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jueves, 24 de julio de 2014

CHINA Y EL LIBRO BLANCO SOBRE AMÉRICA LATINA




Argentina y China: un matrimonio muy desigual

por Natalia Zuazo y Matías Rohmer, periodistas y politólogos egresados de la UBA


El crecimiento incesante del intercambio llevó a China a convertirse en el segundo socio comercial de Argentina. Pero urge modificar las profundas asimetrías que caracterizan esta relación, en la que Argentina está limitada a ser un mero proveedor de materias primas y receptor de productos manufacturados.

China y Argentina tuvieron, desde el principio, una relación madura: de ésas que crecen con el tiempo, pero también saben cuándo es necesario tomar distancia y cuándo ir a fondo otra vez. Argentina tomó la iniciativa, y fue el primer país latinoamericano en establecer canales de cooperación con el país asiático a partir de 1920. En 1953, mediante negociaciones realizadas a través de la entonces Berlín Oriental, se acordó una primera operación comercial en la que ambos países intercambiaron lo mejor que tenían en sus economías: el barco argentino llevó trigo, lana y extracto de quebracho; el chino cruzó el mar con bauxita y sedas. La relación continuó, pero con una marcada distancia hasta mediados de la década de 1970: corrían los tiempos de la Guerra Fría y Estados Unidos limitaba la política exterior de su “patio trasero”, América Latina y el Caribe, en un intento por evitar que China y la Unión Soviética los atrajeran al bloque oriental. La señal para el nuevo acercamiento llegó en 1971, cuando Richard Nixon reanudó las relaciones con la República Popular China. Argentina, bajo el gobierno de Lanusse, reconoció a Pekín y en 1972 inició relaciones diplomáticas con el país de la seda.

Hoy, cuarenta años después, el vínculo creció hasta convertir a China en el segundo socio comercial de la Argentina, mientras que Argentina es el cuarto socio comercial de China en América Latina.

La diferencia entre ese 1972 y este 2012 es que China es otro país. Poco queda de aquella sociedad agraria que en 1949, recién salida de la Segunda Guerra Mundial y la cruel ocupación japonesa, abrazó el mundo bipolar del lado comunista. Hoy es la segunda economía del mundo y una potencia industrial que, sin negar las numerosas deudas de desarrollo que aún tiene en su gigantesco interior de 1.300 millones de habitantes, ocupa el primer lugar de las exportaciones mundiales, crece a un promedio del 10% desde hace 30 años, y ocupa lugares de decisión en el Consejo de Seguridad de la ONU y la Organización Mundial del Comercio. Con esa magnitud de gran jugador internacional, la pregunta de si a Argentina le conviene profundizar los vínculos comerciales, financieros, diplomáticos y culturales con China se vuelve irrelevante. Nadie, gobierno u oposición, se niega a ello. La cuestión, en este punto de la relación, ya madura y con posibilidades de crecer exponencialmente en las próximas décadas, es: ¿cómo encararla desde un país de la escala de Argentina, con un PIB de 435.000 millones de dólares, frente a los 5,8 billones de dólares chinos? Y, ¿cómo hacerlo desde nuestro país, tradicional exportador de materias primas y con recursos naturales todavía valiosos, pero con una incuestionable necesidad de reindustrialización de su aparato productivo?

Crecimiento sin fin

La relación comercial argentino-china tuvo un primer gran salto en los años 90, de la mano de la apertura económica implementada por el gobierno de Carlos Menem, contemporánea del despegue industrial chino posterior a las reformas impulsadas por Deng Xiaoping en la década del 80. En 1996, las exportaciones argentinas a China alcanzaron los 607 millones de dólares, con importaciones desde el país asiático de 697 millones. En 2001, ese comercio se había duplicado, y a partir de ese año no dejó de crecer de manera constante. Hasta 2008, cuando las exportaciones argentinas fueron de 6.100 millones de dólares y las importaciones de 4.700, nuestro país mantenía superávit comercial con China. Sin embargo, a partir de 2009, a pesar de que el volumen de las exportaciones argentinas se mantuvo alrededor de los 6 mil millones, las importaciones procedentes del país asiático crecieron hasta los 10.500 millones en 2011, provocando un déficit para nuestro país de 4.500 millones de dólares.
Además de la situación deficitaria para Argentina de los últimos tres años, la composición de las exportaciones se presenta poco diversificada, con ocho productos que concentran el 95% de las ventas al país asiático: porotos de soja (71%), petróleo (11,5%), aceite de soja (4%), cueros y pieles (1,9%), carnes (1,2%), residuos alimenticios (0,8%), tabaco (0,9%) y lana (0,6%). La soja es, claramente, la vedette del intercambio, y el motivo de una preocupación que ya tiene neologismo propio: la sojización de la relación. La misma Cristina Fernández de Kirchner, en su última gira por el gigante oriental, oficializó la queja: “Argentina no puede seguir con el 82 por ciento de sus exportaciones a China en cuatro productos de escaso valor agregado y del otro lado recibir 98 por ciento de altísimo valor agregado y con mayor nivel de divisas. Sobre todo teniendo en cuenta el tamaño de una economía y de la otra, no se puede plantear una relación bilateral sin tener en cuenta las asimetrías”.

Los datos avalan la idea: las importaciones argentinas provenientes de China están compuestas por teléfonos (8,5%), computadoras (10%), químicos (3,5%), motocicletas (3,3%), juguetes (1,3%), manufacturas de plástico (0,7%) e instrumental médico (0,3%).

En este contexto, de la Presidenta hacia abajo el planteo de la reedición de un vínculo “neocolonial”, con Argentina como vendedora de materias primas frente a una potencia industrial, aparece como el primer dilema de un comercio que crece con una matriz de intercambio similar a la que se estableció con Gran Bretaña en el siglo XIX, y es un debate constante entre quienes estudian la relación sino-argentina. “Primero hay que advertir que la transformación que China impone no se parece a nada, es algo nuevo, por la escala del actor de que estamos hablando. Pero en la composición de la balanza exportadora, algo de eso hay”, adelanta Sergio Cesarin, sinólogo investigador del Conicet. Y luego avanza: “Lo que importa es qué hace no sólo Argentina sino nuestra región por sí misma. Porque podemos tener un patrón de intercambio comercial de productos primarios, pero reciclar parte de los excedentes de capital y generar otras cadenas de valor a nivel intrarregional. Hoy podemos ser una periferia distinta y entrelazada a procesos productivos globales de manera diferente, por ejemplo como exportador de biocombustibles o equipos nucleares. Otra opción sonjoint ventures de empresas de países que puedan asociarse para integrar escalas, o acuerdos de alcance de comercio entre las regiones”. Cesarin agrega que, además de “tejer redes” regionales, la multipolaridad hace que China conviva con otros posibles socios, como India o Rusia, y que ya no haya compromisos ideológicos que limiten los intercambios, a diferencia de la anterior situación centro-periferia.

En ese mismo sentido, tendiente a mejorar la posición relativa de nuestro país frente a un socio de escala mayor, Ernesto Fernández Taboada, director ejecutivo de la Cámara Argentino-China, indica que su institución, junto con la Fundación ExportAr, realiza estudios de productos con valor agregado que tendrían un gran mercado potencial en el gigante asiático y que nuestro país todavía no le está vendiendo. Entre ellos: pescados y mariscos, libros y publicaciones, preparados de legumbres y hortalizas, productos cosméticos, maquinaria para la industria de la alimentación, material de transporte terrestre, y productos de alta gama, como zapatos, ropa y caballos de polo. “La Martina, por ejemplo, tiene copado el mercado de la ropa de polo en China, y hoy hay una gran demanda de botas de cuero para montar y de caballos de polo, para la gran cantidad de ricos que practican este deporte”, dice Fernández Taboada, en su gran oficina decorada con biombos, jarrones y pandas, regalos de los viajes de negocios que realizan los empresarios de su Cámara desde 1984. “China no tiene aspiraciones neocoloniales, y además es el único país que nos vende con financiación, con 19 años de plazo, como está haciendo ahora con el material ferroviario. Tiene excedente de capital; diversifica inversiones”, agrega.

Libro blanco

Pero no todos comparten el optimismo. Desde otro punto de vista, estas inversiones en infraestructura, la tercera pata de la relación chino-argentina que hoy genera esperanzas a muchos, no son más que una apuesta de la potencia para abaratar los costos logísticos y de transporte de las materias primas, energía y minerales que necesita su país. Más aun, es tan explícito que hasta lo escribieron.

En 2008, China publicó El Libro Blanco sobre América Latina, con sus objetivos de política exterior para la región. Con el concepto de complementariedad como guía, dejó en claro que América Latina podía proveerle energía (petróleo), alimentos y minerales. Con ese aviso en mente, toma otro color el optimismo de los funcionarios argentinos ante los 9.700 millones de dólares de inversión, financiados por bancos estatales chinos, para la compra de vagones de subtes, la extensión de la línea E a Ezeiza, la rehabilitación del Belgrano Cargas, la electrificación del Belgrano Norte y Sur, y coches nuevos para el ferrocarril San Martín, entre otros proyectos. También tiene completa relevancia que la petrolera estatal china, CNOOC, haya comprado el 50 por ciento de Pan American Energy a los Bulgheroni. Y que entre 2010 y 2011 el gigante asiático haya invertido 15.600 millones de dólares en América Latina, principalmente en el sector de la energía y los recursos naturales, y que, según la CEPAL, para el fin de 2012 esa cifra se proyecte a los 22.700 millones. No sorprendió entonces que, en su última visita a Argentina en junio de este año [2012], el primer ministro chino, Wen Jiabao, propusiera un acuerdo de libre comercio con el Mercosur. Tras el anuncio, Cristina Kirchner entibió la declaración, diciendo que analizaría la propuesta para que consignara tanto los intereses de China como los del bloque.

Porque en una relación madura es así: depende de lo que uno haga con ella. Y en el caso de China, además, queda por construir. “El país puede producir mucho más de lo que produce, no sólo en materia de productos primarios renovables, sino en derivados de ésos con considerable valor agregado”, dice Carlos Escudé al respecto. “Nosotros somos países amigables para China, pero también nos hemos vuelto más selectivos, y tenemos la responsabilidad de medir el impacto sobre determinados sectores. Podemos decidir si van a venir a sojizarnos más o no”, agrega Cesarin. Y además de la elección, luego están las estrategias de la vinculación: “Se suele ver a China como un enorme mercado, pero en realidad son muchos grandes mercados, y suele ser más exitoso para Argentina comerciar con ciudades o provincias, que tienen tantos habitantes como nuestro país, o unir producciones de varias empresas para producir en mayor escala. Pero eso requiere un trabajo a más largo plazo y una confianza entre socios locales”, aconseja Fernández Taboada.
Y es que nuestro país también es distinto al que era hace cuarenta años, con un nuevo impulso reindustrializador sustitutivo de importaciones que quiere avanzar. Pero también con dos grandes crisis económicas en poco más de diez años y regiones muy desiguales en su desarrollo. La “oportunidad china” seduce de muchas formas: como complemento de un desarrollo que desde el agro pueda integrar a la industria, como aliento para la integración regional que pelee de manera más pareja con un “país-continente” o como reedición de viejas pautas centro-periferia. China ofrece todas esas oportunidades, que son al mismo tiempo dilemas de nuestra posición en el mundo. De nuestra madurez para equilibrar los encantos del gigante asiático como jugadores con otros atractivos que ofrecer dependerá el resultado, y tal vez el éxito de esta relación duradera.  


 Fuente: Colección El Explorador de Le Monde diplomatique

2 comentarios:

  1. Se me ocurre que hay una pregunta esencial y que es previa a cualquier análisis "preventivo" y es acerca de ¿con quién tiene chances de avanzar un país hecho moco económicamente?, con quienes?, con los que lo hicieron moco o con los que le ofrecen una posibilidad de recuperación? - Si el esquema del intercambio con China es "neo.colonial", el anterior, el occidental, cristiano y neoliberal, ¿cómo era?, progresista?, autónomo?. industrialista? o una porquería infinitamente peor que, ni siquiera, terminó?
    Es válido (además de imprescindible) no repetir errores pero hay, tiempos, circunstancias, oportunidades y costos-beneficios que también son válidos de tener en cuenta. Además China no es Inglaterra ni USA, en sus, ¿cuántos?, 50, 60 siglos de historia, capaz que aprendieron a llevarse mejor con los demás y sus intereses...a los otros ya se los conoce, y de las peores maneras, demasiado.

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  2. Por eso Ram me pareció interesante el artículo de Le Monde. Para pensar las relaciones económicas contemporáneas. Muchos todavía creen que estas deben desarrollarse con guiños dependientes. No necesariamente todos los países poderosos proceden desde un prisma imperial, del mismo modo no todos los gobiernos entregan mansamente su soberanía.

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