FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

miércoles, 27 de febrero de 2013


Coronel Dorrego
Abuso

Distinta banca, distinta vara




Varias cuestiones se disparan a partir de este nuevo caso de violencia de género y abuso que nos golpea. En primer lugar la inmediata revelación que se efectuó del entorno del supuesto culpable y en consecuencia el rápido pedido de explicaciones a quienes, sin autoridad mediante, debían incluirlo obligatoriamente en su plantilla laboral. El Gerente del Banco Nación local no tuvo más remedio, acaso presionado por un deber ser ciudadano, que abandonar sus importantes tareas a favor de tener que enfrentar a una masa de vecinos que solicitaba enfervorizadamente la expulsión del imputado, y si era posible, hasta su definitivo ostracismo. Aquí no hubo dilaciones para mencionar dónde trabajaba y quienes eran sus empleadores.

Observo con cierta curiosidad el dilema y más teniendo en cuenta que nadie le pidió explicaciones a nuestro ejecutivo municipal con respecto a su relación contractual con el clan que cobijaba al tristemente célebre “Chacal” de Coronel Dorrego (Junio del 2008 – violación e intento de homicidio de una menor procurando incinerar su cuerpo). Y justamente no estamos hablando de un hombre que desarrollaba tareas en un oscuro y aislado archivo bancario, se trataba de un sujeto incluido dentro de un grupo de gente cuya responsabilidad se multiplicaba exponencialmente al centralizar sus labores en la formación de menores, conjunto contratado directamente por el Estado Municipal, desoyendo concursos y listados, sobre la base de una decisión política puntual que indudablemente le es propia pero que conlleva axiomáticas responsabilidades políticas.

Es notorio como condiciona el poder vernáculo. Por un lado silencios prudentes, por otro lado no existe el menor reparo para desarrollar información mucho más precisa sobre el supuesto pervertido (y digo supuesto debido a que la justicia aún no se ha expedido). Protección mediática para algunos, rigurosa realidad para otros. La cara del cliente como formato social. El presente nos exhibe imágenes del acusado, fotos de sus empleadores, en el pasado se mostraban fotos del Chacal, no de su entorno, porque su entorno era ciertamente mucho más“delicado”, revelaciones que hubiesen dado lugar a tener que dar molestas explicaciones a ciertos funcionarios locales.

En segundo lugar debemos asumir este protagonismo a favor de peticionar justicia como un sano ejercicio colectivo. Hace pocos días la tragedia de Once fue un ejemplo claro de lo dicho. En el banquillo de los acusados están los responsables directos y los responsables políticos. Ninguno de ellos fue la mano ejecutora de las 51 muertes, pero ciertamente fueron partícipes necesarios, por acción u omisión, de la catástrofe. ¿Alguien recuerda el nombre del juez que dejó libre al “Chacal” de Coronel Dorrego cuatro años antes de suceso que tanto nos conmovió como sociedad? ¿Existió un jury de enjuiciamiento?. El caso Marita Verón nos coloca en nuestro justo lugar.

Señora de ojos vendados que estás en los tribunales, ciudadanos de ojos vendados que pontifican decencias, siempre y cuando el sol no les caliente demasiado el culo.
Ojalá que algún día los dorreguenses, colectivamente, tengamos la suficiente sabiduría para que el culo conveniente no nos tape el sol y midamos a todos con la misma vara, sean ellos oscuros archivistas bancarios o influyentes integrantes de catervas ejecutivas.

martes, 26 de febrero de 2013


Dilma y Cristina, Cristina y Dilma


Descendiendo aún más en su escala analítica el periodismo y los intelectuales corporativos han instalado con innoble pretensión una nueva forma para criticar a nuestra Presidenta. Se trata de un perverso juego de comparaciones presidenciales tan absurdas como rebuscadas. Tratar de cotejar las estaturas políticas de Dilma y Cristina constituye un solapado intento local que no sólo tiene el avieso empeño de menoscabar la figura de nuestra primera mandataria sino además de lacerar la excelente relación existente entre ambas damas y naciones. Algo similar ocurrió cuando Lula y Néstor compartieron los mismos tiempos presidenciales. Recuerdo cuando en épocas de Alfonsín algunos manifestaban querer tener un presidente como el peruano Alan García. La historia se ha encargado de poner a cada uno en su lugar.

¿Somos una Nación y sobre todo un pueblo comparable al brasileño? Por fuera de las similitudes existentes entre las clases dominantes, el poder de las corporaciones y el comportamiento periodístico, se hallan notorias diferencias en cuanto a las conductas colectivas: la pauta hacia el dólar es un inciso insoslayable al respecto. Mientras el argentino medio tiene menosprecio por su moneda a favor del billete norteamericano en tierras cariocas ocurre a la inversa manifestando de ese modo una expresa intención de fortalecer la economía nacional aún en momentos de devaluación. A primera vista ya tenemos un elemento de complejidad que la administración de Dilma no tiene la necesidad de afrontar.

Cuando se habla de la corrupción se pondera con denuedo la actitud de Dilma con relación a sus funcionarios procesados desligándola como cuadro de PT. Sin embargo con relación a Cristina no se sigue la misma lógica. A Dilma se la separa de la disyuntiva cuando de inmediato le suelta la mano a sus funcionarios, a Cristina se la mantiene dentro del sistema más allá de proceder de la misma manera. Vale decir, se pretende instalar que tanto Jaime como Schiavi y otros siguen formando parte del ejecutivo. De algún modo es la única forma que tienen para seguir justificando sus “éticas” editoriales.

Las notorias diferencias entre los comportamientos de las burguesías locales no hacen otra cosa que incompatibilizar ambas gestiones y figuras; el impacto y el nivel de los conflictos colaboran con dicha percepción. Si bien es una aspiración histórica tanto de Lula como de Dilma y del PT en su conjunto, el ejecutivo brasileño no ha tomado aún la decisión política de revisar los crímenes de lesa humanidad al igual que tampoco ha propuesto una ley de democratización de medios. Es probable que el PT haya entendido que para desarrollar determinadas políticas inclusivas es necesario que puntuales cuestiones no se encuentren, por el momento, sobre la mesa de debate. El kirchnerismo, por el contrario, ha decidido que el proceso de inclusión vigente debe plasmarse en todos los campos sociales, aún sabiendo que ciertos tópicos puedan exponer las más encarnizadas resistencias.

Para desgracia de los limitados y siniestros operadores mediáticos, en el mientras tanto, Dilma y Cristina continúan fortaleciendo su alianza estratégica en función de solidificar la Patria Grande sabiendo que dentro de sus respectivas fronteras centenares de intereses corporativos desearían que ese edificio caiga víctima de la implosión. Tienen ellas – tenemos - los mismos enemigos, la misma calidad opositora, el mismo discurso dominante; gracias a sus enormes estaturas políticas hasta ahora los pueblos, mayoritariamente, hemos podido defender ambos proyectos con el voto, cuestión que en estos tiempos se vislumbra como el único salvoconducto que la voluntad popular tiene para enfrentar al poder real con alguna esperanza de éxito.

Dilma y Cristina son incomparables porque son incomparables Brasil y Argentina. De aquí se desprende que en muchas ocasiones tuvieron que desactivar en sociedad conspiraciones económicas demasiado evidentes, intentos nada subrepticios por romper la alianza estratégica mediante abyectas operaciones corporativas. Esto complejiza la relación bilateral exponencialmente, revoques, fisuras y grietas que ambas deben salir presurosamente a restaurar por el bien de la coalición.

Dilma y el PT, dentro de su propia complejidad, viven una realidad notoriamente más calma debido a que sus puntos de conflicto son menores, y en consecuencia sus riesgos. Cristina y el Kirchnerismo han decidido profundizar el proyecto entendiendo que determinadas cuestiones no se negocian. ¿Cuánto nos costó reincorporar a YPF como empresa nacional?  Recordemos los editoriales al respecto y los deseos locales de sanciones internacionales. ¿Alguien puede pensar que en Brasil ocurra algo similar con relación a Petrobras?.

Cristina, Dilma, Pepe, Rafael, Hugo, Evo no son estadistas que juegan pulseadas para los malevolentes medios de comunicación y sus agentes de propaganda entusiastas del fracaso, son personas que tratan de solidificar un proyecto continental inclusivo muy complejo, con el común denominador de tener poderosos antagonistas internos devotos de la dependencia. Los mandatarios se saben unidos, sus enemigos, los nuestros, ostentan las mismas recetas en todas las latitudes de la Patria Grande.




El Fútbol Para Todos
y el concepto “Prioridad” como sofisma


En cuestiones de la administración pública la palabra “prioridad” no debería ser alzada tan livianamente en el marco del discurso político. A primera instancia, desde el sentido común y ante una posible duda sobre su significado y su significante puede contestarse sencillamente y hasta exhibiendo un alto grado de omnipotencia - nuestros lectores conocen perfectamente qué es lo que pensamos en este foro sobre el sentido común -. Salud y educación son, inmediatamente, los dos primeros incisos que ingresan dentro de ese campo dialéctico. Vivienda, empleo, transporte, infraestructura, seguridad, cultura, medio ambiente, indumentaria, son anexados a poco de continuar con el debate, sin atender que todos los mencionados tienen extrema relación con los dos primeros tópicos mencionados, diseñando de ese modo, acaso subrepticiamente, un patíbulo retórico a la medida de sus cuellos.

¿Cuánto impacto tienen en la salud colectiva, física y mental, el empleo, la vivienda, la infraestructura, la seguridad y el medio ambiente?. La salud no es solamente la curación, también es la prevención de enfermedades a través de mejorar la calidad de vida de la totalidad de sus habitantes. Del mismo modo ¿cuánto impacto tiene en la educación colectiva la cultura?. La educación no es sólo la instrucción enciclopédica también es la formación y ésta se encuentra intrínsecamente relacionada con la esfera social.

Por fuera de las discusiones menores que últimamente se van dando con respecto a las prioridades observo que generalmente se utiliza el término banalmente fijando posiciones casi fundamentalistas, ciertamente de sencilla refutación.

Al respecto el proyecto Fútbol para Todos ha disparado tal vez el más encarnizado de los debates. ¿Es prioritario el Fútbol para Todos? Probablemente no lo sea si se lo toma individualmente, fuera del contexto social, apartado del colectivo, sin tener en cuenta lo que antes ocurría. Pero a poco de andar podemos constatar que su prioridad no radica en la sola emisión de los encuentros futboleros, cosa que muchos están empecinados en hacer notar, sino en el impacto positivo que tiene dicho proyecto en el conjunto de la población.
¿Cuántas familias sanamente comparten hoy lo que antes los separaba? ¿Cuántas familias sanamente se sienten incluidas a partir del entretenimiento y el placer? ¿Cuánto de salud, de educación y de formación existen dentro de ambas cuestiones? ¿Ese ahorro anual del cable más el codificado (aproximadamente $3.600) en qué proporciones impacta con relación a la calidad de vida en cada hogar?. ¿Cuánto más de educación y de salud pueden tener esas familias? (Cosa que intencionalmente y de modo perverso el Legislador de la 6ta sección y referente local del PRO Sroedek prefiere obviar cuando habla sobre el tema por la AM 1470 La Dorrego)

Generalmente el concepto “prioridad” es bastardeado cuando desde la no-política se lo pretende categorizar aisladamente, estableciendo una suerte de especulativa tabla de ponderaciones. “Hay cosas más importantes para hacer” se suele afirmar. A lo que respondo: Siempre las hay. Pero cuántas de esas cosas positivas intervienen con mayor fuerza en el deseo y el placer colectivo. Por ejemplo y volviendo al Proyecto FPT: ¿En cuántos hospitales u hogares con limitaciones económicas sus pacientes postrados disfrutan en la actualidad de ese servicio público antes vedado?. ¿Qué relación tienen esos momentos en el marco de un proceso de recuperación? Se me responderá: no se necesita del fútbol para sanarse. Respuesta no ha lugar, pues no se habla de curación, eso ingresa dentro del estricto campo de la medicina, hablo de la sutil humanización que significa aproximarse, mediante un detalle que algunos consideran menor, al mundo vital.

Hagamos un breve ejercicio y quitemos todo lo que sospechamos superfluo en función de las supuestas necesidades aún insatisfechas. Pues esas necesidades insatisfechas aumentarán en cantidad de personas de forma notoria debido a que esas actividades dejarían de proveer valor agregado, es decir, de trabajo.

Con aquel criterio extremista mientras falte una cama en un hospital público o un pupitre en una escuela no debería invertirse un centavo en nada que no apunte hacia esos incisos, debido a que todo se tendría que evaluar sobre la base de ese paradigma.

El término prioridad, en el campo de la política, está relacionado con objetivos generales de carácter histórico: Llegar al pleno empleo, tener índices cero en cuanto a la mortalidad infantil y el analfabetismo, que toda familia posea una vivienda, que no exista el delito, etc. La utilización de esos anhelos colectivos como argumento crítico lo observo miserable debido a que esa persona que los expone sabe perfectamente que son dilemas estructurales en donde nuestro pasado (causas) cuenta con enorme arraigo en nuestro presente (efectos).

Hace un tiempo Martín Caparros afirmó que mientras haya un pibe que muere de hambre hablar de la cuestión Malvinas constituye un insulto intelectual. ¿Qué debemos hacer según Martín? No hablar, no reclamar, entregarlas. ¿Cuáles de las tres variables le salvan la vida a ese chico?. Hasta en los supuestos grandes pensadores de nuestra contemporaneidad existe una llamativa linealidad para analizar sucesos. Estas clases de sofistas son los que intentan confundir ese asunto de las prioridades. Acaso existan niveles de urgencias, lo que no existe es una tabla ponderativa real debido a que todas las variables existentes afectan a la vida de las personas. Al mismo tiempo observamos que el tema de las prioridades jamás perfora el campo de lo privado, como si el mundo de lo privado estuviese exento de la responsabilidad sobre las ignominias existentes.

Para muchos de nuestros compatriotas en FPT es una prioridad, igual que para otros lo es  cada una de las actividades recreativas que desarrolla cada municipio en particular. Si algún día hacemos el complejo ejercicio de sumar los montos que involucran esas actividades locales, a lo ancho y a los largo del país, y que se destina a la recreación y el esparcimiento vamos a comprender que dicho dilema futbolero no tiene ningún tipo de consistencia. En números redondos los mil doscientos millones de pesos que pagamos los cuarenta millones de argentinos para ver no menos de quinientos encuentros al año (incluidos los de la selección, Nacional B etc. ) no merece el menor debate. El aproximado $ 0,06 que nos cuesta ver cada partido de fútbol desbarata cualquier tipo de crítica seria. Aún a riesgo de saber que los más poderosos como Sroedek también gozan de dicha política, al igual que gozan de las rutas, del colectivo, del combustible, del correo, de la escuela pública, de la salud pública, de la cultura popular y demás cuestiones que también todos pagamos y que hacen a un proceso inclusivo en donde las prioridades aisladas entendidas como tales no existen, ya que debido a su interrelación social todas los son.

Es evidente, aquellos que critican el proyecto no lo hacen con argumentaciones sólidas. Pensando un poco sobre lo dicho nadie, desde la inteligencia, puede esgrimir conceptos prioritarios sobre la cuestión. Los moviliza aquel pasado dorado en donde una minusválida inversión les permitiría el diseño de una ingeniería de negocios descomunal: Derechos de televisación, pauta publicitaria, dominio del mercado debido al monopolio del fútbol etc. (Sroedek habla de la publicidad oficial – publicidad que les encantaría tener a los medios privados, sobre todo por el monto que representa – como una suerte de lavativa cerebral. ¿Qué poca consideración y respeto hacia los ciudadanos? Además ¿Qué hace Macri en los televisores de todas las estaciones de los subtes de Buenos Aires?) Lamentablemente nuestros  - premiados o preñados - periodistas locales no preguntan cierta cosas...
Mil doscientos millones de pesos anuales no mueven el amperímetro de los presupuestos de salud ni de educación. ¿Cuánto es el PBI y cuánto de ese PBI se le dedica a salud y a educación en la actualidad? Los números hablan con demasiada claridad.

* Entiéndase el término "preñados" como metáfora: Ejemplo: "Preñados de publicidad e intereses puntuales"...


domingo, 24 de febrero de 2013



Grandes Mujeres de la Historia
Carlota Corday





Carlota Corday es más el nombre de una leyenda que de un personaje real, si se piensa que a veces los actos heroicos no pueden juzgarse con el criterio de verdad o error histórico. En su vida se aúnan la juventud y la belleza con el horror del asesinato que planeó y ejecutó. 
María Ana Carlota Corday D'Armont  nació en Saint Saturnin des Lignerets (Normandía) el 27 de julio de 1768. Su padre, Francisco Corday, pertenecía a una familia noble de provincias venida a menos, por lo que educó a sus cinco hijos casi en la pobreza. Agobiada por la miseria murió la madre, y el padre, después de resistir un tiempo más, decidió internar a sus hijas en el monasterio de Caen, según era habitual en la época. En los conventos solían hacerse en aquel entonces reuniones mundanas, a las que asiste Carlota, ya de trece años. La joven conoce así a  Belzunce, coronel del regimiento de caballería con guarnición en Caen, y pariente de la abadesa. Hay quienes sostienen que Carlota se enamoró de él, pero que al ser asesinado el militar en una revuelta, ella juró vengarlo y esto recaería después sobre Marat. Como resultado de la nueva situación política que sobrevino con la Revolución de 1789, se cerraron los conventos, Carlota -casi desprovista de medios- se vio obligada a vivir en Caen con una anciana tía, madame de Bretteville. Tuvo entonces oportunidad de leer algunos libros que influyeron mucho en ella: Rousseau, "un filósofo del amor y un poeta de la política"; Plutarco, el historiador clásico, y otros autores que presentaban el sacrificio personal como una razón de Estado.

INMOLARSE POR LA PATRIA


Republicana por convicción pero monárquica por sentimiento, se interesa por los movimientos que entonces agitaban a Francia; inclusive asiste a los juicios públicos ante las asambleas populares que juzgaban a los acusados de contrarrevolucionarios; a menudo, más que establecer la verdad o hacer justicia, se buscaba simplemente un culpable. Con las mejillas encendidas por el dolor, que realzaban su hermosura, Carlota presenciaba los desfiles hacia el patíbulo. En esas circunstancias conoció a un muchacho, Franquelin, quien mantuvo con ella una secreta correspondencia; Carlota lo alentó vagamente, como una forma de compartir los infortunios de su amigo. La partida de un batallón de voluntarios que marcha a París hace que se apodere de Carlota la idea de evitar que se malgasten vidas tan generosas y de liberar a Francia de un gobierno que ella juzgaba tiránico, sin necesidad de más lucha fratricida. De Juan Pablo Marat, se decía -y de ese médico y líder político jacobino se decían muchas cosas-, que había hecho listas con los nombres de los simpatizantes girondinos cuyas cabezas debían rodar para asegurar el triunfo de los revolucionarios más decididos. Carlota imaginó que el inminente baño de sangre solo podría detenerse con el sacrificio de la suya propia. Así fue como el 7 de julio de 1793, con el pretexto de partir para Inglaterra, Carlota abandonó a su padre y su hermana para dirigirse a París, adonde llegó el jueves 11. Ya tenía trazado un plan: pensaba que Marat concurriría al Campo de Marte para la gran ceremonia del 14 de julio, pero la enfermedad de este la obligó a cambiar de táctica. Decidió entonces buscarlo en su propia casa. Le escribió una carta en estos términos: "Vengo de Caen; conociendo su amor por la patria, supongo que se enterará con agrado de los terribles acontecimientos de esta parte de la República. Iré a su casa alrededor de la una. Tenga la bondad de recibirme y concederme un momento de audiencia. Le daré ¡a ocasión de prestar un gran servicio a Francia".

LA MUERTE DE MARAT

Sin embargo, Marat no la recibe. Una segunda esquela, más insistente, refuerza la primera: "Marat, ¿ha recibido mí carta? No puedo creerlo, pues encuentro la puerta cerrada. Espero que mañana me conceda una entrevista. Le repito: vengo de Caen; tengo que revelarle importantes secretos para la salvación de la República. Me persiguen, además, pues saben que la libertad es mi causa; soy desgraciada, y este título es suficiente para tener derecho a su patriotismo." A las siete de la tarde del 13 de julio, sin esperar la contestación, va a la casa de Marat. Se arregla con cuidado, para impresionar bien a quienes custodiaban al insobornable jefe republicano. Aunque la portera no quiere dejarla pasar, la muchacha sube decididamente las escaleras. En los primeros tramos la detiene Simone Evrard, la fiel amiga de Marat, que había oído el cambio de palabras. A su vez, el propio Juan Pablo oye discutir a las dos mujeres y, pensando que se trata de la desconocida que le ha escrito el día anterior, indica que dejen pasar a su visitante. En el aposento a medias iluminado Marat, enfermo, toma un baño, cubierto con una sábana manchada de tinta. Carlota baja los ojos y espera junto a la bañera el interrogatorio. Responde con serenidad a las preguntas sobre la situación en Normandía. "¿Quiénes son los representantes refugiados en Caen?" Carlota dice sus nombres y Marat, con medio cuerpo y el brazo fuera del agua, los anota; añade: "Antes de ocho días irán todos a la guillotina". Al oírlo, Carlota saca un cuchillo y lo hunde con fuerza en el pecho de Marat, que mientras se desangra pide auxilio. Acuden Simone v un criado.

CAMINO DEL PATÍBULO

Carlota no trata de huir y apenas se oculta tras una cortina, pero el criado la golpea con una silla y ella se desploma. El tumulto y los gritos atraen a los vecinos, que suben las escaleras y se arremolinan, furiosos, en la calle, pidiendo a gritos que entreguen al asesino para vengar allí mismo la muerte del gran tribuno. No obstante, un piquete de soldados con bayonetas y el comisario Grillard conducen a Carlota, maniatada, al salón de Marat, donde es interrogada. Ella contesta con calma, orgullosa de su acción, y se dispone su reclusión en una prisión cercana. Ya en la cárcel, entre sus ropas se descubre, una proclama redactada por ella, en la que exhorta a derrocar la tiranía. El 16, severamente custodiada, comparece ante el presidente del tribunal revolucionario. Conmovido por tanta belleza y tanto fanatismo que casi desdibujan el crimen, este la interroga sugiriendo las respuestas, de modo que el asesinato parezca demencial. Tal suposición irrita a Carlota, que la rechaza. Trasladada a la Conserjería -la famosa prisión donde pasan sus últimas horas los que morirán en el patíbulo-, a las ocho de la mañana siguiente es conducida ante el tribunal revolucionario, el cual, por no tener ella quien la defienda, le designa como defensor de oficio al joven Chanveau—Lagarde, célebre por su defensa de María Antonieta, tres meses más tarde. No obstante la elocuencia y valentía de Lagarde, el tribunal vota unánimemente la pena de muerte para la acusada. Al sacerdote que le envían para asistirla, Carlota le explica: "Agradezco a quienes lo han mandado, pero no tengo necesidad de su ministerio; la sangre que he derramado y la mía que va a verterse son los únicos sacrificios que puedo ofrecer al Eterno". Ese mismo 17 de julio marcha al suplicio en una carreta, bajo la lluvia, pero ello no arredra a la multitud congregada para presenciar la ejecución. El verdugo, para ver mejor el cuello, le arranca la pañoleta que le cubre el pecho. El pudor humillado afecta a Carlota más que la muerte cercana, pero recobra en seguida su serenidad y acerca la cabeza, que la cuchilla troncha y hace rodar. Se cuenta que, al recogerla, uno de los ayudantes del verdugo la abofeteó y que entonces las mejillas de Carlota enrojecieron como si la ofensa les hubiese devuelto la vida. La multitud reprueba el ultraje pero celebra la muerte de quien asesinara al "amigo del pueblo". Los girondinos encarcelados dijeron, al saber de su suplicio: "Ella nos mata, pero nos enseña a morir". Y Franquelin, su joven enamorado, se retira a una aldea normanda pues no puede soportar la desaparición de su amada. Muere pocos meses después, no sin antes pedir que junto con él entierren el retrato y las cartas de Carlota...
Fuente Consultada: 


Vida y Pasión de Grandes Mujeres - Las Reinas - Elsa Fólder
Fascículos Ser Mujer Editorial Abril
Enciclopedia Protagonistas de la Historia Espasa Calpe http://www.portalplanetasedna.com.ar



Mateando con la ciencia. Hoy ceba Georges Cuvier



El mayor anatomista de su tiempo fue el francés Georges Cuvier. En un libro publicado en 1798 estudió la anatomía de varios animales a fin de mostrar cómo compararlos unos como otros, y lo hizo tan excelentemente que se le considera el fundador de la Anatomía Comparada. Introdujo una nueva y amplia clasificación según el esquema taxonómico que Linneo desarrolló en 1735. La división más amplia de Linneo era la “clase”, pero Cuvier agrupó varias clases utilizando el concepto “phyla” (tribu), es decir extendiendo el horizonte de investigación.
La capacidad del detalle de Cuvier era tal que podía precisar si los restos fósiles correspondían a animales que pertenecían a una u otra de las tribus conocidas aunque no fueran miembros de ninguna especie viviente. Todo cuanto descubrió parecía implicar la existencia de la evolución biológica, pero Cuvier se mantuvo firmemente en el bando antievolucionista.

Fuente: Isaas Asimov

sábado, 23 de febrero de 2013



Maestros del Blues
Norberto Pappo Napolitano

2005 – 25 de Febrero -2013



La semana del “Carpo”





Desconfío de la vida - vídeo de lualpeka




Pappo Blues 0.5 Blues para mi guitarra – Vídeo de Federico Mehfoud

viernes, 22 de febrero de 2013


Once
Entre el dolor de las víctimas las hienas aguardan



La tragedia de Once es indudablemente un evento político, con enorme efecto expansivo y como tal es considerado por todos, inclusive hasta por los propios familiares de las víctimas. Una equivocada política de transportes y la ausencia de controles ocasionaron el desastre, de modo que resulta imposible no navegar en medio de percepciones nobles en función de la búsqueda de justicia o en comentarios perversos que desean solamente utilizar el evento y de esa forma llevar agua para su molino.

A pocas horas del incidente, desde este mismo foro, exigimos con suma indignación y crudeza la pronta resolución del dilema. Días después la propia Presidenta le exigió a la justicia celeridad sin medir el tenor de los imputados, relevó a los funcionarios responsables y le quitó la concesión a la empresa que tenía la explotación del servicio. Recuerdo que el 27 de Febrero del 2012 mencionó: “Esta tragedia que enlutó al país tiene nombres y apellidos”. Un año después 28 procesados deben enfrentar en breve un juicio oral. Al mismo tiempo se estableció una fuerte política de inversiones a favor de acotar toda posibilidad para que el desgraciado suceso se reitere.



Nada de lo detallado nos devuelve a ninguna de las víctimas de modo que para los familiares ni siquiera la justicia servirá como consuelo, debido a que el consuelo no es una cuestión de justicia cuando de la muerte se trata. Más allá de los actos y los recordatorios, hasta el momento, desde la legalidad y lo político, se ha hecho todo lo que correspondía tratando de evitar la recurrente impunidad que históricamente los argentinos solemos padecer. Impunidad que muchos de los actuales acusadores mediáticos disfrutan hasta los límites del cinismo.

Seguro que los opositores van a especular con los cadáveres, lo harán hoy y siempre, lo vemos desde hace un año, es el desdoroso precio que este Gobierno y todos los gobiernos del mundo deben pagar por sus erratas. De modo que no asumir las criticas honestas y aún maliciosas constituiría un soberano error conceptual.

Es probable que el oficialismo haya pagado ya su precio político perdiendo la confianza que muchos compatriotas habían depositado pocos meses antes. Lo mejor que puede hacer el ejecutivo si desea honrar a las víctimas es trabajar muy fervientemente para tratar de mejorar el servicio como nunca se hizo y de ese modo reconocerles a muchos de sus familiares (y a toda la sociedad) que aún por obligación deben viajar en el Sarmiento un sentido épico a sus ausencias. No existe mejor manera para subsanar un error irreparable que admitirlo, revalorizando de modo exponencial el injusto sacrificio que lamentablemente sufrieron las víctimas de ese error.

Mucho se ha mejorado y al parecer no nos queremos dar cuenta. Ni la Embajada de Israel, ni la Amia, ni la voladura Río III, ni Lapa, ni los muertos del 2001 han encontrado sus "consuelos" judiciales. El gobierno ha demostrado que no lo abruma presentarse frágil, es decir asume su vulnerabilidad cuando de errores propios se trata. Y está muy bien que así sea: Bajar la cabeza, colocar a la justicia por delante del asunto, ponerse a trabajar y corregir, desde la política, todo aquello que ocasionó la muerte de más de medio centenar de compatriotas. El resto forma parte del campo de la miserabilidad.



jueves, 21 de febrero de 2013


Cómo lee el mal lector
C. S. Lewis



Es fácil establecer un contraste entre la apreciación puramente musical de una sinfonía y la actitud de aquellas personas para quienes su audición es tan sólo, o sobre todo, un punto de partida para alcanzar cosas tan inaudibles (y, por lo tanto, tan poco musicales) como las emociones y las imágenes visuales. En cambio, en el caso de la literatura nunca puede haber una apreciación puramente literaria similar a la que permite la música. Todo texto literario es una secuencia de palabras, y los sonidos (o sus equivalentes gráficos) son palabras en la medida en que a través de ellos la mente alcanza algo que está más allá. Ser una palabra significa precisamente eso. Por tanto, aunque atravesar los sonidos musicales para llegar a algo inaudible y no musical pueda ser una mala manera de abordar la música, atravesar las palabras para llegar a algo no verbal y no literario no es una mala manera de leer. Es, simplemente, leer. Si no, deberíamos decir que leemos cuando dejamos que nuestros ojos se paseen por las páginas de un libro escrito en una lengua que desconocemos, y podríamos leer a los poetas franceses sin necesidad de aprender el francés. Lo único que exige la primera nota de una sinfonía es que sólo prestemos atención a ella. En cambio, la primera palabra de la Ilíada dirige nuestra mente hacia la ira: hacia algo que conocemos al margen del poema e, incluso, al margen de la literatura.

Con esto no quiero prejuzgar acerca de la discusión entre quienes afirman que «un poema no debería significar sino ser» y quienes lo niegan. Sea o no esto cierto del poema, no cabe duda de que las palabras que lo integran deben significar. Una palabra que sólo «fuese», y que no «significase», no sería una palabra. Esto vale incluso para la poesía sin sentido. En su contexto, boojum no es un mero ruido. Si interpretásemos el verso de Gertrude Stein a rose is a rose («una rosa es una rosa») como arose is arose («surgió es surgió»), ya no sería el mismo verso.

Cada arte es él mismo y no cualquier otro arte. Por tanto, todo principio general que descubramos deberá tener una forma específica de aplicación en cada una de las artes. Lo que ahora nos interesa es descubrir cómo se aplica correctamente a la lectura la distinción que hemos establecido entre usar y recibir. ¿Qué actitud del lector carente de sensibilidad literaria corresponde a la concentración exclusiva del oyente sin sensibilidad musical en la «melodía principal», y al uso que éste hace de ella? Para averiguarlo podemos guiarnos por el comportamiento de esos lectores. A mi entender éste presenta las siguientes características:

1. Nunca, salvo por obligación, leen textos que no sean narrativos. No quiero decir que todos lean obras de narrativa. Los peores lectores son aquellos que viven pegados a «las noticias». Día a día, con apetito insaciable, leen acerca de personas desconocidas que, en lugares desconocidos y en circunstancias que nunca llegan a estar del todo claras, se casan con (o salvan, roban, violan o asesinan a) otras personas igualmente desconocidas. Sin embargo, esto no los diferencia sustancialmente de la categoría inmediatamente superior: la de los lectores de las formas más rudimentarias de narrativa. Ambos desean leer acerca del mismo tipo de hechos. La diferencia consiste en que los primeros, como Mopsa en la obra de Shakespeare, quieren «estar seguros de que esos hechos son verdaderos». Ello se debe a que es tal su ineptitud literaria que les resulta imposible considerar la invención una actividad lícita o tan siquiera posible. (La historia de la crítica literaria muestra que Europa tardó siglos en superar esta barrera.)

2. No tienen oído. Sólo leen con los ojos. Son incapaces de distinguir entre las más horribles cacofonías y los más perfectos ejemplos de ritmo y melodía vocálica. Esta falta de discernimiento es la que nos permite descubrir la ausencia de sensibilidad literaria en personas que por lo demás ostentan una elevada formación. Son capaces de escribir «la relación entre la mecanización y la nacionalización» sin que se les mueva un pelo.

3. Su inconsciencia no se limita al oído. Tampoco son sensibles al estilo, e incluso llegan a preferir libros que nosotros consideramos mal escritos. Haced la prueba y ofreced a un lector de doce años sin sensibilidad literaria (no todos los muchachitos de esa edad carecen de ella) La isla del tesoro a cambio de la historieta de piratas que constituye su dieta habitual; o bien, a un lector de la peor clase de ciencia ficción Los primeros hombres en la luna de Wells. A menudo os llevaréis una desilusión. Al parecer les estaréis ofreciendo el tipo de cosas que les gustan, pero mejor hechas: descripciones que realmente describen, diálogos bastantes verosímiles, personajes claramente imaginables. Picotearán un poco aquí y allá, y en seguida lo dejarán de lado. Ese tipo de libro contiene algo que los desconcierta.

4. Les gustan las narraciones en las que el elemento verbal se reduce al mínimo: «tiras» donde la historia se cuenta en imágenes, o filmes con el menor diálogo posible.

5. Lo que piden son narraciones de ritmo rápido. Siempre debe estar «sucediendo» algo. Sus críticas más comunes se refieren a la «lentitud», al «detallismo», etc., de las obras que rechazan.

No es difícil descubrir el origen de todo esto. Así como el oyente que no sabe escuchar música sólo se interesa por la melodía, el lector sin sensibilidad literaria sólo se interesa por los hechos. El primero descarta casi todos los sonidos que la orquesta produce realmente: lo único que quiere es tararear la melodía. El segundo descarta casi todo lo que hacen las palabras que tiene ante sus ojos: lo único que quiere es saber qué sucedió después.

Sólo lee relatos porque únicamente en ellos puede encontrar hechos. Es sordo para el aspecto auditivo de lo que lee porque el ritmo y la melodía no le sirven para descubrir quién se casó con (o salvó, robó, violó o asesinó a) quién. Le gustan las «tiras» y los filmes donde casi no se habla porque en ellos nada se interpone entre él y los hechos. Y les gusta la rapidez porque en un relato muy rápido sólo hay hechos.

Sus preferencias estilísticas requieren un comentario más extenso. Podría parecer que se tratase en este caso de un gusto por lo malo como tal, por lo malo en virtud de su maldad. Sin embargo, creo que no es así.

Tenemos la impresión de que nuestro juicio sobre el estilo de una persona, palabra por palabra y oración por oración, es instantáneo. Sin embargo, siempre es posterior, por infinitesimal que sea el intervalo, al efecto que las palabras y las oraciones producen en nosotros. Cuando leemos en Milton la expresión «sombra escaqueada» en seguida imaginamos cierta distribución de las luces y de las sombras, que se nos aparece con una intensidad e inmediatez desacostumbradas, produciéndonos placer. Por tanto, concluimos que la expresión «sombra escaqueada» es un ejemplo de buen estilo. El resultado demuestra la excelencia de los medios utilizados. La claridad del objeto demuestra la calidad de la lente con que lo miramos. Si, en cambio, leemos el pasaje del final de Guy Mannering, donde el héroe contempla el cielo y ve los planetas «rodando en su líquida órbita de luz», la imagen de los planetas rodando ante los ojos, o de las órbitas visibles, es tan ridícula que ni siquiera intentamos construirla. Aunque interpretásemos que órbitas no es el término deseado, sino orbes, la cosa no mejoraría, porque a simple vista los planetas no son orbes o esferas, ni siquiera discos. Lo único que encontramos es confusión. Por tanto, decimos que ese pasaje de Scott está mal escrito. La lente es mala porque no podemos ver a través de ella. Análogamente, cada oración que leemos proporciona o no satisfacción a nuestro oído interior. Sobre la base de esta experiencia declaramos que el ritmo del autor es bueno o malo.

Cabe señalar que todas las experiencias en que se basan nuestros juicios dependen de que tomemos en serio las palabras. Si no prestamos plena atención tanto al sonido como al sentido, si no estamos sumisamente dispuestos a concebir, imaginar y sentir lo que las palabras nos sugieren, seremos incapaces de tener esas experiencias. Si no tratamos realmente de mirar la lente, no podremos descubrir si ésta es buena o mala. Nunca podremos saber si un texto es malo, a menos que hayamos empezado por tratar de leerlo como si fuese bueno, para luego descubrir que con ello el autor estaba recibiendo un cumplido que no merecía. En cambio, el mal lector nunca está dispuesto a prodigar a las palabras más que el mínimo de atención que necesita para extraer del texto los hechos. La mayoría de las cosas que proporciona la buena literatura —y que la mala no proporciona— son cosas que ese lector no desea y con las que no sabe qué hacer.

Por eso no valora el buen estilo. Por eso, también, prefiere el mal estilo. Los dibujos de las «tiras» no necesitan ser buenos: si lo fuesen, su calidad constituiría incluso un obstáculo. Porque cualquier persona u objeto ha de poder reconocerse en ellos de inmediato y sin esfuerzo. Las figuras no están para ser examinadas en detalle sino para ser comprendidas como proposiciones; apenas se diferencian de los jeroglíficos. Pues bien: la función que desempeñan las palabras para el mal lector es más o menos ésa. Para él, la mejor expresión de un fenómeno o de una emoción (las emociones pueden formar parte de los hechos) es el cliché más gastado: porque permite un reconocimiento inmediato. «Se me heló la sangre» es un jeroglífico que representa el miedo. Lo que un gran escritor haría para tratar de expresar la singularidad de determinado miedo supone un doble obstáculo para este tipo de lector. De una parte, se le ofrece algo que no le interesa. De la otra, eso sólo se le ofrece si está dispuesto a dedicar a las palabras una clase y un grado de atención que no desea prodigarles. Es como si alguien tratase de vendernos algo que no nos sirve a un precio que no queremos pagar. El buen estilo le molestará porque es demasiado parco para lo que le interesa, o bien porque es demasiado rico. En un pasaje de D. H. Lawrence donde se describe un paisaje boscoso —o en otro de Ruskin, que describe un valle rodeado de montañas— encontrará muchísimo más de lo que es capaz de utilizar. Pero quedará insatisfecho con el siguiente pasaje de Malory: «Llegó ante un castillo grande y espléndido, con una poterna hacia el mar, que estaba abierta y sin guardia; en la entrada sólo había dos leones, y la luna brillaba». Tampoco estaría satisfecho si en lugar de: «Se me heló la sangre» leyese: «Tenía un miedo terrible». Para la imaginación del buen lector, este tipo de enunciación escueta de los hechos suele ser más evocativa. Pero el malo no se conforma con que la luna brille. Preferiría que le dijeran que el castillo estaba «sumido en el plateado diluvio de la luz lunar». Esto se explica en parte por la escasa atención que presta a las palabras. Si algo no se destaca, si el autor no lo «adereza», lo más probable es que pase inadvertido. Pero lo decisivo es que busca el jeroglífico: algo que desencadene sus reacciones estereotipadas ante la luz de la luna (desde luego, tal como aparece en los libros, las canciones y los filmes; creo que los recuerdos del mundo real son muy tenues e influyen apenas en su lectura). Por tanto, su manera de leer adolece paradójicamente de dos defectos. Carece de la imaginación atenta y obediente que le habría permitido utilizar cualquier descripción completa y detallada de una escena o de un sentimiento. Y, de otra parte, también le falta la imaginación fecunda, capaz de construir (en el momento) la escena basándose en los meros hechos. Por tanto, lo que pide es un decoroso simulacro de descripción y análisis, que no requiera una lectura atenta, pero que baste para hacerle sentir que la acción no se desarrolla en el vacío: algunas referencias vagas a los árboles, la sombra y la hierba, en el caso de un bosque; o alguna alusión al ruido de botellas destapadas y a mesas desbordantes, en el caso de un banquete. Para esto, nada mejor que los clichés. Este tipo de pasajes le impresionan tanto como el telón de fondo al aficionado al teatro: nadie le presta realmente atención, pero todos notarían su ausencia si no estuviera allí. Así pues, el buen estilo casi siempre molesta, de una manera u otra, a este tipo de lector. Cuando un buen escritor nos lleva a un jardín suele darnos una imagen precisa de ese jardín particular en ese momento particular —descripción que no necesita ser larga, pues lo importante es saber seleccionar—, o bien se limita a decir: «Fue en el jardín, por la mañana temprano». Al mal lector no le gusta una cosa ni la otra. Lo primero le parece mero «relleno»: quiere que el autor «se deje de rodeos y vaya al grano». Lo segundo le espanta como el vacío: allí su imaginación no puede respirar.

Hemos dicho que el interés de este tipo de lector por las palabras es tan reducido que su uso de ellas dista mucho de ser pleno. Pero conviene señalar la existencia de un tipo diferente de lector, que se interesa muchísimo más por ellas, si bien no de la manera correcta. Me refiero a los que llamo «fanáticos del estilo». Cuando cogen un libro, estas personas se concentran en lo que llaman su «estilo» o su «lenguaje». El juicio que éste les merece no se basa en sus cualidades sonoras ni en su capacidad expresiva, sino en su adecuación a ciertas reglas arbitrarias. Para ellos, leer es una caza de brujas permanentemente dirigida contra los americanismos, los galicismos, las oraciones que acaban con una preposición y la inserción de adverbios en los infinitivos. No se preguntan si el americanismo o el galicismo en cuestión enriquece o empobrece la expresividad de nuestra lengua. Tampoco les importa que los mejores hablantes y escritores ingleses lleven más de un milenio construyendo oraciones acabadas con preposiciones. Hay muchas palabras que les desagradan por razones arbitrarias. Una es «una palabra que siempre han odiado»; otra «siempre les sugiere determinada cosa». Ésta es demasiado común; aquélla, demasiado rara. Son las personas menos cualificadas para opinar sobre el estilo, porque jamás aplican los únicos dos criterios realmente pertinentes: los que sólo toman en cuenta (como diría Dryden) su aspecto «sonante y significante». Valoran el instrumento por cualquiera de sus aspectos menos por su idoneidad para realizar la función que se le ha asignado; tratan la lengua como algo que «es», no como algo que «significa»; para criticar la lente la miran en lugar de mirar a través de ella. Se ha dicho muchas veces que la ley sobre la obscenidad literaria se aplicaba exclusivamente contra determinadas palabras, y que los libros no se prohibían por su intención sino por su vocabulario; de manera que un escritor podía administrar sin trabas a su público los afrodisíacos más poderosos siempre y cuando fuese capaz —¿qué escritor competente no lo es?— de evitar los vocablos interdictos. Los criterios del fanático del estilo son tan ineficaces —aunque por otra razón— como los de esa ley; equivocan su objetivo de la misma manera. Si la mayoría de las personas son iliteratas, él es «antiliterato». Crea en la mente de esas personas (que, por lo general, han tenido que soportarlo en la escuela) una aversión hasta por la palabra estilo, y una profunda desconfianza por todo libro del que se diga que está bien escrito. Si estilo es lo que aprecia el fanático del estilo, entonces esa aversión y esa desconfianza están totalmente justificadas.



Como ya he dicho, el oyente que no sabe escuchar música selecciona la melodía principal; la utiliza para tararearla o silbarla, y para entregarse a ensoñaciones emocionales e imaginativas. Por supuesto, las melodías que más le gustan son las que más se prestan a ese tratamiento. Del mismo modo, el mal lector selecciona los hechos, «lo que sucedió». Los tipos de hechos que más le gustan concuerdan con la forma en que los utiliza. Podemos distinguir tres tipos principales.

Le gusta lo «emocionante»: los peligros inminentes y los escapes por un tris. El placer consiste en la permanente excitación y distensión de la ansiedad (indirecta). El hecho de que existan jugadores demuestra que muchas personas encuentran placer incluso a través de la ansiedad real, o, al menos, que ésta es un ingrediente necesario de la actividad placentera. La popularidad de que gozan las demostraciones de los rompecoches y otros espectáculos de ese tipo demuestra que la sensación de miedo, cuando va unida a la de un peligro real, es placentera. Las personas de espíritu más templado buscan el peligro y el miedo real por mero placer. En cierta ocasión un montañero me dijo lo siguiente: «Una ascensión sólo es realmente divertida si en algún momento uno jura que si logra bajar con vida jamás volverá a subir a una montaña». El hecho de que la persona que no sabe leer bien desee «emociones» no tiene nada de asombroso. Es un deseo que todos compartimos. A todos nos gusta estar pendientes de un final reñido.

En segundo lugar, le gusta que su curiosidad sea excitada, exacerbada y, finalmente, satisfecha. De ahí la popularidad de los relatos de misterio. Este tipo de placer es universal y, por tanto, no necesita explicación. A él se debe gran parte de la alegría que siente el filósofo, el científico o el erudito. Y también el cotilla.

En tercer lugar, le gustan los relatos que le permiten participar —indirectamente, a través de los personajes— del placer o la dicha. Esos relatos son de varios tipos. Pueden ser historias de amor, que, a su vez, pueden ser sensuales y pornográficas o sentimentales y edificantes. Pueden ser relatos cuyo tema sea el éxito en la vida: historias sobre la alta sociedad o, simplemente, sobre la vida de gente rica y rodeada de lujos. Será mejor no suponer que en cualquiera de estos casos el placer indirecto siempre es un sucedáneo del placer real. No sólo las mujeres feas y no amadas leen historias de amor; no todos los que leen historias sobre éxitos son unos fracasados. Distingo entre estas clases de historias por razones de claridad. De hecho, la mayoría de los libros sólo pertenecen en su mayor parte pero no por completo a una u otra de dichas clases. Los relatos de emoción o de misterio suelen incluir —a menudo automáticamente— un «toque» de amor. La historia de amor, el idilio o el relato sobre la alta sociedad deben tener algún ingrediente de suspense y ansiedad, por trivial que sea.

Que quede bien claro que el lector sin sensibilidad literaria no lee mal porque disfrute de esta manera con los relatos, sino porque sólo es capaz de hacerlo así. Lo que le impide alcanzar una experiencia literaria plena no es lo que tiene sino lo que le falta. Bien podría haber hecho una cosa sin dejar de hacer las otras. Porque hay buenos lectores que también disfrutan de esa manera cuando leen buenos libros. A todos se nos corta la respiración mientras el Cíclope tantea el cuerpo del carnero que transporta a Ulises, y nos preguntamos cómo reaccionará Fedra (e Hipólito) ante el inesperado regreso de Teseo, o cómo influirá la deshonra de la familia Bennet sobre el amor de Darcy por Elizabeth. Nuestra curiosidad se excita muchísimo cuando leemos la primera parte de Confesiones de un pecador justificado, o al enterarnos del cambio de conducta del general Tilney. Deseamos intensamente poder descubrir quién es el desconocido benefactor de Pip en Grandes esperanzas. Cada estrofa de The House of Busirane de Spenser estimula nuestra curiosidad. En cuanto al goce indirecto de la dicha imaginada, la mera existencia del género pastoril le asegura un puesto respetable en la literatura.

Y en los demás géneros, si bien no exigimos que todo relato tenga un final feliz, cuando éste se produce, y encaja bien y está bien hecho, disfrutamos, sin duda, de la dicha de los personajes. Estamos dispuestos incluso a disfrutar indirectamente de la realización de deseos totalmente irrealizables, como los de la escena de la estatua en Cuento de invierno; porque ¿hay acaso deseo más irrealizable que el de que resucite la persona a quien hemos tratado con crueldad e injusticia, y que ésta nos perdone, y que «todo vuelva a ser como antes»? Quienes sólo buscan en la lectura esa felicidad indirecta son malos lectores; pero se equivocan quienes afirman que el buen lector nunca puede gozar también de ella.


miércoles, 20 de febrero de 2013


Te falta mirar un poquito pal´costao

El Alemán Gerardo Dorado - Te falta mirar - vídeo de Teo Oliver

Resulta muy complejo equilibrar internamente los procesos de crecimiento de una sociedad cuando se parte desde distintas realidades subjetivas. Relaciono la cuestión trazando un paralelo con una carrera llana, haciendo hincapié en que el lugar de largada no es el mismo para todos. No existen equivalencias entre quien lo hace ocupado y ganando un sueldo más o menos respetable que aquel que lo hace desempleado y dentro de una marcada pobreza estructural. De eso se trata, como dice el Alemán Gerardo Dorado “te falta mirar un poquito pal´costao” dice la canción. Por eso estimo recomendable que nuestras pretensiones y reivindicaciones sean ponderadas con la suficiente amplitud para observar que aún existen muchos compatriotas que no han alcanzado un aproximado estado de bienestar. Cuando observo determinados reclamos gremiales me preguntó hasta dónde cada dirigente sindical percibe el contexto, hasta dónde el impuesto a los altos ingresos es travestido bajo el prisma del conjunto sopretexto de cubrir las necesidades básicas.



Cuidado, que no se malinterprete el dilema, considero que toda lucha a favor de mejorar la situación de los trabajadores es elemental pero dicho combate debe exhibir prioridades de modo que ese “mirar pal´ costado” no sea un simple melodía pegadiza. Hablo de la complicidad que exhiben muchos dirigentes sindicales con las patronales a favor del trabajo informal, hablo de la distribución equilibrada del salario real, hablo de un esquema proletario asociado a un concepto colectivo. No me parece solidario que una central obrera estimule que los dilemas participativos se diriman sobre la base del poder de daño que tienen cada una de sus células. En más de una ocasión la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner mencionó las enormes diferencias que existen entre los ingresos de los trabajadores producto del disímil impacto que tiene cada actividad en la sociedad. Observemos la abismal diferencia que existe entre el salario inicial de un docente o de un científico con relación al de un bancario, un camionero o al de un operario de subte. A la par observemos el comportamiento de Uatre con relación a la informalidad y hasta de la ignominia que significa el trabajo esclavo. El rubro de la Construcción no le va en saga y ni que hablar del calvario que sufren los empleados de comercio, sobre todo en el interior. Los números son esclarecedores al respecto. Algunos dirigentes gremiales han logrado establecer castas dentro del campo laboral particionando el interés colectivo del proletariado. ¿Se trabaja solidariamente dentro de las organizaciones obreras para acotar los niveles de desocupación?. Hasta ahora no he percibido protestas ni marchas a favor de ese 7% que aún no ha logrado ser incluido dentro del embrionario proyecto industrialista y menos aún de ese 30% que desarrolla sus actividades en paralelo a la legalidad.

Reunirse con las patronales para diagramar estrategias inclusivas, establecer acuerdos solidarios de modo priorizar al desocupado del oficio, que cada sector se haga cargo de las necesidades de ese sector estableciendo una paritaria en serio y no simplemente de tenor salarial. Con equipos de estudiosos en la materia, consensuados entre las partes, se podrían realizar relevamientos de costos y demás cuestiones para saber a ciencia cierta el estado de cada actividad: niveles de ocupación y subocupación, ociosidad, regímenes de licencias, nivel de productividad, la necesaridad de las horas extras, la distribución equitativa de cargos (por ejemplo entre los docentes), el estricto cumplimiento de los límites jubilatorios etc.

A poco de iniciar mis tareas en un importante Banco privado, por entonces nacional, pregunté sobre el sistema de horas extras. Un compañero de aquellos tiempos, ex sindicalista, me informó que justamente la entidad había discontinuado su política en ese sentido hacía dos años (hablo del año 1993) producto del abuso, y que sólo se reservaba ese derecho a los recursos que desarrollaban tareas en los departamentos estratégicos, por entonces Contabilidad, Centro de Cómputos etc. Socarronamente me comentaba que era muy usual fichar a las nueve de la mañana y comenzar  las tareas a las dos de la tarde con la anuencia de las jefaturas intermedias y delegados, segmentos privilegiados que también recibían las mieles de dicha operatoria. “Estiramos la soga demasiado - afirmaba el compañero -, de todos modos no son pocos los que pudieron comprarse un departamento o un buen auto con aquel sistema”. Pensemos que tres horas extras por día más el sábado posibilitaban acrecentar los ingresos casi en un 100%, además del impacto que dicho incremento implicaba en cada medio aguinaldo. Dentro del estado ocurría tres cuartos de lo mismo; cualquiera que haya pisado el viejo edificio de Vialidad Nacional en Retiro durante los ochenta sabrá de lo que le hablo. Mientras estos despilfarros se agudizaban en algunas actividades, en otras, los ajustes, la informalidad y la desocupación hacían estragos.

De eso se trata el dilema que humildemente planteo. Mientras algunas actividades ejercen un metro patrón elevado debido a lo complejo de un potencial conflicto otras no tienen más remedio que aceptar las reglas del juego patronal por obvias razones de dispersión y escasa capacidad de respuesta. Cuando Cristina habla de la torta laboral, justamente hace hincapié en la poca voluntad sindical que existe por parte de los dirigentes para entender al movimiento obrero en su totalidad. Ya lo cantó el maestro José Larralde en Pa´Usted: “Hace Patria el que alambra, el que hace maneas california, el que piala, el que educa, el que canta...” En la actualidad el salario medio de un docente oscila en los cinco mil pesos, el de un transportistas en los doce, el de un ferroviario en los once, el de un bancario en los catorce.
El debate horizontal sobre la torta laboral también debería formar parte de un gran acuerdo paritario nacional, no puede ser posible que la productividad de cada sector se encuentre por encima de la productividad colectiva por una simple ecuación de daño. Nos estamos acercando al tan ansiado cincuenta y cincuenta; cuestión real en los números pero irreal desde la praxis si tenemos en cuenta la cantidad de trabajo informal existente más la desocupación. Ese cincuenta por ciento está tan mal distribuido como mal distribuida está la renta nacional. Unos pocos gremios son los que concentran los mayores porcentajes. Falta mirar un poco pal´costado, es necesario privilegiar las demandas de los sectores laborales más atrasados (informales y desempleados) de modo hacerle honor a ese tan declamado “igualar para arriba”, concepto que noto muy pocos están dispuestos a venerar.

 Pa ´Usted - José Larralde - Vídeo de hernancorcosur




El Gato Ciego




Hace unos días lo atropelló una camioneta la cual continuó con su camino como si nada hubiera pasado. Cosa tristemente normal cuando de gatos se trata y sobre todo si son negros; en oportunidades suelo sospechar que determinadas casualidades no lo son tanto. Fue a la mañana, muy temprano. El Negro manejaba su rutina casi burocráticamente; acostumbraba a desayunar su leche mezclada con alimento balanceado, y luego, de forma casi natural, cruzaba la calle con destino a su baño. Tenía por usanza, acaso por estilo, resolver las cuestiones íntimas fuera de los límites de su hábitat. Esa mañana lo encontramos retorciéndose en el medio de la calle, gritando desaforadamente, sangrando, con un ojo afuera y convulsionando, de hecho a pocos metros de distancia no parecía él, la tierra le daba un marcado aspecto extranjero. Nadie hubiese apostado un centavo por su vida, ver su estado desalentaba hasta al más devoto de los veterinarios. Asumir el compromiso de hacer todo lo posible e imposible para sanarlo no nos costó en lo absoluto por fuera del temor que siempre tenemos por nuestras propias limitaciones e ignorancias. Algún asesoramiento profesional menor fue constituyendo una suerte de tratamiento espontáneo cuyos basamentos se componían en antibióticos, antinflamatorios, baños oculares y demás cuestiones eminentemente clínicas. Una segunda etapa del proceso estuvo integrado por los modos y la formas para hidratarlo y nutrirlo teniendo en cuenta las dificultades que presentaba una boca absolutamente destrozada y como consecuencia de ello escasa voluntad individual para sustentarse. Jeringas de toda clase y tenor fueron las herramientas adecuadas para incorporarle su dieta: pastiches compuestos por leche en polvo, azúcar y alimento molido, paté, atún y alguna que otra porción aislada de carne cruda doblemente picada. A poco de observar ciertos indicios positivos de movilidad notamos sus tremendas dificultades para hacerlo. Por suerte su cuerpito no había sufrido quebraduras ni luxaciones, evidentemente todo el peso del encontronazo lo había padecido el rostro. Sus progresos se exhibían con suma lentitud. Estuvo durante cinco días haciéndose pis encima, cuestión determinante para los gatos; estos animalitos, sumamente prolijos y aseados, jamás harían tal cosa de encontrarse con posibilidades para evitarlo.
Sentimos enorme alivio a poco de advertir el mínimo intento de incorporarse solito y hacer su pis a dos metros de la madriguera, pequeño abrigo que le armamos a los fines de su recuperación. No permitirle regurgitar el antibiótico resultaba un empresa descarnada. Evidentemente el sabor del medicamento debía ser espantoso ya que luchaba con sus escasísimas fuerzas en pos de nos ser invadido y defraudado en su buena fe debido a la confianza que nos tenía. Abrirle la boca, introducir la jeringa y accionar el dispositivo para que ese líquido amarillento y viscoso ingrese dentro de su cuerpo era una tarea que debía hacerse con suma coordinación y firmeza; cualquier leve descuido le hubiese dado al Negro la chance de vomitar el preparado. Como improvisados enfermeros no nos podíamos permitir que nos conquiste la duda debiendo proceder con marcada severidad y si era necesario con la rudeza que comprende tenerle cerrada la boca hasta percibirlo tragar. El antinflamatorio era mucho más sencillo de aplicar, primero porque su cantidad era notoriamente más pequeña, acaso la mixtura ocupaba solamente un cuarto de la jeringa, y como segundo inciso su sabor quedaba completamente diluido en la correntada de leche. A la altura del décimo día de ocurrido el incidente su extremada fealdad ya nos resultaba familiar. La boca partida, el ojo derecho totalmente fuera de su orbita y la ceguera total daban por sentado que el Negro habría de necesitar aguzar su aprendizaje a favor de algunas asignaturas no previstas, a la par que el resto de la banda felina, tres adultos y dos insoportables cachorros, lo instruían con sus sombras y escándalos sobre como direccionar los instintos para hallar el agua y los demás platillos de alimentos. De alguna manera, la recurrente voracidad de la trouppe colaboraba para que la codicia del accidentado encuentre el adecuado desenlace. De todas formas, dos o tres veces al día, le dábamos de comer y de beber de modo personalizado. Esta era una buena manera de evitar las suciedades indignas del felino. Al no poder asearse por sí debíamos atender esas cuestiones que tanto preocupan a la especie. Gasas remojadas, algodón y suaves trapitos servían para mantener al Negro en impecable estado, léase siempre en términos relativos.
Hace dos días comenzó a ingerir interesantes porciones de sólidos. Los medicamentos, paulatinamente, han logrado bajar tanto la infección como la inflamación de forma tal otorgarle a su boca libertades que una semana atrás parecían irrecuperables. Junto a mi compañera Dorita, alma mater y fiel cancerbera del animalito, estamos en la dulce espera. No; no se confunda. No estamos aguardando por un bebé, ya somos viejos para tales cuestiones. Estamos ansiosos que al arribar al negocio – puesto que allí lo tenemos - una mañana de estas y acaso un poco olvidado de la cosa el embaldosado de la Ferretería nos sorprenda con un par de manchones pardos obsequiados por el Negro, esos mismos marrones naturales que en otras circunstancias nos enfadarían "In extremis". Por ahora el tratamiento sigue, quizás el mismo termine cuando él decida olvidarnos, cosa que nos pondrá enormemente felices, aunque observemos ese abandono con marcada melancolía.