalismo, sin prisas pero sin pausas, le está dando la razón



por Thomas Piketty, Profesor de la École des Hautes Études en Sciences Sociales y la Paris School of Economics, para Le Monde diplomatique Cono Sur.


Con su libro El capital en el siglo XXI, próximo a ser publicado por Fondo de Cultura Económica, Thomas Piketty produjo una conmoción. Su tesis es que en el largo plazo la renta del capital es superior al crecimiento y que, por lo tanto, la riqueza tiende a concentrarse. Luego de un período excepcional explicado por las dos guerras mundiales, el mundo se acerca a niveles de desigualdad similares a los de la época victoriana.
La distribución de la riqueza es una de las cuestiones más controversiales y debatidas en la actualidad. Pero, ¿qué se sabe realmente de su evolución a lo largo del tiempo? ¿Acaso la dinámica de la acumulación del capital privado conduce inevitablemente a una concentración cada vez mayor de la riqueza y del poder en unas cuantas manos, como lo creyó Marx en el siglo XIX? O bien, ¿acaso las fuerzas que ponen en equilibrio el desarrollo, la competencia y el progreso técnico llevan espontáneamente a una reducción de las desigualdades y a una armoniosa estabilización en las fases avanzadas del desarrollo, como lo pensó Kuznets en el siglo XX? ¿Qué se sabe en realidad de la evolución de la distribución de los ingresos y de la riqueza desde el siglo XVIII, y qué lecciones podemos sacar para el siglo XXI?


Éstas son las preguntas a las que intento dar respuesta en este libro. Digámoslo de entrada: las respuestas presentadas son imperfectas e incompletas, pero se basan en datos históricos y comparativos mucho más extensos que todos los trabajos anteriores –abarcando tres siglos y más de veinte países–, y en un marco teórico renovado que permite comprender mejor las tendencias y los mecanismos subyacentes. El crecimiento moderno y la difusión de los conocimientos permitieron evitar el apocalipsis marxista, mas no modificaron las estructuras profundas del capital y de las desigualdades, o por lo menos no tanto como se imaginó en las décadas optimistas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Cuando la tasa de rendimiento del capital supera de modo constante la tasa de incremento de la producción y del ingreso –lo que sucedía hasta el siglo XIX y amenaza con volverse la norma en el siglo XXI–, el capitalismo produce mecánicamente desigualdades insostenibles, arbitrarias, que cuestionan de modo radical los valores meritocráticos en los que se fundamentan nuestras sociedades democráticas. Sin embargo, existen medios para que la democracia y el interés general logren retomar el control del capitalismo y de los intereses privados, al mismo tiempo que mantienen la apertura económica y evitan reacciones proteccionistas y nacionalistas. Este libro intenta hacer propuestas en este sentido, apoyándose en las lecciones de esas experiencias históricas, cuyo relato constituye la trama principal de la obra.


¿Un debate sin fuente?


Durante mucho tiempo los debates intelectuales y políticos sobre la distribución de la riqueza se alimentaron de muchos prejuicios y de muy pocos hechos.

Desde luego, cometeríamos un error al subestimar la importancia de los conocimientos intuitivos que desarrolla cada persona acerca de los ingresos y de la riqueza de su época, en ausencia de todo marco teórico y de toda estadística representativa. Veremos, por ejemplo, que el cine y la literatura –en particular la novela del siglo XIX– rebosan de informaciones sumamente precisas acerca de los niveles de vida y fortuna de los diferentes grupos sociales, y sobre todo acerca de la estructura profunda de las desigualdades, sus justificaciones y sus implicaciones en la vida de cada uno. Las novelas de Jane Austen y de Balzac, en particular, presentan cuadros pasmosos de la distribución de la riqueza en el Reino Unido y en Francia en los años de 1790 a 1830. Los dos novelistas poseían un conocimiento íntimo de la jerarquía de la riqueza en sus respectivas sociedades; comprendían sus fronteras secretas, conocían sus implacables consecuencias en la vida de esos hombres y mujeres, incluyendo sus estrategias maritales, sus esperanzas y sus desgracias; desarrollaron sus implicaciones con una veracidad y un poder evocador que no lograría igualar ninguna estadística, ningún análisis erudito.


En efecto, el asunto de la distribución de la riqueza es demasiado importante para dejarlo sólo en manos de los economistas, los sociólogos, los historiadores y demás filósofos. Atañe a todo el mundo, y más vale que así sea. La realidad concreta y burda de la desigualdad se ofrece a la vista de todos los que la viven, y suscita naturalmente juicios políticos tajantes y contradictorios. Campesino o noble, obrero o industrial, sirviente o banquero: desde su personal punto de vista, cada uno ve las cosas importantes sobre las condiciones de vida de unos y otros, sobre las relaciones de poder y de dominio entre los grupos sociales, y se forja su propio concepto de lo que es justo y de lo que no lo es. El tema de la distribución de la riqueza tendrá siempre esta dimensión eminentemente subjetiva y psicológica, que irreductiblemente genera conflicto político y que ningún análisis que se diga científico podría apaciguar. Por fortuna, la democracia jamás será reemplazada por la república de los expertos.


Por ello, el asunto de la distribución también merece ser estudiado de modo sistemático y metódico. A falta de fuentes, de métodos, de conceptos definidos con precisión, es posible decir todo y su contrario. Para algunos las desigualdades son siempre crecientes, y el mundo cada vez más injusto, por definición. Para otros las desigualdades son naturalmente decrecientes, o bien se armonizan de manera espontánea, y ante todo no debe hacerse nada que pudiera perturbar ese feliz equilibrio. Frente a este diálogo de sordos, en el que a menudo cada campo justifica su propia pereza intelectual mediante la del campo contrario, existe un cometido para un procedimiento de investigación sistemática y metódica, aun cuando no sea plenamente científica. El análisis erudito jamás pondrá fin a los violentos conflictos políticos suscitados por la desigualdad. La investigación en ciencias sociales es y será siempre balbuceante e imperfecta; no tiene la pretensión de transformar la economía, la sociología ni la historia en ciencias exactas, sino que al establecer con paciencia hechos y regularidades, y al analizar con serenidad los mecanismos económicos, sociales, políticos que sean capaces de dar cuenta de éstos puede procurar que el debate democrático esté mejor informado y se centre en las preguntas correctas; además puede contribuir a redefinir siempre los términos del debate, revelar las certezas estereotipadas y las imposturas, acusar y cuestionarlo todo siempre. 




Marx: el principio de acumulación infinita


Cuando Marx publicó en 1867 el primer tomo de El capital, es decir exactamente medio siglo después de la publicación de los Principios de economía política y tributación de David Ricardo, había habido una profunda evolución de la realidad económica y social: ya no se trataba de saber si la agricultura podría alimentar a una población creciente o si el precio de la tierra aumentaría hasta las nubes, sino más bien de comprender la dinámica de un capitalismo en pleno desarrollo.

El suceso más destacado de la época era la miseria del proletariado industrial. A pesar del desarrollo –o tal vez en parte debido a él– y del enorme éxodo rural que había empezado a provocar el incremento de la población y de la productividad agrícola, los obreros se apiñaban en cuchitriles. Las jornadas de trabajo eran largas, con sueldos muy bajos. Se desarrollaba una nueva miseria urbana, más visible, más chocante, y en ciertos aspectos aun más extrema que la miseria rural del Antiguo Régimen. Germinal, Oliver Twist o Los miserables no nacieron de la imaginación de los novelistas, ni así lo hicieron las leyes que en 1841 prohibieron el trabajo de niños menores de ocho años en las manufacturas en Francia, o el de los menores de diez años en las minas del Reino Unido en 1842. El cuadro del estado físico y moral de los obreros empleados en las manufacturas, publicado en Francia en 1840 por el Dr. Villermé y que inspiró la tímida legislación de 1841, describía la misma realidad sórdida que La situación de la clase obrera en Inglaterra, publicado por Engels en 1845.


De hecho, todos los datos históricos de los que disponemos en la actualidad indican que no fue sino hasta la segunda mitad –o más bien hasta el último tercio– del siglo XIX cuando ocurrió un incremento significativo del poder adquisitivo de los salarios. De la década de 1800-1810 a la de 1850-1860, los salarios de los obreros se estancaron en niveles muy bajos, cercanos a los del siglo XVIII y los siglos anteriores, e incluso inferiores en algunos casos. Esta larga fase de estancamiento salarial, que se observa tanto en el Reino Unido como en Francia, es impresionante particularmente debido a que el crecimiento económico se aceleró durante ese período. La participación del capital –beneficios industriales, renta del suelo, rentas urbanas– en el producto nacional, en la medida en que se lo puede estimar a partir de las fuentes imperfectas de las que disponemos hoy día, se incrementó fuertemente en ambos países durante la primera mitad del siglo XIX. Disminuiría ligeramente en los últimos decenios del siglo XIX, cuando los salarios recuperarían parcialmente el retraso en su incremento. Sin embargo, los datos que reunimos indican que no hubo disminución estructural alguna de la desigualdad antes de la Primera Guerra Mundial. En el transcurso de 1870-1914, en el mejor de los casos se presenció una estabilización de la desigualdad en un nivel muy elevado, y en ciertos aspectos una espiral inequitativa sin fin, en particular con una concentración cada vez mayor de la riqueza. Es muy difícil decir a dónde habría conducido esta trayectoria sin los importantes shocks económicos y políticos provocados por la deflagración de 1914-1918, que a la luz del análisis histórico, y con la retrospectiva de la que disponemos hoy día, se revelan como las únicas fuerzas que podían llevar a la reducción de las desigualdades desde la Revolución Industrial.

Lo cierto es que la prosperidad del capital y de los beneficios industriales, en comparación con el estancamiento de los ingresos destinados al trabajo, era una realidad tan evidente en la década de 1840-1850 que todos estaban perfectamente conscientes de ello, aun si en ese momento nadie disponía de estadísticas nacionales representativas. Es en este contexto donde se desarrollaron los primeros movimientos comunistas y socialistas. La pregunta central es simple: ¿para qué sirvió el desarrollo de la industria, para qué sirvieron todas esas innovaciones técnicas, ese trabajo, esos éxodos, si al cabo de medio siglo de desarrollo industrial la situación de las masas siguió siendo igual de miserable, sin más remedio que prohibir en las fábricas el trabajo de los niños menores de ocho años? Parecía evidente el fracaso del sistema económico y político imperante. Esto llevó a plantearse la siguiente pregunta: ¿qué se puede decir de la evolución que tendría semejante sistema a largo plazo?


Marx se consagró a esta tarea. En 1848, en vísperas de la “Primavera de los pueblos”, ya había publicado el Manifiesto comunista
, texto corto y eficaz que se inicia con el famoso “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo” y concluye con la no menos célebre predicción revolucionaria: “[El] desarrollo de la gran industria socava bajo los pies de la burguesía las bases sobre las que ésta produce y se apropia de lo producido. La burguesía produce, ante todo, sus propios sepultureros. Su hundimiento y la victoria del proletariado son igualmente inevitables”.


En las dos siguientes décadas, Marx se dedicó a escribir el voluminoso tratado que justificaría esta conclusión, y a fundamentar el análisis del capitalismo y de su desplome. Esta obra quedaría inconclusa: el primer tomo de El capital se publicó en 1867, pero Marx falleció en 1883 sin haber terminado los dos siguientes tomos, que publicaría después de su muerte su amigo Engels, a partir de los fragmentos de manuscritos –a menudo oscuros– que dejó.


A semejanza de Ricardo, Marx basó su trabajo en el análisis de las contradicciones lógicas internas del sistema capitalista. De esta manera, buscó diferenciarse tanto de los economistas burgueses (que concebían en el mercado un sistema autorregulado, es decir capaz de equilibrarse solo, sin mayor divergencia, similar a la “mano invisible” de Smith y a la “Ley de Say”), como de los socialistas utópicos o proudhonianos quienes, según él, se contentaban con denunciar la miseria obrera, sin proponer un estudio verdaderamente científico de los procesos económicos operantes. En resumen: Marx partió del modelo ricardiano del precio del capital y del principio de escasez, y ahondó en el análisis de la dinámica del capital, al considerar un mundo en el que el capital es ante todo industrial (máquinas, equipos, etc.) y no rural, y puede, entonces, acumularse potencialmente sin límite. De hecho, su principal conclusión es lo que se puede llamar el “principio de acumulación infinita”, es decir la inevitable tendencia del capital a acumularse y a concentrarse en proporciones infinitas, sin límite natural; de ahí el resultado apocalíptico previsto por Marx: ya sea que haya una baja tendencial de la tasa de rendimiento del capital (lo que destruye el motor de la acumulación y puede llevar a los capitalistas a desgarrarse entre sí), o bien que el porcentaje del capital en el producto nacional aumente indefinidamente (lo que, tarde o temprano, provoca que los trabajadores se unan y se rebelen). En todo caso, no es posible ningún equilibrio socioeconómico o político estable.


Esta negra profecía de Marx no estuvo más cerca de ocurrir que aquella prevista por Ricardo. A partir del último tercio del siglo XIX, por fin los sueldos empezaron a subir: se generalizó la mejora del poder adquisitivo, lo que cambió radicalmente la situación, a pesar de que siguieron siendo muy importantes las desigualdades, y en algunos aspectos éstas no dejaron de crecer hasta la Primera Guerra Mundial. En efecto, la Revolución Comunista tuvo lugar, pero en el país más atrasado de Europa, aquél en el que apenas se iniciaba la Revolución Industrial (Rusia), mientras los países europeos más adelantados exploraban otras vías –socialdemócratas– para la fortuna de sus habitantes. Al igual que los autores anteriores, Marx pasó totalmente por alto la posibilidad de un progreso técnico duradero y de un crecimiento continuo de la productividad, una fuerza que, como veremos, permite equilibrar –en cierta medida– el proceso de acumulación y de creciente concentración del capital privado. Sin duda carecía de datos estadísticos para precisar sus predicciones. Sin duda también fue víctima del hecho de haber fijado sus conclusiones desde 1848, aun antes de iniciar las investigaciones que podrían justificarlas. Es por demás evidente que Marx escribía en un clima de gran exaltación política, lo que a veces conduce a atajos apresurados que es difícil evitar; de ahí la absoluta necesidad de vincular el discurso teórico con fuentes históricas tan completas como sea posible, a lo que en realidad Marx no se abocó (
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Sin embargo veremos que, a pesar de todos sus límites, en muchos aspectos el análisis marxista conserva cierta pertinencia. Primero, Marx partió de una pregunta importante (relativa a una concentración inverosímil de la riqueza durante la Revolución Industrial) e intentó darle respuesta con los medios de los que disponía: he aquí un proceder en el que los economistas actuales harían bien en inspirarse. Entonces, cabe destacar que el principio de acumulación infinita defendido por Marx contiene una intuición fundamental para el análisis tanto del siglo XXI como del XIX, y en cierta manera aun más inquietante que el principio de escasez tan apreciado por Ricardo. Ya que la tasa de incremento de la población y de la productividad permanece relativamente baja, las riquezas acumuladas en el pasado adquieren naturalmente una importancia considerable, potencialmente desmedida y desestabilizadora para las sociedades a las que atañe. Dicho de otra manera, un bajo crecimiento permite equilibrar tan sólo frágilmente el principio marxista de acumulación infinita: de ello resulta un equilibrio que no es tan apocalíptico como el previsto por Marx, pero que no deja de ser bastante perturbador. La acumulación se detiene en un punto finito, pero ese punto puede ser sumamente elevado y desestabilizador. Veremos que el enorme incremento del valor total de la riqueza privada –medido en años de producto nacional–, que se observa desde la década de 1970-1980 en el conjunto de los países ricos –en particular en Europa y en Japón–, obedece directamente a esta lógica.


De Marx a Kuznets: del apocalipsis al cuento de hadas


Al pasar de los análisis de Ricardo y de Marx en el siglo XIX a los de Simon Kuznets en el siglo XX, se puede decir que la investigación económica pasó de un gusto pronunciado –y sin duda excesivo– por las predicciones apocalípticas a una atracción no menos excesiva por los cuentos de hadas, o por lo menos por los finales felices. Según la teoría de Kuznets, en efecto, la desigualdad del ingreso se ve destinada a disminuir en las fases avanzadas del desarrollo capitalista, sin importar las políticas seguidas o las características del país, y luego tiende a estabilizarse en un nivel aceptable. Propuesta en 1955, se trata realmente de una teoría para el mundo encantado del período conocido como los “Treinta Gloriosos”: para Kuznets basta con ser paciente y esperar un poco para que el desarrollo beneficie a todos. Una expresión anglosajona resume fielmente la filosofía del momento: “Growth is a rising tide that lifts all boats” [El crecimiento es una ola ascendente que levanta todos los barcos]. Es necesario relacionar también ese momento optimista con el análisis de Robert Solow en 1956 de las condiciones de un “sendero de crecimiento equilibrado”, es decir una trayectoria de incremento en la que todas las magnitudes –producción, ingresos, beneficios, sueldos, capital, precios de los activos, etc.– progresan al mismo ritmo, de tal manera que cada grupo social saca provecho del crecimiento en las mismas proporciones, sin mayor divergencia. Se trata de la visión diametralmente opuesta a la espiral desigualitaria ricardiana o marxista y de los análisis apocalípticos del siglo XIX.


Para entender bien la considerable influencia de la teoría de Kuznets, por lo menos hasta la década de 1980-1990, y en cierta medida hasta nuestros días, debemos insistir en el hecho de que se trataba de la primera teoría en este campo basada en un profundo trabajo estadístico. De hecho, habría que esperar hasta mediados del siglo XX para que por fin se establecieran las primeras series históricas sobre la distribución del ingreso, con la publicación en 1953 de la monumental obra de Kuznets La Part des hauts revenus dans le revenu et l’épargne [La participación de los ingresos elevados en el ingreso y el ahorro]. Concretamente, las series de Kuznets sólo se refieren a un país (Estados Unidos) y a un período de 35 años (1913-1948). Sin embargo, se trata de una importante contribución que se basa en dos fuentes de datos totalmente inaccesibles para los autores del siglo XIX: por una parte, las declaraciones de ingresos tomadas del impuesto federal sobre el ingreso creado en Estados Unidos en 1913; por la otra, las estimaciones del producto nacional de Estados Unidos, establecidas por el propio Kuznets algunos años antes. Fue la primera vez que salió a la luz una tentativa tan ambiciosa de medición de la desigualdad de una sociedad.


Es importante entender bien que sin estas dos fuentes indispensables y complementarias es simplemente imposible medir la desigualdad en la distribución del ingreso y su evolución. Las primeras tentativas de estimación del producto nacional datan desde luego de finales del siglo XVII y de principios del XVIII, tanto en el Reino Unido como en Francia, y se multiplicaron a lo largo del XIX. Pero eran siempre estimaciones aisladas: habría que esperar al siglo XX y al período entre las dos Guerras para que se desarrollaran, a iniciativa de investigadores como Kuznets y Kendrick en Estados Unidos, Bowley y Clark en el Reino Unido, o Dugé de Bernonville en Francia, las primeras series anuales del producto nacional. Esta primera fuente permite medir el producto total del país. Para medir los ingresos altos y su participación en el producto nacional, también es necesario disponer de las declaraciones de ingresos: esta segunda fuente fue suministrada, en todos los países, por el impuesto progresivo sobre el ingreso, adoptado por varios países alrededor de la Primera Guerra Mundial (1913 en Estados Unidos, 1914 en Francia, 1919 en el Reino Unido, 1922 en India, 1932 en Argentina).


Es esencial darse cuenta de que aun en ausencia de un impuesto sobre el ingreso existían todo tipo de estadísticas relativas a las bases tributarias en vigor en un momento dado (por ejemplo sobre la distribución del número de puertas y ventanas por jurisdicción en la Francia del siglo XIX, lo que además no deja de ser interesante). Estos datos, sin embargo, no nos dicen nada sobre los ingresos. Por otra parte, a menudo las personas interesadas no conocen bien su ingreso mientras no tengan que declararlo. Lo mismo sucede con el impuesto sobre las sociedades y sobre el patrimonio. El impuesto no sólo es una manera de hacer contribuir a unos y otros con el financiamiento de las cargas públicas y de los proyectos comunes, y de distribuir esas contribuciones de la manera más aceptable posible; también es una manera de producir categorías, conocimiento y transparencia democrática.


Lo cierto es que los datos que recolectó Kuznets le permitieron calcular la evolución de la participación en el producto nacional estadounidense de los diferentes deciles y percentiles superiores de la distribución del ingreso. Ahora bien, ¿qué encontró? Advirtió que entre 1913 y 1948 en Estados Unidos se dio una fuerte reducción de las desigualdades en los ingresos. Concretamente, en la década de 1910-1920, el decil superior de la distribución, es decir el 10% de los estadounidenses más ricos, recibía cada año hasta el 45-50% del producto nacional. A fines de la década de 1940, la proporción de ese mismo decil superior pasó a aproximadamente el 30-35% del producto nacional. La disminución –de más de diez puntos del producto nacional– es considerable: es equivalente, por ejemplo, a la mitad de lo que recibe el 50% de los estadounidenses más pobres. La reducción de la desigualdad fue clara y contundente. Este resultado fue de importancia considerable, y tuvo un enorme impacto en los debates económicos de la posguerra, tanto en las universidades como en las organizaciones internacionales.


Hacía décadas que Malthus, Ricardo, Marx y tantos otros hablaban de las desigualdades, pero sin aportar ni la más mínima fuente, el más mínimo método que permitiera comparar con precisión las diferentes épocas y, por consiguiente, clasificar las diferentes hipótesis. Ahora, por primera vez, se proponía una base objetiva; desde luego imperfecta, pero con el mérito de existir. Además, el trabajo realizado estaba sumamente bien documentado: el grueso volumen publicado por Kuznets en 1953 expuso de la manera más transparente posible todos los detalles sobre sus fuentes y sus métodos, de tal modo que pudiera reproducirse cada cálculo. Y, por añadidura, Kuznets presentó una buena nueva: la desigualdad disminuía.


La curva de Kuznets: una buena nueva en la época de la Guerra Fría


A decir verdad, el propio Kuznets estaba perfectamente consciente del carácter tan accidental de la compresión de los elevados ingresos estadounidenses entre 1913 y 1948, que debía mucho a los múltiples shocks provocados por la crisis de la década de 1930 y la Segunda Guerra Mundial, y tenía poco que ver con un proceso natural y espontáneo. En su grueso volumen publicado en 1953, Kuznets analizó sus series de manera detallada y advirtió al lector del riesgo de cualquier generalización apresurada. Pero en diciembre de 1954, en el marco de la conferencia que dictó como presidente de la American Economic Association reunida en un congreso en Detroit, optó por proponer a sus colegas una interpretación mucho más optimista de los resultados de su libro de 1953. Esta conferencia, publicada en 1955 bajo el título “Crecimiento económico y desigualdad de ingresos” es la que daría origen a la teoría de la “curva de Kuznets”.

Según esta teoría, la desigualdad en cualquier lugar estaría destinada a seguir una “curva en forma de campana” –es decir, primero crecería y luego decrecería– a lo largo del proceso de industrialización y de desarrollo económico. Según Kuznets, a una fase de crecimiento natural de la desigualdad característica de las primeras etapas de la industrialización –y que en Estados Unidos correspondería grosso modo al siglo XIX–, seguiría una fase de fuerte disminución de la desigualdad, que en Estados Unidos se habría iniciado durante la primera mitad del siglo XX.


La lectura del texto de 1955 es esclarecedora. Tras haber recordado todas las razones para ser prudente, y la evidente importancia de los shocks exógenos en la reciente disminución de la desigualdad estadounidense, Kuznets sugirió, de manera casi anodina, que la lógica interna del desarrollo económico, independientemente de toda intervención política y de todo shock exterior, podría llevar igualmente al mismo resultado. La idea sería que la desigualdad aumenta durante las primeras fases de la industrialización (sólo una minoría está en condiciones de sacar provecho de las nuevas riquezas producidas por la industrialización), antes de empezar a disminuir espontáneamente durante las fases avanzadas del desarrollo (cuando una fracción cada vez más importante de la población se beneficia del crecimiento económico, de ahí una reducción espontánea de la desigualdad).


Estas “fases avanzadas” se habrían iniciado a fines del siglo XIX o a principios del XX en los países industrializados, y la reducción de la desigualdad ocurrida en Estados Unidos durante los años 1913-1948 sólo sería el testimonio de un fenómeno más general, que en principio todos los países, incluso los países subdesarrollados sumergidos en ese entonces en la pobreza y la descolonización, deberían experimentar tarde o temprano. Los hechos puestos en evidencia por Kuznets en su libro de 1953 se volvieron súbitamente un arma política de gran poder. Kuznets estaba perfectamente consciente del carácter por demás especulativo de una teoría como ésta. Sin embargo, al presentar una teoría tan optimista en el marco de su Presidential address a los economistas estadounidenses, que estaban muy dispuestos a creer y a difundir la buena nueva presentada por su prestigioso colega, Kuznets sabía que tendría una enorme influencia: había nacido la “curva de Kuznets”. A fin de cerciorarse de que todo el mundo había entendido bien de qué se trataba, se esforzó además en precisar que el objetivo de sus predicciones optimistas era simplemente mantener a los países subdesarrollados en “la órbita del mundo libre”. En gran medida, la teoría de la “curva de Kuznets” es producto de la Guerra Fría.


Entiéndanme bien: el trabajo realizado por Kuznets para establecer las primeras cuentas nacionales estadounidenses y las primeras series históricas sobre la desigualdad es muy considerable, y es evidente al leer sus libros –tanto más que sus artículos– que tenía una verdadera ética de investigador. Por otro lado, el importante crecimiento que tienen todos los países desarrollados en la posguerra es un acontecimiento fundamental, y el hecho de que todos los grupos sociales hayan sacado provecho de él lo es aún más. Es comprensible que haya prevalecido cierto optimismo durante los años conocidos como los Treinta Gloriosos y que hayan perdido popularidad las predicciones apocalípticas del siglo XIX sobre la dinámica de la distribución de la riqueza.


Sin embargo, la mágica teoría de la “curva de Kuznets” fue formulada en gran medida por malas razones, y su fundamento empírico es muy frágil. Veremos que la fuerte reducción de las desigualdades en los ingresos que se produce en casi todos los países ricos entre 1914 y 1945 es ante todo producto de las guerras mundiales y de los violentos shocks económicos y políticos que éstas provocaron (sobre todo para los poseedores de fortunas importantes), y poco tiene que ver con el apacible proceso de movilidad intersectorial descrito por Kuznets.


Reubicar el tema de la distribución en el centro del análisis económico


El tema es importante, y no sólo por razones históricas. Desde la década de 1970, la desigualdad creció significativamente en los países ricos, sobre todo en Estados Unidos, en donde en la década de 2000-2010 la concentración de los ingresos recuperó –incluso rebasó ligeramente– el nivel récord de la década de 1910-1920: es pues esencial comprender bien cómo y por qué la desigualdad disminuyó la primera vez. Desde luego, el fuerte desarrollo de los países pobres y emergentes –y sobre todo de China–, potencialmente es una poderosa fuerza de reducción de la desigualdad en todo el mundo, a semejanza del crecimiento de los países ricos durante los Treinta Gloriosos. Sin embargo, este proceso genera fuertes inquietudes en el seno de los países emergentes, y más aun en el de los países ricos. Además, los impresionantes desequilibrios observados en las últimas décadas en los mercados financieros, petroleros e inmobiliarios, de manera bastante natural pueden suscitar dudas respecto del carácter ineluctable del “sendero de crecimiento equilibrado” descrito por Solow y Kuznets, y conforme al cual supuestamente todas las variables económicas clave crecen al mismo ritmo. ¿Acaso el mundo de 2050 o de 2100 será poseído por los traders, los súper ejecutivos y los dueños de fortunas importantes, o bien por los países petroleros, o inclusive por el Banco de China, o quizá lo sea por los paraísos fiscales que resguarden de una u otra manera al conjunto de esos actores? Sería absurdo no preguntárselo y suponer por principio que a largo plazo el desarrollo se “equilibra” naturalmente.


En cierta forma, en este inicio del siglo XXI estamos en la misma situación que los observadores del siglo XIX: asistimos a transformaciones impresionantes, y es muy difícil saber hasta dónde pueden llegar, y qué aspecto tendrá la distribución mundial de las riquezas, tanto entre los países como en el interior de ellos, en el horizonte de algunas décadas. Los economistas del siglo XIX tenían un inmenso mérito: situaban el tema de la distribución en el centro del análisis e intentaban estudiar las tendencias de largo alcance. Sus respuestas no siempre eran satisfactorias, pero por lo menos se hacían las preguntas correctas. En el fondo no tenemos ninguna razón para creer en el carácter autoequilibrado del crecimiento. Ya es tiempo de reubicar el tema de la desigualdad en el centro del análisis económico y de replantear las cuestiones propuestas en el siglo XIX. Durante demasiado tiempo, el asunto de la distribución de la riqueza fue menospreciado por los economistas, en parte debido a las conclusiones optimistas de Kuznets, y en parte por un gusto excesivo de la profesión por los modelos matemáticos simplistas llamados “de agente representativo”. Y para reubicar el tema de la distribución en el centro del análisis, se debe empezar por reunir un máximo de datos históricos que permita comprender mejor las evoluciones del pasado y las tendencias en curso, pues al establecer primero pacientemente los hechos y las regularidades, al cotejar las experiencias de los diferentes países, podemos tener la esperanza de circunscribir mejor los mecanismos en juego y darnos luz para el porvenir. 


Fuente: Le Monde diplomatique Cono Sur