FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

lunes, 30 de junio de 2014

SERGIO MASSA, el “Gentismo” y los temas que por grandes le quedan incómodos



La política contra el juego del miedo

por Fabián Rodríguez para Telam

En un país donde buena parte de su clase dirigente y por ende, también su población, tiene cierta propensión a criticar "la falta de políticas de Estado", el contexto particular de ataque judicial de los fondos buitre, contribuyó  a que el Poder Ejecutivo lograra la adhesión de una insospechada cantidad de sectores, foros, bloques regionales y países, justamente por sostener lo que hasta hace poco más de una década parecía imposible: una política de Estado frente al problema de la deuda pública. A esa política de Estado impulsada por los gobiernos kirchneristas se la llamó  "desendeudamiento", y sirvió para convertir a la Argentina en el país que más redujo su deuda externa en los últimos años: mientras que en 2003 la deuda medida en términos de PBI era de 139%, en 2013 dicha correlación se redujo al 45,6%. Una de las escalas para medir el éxito de esta política de Estado es observar el peso que la deuda externa tiene sobre el PBI de otros países: allí nos encontramos con que en Brasil es del 56,8%, en India del 67,72 y en Sudáfrica de 46,1%, por nombrar a tres integrantes de los tan mentados BRICS. Si la idea es compararse con países de la región, México tiene una deuda que representa el 38,5% del PBI; en Colombia un 31,8 y en Uruguay un  59,4%. Teniendo en cuenta de dónde venimos, como diría el Indio Solari, aquí no se está tan mal. El cuadro que sigue muestra el tamaño de la deuda externa de cada uno de los países en términos absolutos y al mismo tiempo el color en relación a su peso respecto del PBI. "El tema", a Massa, le queda incómodo y grande. Para empezar, llama "holdouts" a lo que en Argentina ya todos conocemos como Fondos Buitre. Además, no ha mostrado una sola  iniciativa al respecto. De hecho, cuando se le ocurrió la brillante idea de proponer "la constitución de una comisión bicameral que trabaje de manera articulada con el Ministerio de Economía en el tema deuda”, el senador Aníbal Fernández le recordó que esa comisión ya existe y fue creada el 20 de julio de 2006. A partir de ese momento, el líder del Frente Renovador prefirió llamarse a silencio con respecto al tema y mandar a opinar del asunto a su economista de cabecera, Martín Redrado que, para no ser menos que su jefe político, participó del insólito programa en que Jorge Lanata construyó la capciosa idea de que en los últimos 10 años la deuda externa argentina creció.  El jueves, Massa intentó sin demasiada suerte volver a poner en agenda el problema de la inseguridad para recuperar algo de espacio en la agenda mediática: “Se habla mucho de holdouts y de Club de París, pero lo cierto es que siguen matando gente todos los días y que sigue habiendo inseguridad”, escribió en su cuenta de Twitter.
¿Qué herramientas tiene el ahora diputado nacional para trabajar el tema de la seguridad? La principal: la Comisión Bicameral de Fiscalización de los Órganos y Actividades de Seguridad Interior. Massa renunció a esta comisión en abril para irse a un acto político en Chaco. Sus voceros informales deslizaron que volvería. Eso nunca ocurrió. En su saga de tuits, entre los que incluyó el recién mencionado, se refirió a la policía comunal. Lo cierto es que el Frente Renovador fue el espacio que frenó la sanción de la ley de policías comunales en la provincia de Buenos Aires. Están en desacuerdo en los puntos que tienen que ver con los controles a las propias policías y con temas de financiamiento. Sobre la estrategia del miedo y los buitres, esto es lo que dijo Massa en un acto con chicos de 4° grado, respecto a la actual situación por la que atraviesa el país, sostuvo: “Es un momento particular, en el que para la Argentina se viven días de incertidumbre y miedo (sic) y lo más importante es que bajo el refugio de nuestra bandera, para todos los temas que nos preocupan, pensemos soluciones inteligentes, profesionales y responsables de gestión que nos permitan darle tranquilidad a la gente y avizorarles un futuro mejor a los chicos, para que sientan que pueden vivir en un país mejor”. El miedo no es un buen consejero de campaña electoral, dice la experiencia de estos 30 años de democracia. Todos aquellos aspirantes a cargos electivos ejecutivos que intentaron convencer a la población a través de estrategias temerarias, debieron felicitar a su principal oponente antes de que terminara la noche del escrutinio provisorio. Y como no es cierto que a través del miedo se consigan buenos resultados, es mejor apostar al desarrollo de las políticas de Estado que se consolidan con trabajo en los ámbitos que brindan las instituciones, y se dicen en una lengua que no es el dialecto engañoso y vacío de los gurúes del mercado y la tendencia  sino la cifra robusta de un idioma que en Argentina tiene una gran tradición,  y que estos años han honrado largamente. El "gentismo", las apelaciones acerca de lo bueno que es el bien y lo malo que es el mal, en fin, la recurrencia constante a lo más transitado del lugar común, pueden servir para jugar un rato a ser dirigente en el patinoso set de un canal de televisión, pero la intervención en el debate público requiere de otras mediaciones discursivas donde no hay desfile de modelos en el Museo de Tigre, ni cara de buen padre de familia y mejor vecino, ni periodistas tira centros, ni community manager que valga.

AMADO BOUDOU... Hace unos días un anónimo me chicaneó para saber qué opinaba sobre el asunto.. y recordé este viejo texto que seguro le servirá como respuesta

... pues esta es mi posición....


... un texto que puede ser de mucha utilidad para esa franja política que se sitúa a la derecha de la derecha y que se suele autodefinir como izquierda nacional y revolucionaria, franja que en estos días exhibe sus entusiasmos libertarios de manera muy llamativa, ilusionados con que la Boldt de Duhalde y Clarín recuperen Ciccone...


EL PEOR DE LOS SENTIDOS, EL SENTIDO COMÚN por ERNESTO SÁBATO

El mundo de la experiencia doméstica es tan reducido frente al universo, los datos de los sentidos son tan engañosos, los reflejos condicionados son tan poco profetices, que el mejor método para averiguar nuevas verdades es asegurar lo contrario de lo que aconseja el sentido común. Esta es la razón por la que muchos avances en el pensamiento humano han sido hechos por individuos al borde de la locura. Mediante una lógica estricta Parménides llega a probar que la realidad es inmóvil, eterna e indivisible; si alguien viene y le observa que el mundo, por el contrario, está compuesto por infinidad de cosas y que esas cosas no están en reposo sino que se mueven, y que no son eternas, pues se desgastan o rompen o mueren, el filósofo dirá:

—Tiene usted razón. Eso prueba que el mundo tal como lo vemos es una pura ilusión.

Dudo de que un griego medio no calificase a Parménides de insano, después de esta conclusión. También parece locura afirmar, como Zenón de Elea, que la flecha no se mueve, o que la tortuga no será jamás alcanzada por Aquiles; o, como Hume, que el yo no existe; o, como Berkeley, que el universo entero es una fantasmagoría. Sin embargo, son teorías lógicamente irrebatibles y señalan una posibilidad. El hecho de que contradigan brutalmente al sentido común no es una prueba de que sean incorrectas. Como dice Russell, “la verdad acerca de los objetos físicos debe ser extraña. Pudiera ser inasequible, pero si algún filósofo cree haberla alcanzado, el hecho de que lo que ofrece como verdad sea algo raro, no puede proporcionar una base sólida para objetar su opinión”. Creo que un tribunal que actuase en nombre del Sentido Común, condenaría al manicomio a Zenón, Parménides, Berkeley, Hume, Einstein. Es digno de admiración, sin embargo, que el sentido común siga teniendo tanto prestigio didáctico y civil a pesar de todas las calamidades que ha recomendado: la planitud de la Tierra, el geocentrismo, el realismo ingenuo, la locura de Pasteur. Si el sentido común hubiese prevalecido, no tendríamos radiotelefonía, ni sueros, ni espacio-tiempo, ni Dostoievsky. Tampoco se habría descubierto América y este comentario, como consecuencia, no se habría publicado (hecho que, desde luego, no pretendo poner a la par del indescubrimiento de América). El sentido común ha sido el gran enemigo de la ciencia y de la filosofía, y lo es constantemente. Argumentar la inverosimilitud en contra de ciertas ideas es muestra de una enternecedora candidez. Les pasa a esta gente lo que a aquellos campesinos de Mark Twain que asistían a una función de circo: cuando vieron las jirafas se levantaron y exigieron la devolución del dinero, pues se creyeron víctimas de una estafa. El Hombre Medio se jacta de cierto género de astucia, que consiste en descreer de lo fantástico. Sin embargo, hablando en términos generales, se puede afirmar que vivimos en un mundo enteramente fantástico.

Este hecho evidente es oscurecido por su evidencia, como dice Montaigne de “ce qu’on dict des voysins des cataractes du Nil”, que no oyen el ruido. El sentido común es el rechazo de fantasmas desconocidos pero es la creencia en fantasmas familiares: rechaza los cinocéfalos y monóculos, como si fuese menos monstruosa la existencia de personas sin su correspondiente cabeza de perro, o con dos ojos en vez de uno. Es en parte cierto que el sentido común es enemigo del milagro, pero del milagro inusitado, si se permite. Es el sentido de la comunidad apto para una confortable existencia dentro de límites modestos, de espacio y tiempo: en Laponia recomienda ofrecer la mujer al caminante y aquí asesinarlo si la toma. Un galeote se admiraría de la pretensión de curar un dolor de muelas con una aspirina siendo sabido que se cura aplicando una rana en la mejilla; por un mecanismo similar el médico se asombraría de que alguien pretenda curar el dolor de muelas con una rana. La diferencia estriba (según el médico) en que la idea del galeote es una superstición y la de él no. No veo una diferencia esencial. Al final de cuentas, buena parte de la terapéutica contemporánea consiste en supersticiones que han recibido nombre griego. Y en rigor poca gente hay tan supersticiosa como los médicos: cuando cunde alguna nueva superstición, como la extirpación de las amígdalas, llegan a pensar que cualquier enfermedad puede ser curada mediante ese extraño procedimiento, no sólo los dolores de muelas. En general, puede decirse que el rechazo enérgico de una superstición solamente puede ser hecho por gente supersticiosa, pues son los únicos que creen firmemente en algo: los verdaderos hombres de ciencia son demasiado cautelosos para rechazar definitivamente nada. Que el sentido común es la magia y la fantasía más desatada, es fácil de probar: mediante ese diabólico consejero un campesino jura que la tierra es plana y que el Sol es un disco de veinte centímetros de diámetro. En su furia mágica, puede llegar a abolir grandes sectores de la realidad, no sólo a deformarlos. Es probable que muchos de los problemas actuales de la filosofía y de la ciencia tengan solución cuando el hombre se decida de una vez a prescindir del sentido común. Apenas salimos de nuestro pequeño universo cotidiano, dejan de valer nuestras ideas y prejuicios. Esta es la causa de que el absurdo nos acometa por todos lados. Más, todavía: es deseable que sea así, pues es garantía de que se anda por buen camino. Si un astrónomo presenta una teoría del Universo que sea aceptable para el hombre corriente, seguramente que está equivocado. Si otro afirma que en ciertas regiones remotas el tiempo se paraliza, ese señor debe ser escuchado con respeto, pues puede tener razón. Las teorías científicas y filosóficas están todavía demasiado adheridas al sistema conceptual de entrecasa. Su defecto tal vez es el de ser aún poco descabelladas.


Cuando el arte explica: Fábula del gato de Felipe González: “No importa si el gato es blanco o negro; lo que importa es que cace ratones” (Deng Xiao Ping 1960)


por Luis Sepúlveda, escritor, coautor de Últimas noticias del Sur, Espasa, Barcelona, 2012.


La crisis afecta a los españoles con toda su furia devastadora. Pero el PP y el PSOE son incapaces de explicar a los ciudadanos qué ha pasado. La función de un Gobierno es hacer el relato de la sociedad, con sus contradicciones y problemas, pero este relato no existe en España porque desde la muerte de Franco en 1975 y el inicio de la Transición, los responsables políticos han hecho de la pereza intelectual una marca de identidad. El gran escritor chileno, residente en España, Luis Sepúlveda, nos propone su propio relato de la ascensión y caída de una ilusión económica.


La literatura sirve para explicar la complejidad del universo, porque el relato tiene como punto de partida un lugar y un momento determinado. La crisis me afecta de una manera directa, muchos de mis amigos españoles la padecen con toda su furia devastadora, sienten que el futuro no puede ser más incierto y contemplan ató­nitos como la normalidad de un país europeo se desmorona cada día entre la deriva de dos Gobiernos, del Partido Popular y del PSOE, incapaces de hacer una exposición que permita a los ciudadanos entender qué diablos pasó, qué está pasando y, lo peor, qué demonios pasará mañana. Se supone que la función de cualquier Gobierno es mantener actualizado el relato de la sociedad, con todas sus contradicciones y problemas, pero este necesario relato no existe en España, no ha existido nunca, porque desde la muerte de Franco y el inicio de la transición a la democracia, los responsables de la conducción política del país hicieron de la pereza intelectual una marca de identidad. No había ­para qué pensar en un modelo de ­país viable y, si se revisan como yo lo he hecho, las intervenciones en el Parlamento o los discursos de las campañas electorales, no se encontrará ni una sola frase memorable que apuntara a eso que se llama idea de país y sociedad. 

El único estadista español que intentó trazar el relato de la sociedad española fue Azaña. No hubo ni hay otro, porque la gran carencia de España es la falta de una burguesía ilustrada, esa misma que genera la figura del Hombre o la Mujer de Estado.

La única frase destacable es la cita que Felipe González hizo de un proverbio chino: “no importa si el gato es blanco o negro; lo que importa es que cace ratones”. Y a partir de esa frase, que se impuso aplicada a todas las situaciones sociales, económicas, culturales y políticas, intentaré hacer un relato que me permita entender qué diablos pasó, qué demonios está pasando, y por qué está pasando. Como ciudadano europeo necesito un relato para entender este presente de pesadilla, que me ayude a encontrar la puerta de salida y no dejar que me atrape como el maldito retrato de Dorian Gray.

Hacía bastante frío en Madrid la mañana del 4 de febrero de 1988, pero las bajas temperaturas se sentían en la calle y no así en la bien atemperada sala del Palacio de Congresos. Más de mil empresarios convocados por la APD, Asociación para el Progreso de la Dirección, esperaban las palabras animadoras de Carlos Solchaga, ministro de Economía y Hacienda del gobierno socialista de Felipe González.

Y el ministro habló: “España es el país donde se puede ganar más dinero a corto plazo de Europa y quizá del mundo. No sólo lo digo yo: es lo que dicen los asesores y expertos bursátiles”.

El aplauso hizo subir la temperatura a niveles tropicales. El PSOE hablaba claro y contundente; España era un país en donde sólo los imbéciles no podían ser ricos, o vivir convencidos de que eran ricos. Cualquier consideración sobre las reglas fundamentales de la economía, sobre ética o solidaridad social, sobre la idea socialdemócrata del bienestar o acerca de una eventual posición de izquierda ­respecto de la génesis de la riqueza, podía ser considerada un escollo salvable, insignificante, intrascendente en el camino hacia una sociedad cuya única seña de identidad sería la riqueza, y además a corto plazo.

¿Y cómo un país puede caer en la trampa de la fortuna súbita? La crisis global tiene ya muchas explicaciones dadas por economistas que obvian lo fundamental: que el sistema capitalista en su conjunto ha fallado, pero en el caso específico de España las razones han de buscarse en una transición del Estado dictatorial nacional-católico a un Estado democrático, cuya máxima fue el borrón y cuenta nueva.

En España todas las discusiones fueron postergadas o relegadas a un plano intrascendente en aras de la incorporación al conjunto de naciones democráticas europeas. Así, la experiencia democrática republicana fue ignorada, aún al precio de quedar sin referente histórico, y primó un modo de ser basado, más que en el deseo de ser rabiosamente occidentales en la Guerra Fría con la incorporación en la OTAN, en la maldición cultural española llamada “La Picaresca”. El gato, fuera cual fuese su color, tenía que cazar ratones.

Puede resultar simpático que un canalla le coma las uvas a un pobre ciego, pero cuando esa picaresca se convierte en fórmula para aceptar el día a día, a todos los niveles y, peor aún, para gobernar, los resultados permanecen, inmutables, porque lo que se hace mal siempre está presente para recordarnos justamente lo que hicimos mal.

Algo que se hizo muy mal en España, y se insiste en ello, fue una perversión del vocabulario para alejarlo de la realidad. No es casual que el terrorismo de Estado practicado en la lucha contra ETA en los años 1980 fuera llamado política antiterrorista, ni que la palabra crisis fuera remplazada por “desaceleración del crecimiento”, o que el rescate de la banca privada sea presentado como “préstamo de óptimas condiciones”. Desde el primer día de la Transición el eufemismo se impuso como parte fundamental del discurso político.

Tres años antes de la caída del muro de Berlín, del final del llamado socialismo real de los países del Este de Europa, y del establecimiento fallido del primer “nuevo orden internacional”, España ingresaba a la Unión Europea, y la palabra globalización fue entendida como una suerte de algarabía, sin una sola reflexión acerca del cómo integrar al Estado español en este nuevo statu quo, de prever la manera de ser parte del fenómeno globalizante de la economía. Así, con la certeza de pertenecer por ósmosis a la parte rica de la humanidad, la clase política española en su conjunto, los economistas españoles casi sin excepción, no hicieron el menor análisis sobre las consecuencias del hecho que es genéricamente el primer paso hacia la actual crisis. 

Cuando las economías más fuertes del mundo decidieron que los países menos desarrollados debían ser un gran mercado en expansión, a condición de que compitieran con los productos del Primer Mundo, ningún profeta al estilo de Carlos Solchaga se detuvo a pensar que, por muy injustas y maniqueas que fueran las condiciones impuestas a los países del Tercer Mundo para competir, estas generarían una dinámica imparable: los pobres empezarían a vender cada día más a los ricos, a competir con las industrias del primer mundo.

Los países pobres empezaron a crecer a un ritmo sorprendente y pasaron a llamarse economías emergentes. Esto, que muy bien podía haber quedado como una ética y justa reparación por siglos de saqueos, no quedó ajeno a las minorías dueñas de la mayor parte de la riqueza de las potencias industriales, e impusieron a los Estados una visión económica por sobre las consideraciones políticas. Decididos a participar de la nueva riqueza que se genera en los países emergentes no vacilaron en sacrificar a sus propias industrias nacionales. Las deslocalizaciones de fábricas y entramado productivo, los chantajes del tipo “o no pago impuestos o me voy”, como el caso de la sueca Volvo, obligaron a los países del Primer Mundo a tomar medidas restrictivas y el Estado de Bienestar empezó a mostrar las primeras fisuras de un desmantelamiento al parecer imparable. 

Y cabe preguntarse si era ésta una nueva forma de actuar de los dueños de la riqueza. No. No era una novedad en el comportamiento del capitalismo. Quien mejor supo definir esta actitud mucho antes de que la globalización entrara en el vocabulario de la economía y de la política, fue el presidente de una lejana nación sudamericana, Salvador Allende, que en un discurso pronunciado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas el cuatro de diciembre de mil novecientos setenta y dos, dijo: “Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones y los Estados. Estos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales –políticas, económicas y militares– por organizaciones globales que no dependen de ningún Estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo. En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada”.

El Mercado comenzó a actuar como una dictadura y, la política, ese viejo arte de lo posible, pasó a ser una competencia para ver quienes gestionan mejor los intereses, en ningún caso de los países, sino del Mercado.

Pero todo esto fue voluntariamente ignorado por los políticos españoles, el “desprecio lo que ignoro” tan característico del pícaro, los llevó al inmovilismo absoluto en términos de cómo afrontar los primeros síntomas de la crisis. 

No hay político español que dude al afirmar que el turismo es la primera o segunda industria española, ninguno se atreve a reconocer que está sujeto a contingencias ajenas a la voluntad del hombre y, que lo que genera, además del enriquecimiento de los dueños de los establecimientos turísticos, es un complejo de inferioridad que daña a las sociedades que viven del turismo. No es lo mismo ser habitante de un país puntero en innovación tecnológica que de un país de camareros, cocineros y recepcionistas. 

La incorporación de España, junto a Grecia y Portugal, a la Unión Europea significó, además de abandonar el aislacionismo y la autarquía, recibir, ya sea como Fondos de Cohesión o de Ayuda al De­sarrollo, más dinero del que el Plan Marshall puso en toda la Europa de posguerra. Durante el periodo 2007-2013, España continúa recibiendo fondos por un importe de 3.250 millones de euros y, a pesar que durante los ocho años del aznarismo la consigna de “España va bien” fue un dogma, y que en el Gobierno de Rodríguez Zapatero se aseguraba que la economía española superaba a la italiana, se acercaba a la francesa y el sistema financiero español era el mejor del mundo, España no ha puesto ni un euro para los diez países incorporados a la UE en 2004.

Este último detalle debió alertar a los dirigentes de toda Europa sobre la sostenibilidad de la economía española, pero no ocurrió así porque los mercados habían descubierto, de la misma manera como sucedió en Estados Unidos, un negocio mucho más rentable que la modernización del sistema productivo español: la especulación inmobiliaria y la concesión ilimitada de préstamos hipotecarios.

A ningún político o economista español le preocupó que en los últimos cinco años anteriores a la crisis surgida a partir de la quiebra del banco Lehman Brothers, las economías emergentes como China, la India y Brasil crecieran a un ritmo desenfrenado. No les afectaba, los empeños por ser competitivas de las pocas empresas españolas capaces de incidir en la economía global les resultaban indiferentes en contraste con las ganancias a corto plazo que aseguraba la construcción, el ladrillo.

La corrupción irrumpió en la vida política española como la esencia misma de la picaresca: yo te financio los gastos electorales y tú me recalificas el suelo de tu ayuntamiento declarándolo urbanizable. Así, se dieron esperpentos como una ciudad fantasma llamada Seseña, más de 13.500 pisos levantados en un secarral, sin agua, ni electricidad ni infraestructuras urbanas, construidos gracias a la generosidad de bancos que, antes de conceder los primeros créditos a un analfabeto pero pícaro llamado Paco el Pocero –pocero es el desatascador de alcantarillas, alguien que vive de los excrementos– elevaron artificialmente el precio del suelo y en consecuencia el valor de los pisos que ni siquiera existían en los planos.

El ejemplo de Seseña se repitió a lo largo y ancho del territorio español. Y naturalmente que la construcción, que el ladrillo, daba empleo. El ex presidente Rodríguez Zapatero, en una de sus más esperpénticas declaraciones, aseguró que entre 2006 y 2008 en España se habían creado más puestos de trabajo que en Francia, Italia y Alemania juntas, pero ocultando que los salarios eran la tercera parte de los que ganaban los trabajadores de Italia, Francia y Alemania. El país iba bien, muy bien. El mito de la “Marca España” se consolidaba como un dogma más.

El modelo productivo dependiente de la construcción como eje central no sólo corrompió la vida política, sino también la cultural y social. La educación fue un derecho al que cientos de miles de jóvenes renunciaron voluntariamente. El ladrillo, la construcción, los esperaba con los brazos abiertos. ¿Por qué esforzarse cinco o más años para ser médico o ingeniero si depositando sus tres primeros sueldos en un banco o caja de ahorros les concederían un préstamo hipotecario a 30 ó 40 años, y podrían comprar de inmediato un piso, un coche, un televisor de alta definición y el iPhone de última generación?

Nunca un país vio una deserción escolar tan grande en tan poco tiempo. Nunca un país sacrificó su futuro de una manera tan entusiasta bajo la consigna del “compra dos”.
La fiebre del ladrillo y la corrupción generalizada llevó a construir aeropuertos en los que jamás ha aterrizado un avión, líneas de tren de alta velocidad a los que no sube ningún pasajero, circuitos de Fórmula 1 en medio de ciudades, palacios de la cultura faraónicos en los que hoy anidan los pájaros. Y entre todo eso, los bancos ofrecían los balances más favorables de la historia. El gato cazaba ratones.

España iba bien, las proféticas palabras de Solchaga se cumplían, España era el mejor país del mundo para ganar dinero a corto plazo. Y todo gracias a un recurso natural inagotable que cada día subía de valor: el suelo.

La cultura empresarial de un país se mide en la diversidad de su producción. El ladrillo se encargó de asesinar ese axioma, y las pequeñas y medianas empresas dedicaron sus líneas productivas casi enteramente al boom de la construcción. 

Tal vez la mayor prueba de incapacidad intelectual de los dirigentes políticos españoles, consistió y consiste en no entender que el necesario relato de la sociedad debe ceñirse a las reglas dramatúrgicas aristotélicas; tiene, en progresión, un planteamiento, un clímax y un desenlace. Esto, en buen castellano puede traducirse en no creer que el futuro es una repetición del presente, y en economía se trata de entender que los ciclos tienen, indefectiblemente, un final. España es un país católico y lo que cabía esperar era que sus dirigentes dieran una pequeña mirada a los tiempos bíblicos, y así habrían descubierto que el casto José interpretó el sueño del faraón con las vacas gordas que se convertían en vacas flacas, como la premonición del fin de un ciclo económico.

Cuando empezó el boom de la construcción todos los dirigentes políticos y sindicales de España sabían que estaban sentados sobre un barril de pólvora, pero, salvo las voces tímidas de Izquierda Unida advirtiendo del peligro, nadie se atrevía a poner el cascabel al gato. El gato tenía que seguir cazando ratones, aunque estos no existieran.

Dice Bertolt Brecht en un poema, que de la misma manera como los pueblos deben cambiar a los dirigentes que no sirven, a veces los dirigentes deben cambiar de pueblo. Claro que es una afirmación cínica, pero es lo que deben haber sentido en el PSOE al conocer los resultados de las dos últimas elecciones, autonómicas y municipales primero, y luego generales, el año pasado. Los primeros pasos para enfrentar la crisis que dio el Gobierno de Rodríguez Zapatero –luego de negar su existencia porque los ideólogos del libre mercado le habían convencido de que la economía española era invulnerable– significaron el abandono de cualquier pretensión de izquierda o socialdemócrata en la política de un gobierno socialista. No se hizo un sólo análisis coherente de cara a la sociedad para explicar lo que ocurría, para que el ciudadano entendiera por qué los bancos dejaban de conceder préstamos, por qué las pequeñas y medianas empresas caían, arrastradas por un efecto dominó y el paro crecía día a día, minuto a minuto. Y la derecha, el Partido Popular, además de hacer la oposición más irresponsable que se haya visto en un país democrático, torpedeaba los tímidos intentos del Gobierno por hacer una política que salvara la situación. Sólo que la situación no estaba representada por la creciente ansiedad y desamparo de los ciudadanos, sino por una jamás explicada necesidad de “recuperar la confianza de los mercados”, que se tradujo en entregar dinero del erario público a los bancos que, tal como ocurrió en Estados Unidos, tenían sus cajas llenas de activos tóxicos.

Los últimos meses del Gobierno del PSOE ­tuvieron el sello de la comedia lentamente transformada en tragedia. De una parte el Gobierno recortaba sueldos, entregaba más dinero público a los bancos, y de la otra parte, personajes como el actual ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Montoro, no vacilaban en declarar públicamente: dejemos que España caiga, ya la levantaremos nosotros. Tampoco lo hacía mejor Luis de Guindos, hoy ministro de Economía y Competitividad. Fue el hombre de Lehman Brothers en España y Portugal, alguien que consciente y sabedor de las investigaciones realizadas por la Reserva Federal de Estados Unidos, que acusaban a las agencias de calificación norteamericanas de haber falseado la situación del banco que luego quebró y arrastró a todo el sistema financiero, no advirtió al Gobierno español de los alcances del aluvión que se dejaba caer.

Así, mientras el Gobierno socialista recortaba prestaciones bajo el eufemismo de “necesarios ajustes” o “deberes impuestos por Bruselas” y entregaba dinero a los bancos, el paro crecía de los dos a los tres millones, a los cuatro, hasta superar los más de cinco millones de desempleados que hoy tiene España. Al amparo de las sombras, con nocturnidad y alevosía, se cambió la Constitución para fijar unas metas de déficit imposibles de cumplir a rajatabla sin agregar otra crisis a la económica; la social, la de la pobreza que campeaba sobre el suelo español, ese suelo que no valía tanto como habían determinado los tasadores bancarios. 

En las elecciones, la falta de relato para entender lo que ocurría, llevó a los ciudadanos a la más nefasta de las preguntas: ¿Queremos ser ciudadanos o consumidores? Y gran parte de la sociedad se decidió por lo último y otorgó una aplastante mayoría absoluta a la derecha.

¿Y el gato? ¿Había dejado de cazar ratones? Una nueva despensa se abrió para la voracidad del gato. España sacó a la venta su deuda pública. Con el dinero recibido por el Gobierno, los bancos, en lugar de mantener las líneas de crédito que hubieran sido la salvación de muchas pequeñas y medianas empresas, o de revisar los créditos hipotecarios y no pasar violentamente al embargo de las propiedades de los que no podían seguir pagando, se dedicaron a comprar deuda pública al 3, 4 y 5% de interés. La especulación contó con la inapreciable ayuda del Estado, con el dinero público. ¿Cómo afectó la crisis al sistema financiero español? Simplemente dejó de ganar tanto, pero en ningún caso dejó de ganar.

Según las reglas económicas de la UE, son los Estados los que avalan la seriedad, sostenibilidad y salud de sus sistemas financieros, de la economía privada. Esta perversión del capitalismo permite que las ganancias se mantengan a beneficio de los especuladores, pero cuando hay problemas o situaciones de riesgo, ahí está el Estado, el dinero público para sacar las castañas del fuego.

Las arcas fiscales se agotaron a pocos meses del fin del Gobierno socialista, el gato seguía con hambre de ratones, y entonces intervino el Banco Central Europeo concediendo préstamos al 1% de interés, y sin la menor investigación sobre el estado real de salud de los bancos españoles que los recibían. Y el gato siguió engordando: con ese dinero conseguido al 1% de interés, con el aval del Estado, se dedicaron a comprar más deuda pública española, al 4, 5, 6 y 7% de interés. Sí. España seguía siendo el mejor país de Europa y del mundo para ganar dinero a corto plazo.

En el país de los eufemismos, al asco frente a la corrupción se llama “desafección de la política”. Mientras el país se hundía en la ciénaga del desempleo, los ejecutivos y directores de los bancos y Cajas de Ahorros preparaban sus retiros auto otorgándose indemnizaciones millonarias ante la impavidez de la mal llamada “clase política”. Una clase social defiende sus intereses como tal, y la clase política española al servicio del mercado defiende los intereses de los especuladores. Pero hay excepciones, y de la misma manera como Roma no premia traidores, el mercado sí premia a quienes han demostrado fidelidad. No es casual que el ex presidente José María Aznar sea asesor “ético” del imperio Murdoch, asesor externo de la multinacional energética Endesa, que el ex presidente Felipe González sea consejero independiente de Gas Natural-Fenosa, o que la ex ministra socialista Elena Salgado haya fichado también por Endesa, como consejera de la filial chilena Chilectra, impulsora de los peores crímenes medio ambientales en la Patagonia. Formidable el gato, nunca deja de cazar ratones.

En España, al contrario de lo que ocurre en otras latitudes, tenemos pánico del amanecer, porque la aurora nos trae nuevas sombras y cada vez más espesas. El Gobierno del Partido Popular, fiel a lo que es Mariano Rajoy, un registrador de la propiedad, un burócrata decimonónico de los que usaban manguitos de felpa negra para proteger la inmaculada blancura de sus camisas, amparado en la mayoría absoluta se ha convertido en una suerte de emisario de lo que dictan los mercados para aumentar la precariedad de los ciudadanos transformados en consumidores en desgracia. Cada amanecer somos despertados por un nuevo zarpazo del gato que insiste en cazar ratones, aunque tengan forma humana. Recortes a la educación, recortes sanitarios, más despidos presentados como “ajustes”, y silencio absoluto frente a los nuevos escándalos de corrupción, robo, estafa, cometidos por instituciones como ­Bankia, un banco que, tras presentarse como la institución financiera más sólida, hoy amenaza con hacer estallar todo el sistema financiero.

Bankia nace de la fusión y consiguiente desnaturalización de un conjunto de Cajas de Ahorros. El afán de ser “competitivos” en el mercado elimina la función social de las antiguas cajas, los ­primeros resultados son muy optimistas, esperanzadores para quienes han invertido en acciones, pero en muy poco tiempo algo inexplicable hasta ahora ocurre, el balón se desinfla y Bankia recibe una inyección de dinero público de 23.500 millones de euros, más que todo el presupuesto de infraestructuras del Estado español.

Supongo que todos hemos visto la imagen de un banquero saltando al vacío durante el crash económico de 1929, pero en España, banqueros como el ex ministro de Aznar Rodrigo Rato, ex funcionario del FMI y ex presidenciable no considerado por el dedo de Aznar que prefirió indicar a Mariano Rajoy como sucesor, no salta por ninguna ventana de La Castellana. No con un sueldo de 2.184.000 euros.

Así, todo intento de hacer un relato sobre qué diablos pasó, qué demonios pasa y qué va a ocurrir mañana, empieza y termina con el llamado a la corrupción, al abandono de la ética que pronunciara Carlos Solchaga y que refrendara la alusión al gato de color indefinido citado por Felipe González. 

Karl Marx escribió que el capitalismo tenía el germen de su propia destrucción. El filósofo de barbas blancas pensaba en Inglaterra, pero si hoy estuviera sentado bajo el sol en una playa de Marbella y con el gato que caza ratones en sus piernas, tal vez descubriría que el capitalismo clásico, sustentado en la explotación generadora de plusvalía, lejos de auto destruirse se ha metamorfoseado en el rostro invisible del mercado, en el cuerpo inasible del mercado, en la voracidad inimaginable del mercado. Y tal vez con su iPhone llamaría a su colega Friedrich Engels. Juntos, en bermudas y bajo el sol de Marbella escribirían: “un fantasma recorre el mundo. Es el fantasma del mundo en que queremos vivir, el fantasma posible de la sociedad posible en que deseamos participar”.

Pero mientras ese fantasma no empiece su andar, el maldito gato seguirá cazando ratones.

Fuente: Le Monde diplomatique España

MUNDIAL BRASIL 2014 – POLÍTICA BRASIL 2014



por Ignacio Ramonet para Le Monde diplomatique España


Es poco probable que los brasileños obedezcan a la procaz consigna que lanzó Michel Platini –otrora gran futbolista y hoy politiquero presidente de la Unión Europea de Asociaciones de Fútbol (UEFA)– el pasado 26 de abril: “Hagan un esfuerzo, déjense de estallidos sociales y cálmense durante un mes”. La Copa Mundial de Fútbol comienza en São Paulo el 12 de junio para concluir el 13 de julio en Río de Janeiro. Y hay efectivamente preocupación. No sólo en las instancias internacionales del deporte sino también en el propio Gobierno de Dilma Rousseff, por las protestas que podrían intensificarse durante el evento deportivo. El rechazo al Mundial por parte de la población ha seguido expresándose desde junio del año pasado, cuando empezó todo con ocasión de la Copa Confederaciones. La mayoría de los brasileños afirman que no volverían a postular a Brasil como sede de un Mundial. Piensan que causará más daños que beneficios. ¿Por qué tanto repudio contra la fiesta suprema del balompié en el país considerado como la meca del fútbol? Desde hace un año, sociólogos y politólogos tratan de responder a esta pregunta partiendo de una constatación: en los últimos once años –o sea, desde que gobierna el Partido de los Trabajadores (PT)– el nivel de vida de los brasileños ha progresado significativamente. Los aumentos sucesivos del salario mínimo han conseguido mejorar de forma sustancial los ingresos de los más pobres. Gracias a programas como “Bolsa Familia” o “Brasil sin miseria”, las clases modestas han visto mejorar sus condiciones de vida. Veinte millones de personas han salido de la pobreza. Las clases medias también han progresado y ahora tienen la posibilidad de acceder a planes de salud, tarjetas de crédito, vivienda propia, vehículo privado, vacaciones... Pero aún falta mucho para que Brasil sea un país menos injusto y con condiciones materiales dignas para todos, porque las desigualdades siguen siendo abismales. Al no disponer de mayoría política –ni en la Cámara de diputados ni en el Senado–, el margen de maniobra del PT siempre ha sido muy limitado. Para lograr los avances en la distribución de los ingresos, los gobernantes del PT –y en primer lugar el propio Lula– no tuvieron más remedio que aliarse con otros partidos conservadores. Esto ha creado cierto vacío de representación y una parálisis política en el sentido de que el PT, a cambio, ha tenido que frenar toda contestación social. De ahí que los ciudadanos descontentos se pongan a cuestionar el funcionamiento de la democracia brasileña. Sobre todo cuando las políticas sociales comienzan a mostrar sus límites. Pues, al mismo tiempo, se produce una “crisis de madurez” de la sociedad. Al salir de la pobreza, muchos brasileños pasaron de la exigencia cuantitativa (más empleos, más escuelas, más hospitales) a una exigencia cualitativa (mejor empleo, mejor escuela, mejor servicio hospitalario). En las revueltas de 2013, se pudo ver que los protestatarios eran a menudo jóvenes pertenecientes a las clases modestas beneficiarias de los programas sociales implementados por los Gobiernos de Lula y de Dilma. Esos jóvenes –estudiantes nocturnos, aprendices, activistas culturales, técnicos en formación– son millones, están mal pagados, pero tienen ahora acceso a Internet y poseen un nivel bastante alto de conexión que les permite conocer las nuevas formas mundiales de protesta. En este nuevo Brasil, desean “subirse al tren” porque sus expectativas han aumentado más que su condición social. Pero entonces descubren que la sociedad está poco dispuesta a cambiar y a aceptarlos. De ahí su frustración y su descontento. El catalizador de ese enojo es el Mundial. Obviamente, las protestas no son contra el fútbol, sino contra algunas prácticas administrativas y contra los chanchullos surgidos de la realización del evento. El Mundial ha supuesto una colosal inversión estimada en unos 8200 millones de euros. Y los ciudadanos piensan que, con ese presupuesto, se hubieran podido construir más y mejores escuelas, más y mejores viviendas, más y mejores hospitales para el pueblo. Como el fútbol es el universo simbólico y metafórico con el cual más se identifican muchos brasileños, es normal que lo hayan utilizado para llamar la atención del Gobierno y del mundo sobre lo que, según ellos, no funciona en el país. En ese sentido, el Mundial ha sido  revelador. Para denunciar, por ejemplo, esa forma de hacer negocios turbios con el dinero público. Sólo en la construcción de los estadios, el coste final ha sido un 300% superior al presupuesto inicial. Las obras fueron financiadas con dinero público a través del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), el cual confió la edificación de los estadios y las gigantescas obras de infraestructura a empresas privadas. Estas, con frío cálculo, programaron el retraso en los plazos de entrega, con vistas a realizar una extorsión sistemática. Pues sabían que, ante las presiones de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA), cuanto más se retrasara la construcción, mayores serían los pagos adicionales que recibirían. De tal modo que los costes finales se triplicaron. Las protestas denuncian esos sobrecostes efectuados en detrimento de los precarios servicios públicos ofrecidos en educación, salud, transporte, etc. Asimismo, las manifestaciones denuncian la expulsión, en algunas de las doce ciudades sedes del Mundial, de miles de familias, desahuciadas de sus barrios para liberar los terrenos donde se han edificado o ampliado aeropuertos, autopistas y estadios. Se estima que unas 250.000 personas fueron víctimas de expulsiones. Otros protestan contra el proceso de mercantilización del fútbol, que la FIFA favorece. Según los valores dominantes actuales –difundidos por la ideología neoliberal–, todo es mercancía y el mercado es más importante que el ser humano. Unos pocos jugadores talentosos son presentados por los grandes medios de comunicación como “modelos” de la juventud, e “ídolos” de la población. Ganan millones de euros. Y su “éxito” crea la falsa ilusión de un posible ascenso social mediante el deporte. Muchas protestas son dirigidas directamente contra la FIFA, no sólo por las condiciones que impone para proteger los privilegios de las marcas patrocinadoras del Mundial (Coca Cola, McDonald’s, Budweiser, etc.) y que son aceptadas por el Gobierno, sino también por las reglas que impiden, por ejemplo, la venta ambulante en las cercanías de los estadios. Varios movimientos protestatarios tienen por lema “Copa sem povo, tô na rua de novo” (“Copa sin el pueblo, estoy en la calle de nuevo”), y expresan cinco reivindicaciones (por los cinco Mundiales ganados por Brasil): vivienda, salud pública, transporte público, educación, justicia (fin de la violencia de Estado en las favelas y desmilitarización de la policía militar) y, por último, una sexta: que se permita la presencia de vendedores informales en las inmediaciones de los estadios. Los movimientos sociales que lideran las manifestaciones se dividen en dos grupos diferentes. Una fracción radical, con el lema “Sin derechos no hay Mundial”, pacta objetivamente con los sectores más violentos, incluso con los “Black Bloc” y su depredación extrema. El otro grupo, organizado en Comités Populares de la Copa, denuncia el “Mundial de la FIFA” pero no participan en movilizaciones violentas. De todos modos, las protestas actuales no parecen poseer la amplitud de las de junio del año pasado. Los grupos radicales han contribuido a fragmentar la protesta, y no hay una dirección orgánica del movimiento. Resultado: según una reciente encuesta, dos tercios de los brasileños están en contra de las manifestaciones durante el Mundial. Y, sobre todo, desaprueban las formas violentas de las protestas. ¿Cuál será el coste político de todo esto para el Gobierno de Dilma Rousseff? Las manifestaciones del año pasado supusieron un duro golpe a la presidenta que, en las tres primeras semanas, perdió más del 25% del apoyo popular. Después, la mandataria declaró que escuchaba la “voz de las calles” y propuso una reforma política en el Congreso. Esa enérgica respuesta le permitió recuperar parte de la popularidad perdida. Esta vez, el desafío será en las urnas, porque las elecciones presidenciales son el 5 de octubre próximo. Dilma aparece como favorita. Pero tendrá que enfrentarse a una oposición agrupada en dos polos: el del centrista Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), cuyo candidato será Aécio Neves; y, mucho más temible, el polo del socialdemócrata Partido Socialista Brasileño (PSB), constituido por la alianza de Eduardo Campos (ex ministro de Ciencia y Tecnología de Lula) y la activista ecologista Marina Silva (ex ministra de Medio Ambiente de Lula). Para este escrutinio, decisivo no sólo para Brasil sino para toda América Latina, lo que ocurra este mes durante el Mundial podría ser determinante.

domingo, 29 de junio de 2014

Cuando un orden legal es injusto, hay buenas razones para rebelarse...





1- Guido Leonardo Croxatto, Asesor de la Secretaría de Finanzas de la Nación en la etapa de restructuración de la deuda externa, período 2005-2007, para Miradas al Sur


Durante la década del ’90 la Argentina sostuvo con deuda un tipo de cambio ruinoso que paralizó la industria generando desempleo, pobreza, y desigualdad. La convertibilidad no fue gratuita, costó mucho: el Estado se endeudó de modo sostenido para financiar ese desequilibrio, en la idea de que la inflación (que se buscó parar con el tipo de cambio fijo) era un mal mayor que el déficit fiscal o el enfriamiento de la economía. Lo cierto es que durante los ’90 se privatizaron sectores estratégicos de la economía, al tiempo que se promovía el sostenimiento de un tipo de cambio ilusorio, pero que permitía a las empresas recién privatizadas ganar en dólares en un mercado emergente.  De este modo, financiando la convertibilidad con más deuda, el Estado financiaba las ganancias en dólares de las empresas que fugaban el dinero del país, es decir, el atraso. Lo curioso es que esto, que perjudicaba y mucho al país, era presentado en los foros internacionales como un “modelo a seguir”. El megacanje del 2001, realizado a instancias de los organismos de crédito como el FMI (sin cuyo apoyo el endeudamiento hubiera sido en esa dimensión imposible), fue un punto culminante de este proceso ruinoso (hecho siempre con la misma lógica: financiar con deuda la fuga de capitales) hecho a espaldas del pueblo argentino, que vio, luego, confiscados sus depósitos, colapsado su sistema financiero y destruido su sistema político.
Meses antes del estallido de la crisis argentina de 2001, los bancos de inversión que habían comprado, a instancias de los organismos internacionales que presentaban a la Argentina como un país “modelo”, títulos de deuda, salieron, en un evidente conflicto de intereses (y disponiendo de información privada, imperfecta), a vender esos títulos propios –que iban a caer en default– a sus propios clientes, la mayoría de los cuales eran docentes jubilados, asalariados, nunca inversores de alto riesgo, como demanda una colocación de ese tipo: los bancos colocaron (como “buena inversión”) bonos de un país emergente en crisis al borde del default en manos de inversores no sofisticados.
Una vez que el país entro en cesación de pagos y pedía una quita sustancial de la deuda (algo recomendado en su momento incluso por teóricos del propio Fondo Monetario Internacional, como el prestigioso Kenneth Rogoff, que sostenía que con ese peso de deuda era imposible para la Argentina volver a crecer, y sin crecimiento no hay pago alguno) esos bonos se desplomaron. Pasaron a no valer nada. En ese momento, los fondos buitre, de especulación, los compraron en manos de esos mismos inversores estafados por sus propios bancos (por ejemplo, en Italia) a precio vil. La estrategia comienza después, cuando esos fondos hablan en nombre de los propios jubilados y docentes estafados, echando todas las tintas sobre la Argentina, y no sobre las operaciones ruinosas intermedias, que son el núcleo que llevo a la estafa. De este modo se presentó y aún presenta a la Argentina como “culpable” de “robar el dinero” a los pobres contribuyentes, cuando la realidad del funcionamiento de los mercados especulativos financieros presenta un escenario complejo con responsabilidades compartidas muy marcadas. La responsabilidad de los bancos de inversión que semanas antes del default salieron masivamente a colocar esos bonos (esa pérdida) en sus propios clientes, configura una primera estafa a esos “pobres ahorristas”. Luego, en una segunda etapa, los fondos especulativos recompran a precio vil esos bonos, pero hablando en nombre de los ahorristas estafados (por sus propios bancos, no por la Argentina, ya que no es posible para la Argentina colocar un bono emergente de una economía en crisis –inversión de alto riesgo– en manos de jubilados y docentes desprevenidos, esa operación no fue de la Argentina, fue de los bancos intermediarios que abusaron de su posición de confianza sobre sus propios clientes) piden el pago total de los mismos, de modo de obtener, luego de la recompra a precio vil, diez veces (o más) de lo pagado por ese mismo título. Por eso es cinismo la reciente “disposición a negociar” de los fondos buitre, cuyo accionar es violatorio del derecho internacional de los derechos humanos, entre otros. La estrategia argumental de la Corte estadounidense es similar a la de estos fondos de especulación que han sido ya denunciados por organismos como la ONU por poner en peligro incluso planes alimentarios en países pobres de África. La estrategia argumental que debe desnudarse es el legalismo-formalismo del título. El título no habla solo. Tener un título en estas circunstancias no basta para reclamar con legitimidad un pago a un Estado que fue, por otra parte, precisamente estafado (mientras era puesto como “modelo” en la región) y vaciado con el modelo de la convertibilidad sostenida con deuda. Es decir, un modelo de endeudamiento para financiar el atraso, financiando, de ese modo, la fuga de divisas del país. Exactamente lo mismo que esos fondos reclaman ahora: fugar dinero. Sacar dinero del país. Ese fue el modelo de los ’90. Ese fue el modelo del subdesarrollo. Echar luz sobre las operaciones intermedias (y sobre las responsabilidades de organismos como el FMI en el endeudamiento “modelo” argentino) puede ayudar a entender mejor por qué el Estado argentino no está obligado a pagar sino a cuestionar el proceso que le generó la deuda que se le reclama. Son dos cosas distintas. La Argentina tiene el desafío de demostrar que fue víctima de un proceso complejo (con actores responsables locales), y no culpable de “estafa” alguna, como pretenden los buitres, para ocultar, de ese modo, su propia responsabilidad en la estafa sistemática de millones de ahorristas desprevenidos en todo el mundo, en cuyo nombre se habla. La convertibilidad no benefició a la Argentina. La deuda externa fue el medio para sostener ese tipo de cambio, que benefició solamente a quienes sacaban dinero del país. La Argentina no fue culpable de este “modelo”. Fue su primera víctima. Lo curioso es que todo esto se haga (o se oculte, se justifique, se defienda) en nombre de la legalidad y el respeto de los contratos. El equipo de Nielsen y Lavagna, a instancias del presidente Kirchner, buscó una reestructuración exitosa, con una quita importante y con críticas a las Instituciones Financieras Internacionales (IFIs). Argentina no es uno de los “too big to fail”, Argentina sí puede (se la dejó y se la dejaría) caer. Pero algo dejó pendiente aquel proceso de reestructuración, tal vez porque Argentina no es un actor decisivo en el mercado financiero internacional: una discusión de fondo sobre los modelos de endeudamiento de los países emergentes “modelos”, que se endeudaron a instancias de organismos como el FMI, que tras el estrepitoso fracaso de su país “modelo” se limitó a soltarle la mano al país y a crear una modesta Oficina de Evaluación Independiente (OEI) que funciona bajo su órbita, en el mismo edificio, y que una década después del colapso argentino no arrojó ningún resultado relevante. Ninguna crítica. Ninguna pauta para pensar. La deuda se contrajo para financiar un tipo de cambio ruinoso que arrasó la economía pero permitió a determinados sectores concentrar y desviar fondos del país. Todo fue pérdida. No hubo progreso. No hubo ningún “éxito”. (Michel Mussa se equivoca cuando escribe “Argentina y el FMI, del éxito a la tragedia”, porque nunca hubo éxito, todo o casi todo fue tragedia) La Argentina está frente a una discusión fundamental. Determinante para su futuro. Lo primero que debe hacer el país es tener el coraje de hablar claro. De visibilizar intereses. Ponerles un nombre. Describirlos. Ponerlos sobre la mesa.


2- Reportaje a Atilio Borón

por Felipe Deslarmes para Miradas al Sur

Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard y especialista en política nacional e internacional, Atilio Boron estudió la situación de la Argentina desde un marco político internacional. Instó a apelar a la categoría de deuda odiosa para revisar la deuda externa y observó los puntos clave para mantener la firmeza de los reclamos.





Cómo analiza la decisión de la justicia norteamericana de poner en riesgo los intereses del 92,4% de los bonistas que ingresaron en los canjes de 2005 y 2010?

–Es importante comprender que éste es el desenlace natural de una situación que empieza con los inicios de nuestra transición democrática, cuando se cometieron errores fundamentales, como no realizar las auditorias de la deuda externa ni se derogó la cláusula que había sido establecida por José Alfredo Martínez de Hoz para los bonos argentinos según la cual, por cualquier litigio que surgiera en torno de ellos, corresponderían los tribunales de Nueva York. Desde ahí, y en una evidente cesión de soberanía que no pudo ser modificada ni en los primeros años de Alfonsín porque no contaba con el apoyo de su partido en estos temas –y mucho menos con el Justicialista–, se desencadenan iniciativas que se inscriben dentro de las limitaciones de esa norma. Y que luego se incrementa con las sucesivas renegociaciones que tuvo la Argentina; sobre todo en los años del menemismo, primero con el Plan Baker y fundamentalmente con el posterior Plan Brady, aquellos que tornaron prácticamente imposible desandar el camino. Luego, cuando en 2005 se logra imponer la iniciativa del presidente Néstor Kirchner y de su ministro Roberto Lavagna de quitarse los bonos de la deuda, la situación quedó prácticamente coagulada, sin posibilidades de marcha atrás. De manera que era sólo cuestión de tiempo que el aparato norteamericano accionara al servicio absoluto del capital financiero. Pensar que Thomas Griesa es un juez independiente es un cuento de niños, porque no tienen ningún grado de independencia respecto del capital financiero cuando todo el aparato legal y jurídico norteamericano está a su servicio. Existen algunas pequeñas grietas, excepciones, pero la generalidad es ésa.

–El escenario mundial de entonces era distinto del actual... caía el muro, se desarmaba la URSS y se desequilibraba el orden mundial a favor del imperio...

–Sí, por entonces el escenario era mucho más desfavorable para la Argentina. Pero cuando uno tiene que tomar grandes decisiones, difícilmente se hacen en un contexto y clima internacional propicios. Los procesos históricos se desenvuelven en contextos complicados, pero es lo que uno trata de cambiar tomando decisiones fuertes. Cuando el general Lázaro Cárdenas nacionalizó el petróleo mexicano, en el año ’38, no era porque Estados Unidos fuera una potencia débil en decadencia... lo hizo asumiendo los riesgos y dando la batalla. Las grandes iniciativas de América latina se han tomado en situaciones muy difíciles, porque el imperialismo está siempre al acecho. Pero son decisiones que hay que tomar, y que no se tomaron entonces. Luego se dirá que se siguió el rodaje jurídico normal que termina en una decisión que difícilmente podría haber sido otra... pero si no fuera así, el capitalismo no sería capitalismo.

–¿Cómo interpreta que el fallo fuera duramente criticado por varios medios internacionales, tal el caso del Financial Times?

–Previsible, el fallo de Griesa trae consecuencias globales negativas, sobre las que publicaron el Financial Times y el New York Times como otros medios del mundo, porque se favorece al capital financiero y dentro de éste a su núcleo más predatorio, como es el de los fondos buitre, en detrimento de todos los demás y, por supuesto, del beneficio general de toda la población. Nos encontramos frente a una situación sumamente delicada con una génesis que va mucho más allá de las críticas locales sobre los “gestos inapropiados desde la Argentina hacia Griesa”, algo cierto pero que no deciden este veredicto, sino que el tema es el que te venía comentando.

–¿Coincide con el ministro de Economía, Axel Kicillof, cuando dice que es difícil revisar una deuda que fue reconfirmada en todos estos años de democracia?

–Yo no estoy 100% seguro. Aunque en principio lo afirmen muchos que han estudiado el tema en profundidad, no creo que no pueda replantearse. Tenemos el caso de Ecuador, donde el presidente Correa exigió una auditoria internacional de la deuda y consiguió una reducción importante. Entonces, si bien es cierto que 30 años sin poner en tela de juicio la legitimidad de esa deuda hacen más difícil cualquier cuestionamiento, no estoy tan seguro de que no haya que revisarla.

–¿Cree que el descubrimiento de Vaca Muerta impulsó la negativa de estos fondos buitre a aceptar el canje?

–Evidentemente, Vaca Muerta es un objetivo poderoso para los inversionistas extranjeros. La Argentina debería tener una postura más agresiva en este punto. Yo objetaría que fuera el juez Griesa quien indique dónde y con quién tenemos que pagar y que siga incrementando su nivel de imposición porque sería imposible calcular hasta dónde llegará. Argentina debe priorizar honrar la deuda que tiene con el 92%. Si no se puede pagar en Argentina, podríamos intentar abrir sucursales en aquellos países que han demostrado tener una fuerte independencia de los EE.UU. Podríamos intentar abrir sucursales del Banco Nación en Shanghai, en Moscú o en Teherán, sólo por poner ejemplos, y ver si EE.UU. se opone a que se pague allí a los acreedores. Respecto de los fondos buitre, creo que de ninguna manera la Argentina puede aceptar los condicionamientos de Griesa, porque invariablemente, el 92% restante reclamaría lo mismo. Entonces, en la hipótesis extrema de que haya que pagar, se paga estrictamente lo que se acordó: los 1.300 millones y ni un centavo más. Insisto igualmente en que habría que hacer el esfuerzo enorme de revisar la deuda, aunque genere un desbarajuste, se reciban amenazas de sanciones, etc.; pero al mismo tiempo –y usted mencionaba Vaca Muerta– en la medida en que vean que hay una posibilidad de hacer negocios reverán algunas de las medidas heterodoxas que podrían tomar contra la Argentina. Pero no se puede enajenar el futuro económico del país cediendo ante un arbitraje de este tipo. Recordemos que hubo países en los que después de las dos guerras mundiales cambiaron las reglas de juego. Hasta EE.UU. apeló a la categoría de “Deuda odiosa” para cancelar unilateralmente la deuda que tenía el Irak de Saddam Husseim porque había sido adquirida en dictadura. Y creo que la Argentina podría apelar algún razonamiento de ese tipo y eventualmente abrir una puerta para no tener que hacer un pago que podría ser nocivo para el desarrollo nacional.

–¿Cree que se confunden cuestiones de derecho privado e internacional?

–Cierto; en el derecho privado se puede exigir un pago compulsorio sin importar si esa persona se queda en la calle o no. Pero no se puede trasladar esa lógica egoísta propia del capitalismo al ámbito de las naciones. Si se pagara lo que dice Griesa, este país quedaría reducido, en términos de producto bruto, a una proporción dolorosamente más pequeña a la que tiene ahora con el consiguiente sufrimiento de la población y reducción en servicios sociales de todo tipo. Por eso insisto con un replanteo: necesitamos buenos abogados, buenos técnicos, hacer una revisión de fondo y una firmeza en la instrucción de esa política.

–Así y todo, están presionando al límite a países como Grecia...

–Es parte del juego. Sabemos que van a insistir pero podemos argumentar que ninguna presión puede hacernos ceder y someter a nuestro país a un juicio absolutamente inmoral; porque las leyes del capitalismo norteamericano pueden tener mucho de legal pero son tramposas y sin duda inmorales. Y a mí lo que me importa es la legitimidad y la justicia de un orden legal. Cuando un orden legal es profundamente injusto hay buenas razones para revelarse contra ese orden, y eso lo dicen teóricos del orden liberal de todos los tiempos.