EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

domingo, 6 de julio de 2014

RECUERDOS DEL TERROR y una piba de 19 años




Fragmentos del capítulo “La casa de la CIA” 

Miriam Lewin. Periodista

Me bajaron entre dos en lo que parecía un garaje. Me arrastraron hasta un primer piso por una escalera de cemento, sin baranda. Me hicieron sentar sobre una mesa de madera, grande, en el centro de una habitación amplia. Sentí movimientos, había mucha gente alrededor. Por lo menos diez personas. Me quitaron la capucha y me vendaron los ojos. Me sacaron la ropa. Me ataron de pies y manos. Uno de ellos pidió silencio. “Vas a escuchar bien cuando te hable”, me dijo. “Te voy a descubrir los ojos y me vas a ver la cara. Y no te vas a olvidar de lo que te voy a decir.”Tenía razón.
Nunca me olvidé de esa voz, de ese acento.
Me descubrió. Vi el techo, vi que tomaba con una de sus manos un plafón que colgaba sobre la mesa y lo apuntaba a mi cara. Y vi su cara. Tenía ojos verdes que brillaban, era casi calvo y delgado. Estaba inclinado sobre mí.
–Oíme bien. Yo soy el jefe aquí, ¿me entendés? Yo soy el responsable, el dueño de tu vida y de tu muerte. De mí depende que sigas viviendo, ¿sabés? Si colaborás, te vas a tu casa. No nos importás vos. Sos una perejila, no sos nadie. Nos importa Patricia. ¿Adónde está Patricia?
No sé cómo dije no sé. Pero recuerdo la reacción que eso provocó. Me taparon de nuevo los ojos con un trozo de caucho.
–¿Cómo que no sabés? ¿No nos querés decir adónde está, no?
–No sé, hace mucho que no la veo.
Sentí una bofetada.
–Si no hablás, la vas a pasar mal, muy mal. ¿Adónde está Patricia? ¿Me escuchaste? ¡Si no hablás, te vamos a pasar uno por uno, hija de puta! –decían.
Todos se rieron a carcajadas.
Me levantaron la cabeza. Me corrieron el caucho de los ojos para que viera lo que pasaba. Uno de ellos se había bajado los pantalones y acercaba su pene fláccido a mi vagina en medio de mis piernas, abiertas en V, atadas a las puntas de la mesa.
No me asusté. Pensé que una violación o varias violaciones eran mejor que la picana. Que el sexo, aunque brutal, aunque a la fuerza, por lo menos era algo que se acercaba más a lo humano que la tortura. Que el conseguir placer aunque fuera contra mi voluntad, era más comprensible que provocar dolor.
–Puta de mierda, putita. ¿Cuántos abortos te hiciste? ¿Con cuántos tipos te acostaste?
–Está mejor en las fotos que personalmente –decía uno y se reía.
–Sí, en la foto parecía que estaba buena –Más risas–. Y yo que me había hecho ilusiones.
Me retorcían a pellizcones los pechos, el pubis.
Me sentía humillada frente a desconocidos. Mi sexo examinado, evaluado, interpelado.
–¿Cuántos tipos te garchaste? Mirá qué putita que debés ser... mirá...
Estaba desnuda, sola. Vencida. Se sentían golpes, pasos, patadas, gritos, conversaciones cruzadas entre ellos. Olor a alcohol. Eran muchos... ¿Cuántos eran?
Parecía un rito diabólico, y yo, la víctima a sacrificar.
–¿Donde está Patricia? Contestás y te vas a tu casa, turrita. Contestá de una vez. ¿Conocés la máquina? ¿Sabés quién es Margarita?
–No, no sé dónde está Patricia, no sé, no sé. No sé quién es Marga...
Se rieron otra vez, salvajes.
Margarita era la máquina, la picana, la parrilla.
Me sacudí con un dolor que nunca antes había sentido. Penetrante, insoportable. Me arqueé sobre la mesa y grité. Me taparon la boca. Mordí. Alguno de ellos me empezó a acariciar el pelo y a hablarme al oído. Me tomaba una mano.
–Tranquila, tranquila, no pasa nada –me decía.
Me pasaron la picana por los pechos, especialmente en los pezones. Me destaparon la boca para ponérmela en las encías. La humedad conducía mejor la electricidad. Me iba a explotar la cabeza. Miles de alfileres me perforaban la carne. Provocaban ardor, me contraía. Levantaron el antifaz de goma, tiraron de mi mejilla hacia abajo para separar el párpado inferior y probaron en los ojos. Ya casi no sentía más nada. Por momentos, creí que podía salir de mi cuerpo y mirar todo desde arriba. Lo intenté, lo hice, y me alivió. ¿Me habría muerto?
Gritos, insultos, gritos, insultos, gritos, insultos, golpes.
Obscenidades y puteadas.
Todo tenía algo de teatral. Macabro, pero teatral. Era una misa negra. Cada uno tenía su papel bien aprendido en el rito, que cumplía al pie de la letra y yo era la ofrenda.
El que estaba en la cabecera me seguía hablando bajito mientras los otros aullaban.
–¿Dónde está Patricia? ¡Decinos dónde está! ¡Si colaborás, no te pasa nada, piba!
De repente, se cortó la luz. Hubo silencio.
–¿Qué carajo pasó? –se preguntaron.
Sonreí. Juro que sonreí. Los trabajadores de Luz y Fuerza estaban haciendo cortes sorpresivos para reclamar la aparición del secretario general del gremio, Oscar Smith. Pensé: “¡Los laburantes!¡Los cagaron los laburantes, la puta que los parió!”.
Alguien seguía peleándola ahí afuera. No estaba tan sola...
Pasaron unos minutos. Hubo un silencio lleno de movimientos.
–¿Te llamás Peny? ¿Vos sos Peny?
–No.
–Sí, sos Peny. Peny o la Polaca, ¡ese es tu nombre de guerra!
–No, no soy Peny, me dicen Lili –contesté.
–Sos Peny, sos Peny. ¿Dónde está Patricia? Decinos dónde está Patricia. Eso es lo único que queremos de vos.
El corte de luz se prolongaba y trajeron la picana portátil que funcionaba con una batería. Tenía la boca destapada cuando empezaron a usarla.
Grité, grité lo más fuerte que pude.
–Dale, boluda, ¡si ésta es mucho menos fuerte que la otra! Esta es una cosquillita piba, una joda. Tuviste suerte.
Pasaron los minutos, las horas. El rito seguía. Los pechos, las encías, la vagina, los ojos, los pechos, las encías, la vagina. Gritos y golpes. Y de nuevo, el chirrido áspero y agudo de la picana.
“¡Silencio!”, gritó el del acento, el Mendocino.
De nuevo se acercó a mi cara, o más precisamente a mi oído. “Seguro que te habrán dicho que somos unos asesinos. No es así, si colaborás, vas a tener un juicio justo, vas a cumplir tu condena, y vas a volver a ver a tu familia. Tu amiga Patricia, que seguramente te preocupa, va a cumplir una condena más dura, porque quiso matar al padre.”
–No... –susurré.
–No ¿qué?
–No quiso matar al padre.
–Le puso una bomba en el Cóndor, ¿qué decís?
–No lo quiso matar, no fue así.
–¡No lo quiso matar! –gritaba burlón el coro griego de torturadores.
–¿Adónde estáaaa...? –me dijo, imitando mi tono de voz, el Mendocino.
–No sé, no sé dónde está, no la veo hace mucho, no nos vimos más...
–¡Bueno, basta, se me acabó la paciencia! –gritó–. ¡Te vamos a matar!
Fue un alivio. Dejaron de picanearme y trajeron un revólver.
Lo supe porque me levantaron el caucho y vi las piernas de algunos enfundadas en vaqueros alrededor mío. Pusieron una bala en el cargador delante de mis ojos. Me apoyaron el arma en la sien, la martillaron y apretaron el gatillo.
Aullaban. “¡¿Dónde está Patricia?!”
–No sé.
Me hicieron girar la cabeza hasta que pude ver el brillo del metal. No sentía miedo. Nunca les tuve miedo a las armas.
–¿Dónde está Patricia? Vos no nos interesás, nos interesa tu amiga.
No contesté. Respiré hondo. Estaba segura de que no iban a matarme tan pronto: querían información. Y prefería que siguieran con ese juego y no con la picana. Al lado de ese dolor insoportable, de esa sensación de que miles de hojas de afeitar me cortaban simultáneamente, lo demás era un recreo.
Empezaron a aplicarme el submarino seco. Usaron una bolsa de plástico para asfixiarme. Trataba de aspirar hondo, como cuando jugaba de chica con mi viejo en la pileta a aguantar debajo del agua. Contaba, uno, dos, tres, cuatro... No me van a matar ahora, no me van a matar así. Tranquila, pensaba.
Cuando ya no toleraba más o a veces un poco antes, despegaban la bolsa tensa de la nariz y la boca y podía dar unas bocanadas rápidas de aire. A veces lo acompañaban con un golpe en la cabeza que me dejaba mareada, pero no me impedía aspirar, aspirar todo lo que podía para soportar. El corazón bombeaba fuerte. Pero cualquier cosa era mejor que la máquina. Lo hicieron hasta que pensé que no iba a poder aguantarlo más.
No me voy a morir ahora.
¿Por qué carajo no me pude tomar la pastilla así me moría cuando yo quería?
De repente se hizo silencio. No estaba sola, pero algunos se habían ido escaleras abajo. Temblaba, de agotamiento y de frío. Pasaron unos minutos. Alguien me tiró algo encima del cuerpo, una sábana o una manta. No sé cuánto tiempo pasó. Creo que me adormecí. Se escuchaban movimientos abajo. Motores, órdenes, portones que se abrían. De repente, empecé a sentir un cosquilleo que tardé en reconocer como ganas de orinar. Crecieron hasta hacerse insoportables. No me imaginaba cómo, estaqueada en esa mesa, con una luz colgándome sobre los ojos encintados con caucho iba a poder decir que quería ir al baño. Pero lo dije.
Hubo silencio. Pensé que tal vez me habían dejado sola.
“Hacete encima”, escuché.
Una orden así, seca, despreocupada.
No les iba a dar el gusto de verme tan humillada. Me desataron y me hicieron sentar. Me pusieron la camisa y me alcanzaron la bombacha. Tambaleé cuando me pararon entre dos. Me ayudaron a bajar la escalera de cemento y llegué a lo que parecía un patio.
Sentí el aire fresco. Estaba mareada y débil. Me hicieron entrar en un cubículo donde había una letrina. Me separaron las piernas. “Hacé”, me decían. Quise cerrar la puerta de madera extendiendo las manos en la oscuridad. Apenas llegué a tocarla. “No”, dijo uno. Entendí que tenía que orinar delante de ellos. Me puse en cuclillas. Por debajo de la cinta de caucho les veía las piernas. Hablaban en voz baja. Uno tiró un cigarrillo al piso. Oriné. El ruido los hizo callar. Sentí que me miraban. Volvieron a subirme a la mesa de madera. Ya era de noche. No sabía cuántas horas habían pasado. De repente, alguien entró corriendo.
–¿Quién vive en Charlone? –me preguntó.
Tuve que pensar lo más rápido posible. Charlone era la calle de mi casa, la del departamentito de Madero, donde estaría Juan. “Sí, Charlone 1067 acá dice”. ¡Tenían la boleta de la tintorería! Habíamos llevado la ropa heredada de la Petisa para repartirla.
–No sé.
–No mientas, ¿quién vive en Charlone?
–No sé, siempre doy cualquier dirección.
¿Por qué carajo había dado la dirección real en la tintorería cuando ni siquiera la había dado en el trabajo?
¡Por qué me había equivocado así!

Ya no me preguntaban por Patricia, ahora iban por la información que yo tenía. Vinieron a buscarme y me subieron a un auto de nuevo, me acostaron en el piso, atrás. Pero ahora ya no gritaban. Uno de ellos, que viajaba adelante, me dijo: “Por fin te encontramos, turra. ¡Hace cuarenta días que no tenía un franco por vos! ¡Cómo nos hiciste laburar!”.
Alguien me acariciaba la cabeza de nuevo. Llegamos rápido y subimos una escalera. Me arrancaron la ropa y me acostaron en una cama turca. El elástico se me incrustaba en el cuerpo. Me ataron manos y pies otra vez con tiras de caucho y restos de neumáticos.
Entraron precipitadamente. De nuevo escuché el acento mendocino. Apoyaron algo en la cabecera de la cama. Me arrancaron la ropa. Los alfileres me perforaron toda. Me tiraron del pelo para levantarme la cabeza, me hablaron con bronca cerca de la cara. Me insultaban, olían a alcohol y a transpiración. De nuevo el rito, y yo ahí.
–Tenés que saber dónde está Patricia. Tenés que saber. Pensá, acordate –decían.
Me tiraban agua sobre el pecho. Creo que lo hacían con una toalla mojada que hundían en un balde y después retorcían sobre mí. La electricidad me quemaba. Me dolía todo el cuerpo. Me dolía tanto que ya casi no podía sentir. Alguien me tomó el pulso. “Todo bien”, dijo.
–Mirá, guacha, tenemos todo el tiempo del mundo –amenazó el Mendocino–. Nadie te va a venir a rescatar. Nadie sabe dónde estás, ni tus compañeros, ni tu familia que querés tanto, porque sabemos que la querés. Te vamos a torturar hasta que te quiebres, porque te vas a quebrar. ¿De qué te sirve aguantar? Te defendiste como una leona, la peleaste como una fiera cuando te agarramos. Ya está, perdiste. Per-dis-te. Tenés que saber dónde puede estar guardada Patricia.
Respiré hondo. Tenía razón. Si seguían picaneándome, me iba a quebrar. Nadie podía aguantar para siempre.
¿Cuántas horas habían pasado desde las cinco de la tarde, desde la parada del 28 enfrente de Jabón Federal? ¿Tres, cinco, doce? No tenía noción del tiempo. Sólo sabía que era de noche. Tenía que inventar algo que me permitiera descansar, que hiciera que pararan de darme máquina.
Me imaginé que podía mentirles y decirles que conocía una casa donde Patricia podía estar oculta. ¡Si supieran que la había visto, embarazada, tan desprotegida, en la estación Libertad de Merlo!
Tenía que ser una casa real, para describirla una y otra vez sin equivocarme. Tenía que ser una calle que conociera un poco. Tenía que tener algunos datos, pero no todos. Tenía que ser impecable la mentira. No podía darme el lujo de subestimarlos de nuevo.
Elegí la casa de un compañero amigo de Juan y del Taño. Era un PH, cerca de la avenida Nazca, en Villa del Parque. No sabía de qué lado de Nazca quedaba. Ni siquiera sabía si la casa quedaba en una calle transversal o en una paralela. Nunca iba a encontrarla, aunque hubiera querido. Resultaba creíble que Patricia y el Taño estuvieran escondidos allí, aunque la realidad es que era imposible. El hermano mayor del dueño de casa ya había sido secuestrado, y no era una casa segura.
El rito continuó un tiempo más.
Hubo más gritos, aullidos, golpes, risas.
Hubo más alfileres, más agua sobre el cuerpo, más descargas. Más puta de mierda, más promesas de salvación si colaboraba.
–Patricia puede estar en una casa adonde fui una vez –dije.
Se hizo silencio. Todo paró. La ceremonia macabra se fue desarticulando. Sentí la respiración del Mendocino muy cerca.
–¿Dónde? ¿Por qué pensás que puede estar ahí?
–No sé, es la casa de un amigo del Taño, que no milita. Hicimos una reunión una vez ahí...
–¿Dónde queda? –dijo. Lo pronunció de una manera especial, obscena.
–No sé la dirección, sé la zona. Es cerca de donde yo viví, en Villa del Parque. Fui de noche y tabicada, pero creo que la puedo encontrar.
El engaño surtió efecto. Me dejaron sola. La picana dejó de chirriar. Yo descansé. Tiritaba. Parecía que preparaban algo. Me desataron y me hicieron sentar en la cama. Me ayudaron a ponerme la ropa, con los ojos todavía vendados. Me encogía con cada contacto. No era una reacción consciente, era un reflejo.
“Tranquila. Ya pasó”, escuché decir al Mendocino. “¿Querés destaparte los ojos?” Se acercó uno de ellos, que lo interpretó como una orden. Y me arrancaron el caucho. La luz me lastimó. Me cubrí con la mano y parpadeé durante algunos segundos. Tenía los párpados pegados por humores viscosos y los ojos me ardían.
“No tengas miedo. Seguramente escuchaste que si alguien nos veía las caras eso significaba la muerte, pero te mintieron. Te mintieron en eso, como en otras tantas cosas.”
Hablaba el Mendocino. No era su apodo, se lo había inventado yo. Los demás nunca lo llamaron de otra manera que “Señor”. Tenía una voz melosa, falsamente cálida.
No bien pude despegar los párpados, me aterrorizó lo que vi.
Vi en semicírculo, sentados en sillas destartaladas, bajo los tubos fluorescentes de la habitación, a lo que parecía un grupo de compañeros. Tenían entre veinte y veinticinco años, como la mayor parte de nosotros. Se vestían con camisas a cuadros, jeans o pantalones de corderoy, botitas de gamuza o borcegos, como nosotros. Salvo por mi presencia y la de la picana, que estaba a un costado de la cama, no parecía una sesión de tortura, sino una reunión de ámbito de estudiantes de la JUP.
–¿Qué te pasa? ¿No nos imaginabas así? ¿Tan feos somos?
–No –dije–, lo que pasa es que parecen compañeros.
–Si queremos combatirlos, tenemos que mimetizarnos con ustedes.
Tuve un escalofrío.
–Estás nerviosa, ¿querés un cigarrillo? ¿Qué fumás, Particulares o Parisiennes?
Varios de ellos sacaron atados.
–¿Ves? Hasta fumamos las mismas marcas que ustedes...
La mayoría de ellos hubiera podido pasar por un militante en los pasillos de la facultad. ¡Qué estúpidos éramos! ¡Qué vulnerables! ¡Buscábamos el arquetipo del milico en la patota! Nos cuidábamos de los que se parecían al estereotipo que teníamos del enemigo: nuca rapada, pelo corto y engominado, bigote morsa y piel oscura.
¿Cuál de ellos sería el que manejaba la picana? Nada lo delataba. Ninguno de ellos parecía capaz de provocar ese dolor. En realidad, nadie que tuviera apariencia humana me parecía hasta esa noche capaz de torturar.


Fuente: Putas y Guerrilleras  - Miradas al Sur

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