FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

lunes, 30 de septiembre de 2013

LOS NOTICIEROS. Pensamientos sueltos de Chomsky, Orwell, Ramonet y un blues de Los Redondos








El Blues del Noticiero... y la guitarra de Skay

"Se muere escuchando el noticiero,
donde cuenta como le dan caza
se muere mirando el noticiero
donde cuentan como le dan caza.
Paisaje transmitido entre los nervios
mientras le alcanza".






El telediario es el modelo comunicacional por excelencia, el más seguido por la audiencia, el más influyente, debido precisamente a su instantaneidad, no igualada por ningún otro medio. Durante años, el telediario ha sido la única fuente de información sobre la actualidad para mucha gente. Su corta duración implica que el tratamiento de las noticias del día ha de ser necesariamente conciso, superficial. Las noticias deben llamar poderosamente la atención del espectador, lo que significa que se descartan aquellas que no cumplen esta característica. Las informaciones de corte sensacionalista, o frívolo, tienen así más oportunidades de ser seleccionadas que las de tema político o social, que pierden importancia porque atraen a menor número de televidentes. La imagen predomina sobre el contenido. Lo que interesa realmente es la espectacularidad, aquello que despierta la atención visual del espectador: la sangre, las catástrofes, las guerras (algunas, no todas), violencia callejera, crímenes, deportes. El propósito es entretener, no informar. O mejor dicho: la anécdota se convierte en información, el espectáculo se disfraza de información. Un acontecimiento sólo es digno de reseñar si se tienen imágenes de él. Y así todas las informaciones adquieren parecida importancia, lo que contribuye a su banalización. El telediario sigue las mismas reglas que determinan el show business: la dramatización, la búsqueda permanente del clímax, de la emoción y de la creación de empatía entre el espectador y los protagonistas de la noticia. Está concebido como un film de suspense, en el que “se procura no terminar con una nota trágica o excesivamente grave (…) Las leyes del happy end (…) exigen terminar con una nota optimista”. El objetivo final es tranquilizar a la audiencia, provocar confianza en las instituciones, dar la impresión que trabajan para resolver los problemas y los conflictos escenificados durante su emisión, provocar sumisión hacia ellas en el espectador, en definitiva.



El telediario clásico ha evolucionado hasta dar lugar a una relativamente nueva forma de comunicación: el programa de información continua y sin interrupción: el modelo CNN, lo que más se aproxima hasta ahora al ideal de instantaneidad informativa. La CNN y otras emisoras similares producen la sensación de ubicuidad, de estar en todas partes y de verlo todo, lo cual acaba confirmando en muchos televidentes que lo que no muestra la televisión, no existe. Creen que asisten en directo a la noticia, al acontecimiento en sí, lo que los convierte en testigos de la misma, aumentando la sensación de credibilidad y, por tanto, las posibilidades de manipulación de la realidad.



El colmo se alcanza cuando la televisión se convierte en objeto de información en sí misma, en noticia, en referente, del cual parte y al cual debe volver todo lo que se considera digno de reseñar. La televisión, en los reality shows, crea a sus propios personajes y les confiere una historia a su medida, con el único objetivo de emocionar y entretener, pero disfrazando todo el proceso de información periodística. Ha nacido la telebasura. La realidad ha dejado de ser necesaria para informar. Construir un discurso televisado ya no necesita de un objeto extraído de la realidad, ni siquiera para falsearla. Lo paradójico es que se muestra al televidente como la realidad más real de todas: Gran Hermano es el ejemplo perfecto de ello. Busca convertir al espectador en voyeur, en testigo privilegiado de relaciones íntimas entre personas que responden a un mismo patrón, pero es una mentira muy bien construida, porque todo es escenificación, dramaturgia. Los protagonistas de los realities son como conejillos de indias en un experimento: se les introduce en un entorno adecuado y se les estimula como al perro de Pavlov, provocándoles emociones que lleguen fácilmente al espectador, como si fuera carnaza ofrecida a los tiburones. La televisión, aparentemente, se limita a mostrar lo que ocurre, esa capacidad de sugestión es su poder máximo.



“La televisión construye la actualidad, provoca el shock emocional y condena prácticamente al silencio y a la indiferencia a los hechos que carecen de imágenes”. La imagen del acontecimiento –ver es comprender– se erige en sustituto mismo de la información. Se llega al extremo de que lo que no aparece en televisión no existe.



Volviendo al papel que cumple el periodista en todo esto, Ramonet nos recuerda que la profesión ha sufrido grandes cambios, al mismo ritmo que los cambios que se han producido en la naturaleza misma de la información y en el funcionamiento de los medios. “Hay una taylorización de su trabajo.” El periodista actual ha visto reducido su espacio hasta casi desaparecer como tal. Muchos se limitan a ser meros retocadores de las informaciones procedentes de agencias o de otros medios. La mercantilización de la información provoca que el periodista se parezca más a un obrero de una cadena de montaje que a un profesional estudioso de la realidad social. El periodista renuncia al papel que tenía de analista e intérprete, su función se limita a la de simple transmisor del acontecimiento en sí mismo, que se confunde con la información: ver es comprender. Su trabajo consiste en impedir que la máquina deje de girar, deje de suministrar noticias que ocultan y ahogan otras noticias, informaciones vitales quizá, para comprender aquéllas. En el mejor de los casos, dispone sólo de un día para analizar el acontecimiento, sus implicaciones, sus causas. Está completamente sometido a la práctica instantaneidad que le impone el flujo informativo.








Fuente: http://elproblemadeorwell.wordpress.com


Sobre BAJADA DE LÍNEA de ayer "El heredero del generalísimo"... y eso de hacerse el pelotudo con los crímenes del franquismo.. ¿En España se nos seguirán cagando de risa?



La salud del rey Juan Carlos, que esta semana ha vuelto a ser operado de la cadera y podría estar de baja hasta seis meses, ha vuelto a reactivar el debate sobre la abdicación del monarca.
Entre los partidos políticos que opinan que el rey debería dar paso al príncipe Felipe está UPyD. "Debido a que tiene un estado de salud muy cascado, quizás debiera pensar en la abdicación", dijo recientemente Carlos Martínez Gorriarán, portavoz adjunto de UPyD en el Congreso.
También el PNV se expresó en este sentido. El portavoz de la formación en el Congreso, Aitor Esteban, expresó sus dudas de que el rey vaya a ser capaz en los próximos meses de cumplir las tareas constitucionales.
Con todo, el rey no se ha planteado la abdicación. "Es un acto personalísimo del rey y puedo afirmar que no se ha planteado en ningún momento la abdicación", garantizó el jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno. 

Más allá ha ido IU. "Nosotros esperamos que se recupere el rey para que exista la oportunidad de hacer una modificación de la Constitución, y que el pueblo decida si quiere monarquía o república, y no vayamos a una abdicación que, en definitiva, sería más de lo mismo, y sería volver a negar la democracia al pueblo español."


Encuesta del Diario El País de España
¿Debería abdicar el rey?

NO. Es el jefe del Estado, le debemos mucho:  7.17%
NO. Pero que delegue funciones en el Principe: 9.19%
SI. Debería abdicar y dejarle paso a Felipe: 27.58%
SI. El Rey debería irse y dejar paso a una verdadera república: 56.06%





DIEGO PERETTI... y algunas precisiones




Mucha polémica se generó en la mesa de Mirtha Legrand cuando el periodista Nelson Castro insinuó que la presidenta Cristina Kirchner padecería síndrome de Hubris...

Sí, sí... Me pareció una estupidez que se hable de locura porque no podría gobernar un país en ese estado. Hay que tener mucho cuidado con lo que se dice: cuando uno habla de locura puede ser locura de amor, loco lindo, loco romántico. Pero cuando se distorsiona la palabra se hace un conflicto de eso. Como psiquiatra puedo distinguir muchas neurosis en el mundo periodístico, artístico y político, con rasgos obsesivos, psicóticos incluso, como en la entrega de los Martín Fierro.


¿Se refiere al discurso de Jorge Lanata?

Dejémoslo ahí... De su signo político ganó Marcelo Longobardi, que estuvo perfecto, igual que Magdalena Ruiz Guiñazú. Pero Lanata me pareció un desubicado incluyéndonos a todos en su teoría de la grieta que hay en la Argentina. No le creo nada: me pareció manipulador de la audiencia, cínico, ordinario, egocéntrico y poco sutil. Más allá de eso, me gustó que la entrega se haya hecho en el Teatro Colón porque las transmisiones con cena son una berretada monumental.


¿Qué opinión tiene de la disputa entre el Gobierno y el Grupo Clarín?

Hay una lucha de poder enorme. Y la pelea está contaminada. Uno tendrá más razón que otro, pero así no avanza. Y agota. Quisiera que funcionara la ley de medios, que fuera igualitaria y no que se haya establecido sólo para vencer a un diario, a un monopolio. La ley de medios es muy valiosa y, si está empantanada, habría que expandirla para que fluya otra cosa, porque la pelea está centrada ahí y eso la vuelve en contra. Está todo empantanado y supeditado a si se gana o no; entonces, si hay un fallo adverso de la Corte, toda la ley de medios queda paralizada y afectada. Pasan los gobiernos y queda de arrastre. Es una pérdida de oportunidad, como cuando en los divorcios se empacan en demostrarle al otro quién la tiene más larga y después dicen: “¡Uy, perdí 6 años de mi vida!”, caen en esa trampa.  


¿Cómo analiza la performance de Sergio Massa como candidato en las primarias?

¡Qué sé yo!! (levanta el ceño, con un gesto de resignación) No soy político, soy actor. A mí, de Massa me llegan las entrevistas, los comentarios en los medios, las fotos. Pero la política no es un entretenimiento. Entonces, lo único que puedo hacer es opinar por intuición, y no sé si eso tiene valor. Sí tiene valor lo que Massa hizo en Tigre, aunque no soy especialista, no tengo idea. Pero Martín Insaurralde me parece un militante más puro. A pesar de eso, nunca estuve conforme con la manera en que llegan los candidatos a mis ojos. En general, los miro y me pregunto: ¿Y este muñeco de dónde salió?

¿Y qué opina de CFK?

Veo a una presidenta que está preocupada por resolver los problemas que aparecen a diario y que está trabajando mucho. Y eso tranquiliza.

Fuente: Blog apertura.com - Clase

domingo, 29 de septiembre de 2013

GRANDES MUJERES DE LA HISTORIA. JUANA MORO DE LÓPEZ




La comunicación, interceptada por los patriotas, es un claro testimonio de la actuación de las mujeres. Una de las que desvelaba al jefe realista era la jujeña Juana Moro de López, delicada dama que humildemente vestida se trasladaba a caballo espiando recursos y movimientos del enemigo. En una oportunidad fue apresada y obligada a cargar pesadas cadenas, pero no delató a los patriotas. Sufrió el castigo más grave cuando Pezuela invadió Jujuy y Salta. Juana fue detenida y condenada por espionaje a morir tapiada en su propio hogar. Días más tarde una familia vecina, condolida de su terrible destino, oradó la pared y le proveyó agua y alimentos hasta que los realistas fueron expulsados. 

http://www.portalplanetasedna.com.ar


sábado, 28 de septiembre de 2013

MAESTROS DEL BLUES. WILLIE DIXON






El compositor más grabado de la historia del blues. Sin lugar a dudas Willie Dixon es uno de los más influyentes personajes del blues moderno. Aunque no fuera un artista en el sentido literal de la palabra su labor fue fundamental ya que desarrolló una multiplicidad de tareas dentro del género. Además de compositor y bajista, fue arreglador, productor y un incansable cazatalentos.





 

viernes, 27 de septiembre de 2013

LECTURA PARA PROTORREVOLUCIONARIOS y una mirada integral sobre lo que Salvador Allende llamó: La VÍA hacia el Socialismo


Las mil vetas de Salvador Allende
por Jorge Arrate



 


El conductor de la “vía chilena al socialismo” no fue sólo un líder valiente y coherente que pagó con su vida la defensa de sus ideales. Salvador Allende fue un finísimo político y un hombre profundamente democrático, que trató siempre de sumar sectores sociales a su proyecto y de sintetizar opiniones disímiles.
Allende es inagotable. Su perfil político, sus circunstancias y el proyecto que levantó le otorgan la singularidad de un sujeto único e irrepetible. Esta característica hace que Allende y el allendismo sigan produciendo nuevos reflejos a medida que pasa el tiempo. La imitación es imposible, entonces el aura del original no deja de producir destellos confiables, es decir inútiles para la falsificación y en cambio indispensables para despertar la inspiración que requieren las obras nuevas.
En primer lugar debo precisar un par de cuestiones que han sido recurrentes consultas de los lectores de mi libro Salvador Allende: ¿sueño o proyecto? Algunos han interpretado que tendí a encasillar las candidaturas de Allende de 1952 y 1958 en una matriz “frentepopulista”, una proyección de la izquierda de 1938, y a las de 1964 y 1970 en posiciones más radicales. Si eso surge de mi texto, he incurrido en una simplificación. Reafirmo, sin embargo, que es posible considerar las dos primeras candidaturas como una “proyección” del esfuerzo unitario de 1938 sin por ello desvincularlas de las campañas de 1964 y 1970. En particular, pienso que la mirada externa sobre Allende, sobre todo la estadounidense, se modificó fuertemente por el triunfo de la Revolución Cubana en 1959. De este modo, mientras antes la izquierda chilena podía ser analizada como un factor emergente pero en un marco incontestable de dominio norteamericano en América Latina, a partir de la Revolución Cubana la izquierda chilena pasó a representar un grave peligro para los intereses estratégicos de Estados Unidos. Es evidente, además, que la experiencia cubana modificó y radicalizó el pensamiento de la mayoría de las corrientes que constituían el allendismo.

La dictadura del proletariado

Un segundo tema sobre el que he sido consultado es respecto al concepto de dictadura del proletariado. Uno de los principales puntos de mi examen de la Unidad Popular es que los partidos que la integraban no tenían una total sintonía con la elaboración que Allende llamó “vía chilena al socialismo”. En el caso del Partido Comunista esta falta de sintonía se expresó mayormente en un plano puramente teórico y en relación precisamente con este concepto, como lo ha señalado el propio Luis Corvalán en uno de sus libros. No ignoro que dicha idea, en la interpretación comunista chilena, es una manera clásica de denominar una forma particular de democracia en la que el proletariado ejerce la hegemonía. El punto es otro: el concepto tenía (y tiene) una carga generada por el uso del término “dictadura” y por su práctica en los países de Europa del Este. En este sentido, constituía una pieza que no calzaba en el engranaje conceptual sostenido por Allende. En todo caso, es adecuado precisar que era una idea no sólo parte del bagaje teórico comunista sino también del que inspiraba a otros sectores de la Unidad Popular y del propio Partido Socialista.
Allende fue un orfebre de la política y supo aunar las diferencias en un ideario básico compartido. Reitero: aunar, más que zanjar. Allende era un demócrata en su práctica política, respetaba a los partidos como expresiones de voluntad colectiva, negociaba, limaba, comprometía, convencía. Nunca fue un líder con rasgos autoritarios, siempre aceptó las críticas que le hacían los suyos y nunca las descalificó aunque no las compartiera. No es que le faltara carácter, capacidad de mando o claridad de propósitos. Por el contrario, tenía una recia personalidad, uno de cuyos rasgos destacados era el coraje. Pero las decisiones que adoptó durante su gobierno calibraron cuidadosamente la opinión colectiva de quienes lo apoyaban. Si bien he sostenido que las diferencias de parecer en el allendismo eran legítimas y que no existen procesos revolucionarios, como era el de la Unidad Popular, que fueran lineales, con freno y acelerador bajo total control y con una dirección única sin dificultades, admito que esa diversidad –a veces una contraposición de puntos de vista– hizo más difícil la aplicación del método de Allende. El hecho influyó en los meses finales de su gobierno, al fracasar el diálogo con una Democracia Cristiana que le exigía una rendición prácticamente incondicional. Si se miran los acontecimientos con las ventajas que dan cuarenta años de perspectiva, pudiera conjeturarse que Allende demoró en exceso la convocatoria a plebiscito y que seguramente influyó en la toma de decisiones la postura contraria de la mayoría de la dirección socialista. También es posible especular sobre qué hubiera ocurrido si en vez de adoptar la opción menos radical en materia militar, es decir la de no ejercer las facultades legales para reemplazar los altos mandos de las Fuerzas Armadas, el gobierno de la Unidad Popular hubiera procedido a hacerlo. El general Carlos Prats supuso que una resolución de ese tipo se adoptaría al asumir Allende, pero más tarde desaconsejó usar ese instrumento legal por temor a que estallara un conflicto dentro de las Fuerzas Armadas y eso apresurara a los golpistas. En fin, cuatro décadas después de la batalla, podemos y debemos analizar todas las alternativas, aunque sin olvidar que entre 1970 y 1973 cada decisión no podía ser extensamente analizada y las circunstancias exigían adoptar opciones que debían definirse al instante.

Una valentía sensata

Salvador Allende no tenía aversión al riesgo, pero lo calibraba. El cálculo que Allende debió hacer durante su vida política fue siempre difícil. En su época universitaria discrepó de sus compañeros de izquierda en el Grupo Avance y fue exonerado de la agrupación. En la primera mitad de la década de 1940 culminó su disputa de liderazgo con Marmaduke Grove y el Partido Socialista se dividió. En 1951 renunció a su militancia, junto a un reducido grupo de adherentes, en protesta por el apoyo del socialismo a la candidatura presidencial del general Carlos Ibáñez del Campo. En 1961 aceptó la decisión de la dirección partidaria y fue candidato a senador por Valparaíso, una circunscripción donde tenía muy escasas posibilidades de vencer. En aquellos años defendió la vía no violenta al socialismo como una opción válida para la realidad de Chile en la Conferencia de la OLAS, donde la inmensa mayoría promovía la vía armada. En 1964 intentó discretamente tender un puente con el radicalismo laico –acción que no dio resultado– cuando la derecha se volcó a la candidatura de Frei Montalva, y desafió de este modo la estricta línea política de los socialistas, que rechazaban todo acuerdo con partidos considerados pequeño-burgueses. A fines de la década acompañó personalmente a guerrilleros provenientes de Bolivia para garantizar su seguridad. Y en su gobierno asumió riesgos desde el primer momento y todos los días.
Allende fue un político de una especie hoy día extinta. Tras la dictadura, quienes ejercimos posiciones dirigentes pisábamos sobre huevos. La llamada transición a la democracia se veía frágil, asediada por los oscuros personajes del pinochetismo, que conservaban las más importantes palancas del poder. Transcurridos los primeros años las direcciones políticas y de gobierno se sintieron más tranquilas cuando el piso se hizo tierra firme. Y más cómodas. La comodidad se convirtió en conformismo y el conformismo en autoalabanza. Y las élites en castas de matriz conservadora. Durante un cuarto de siglo la política chilena evitó los bordes, los acantilados, las cornisas. El temor al vértigo y a la caída libre en el vacío fueron los espantos que alentó la derecha para consolidar la timidez política como conducta. Al cumplirse cuarenta años del golpe militar de 1973 hay síntomas de una voluntad masiva y consistente de recuperar de modo fecundo el espacio indispensable de los bordes. Allí es donde se tensiona la pugna política, social y cultural y se descubren nuevas platabandas, caminos y territorios poco explorados o desconocidos que afloran desde el terreno escarpado.
Entonces, la figura de Allende pasa a ser objeto de una silente pero obvia disputa. Por una parte están los que acentúan su idealismo, su sensibilidad social, su heroísmo, cualidades todas que efectivamente tuvo, pero evitan las asperezas de su vida política, los rebordes de sus actuaciones. De este modo Allende se convierte en un recuerdo nostálgico, objeto de repetidos ritos que principian a erosionar su significado más valioso. Por otra parte, las generaciones más jóvenes comienzan lentamente a hacerse cargo de la herencia que les han ocultado. Empiezan a mirar a Allende en la dimensión de su audacia, en su capacidad de asumir riesgos, de situarse en las orillas, donde el terreno es resbaladizo, para lograr la extensión de la frontera. No sólo les interesan las bondades del personaje, también el debate sobre aciertos y errores, sobre abordajes e indecisiones y, en especial, respecto a lo que Allende significa como tentativa deslumbrante de empujar más allá los límites de lo que parece posible, de convertir los imposibles en objetivos alcanzables a través de la lucha social.
El gran marxista peruano José Carlos Mariátegui dijo, refiriéndose al valor de la historia y de la experiencia y sus límites: “ni calco ni copia”. La recuperación de Allende, una tarea todavía pendiente, debiera inspirarse en el criterio de Mariátegui. El pasado no es modelo para inventar un futuro. Todo futuro tiene una memoria que lo alimenta, pero que no pone barreras a la inspiración indispensable para descubrir nuevos espacios y nuevos senderos para conquistarlos. 

Fuente: Le Monde Diplomatique