FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

jueves, 31 de enero de 2013



El Pro, sus insultos y sus balas de goma 
cuentan con adherentes importantes 
en Coronel Dorrego



El listado de barbaridades se multiplica a poco que los adherentes del Pro exhiben públicamente  sus entusiasmos, tanto en la red como delante de los micrófonos mediáticos. No resulta descabellado inferir que en dicho contexto tanto Zorzano, como Chalde, como Reyes, como Onorato, como Di Pascuale, como Srodek, como Ginóbili, me refiero puntualmente a gente de nuestro Pago Chico, que se reunió con Macri en Monte Hermoso, deben acordar con semejante eyaculación infamante. Hasta el momento no se han despegado de los dichos ni han criticado a ninguna de las personas que se expresaron de manera injuriosa, en consecuencia y hasta que ello ocurra, nos cabe una duda razonable. Hace un tiempo algunos dirigentes locales del radicalismo expresaron ofensas similares a la investidura presidencial y hacia su colectivo de adherentes en sus sitios personales, sin que hubiese rectificación orgánica correctiva ante semejante manifestación de intolerancia. Planteada la cuestión en estos términos qué se puede debatir con estos tipos, qué diálogo se puede establecer, qué puntos de contacto pueden existir en tanto y en cuanto partimos de la premisa que uno es una despreciable basura por la sola razón de adherir al Gobierno Nacional. Además y como cuestión anexa, quiénes son los que acusan. Causan idéntica gracia los personajes como el dilema en sí propio.


Desde este foro siempre se han desarrollado críticas a la administración local de modo respetuoso y dentro del campo de la política y la ideología. Jamás, percepciones personales, propias o ajenas, cuestiones que se conocen certeramente por encima del rango de rumor, han sido incluidas como argumento de debate. Dicha operatoria desluce toda intencionalidad de crecimiento intelectual. Sin embargo podemos observar que nuestros máximos dirigentes no tienen el menor reparo en adherir a las agresiones de Pro e irrespetar el sentimiento de buena parte de la población dorreguense que depositó su confianza en el proyecto Nacional Y Popular que encabeza Cristina Fernández de Kirchner.

Supongamos que arrojo la falacia que el dirigente político “X” banca clanes de chorros y que a la vez es homosexual, que incluso hace pocos años atrás se agarró de las “mechas” con el productor “Y” debido a un conflicto de amoríos el pos de lograr los favores y las gracias de un “joven amante”. Como pueden observar soy mucho más delicado que Del Sel. ¿Qué significan ambas afirmación? ¿Qué le agregan a la discusión fundamental? O lo que es más sustancial ¿A quién le importa tamañas banalidades dentro del debate político? En todos estos casos la única pretensión, sopretexto de una sociedad pacata y cerrada, es enlodar a una persona, lacerar el buen nombre y honor de un ocasional antagonista político, exponer mis propias limitaciones ya que no poseo los tintes adecuados para responder a sus argumentaciones, más allá de presentarme desdorosamente como sectario, sexista y homofóbico.


¿Qué diferencia existe entre el párrafo anteriormente mencionado y las recientes declaraciones del acaso futuro legislador del Pro, Miguel Del Sel? Ninguna. Y la más significativa de las coincidencias radica en la ausencia de política. Sólo la ofensa como minusválido motor discursivo.

Por eso me permito recomendarle a nuestra dirigencia vernácula despegarse cuanto antes de ese formato discursivo y de sus arquitectos, criticando duramente toda malignidad personal, más aún cuando dichos vómitos virulentos emanan desde las propias estructuras partidarias o parten de posibles futuros aliados.

Admito, celebro y comparto el entusiasmo político sobre cuestiones puntuales, el fervor en la defensa de las ideas, la convicción y alguna carajeada arrojada contra el viento al estilo del buenamente recordado Chacho Jaroslavky. Lo que es intolerable es exigirle prudentes silencios a aquellos que son menoscabados íntimamente en sus máximos dolores.
Planteado en los términos propuestos no esperen que este espacio vaya a poner con mansa gracilidad la otra mejilla.

Estamos agobiados por las descalificaciones, hartos de los insultos, de los “yeguas” y de los “putas”, de los “conchudas” y de los “kretinas”, de los motes de “chorro” y de “corrupto”, de los “hija de puta” y la falacia dictatorial, va colmando nuestra paciencia que nos quieran arrojar por las ventanas de los trenes, nos tienen cansados con amenazas de llevarnos al patíbulo cuando dejemos de gobernar, las bolas secas con eso de la ausencia de republicanismo, con la futura desaparición de 678, La Campora, Vatayón Militante y la Tupac. Que estamos armados, que somos montoneros, militontos pagados al servicio de la ratería, que los movimientos de pinzas, que las emboscadas y cientos de malevolentes adjetivaciones. Curiosamente durante estos diez años de Gobierno no existió expresión política imposibilitada de manifestar sus ideas, de hecho se han multiplicado sanamente las agrupaciones juveniles y sociales. Parece que esta gente desea arribar al poder solamente para silenciar voces, acosar a toda militancia que no acuerde con sus conceptos y estimar prudente instalar líneas de delación ciertamente coercitivas.



Ojalá que la cordura vuelva a colocar a la política en el centro de la escena, espero ansioso fervientes discusiones sobre el rol del Estado, en dónde descansa el poder real, el aborto, el esquema de salud pública, cómo eficientizar la seguridad en el marco de un sistema de derecho, la democratización de la justicia, el rol de las corporaciones, la política de subsidios, la educación, los contenidos comunicacionales, el concepto de libertad, los conceptos de propiedad privada y de propiedad pública, cómo desarrollar un sistema productivo que garantice pleno y formal empleo, y dejemos de lado no sólo la descalificación personal sino también, y aquí en el Pago existen muchos que pueden tomar el guante, la velada sonrisa cómplice que implica disfrutar especulativamente de lo más deshonroso que tiene la política: la calumnia y la injuria como único argumento existencial.





JORGE CAFRUNE
35 años de inexplicable ausencia
nos queda su arte...



 Luna Cautiva - Jorge Cafrune - Vídeo de Ana María Paton Gomez

miércoles, 30 de enero de 2013


El alma de comunicador indignado



La indignación como estado analítico supremo, el miedo como infusión social. No sirve ni alcanza profundizar seriamente y con crudeza acerca de los fenómenos que nos ofrece la realidad, es menester, para ser un exitoso comunicador, adjetivarla pomposamente. Una suerte de pleonasmo melindroso extremadamente económico desde lo artístico y ciertamente vulgar desde la praxis. La música de fondo, el aderezo de algún efecto especial, una compungida locución teatral y la intervención de la gestualidad como elementos concluyentes inmersos en las profundidades cenagosas que propone la noticia. No describen con neutralidad la información, cuestión que a mi entender se debe encarar periodísticamente con veraz sobriedad, la imaginan y la recrean mediante relatos altamente hipotéticos y cargados con un sesgo creativo lindante con el absurdo. No me estoy refiriendo a la interpretación de la noticia, sólo a la risible dramatización de su enunciación.

Aún recuerdo cuando un “movilero”, en plena inundación porteña, trataba de poner en autos a una señora que estaba muy preocupada por sacar agua de su local. El cronista, con el objeto de agregarle mayor sensacionalismo a la noche, exponía comentarios sobre los peligros de la situación por la presencia de dos chicos que deambulaban por la cuadra. Entrevistada la mujer, a propósito de la situación anárquica que vivía, absolutamente en calma explicó que no tenía ningún temor ni mal presagio debido a la ayuda que le estaban brindado esos dos “malandras” de gorrita y bermudas que merodeaban cercanos al local: sus hijos.

Las pantallas televisivas y los micrófonos radiales están infectados de Totas, Cholas y Porotas que tras una noticia, aún sin el debido chequeo, exponen sus prejuicios con suma banalidad haciendo uso del efecto “angustia” como argumento informativo. Lo más parecido a una cola de mercado. Se ha vulgarizando tanto del discurso que no existe diferencia substancial; cualquier señora del barrio porteño de Caballito podría conducir uno de esos espacios y no se notaría la diferencia. Cada treinta minutos tanto el televidente como el radioescucha están sometidos a un bombardeo de indignaciones ajenas que se presentan a modo de piquete moral ciertamente sospechoso. Mueve a risa la catadura ética de algunos indignados mediáticos, al igual que causa la misma gracia la concepción moral de los medios que disparan y editorializan dichas premisas alarmistas.

Esto lo observamos con mayor profundidad cuando no existen noticias que llamen al interés general. En algunos casos se reflotan como novedades acuciantes cuestiones ya resueltas, en otros se construye (a mi entender se destruye) la crónica sobre los dichos de alguien al cual, generalmente, se lo interpreta con marcada malicia. Pura especulación. La intención de presentar una atmósfera desquiciada instala la idea de una sociedad irrespirable en donde todo debería ser removido o corregido, inclusive lo bueno.

Tomemos como dato, por un lado, el acuerdo con los familiares de la víctimas del atentado de la AMIA para la formalización de una comisión investigadora de notables (se habla del Juez Garzón) que intente recorrer caminos jurídicos para develar la responsabilidad sobre el suceso, y por otro lado observemos como fueron literalmente minados los anuncios de la Presidenta con relación a la disminución del desempleo, la adecuación del impuesto a los ingresos elevados, y los aumentos a las jubilaciones. Con relación a este último punto se hace imprescindible analizar que a contracara de lo que sucede en el mundo, en nuestra Patria se baja la carga impositiva, se aumentan los salarios y las jubilaciones, y la fuerza laboral no ha sufrido impacto de ninguna clase. Ambas noticias fueron sembradas con adjetivaciones banales y antojadizas que nada tienen que ver con la realidad concreta. Mientras los familiares manifestaron su conformidad ante la propuesta de Cancillería, los trabajadores tienen pautas concretas para afrontar sus negociaciones paritarias, y dentro de los dilemas habrá lógicas tensiones y asuntos no pensados que necesitarán reconsiderarse. Nunca los medios y los periodistas de los grupos dominantes observarán a la buena fe y a la posibilidad de la prueba/error como sustancia política.

Curiosamente dichas adjetivaciones se ausentaron sin aviso ante la clausura de las antenas de TDA por parte del Gobernador de Córdoba, acto de censura para nada solapado; idéntica actitud se pudo percibir ante la represión que la Policía Metropolitana efectuó sobre algunos vecinos del Parque Centenario.

El comunicador indignado se indigna únicamente ante el Estado Nacional y la política oficial, nunca lo hará sobre el comportamiento abyecto de la actividad privada y la oposición, menos aún fruncirá su ceño ante las conductas repulsivas de las corporaciones dominantes. Observemos la reciente foto falsa de Chávez y la inestimable comprensión que tuvo ese periodismo a favor del Diario El País. Desde Morales Solá hasta Lanata, pasando por Caparros, “todo se trató de un lamentable error que al haber sido reconocido por la empresa, cabe destacar como positivo su capacidad de autocrítica”.

Desconfío de los indignados, eyaculadores  precoces del “cómo puede ser”, del “es increíble”. Si sucede se debe a que es real de modo que ambas tonteras se contestan con la simple existencia de los hechos. Eso sí, cuando rascamos un poco el dilema notamos que se prefieren disipar las causas. “Cómo puede ser que la Fragata Libertad haya sido demorada, esto es increíble”. Pues puede ser y es creíble debido a razones históricas que se prefieren soslayar, cuestiones que abanican responsabilidades que no muchos tienen intenciones de asumir.




Hace un tiempo, cuando comenzó la política monetaria de restricciones a la compra de dólares, un indignado “abuelito” marplatense circuló por los medios denunciando que el Estado le había prohibido adquirir diez dólares para obsequiarle a su nieto. Inclusive el hombre logró un amparo que no tuvo su esperado rebote jurídico. Resulta que al indignado abuelito no le cerraba el blanco y todas sus declaraciones juradas habían sido fraguadas. Aquí no hubo indignación para con alguien que intento engañar al Estado (a todos nosotros) y a la vez montar una operación difamatoria encubriendo una situación irregular que lamentablemente es muy común en nuestra Patria. Adquirir dólar paralelo es lo mismo que comprar repuestos robados o una arma en el mercado negro, quién lo hace delinque, la indignación mediática, en este horizonte, no cuenta.

Martín Caparros, hace poco tiempo atrás, desarrolló críticamente la idea que se tiene sobre los pueblos originarios. Manifestó que nadie es originario en esencia debido a que todas las etnias del planeta habían venido de algún lugar determinado, logrando sus estancias a costa de la conquista y el dominio. En su alocución no encontraba diferencias entre el comportamiento que había tenido Roca con relación al de los Tehuelches, Aztecas o Incas. Obviamente que no justificaba dichas conductas pero aclaraba que no le parecía inteligente endilgarle a la raza blanca la exclusividad de la operatoria. Digamos que en los términos expuestos coincido parcialmente si no tenemos en cuenta los gradientes para analizar los procesos migratorios. Una cosa es disputar tierras por cuestiones de supervivencia y otra muy distinta por simples motivos de expansión. Lo que sucedió en 1492 no tiene ninguna relación histórica con la disputa entre Mapuches y Tehuelches. A Caparros le “indigna” esa estigmatización que se hace de la raza blanca sopretexto de un ser americano originariamente falaz, oscuro y absurdamente apreciado por infortunado. De acuerdo a su criterio la inequidad de fuerzas, las razones políticas de las disputas, las ambiciones por depredar riquezas autóctonas, el exterminio como formato, no tienen entidad dentro del debate. El ejemplo es claro y contundente para comprender como a partir de una indignación nimia se arriban a conceptos tenebrosos. La teoría de selección natural trasladada al campo de la racionalidad en su máxima expresión. Podemos inferir que en caso de ser invadidos por una etnia, supongamos europea, el bueno de Martín, desde su página del Diario El País, analizaría la cuestión como parte de la historia de la humanidad. Condenable coyunturalmente, pero una vez instalada lo mejor es relajarse y gozar.

El comunicador indignado se reserva una dosis de perversión exponencial en donde justifica plenamente sangrías, cadalsos, mazmorras, guillotinas, centro de reclusión, debido a que su indignación está por encima de las restantes sensaciones y experiencia  que tiene el colectivo. Sospecha gracilmente que su indignación es la de todos, en consecuencia la racionalidad empieza y termina con él. El Indignado se ve como protagonista individual; miente, engaña y acumula sofismas a favor de otorgarle contenido a su cólera. Llama la atención que gente de sobrada inteligencia se manifieste de forma tal liviana cuando de política se trata.

Uno puede coincidir o no con determinadas políticas públicas del Gobierno, lo que nunca podrá hacer la indignación es armar plataformas políticas alternativas. Recordemos la Alianza. Construcción política cuyo esqueleto fundacional fue la indignación hacia el Menemismo, no en respuesta al neoliberalismo. De haber existido más política y menos ebullición, el debate podía haberse profundizado de forma tal visualizar el verdadero problema que nuestra sociedad estaba viviendo (cualquier similitud con la España de Zapatero-Rajoy es pura coincidencia).

La indignación es solamente una carga adicional dramatizada y propagandística a favor de mal predisponer a una importante porción de la población que se presenta receptiva hacia una propuesta reñida con la política. Y dicha cuestión no es inocente, forma parte de la hechura social que tanto es apreciada por las corporaciones dominantes. Una sociedad encabeza por Gerentes, nunca por los representantes del pueblo. Saben los Gerentes que algunos políticos (acaso los menos) son de cuidado, de modo que ante la experiencia del presente no es necesario seguir haciendo inversiones de riesgo de cara al futuro.


martes, 29 de enero de 2013


Ernesto Sábato
El Porvenir de la Ignorancia



Dice Bertrand Russell que las explicaciones populares de la relatividad dejan de ser inteligibles justamente en el momento en que comienzan a decir algo de importancia. Excelente síntoma de lo que pasa con los conocimientos actuales y anuncio de la catástrofe futura.

El Universo es diverso pero también es uno: por debajo de la infinita diversidad ha de haber una trama unitaria que debe ser descubierta mediante esfuerzos de síntesis; pero cada día que pasa va siendo más difícil realizar las síntesis por la creciente abstracción, complejidad y masa de hechos diversos que hay que abarcar; y cuando surge alguno capaz de un esfuerzo de universalidad —como Whitehead— es parcialmente entendido y equivocadamente juzgado.

Por otra parte, un Whitehead no es universal en el sentido en que lo era Leonardo, quizá el más completo de esta fauna en extinción. Esta clase de hombres se interesa por el universo total: por lo concreto y por lo abstracto, por lo intuitivo y por lo conceptual, por el arte y por la ciencia. Pero el desarrollo de estas distintas fases de la actividad humana ha ido obligando a la especialización. ¿Quién es hoy a la vez capaz de pintar como Velázquez, construir una teoría científica como Einstein y una sinfonía como Beethoven? El solo estudio de la física hoy lleva toda la vida; ¿cuándo aprender a pintar como Velázquez, aun suponiendo que se tengan condiciones naturales como él? ¿Y cómo aprender todo lo que la química, la biología, la historia, la filosofía y la filología han hecho por su lado? Y, sobre todo, ¿quién ha de ser capaz de realizar la síntesis de este mundo casi infinito?

A los hombres de espíritu universal sólo les queda el recurso de la melancolía. Ya Valéry representa un poco esa situación, en que la realidad será suplantada por un conjunto de añoranzas y de insatisfechos deseos de universalidad. En Passage de Verlaine cuenta cómo veía pasar al poeta casi todos los días: flanqueado por sus amigos, asombraba la calle con su majestad brutal y sus bárbaras palabras, deteniéndose de vez en cuando para dar salida a sus invectivas; algunos minutos antes pasaba un hombre de una especie diferente, encorvado, grave, silencioso, de mirada ausente y fija, moviéndose con torpeza en un universo de los tantos geométricamente posibles: Henri Poincaré. Dice Valéry: “Me era necesario elegir, para pensar, entre dos órdenes de cosas admirables que se excluyen en sus apariencias, que se asemejan por la pureza y la profundidad de sus objetos...”

¡Cuánto hubiera dado entonces Paul Valéry por ser algo así como la suma de Verlaine y Poincaré! Pero Atenas estaba ya muy lejos y también lo estaba el Renacimiento. Sólo restaba soñar con Leonardo y añorar l’uomo univenale.


El futuro estará en manos de especialistas, lo que no creo pueda ser motivo de orgullo o alegría; hay muchas personas que desconfían cuando ven a un hombre como Whitehead hablar de política o de moral: creen que ignorar a fondo la lógica, la ciencia y la filosofía es un buen antecedente para constituir estadistas y sociólogos.

La ciencia moderna —y sobre todo la técnica— deben tanto al especialista que el hombre de la calle, siempre dispuesto a la adoración de fetiches, ha creado el fetichismo de la especialización, confundiendo una lamentable consecuencia del progreso de la ciencia con su motor principal.

No es que quiera negar el valor de la especialización: las ciencias han llegado a un grado de desarrollo tal que un hombre está condenado a especializarse, si quiere llegar hasta el frente donde se lucha con lo desconocido; también es cierto que el enorme aporte de hechos por los especialistas ha sido y es constantemente factor de progreso (basta recordar el descubrimiento de la radiactividad, del efecto fotoeléctrico y tantos otros). Pero es necesario observar que los grandes avances del pensamiento científico no están constituidos por hechos sueltos sino por teorías, por síntesis conceptuales, y no se comprende cómo los especialistas puedan ser capaces de realizar síntesis que desbordan el campo de su actividad. Un especialista es Madame Curie, que aísla pacientemente un nuevo elemento químico; un hombre de síntesis es Einstein, que reúne en una gran teoría miles de pequeños hechos aportados por especialistas. Es la distancia que hay entre un investigador común y un genio. Un hombre es capaz de realizar síntesis sólo en la medida en que es capaz de elevarse sobre su propio territorio para determinar, a vuelo de pájaro, su situación respecto a los territorios vecinos. Pero a medida que pase el tiempo la vida en cada uno de ellos se va haciendo más complicada, más rica; el lenguaje, que era una variedad dialectal de la lengua madre, se separa, se convierte en algo autónomo y parcialmente incomprensible para el vecino. Cada día se hace más difícil encontrar los vínculos, el rastro materno. El dilema es irremediable y parece que hemos de chocar con un límite, más allá del cual todo progreso será imposible.

La evolución de la física es ejemplar, por ser la más simple de las ciencias de la naturaleza y, por lo tanto, la que ha llegado más lejos. Como en todas las ramas del conocimiento científico, su marcha ha sido marcada por sucesivas unificaciones. Newton demuestra que la caída de un cuerpo y el movimiento de un planeta son fenómenos regidos por la misma ley; Oersted y Faraday demuestran que la electricidad y el magnetismo no son autónomos sino dos expresiones de una misma realidad: Mayer y Joule demuestran que el calor y el trabajo están esencialmente vinculados; los físicos de hoy intentan unificar los fenómenos gravitatorios y electromagnéticos. Pero cada unificación ha sido más difícil que la anterior, y a medida que se ha ido avanzando ha parecido que se acercaba al límite de lo racionalizable. En un momento se creyó que los cuantos eran ese límite; más allá se extendía el vasto y extraño continente de lo irracional. Como en una casa desconocida y sin luz, los físicos ambulaban ciegamente, sin acertar con las puertas y escaleras. La física de antaño, clara y lógica, cumplía con su misión fundamental: explicaba y preveía. Ahora, los hechos son raros y a menudo vienen sin que nadie los espere; luego, los teóricos inventan complicadas hipótesis para justificarlos. La especialidad de la física actual parece ser la profecía del pasado. ¡Qué lejos están los buenos tiempos de Leverrier, cuando un astrónomo, sentado en su escritorio, con lápiz, papel y una máquina de calcular descubría un planeta! Ahora estalla un átomo de uranio y los físicos, confusos, pero siempre vanidosos, tratan de asegurarse la paternidad del estallido con abundantes telegramas post factum.

Metidos en una maraña de ecuaciones, los hombres de ciencia son observados con suficiencia por filósofos que, no habiendo querido tomarse el trabajo de comprenderlos, prefieren hacer de espectadores y extraer, de vez en cuando, apresuradas conclusiones a partir de frases que no entienden. Así pasó con el principio de Heisenberg: se creyó que revelaba el libre albedrío de la materia; se imaginó que la ciencia apoyaba postulados irracionalistas; se vinculó este fenómeno con el auge de la subconciencia, estableciendo alguna vaga vinculación entre Freud, Heisenberg y André Breton; se supuso que de algún modo explicaba las guerras y la existencia del mal entre los hombres.

La raíz de este fenómeno es que, simplemente, las cosas se están poniendo muy complicadas; establecer la ley de la caída de los cuerpos es un problema de niños al lado de las complicaciones conceptuales que debe enfrentar la física contemporánea: el espacio-tiempo, la relación entre masa y campo, la unificación de los campos gravitatorios y electromagnético, la racionalización de los postulados cuánticos, la conciliación de la reversibilidad mecánica con la esencial irreversibilidad de los procesos reales.


¿Por qué suponer que estos dilemas marcan el límite de lo racional y no el límite de la capacidad humana agobiada por el peso de una formidable masa de conocimientos y de hechos que es necesario hacer encajar en el Rompecabezas? Puede suponerse que es una incapacidad práctica y no teórica para racionalizar la realidad. El desarrollo de la física ha llegado a ser tan vasto que ha impuesto una especialización en cada uno de los capítulos, con el agravante de que esos especialistas cada día se entienden menos entre sí: uno que mide espectros puede ser incapaz de comprender a otro que se ocupa de las teorías del núcleo.

Si esto pasa entre dos físicos que se ocupan del átomo, ¿qué podemos esperar sobre la mutua comprensión de un físico, un biólogo y un sociólogo? El problema se plantea con máxima gravedad para los filósofos. Ciertos optimistas suponen que la filosofía puede prescindir de la ciencia, lo que me parece una curiosa forma de fomentar la universalidad. En los tiempos felices, un filósofo era una especie de suma de los conocimientos de la época: Aristóteles era físico, matemático, biólogo y sociólogo. Con el tiempo, esta condición se convirtió en un lujo; todavía Descartes y Leibniz eran espíritus universales, pero a partir de ellos comienza el éxodo de las ciencias particulares. Algunos piensan que al salir todo esto la filosofía queda tan purificada que no queda nada; parece una opinión exagerada: quedarían la ontología, la gnoseología y la lógica. Es decir, sólo quedaría lo universal. Pero es lícito preguntar: ¿se puede establecer un límite entre lo universal y lo particular? ¿Es acaso posible que un filósofo pueda establecer las leyes generales del ser y del conocer ignorando las ciencias particulares? Los grandes pensadores de todos los tiempos basaron sus investigaciones en la ciencia de la época; pero como la ciencia se ha puesto intransitable, la mayoría de los filósofos han decidido cambiar de sistema y parecen creer que la firme ignorancia de la matemática, de la logística y de la relatividad es una ventaja. No se ve, sin embargo, de qué manera los filósofos del futuro han de poder encarar el problema del espacio, del tiempo y de la causalidad sin la ayuda de la física y de teorías matemáticas como la de los grupos. No se piense que este es un ataque a los filósofos: es un ataque a la ingenua idea de poderse ocupar de lo universal prescindiendo de lo particular. El reverso de esta ingenuidad es la de los hombres de ciencia, que creen poder ocuparse de lo particular prescindiendo de lo general: es la ingenuidad de los especialistas.

El triunfo de las ciencias positivas en el siglo XIX y la incapacidad de la filosofía idealista para resolver los problemas del mundo físico trajeron el descrédito de la especulación filosófica en el campo científico: los físicos, químicos, biólogos y hasta psicólogos se jactaron de ignorarla y aun de detestarla. En esa época pareció que para investigar la realidad bastaba con pesar, tomar temperaturas, medir tiempos de reacción, observar células a través de un microscopio. Se originó un tipo de físico que sólo tenía confianza en cosas como un metro o una balanza y que despreciaba la filosofía; y esta tendencia se extendió hasta alcanzar a hombres alejados de la ciencia, pero que admiraban su precisión (Valéry). El Dios de los filósofos ha imaginado un castigo para los que hablan mal de la filosofía, incluyendo a Valéry: que esas habladurías seantambién filosofía, pero mala. A estos físicos les pasó lo que a esos campesinos que no tienen fe en el banco y guardan sus ahorros debajo del colchón, que es un banco menos seguro: si se analiza la estructura en que hacían descansar sus observaciones se descubre que no era cierto que no tuvieran una posición filosófica: tenían una muy mala. La falta de un criterio epistemológico les hacía aceptar sin cautela artículos de discutible calidad, bajo la creencia de que un buen instrumento no podía dar un producto execrable. Basta pensar con qué paz un físico de esta clase creía no hacer especulaciones filosóficas cuando medía un tiempo con un reloj; no obstante, se basaba en una hipótesis metafísica —el tiempo absoluto— que invalidaba todos sus resultados experimentales. Ignoraba que un reloj puede ser más peligroso que un tratado de metafísica.


La relatividad y los cuantos iniciaron una nueva era, marcada por un análisis del conocimiento científico: los físicos teóricos tuvieron que convertirse en epistemólogos, del mismo modo que los matemáticos acabaron en la lógica. El siglo pasado trazó una línea divisoria entre la ciencia y la filosofía que pretendió ser definitiva, pero que apenas ha resultado ser desastrosa. En The Philosophy of Physical Science, Eddington discute las consecuencias de esta actitud: formalmente, todavía se puede distinguir una división entre ciencia y epistemología; pero no es más una división eficiente. La epistemología es el territorio en que la ciencia se superpone a la filosofía, lo que no quiere decir que la física ha de ser hecha ahora por los filósofos que se quedaron en la filosofía; por el contrario, la física actual debe tener una proyección decisiva sobre la concepción del mundo, tal como en el pasado sucedió con Copérnico y Newton. Parece lógico pensar que esas síntesis sean hechas por los filósofos; pero sucede que en general los filósofos ignoran la física y es poco razonable abandonar el estudio de las consecuencias filosóficas de la física a las personas que no la entienden. Pero tampoco parece posible que estas síntesis sean elaboradas por los especialistas.

Resulta entonces que estas síntesis deben ser hechas por una especie de matemático-lógico-físico-epistemólogo-gramático. Y hay melancólicos motivos para suponer que este superhombre jamás existirá. Tendría que resolver, en efecto, a más de los problemas de la física, los referentes a la química, a la biología, a la historia; tendría que entrar en la lógica con todo el moderno equipo de la logística y de la teoría de los grupos matemáticos; tendría que vincular lo absoluto con los invariantes de estos grupos, el espacio-tiempo y la causalidad con los problemas filosóficos del progreso, de la moral y de la absolutidad o relatividad de los valores estéticos. El lenguaje de estos monstruos también tendría que ser monstruoso: quizá no se hablaría de sustantivos, adjetivos, verbos transitivos e intransitivos; sino de invariantes, relativos, funciones, verbos inmanentes y trascendentes. Este lenguaje dejaría de ser probablemente oral para transformarse en un mudo e imponente desfile de símbolos abstractos, que el hombre de la calle vería con asombro, terror y admiración. La razón —motor de la ciencia y de la filosofía— habría desencadenado finalmente la fe, pues el hombre de la calle, totalmente incapaz de comprender, suplantaría la comprensión por el fetichismo y la fe.

No hay que abrigar, sin embargo, muchas esperanzas en este sentido (si es que un lenguaje y una situación semejantes pueden constituir la esperanza de alguien). Es cierto que el descubrimiento de nuevos aparatos conceptuales podría multiplicar la capacidad mental del hombre, como una palanca multiplica su fuerza física; pero la experiencia ha revelado que el número y complejidad de los problemas crecen con mucha mayor rapidez que la capacidad de comprensión del hombre. Todavía hoy viven hombres como Whitehead; pero los acontecimientos sobrepasarán rápidamente la existencia de estos hombres universales y entonces el pensamiento humano, embarcado alegremente en algún puerto de la costa de Jonia, se encontrará perdido en un oscuro, inmenso y embravecido océano.


Al comienzo era el Caos. Con el nacimiento de la ciencia y la filosofía, el hombre fue ordenando el mundo exterior y tratando de averiguar la idea de su Autor, si lo hay. Así apareció el Cosmos, el Orden, la Ley.

Pero el afán de conocimiento desencadena una nueva especie de Caos. Salimos de la ignorancia y llegamos así nuevamente a la ignorancia, pero a una ignorancia más rica, más compleja, hecha de pequeñas e infinitas sabidurías. El mundo que ignoraba Aristóteles era casi nulo: todos los conocimientos de la época cabían en su mente poderosa; no había vitaminas, ni tensores, ni grupos, ni reflejos condicionados, ni geometrías no euclidianas. Pero la ciencia siguió avanzando y cada avance en la ciencia o en la filosofía significó una nueva ignorancia que se incorporaba al espíritu de los profanos. Cada día nos enteramos de que una nueva teoría, un nuevo modelo de universo acaba de ingresar en el vasto continente de nuestra ignorancia. Y entonces sentimos que el desconocimiento y el desconcierto nos invaden por todos lados y que la ignorancia avanza hacia un inmenso y temible porvenir.


lunes, 28 de enero de 2013


El conflicto de las interpretaciones



por Nicolás Casullo


Me explicaba un profesor amigo, marxista, jamás peronista, no kirchnerista sino más bien disconforme con muchas cosas del gobierno, quien hace décadas dejó atrás las teorías revolucionarias como viejo camino para domar la realidad: “Es una actualidad política extraña la que se vive”, me decía, “no sé cómo recobrar mi identidad con los fuertes paréntesis que sufro. Sucede que me vuelvo un kirchnerista empedernido cuando escucho el 90 por ciento de las críticas que el progresismo les hace al presidente y a Cristina Fernández. Es un repertorio insólito, una cadena de pareceres sobre comportamientos, rasgos personales, calidades democráticas descolgadas de cualquier norte social que se transforma para el que la oye en un curso acelerado de cómo hacerse oficialista en una sola charla. Después, cuando vuelvo a estar solo, regreso a lo que soy, un no kirchnerista”.
Más allá del humor que impregnaba su relato, el tema es interesante en este fin del período de Néstor Kirchner como presidente, porque remite de manera significativa a encarar en qué consiste hoy el plano político argumentativo. El político intelectual deliberativo. El del interesado en la política, el del informador periodístico realmente independiente, en el marco de una época que podría sintetizarse como de contradictorio pasaje de un mundo partidario histórico con sus clásicos referentes, hacia otra escena política apenas atisbada pero todavía muy escasamente armada.
Dejo de lado en este caso el espacio de pensamiento oficialista, el mundo kirchnerista de funcionarios y militantes que por supuesto en las conversaciones ejercen una ínfima crítica pública a lo actuado en estos años desde la Casa Rosada, y reinscribe todo suceso en la lógica del acierto, las bondades, la perspicacia, el éxito y la justa visión del presidente saliente, una suerte de sabiduría incuestionable en manos de una jefatura fuerte.
Lo importante en todo caso es señalar aquel desfasaje entre la índole de un gobierno de centroizquierda de signo democrático popular dentro de una Argentina que busca salir con un capitalismo reconsolidado de los idus, pactos y maleficios que dejaron las lógicas de los poderes tal cual los ’90 (o tal cual desde el ’76). Y lo reacio que le fue siempre un determinado pero extendido pensamiento progresista de corte socialdemocrático, o marxista, en cuanto a no situarse ni siquiera como apoyo crítico sino como oposición tajante al grueso de casi todas sus políticas.
Una tendencia para nada coincidente con lo que viví en viajes recientes al Chile de la vacilante Bachelet, el Ecuador conmocionado por el bisoño y contradictorio Correa, o al Brasil de una izquierda que votó al ajustador Lula a pesar de tanto desengaño lulista con sus lugartenientes corruptos. O lo que me cuentan amigos de la socialmente áspera Bolivia por ejemplo y los respaldos a Evo. En todas estas experiencias hay básicamente una actitud de apoyo a esos gobiernos capitalistas reformadores, antes que nada frente a una lectura mayor y decisoria: lo que hoy significan las exasperadas y económicamente jaqueadoras derechas neoliberales bushistas, semidesplazadas en cada uno de esos conciertos nacionales.

Preguntas de un hipotético diálogo


¿Cuáles son los nudos estructurales que dinamizó el kirchnerismo en estos cuatro años y no articularon con ciertos universos políticos e ideológicos progresistas de capas medias, sectores que tendrían que respaldar de distintas formas, autónomas, una gestión democrático-popular en un país que proviene de una devastación neoliberal? ¿Qué planteó de fondo el Gobierno, y qué se le criticó en el orden de las consecuencias?
Es importante comenzar a elucidar esta cuestión en el balance de cuatro años. Teniendo en cuenta que se precisará del armado de una decisiva fuerza política democrático popular para hacer frente a una avidez de la derecha que representa el 50 por ciento del electorado, a un sentido común cotidiano bombardeado a golpes de “opinión pública” que culturalmente le pertenece a las ideologías de mercado, y a un mundo capitalista en estado salvaje con una crisis generalizada y epocal que se vaticina a no muy largo plazo.
¿Tal desencuentro entre progresismos es una cuestión de peronismo-antiperonismo que volvió a exacerbarse como nunca? ¿Es consecuencia de una fragmentación ideologista que impide leer con sabiduría, conocimiento del pasado y sin ceguera lo que realmente acontece? ¿Se podrá pasar de los acuerdos superestructurales entre pedazos partidarios a un encuentro democrático popular de base, de políticas hermanables, de cuadros, de militantes, de intelectuales, de mundos culturales? ¿Qué debe plantear cada actor político progresista? ¿Qué fue lo nuevo de estos cuatro años, más allá de los muchos asuntos que llenaron la superficie cotidiana, más allá de la noticia diaria alarmista y los encontronazos sectarios?

La política y el conflicto


Entre los perfiles que caracterizaron al gobierno Kirchner aparece como dato central la preocupación por un regreso neto de la política como capacidad decisoria y ejecutiva desde su esfera específica: los políticos. Hacer pesar el sillón de Rivadavia en tanto espacio de poder simbólico y material efectivo, sobre el resto de las presencias, dominaciones y lobbies económicos, financieros, empresariales, militares, eclesiásticos y sindicales, sectoriales y corporativos que en la Argentina hace mucho controlan los rumbos esenciales sobre “lo que tiene que pasar”. El kirchnerismo criticó de distintas maneras a esa sempiterna Argentina “normal” desde las lentes del conservadurismo liberal, que propendió siempre a situar “un” ministro de economía “libre”, independiente, con personalidad casi bi-presidencial, (que en este caso se extinguió desde la ida de Lavagna) figura con la que los poderes de facto discuten “políticamente”.
Esta ecuación del regreso del poder de lo político fue leída por lo general y desde múltiples voces de todo un arco ideológico, como intencionalidad hegemonista, prepotente, a-dialoguista, imponedora por parte del presidente, una variable semidictatorial antirrepublicana, un molde de ejercicio del poder por lo tanto perturbador de lo que sería una calidad institucional para un curso adecuado y natural del capitalismo argentino en sus relaciones nacionales e internacionales. Aquí yace un nudo significativo de discusión que los años kirchneristas reponen para debate de la clase política democrática. En un país que, desde 1976 al menos, sepultó la idea de la política gobernando la economía, desde un credo neoliberal de mercado globalizado que hoy reina en Occidente en discusión crítica con varias experiencias lationoamericanas.
El segundo aspecto de discrepancia acentuado fue el énfasis, por parte de la comandancia del kirchnerismo, en recolocar el sentido y el por qué de lo político en las sociedades democráticas. Recolocar el abc de lo político en el plano del conflicto. Del conflicto social histórico en la dimensión política de la disparidad de intereses societales a resolver. Lo político como conflicto, desde el kirchnerismo, da otro teorema diferente de calidad institucional y democrática según el presidente, al estar atravesado en este caso por hecho primero y esencial de una justicia social a reparar en todos los órdenes, cosa que redibuja la “cuestión democrática”.
Por lo tanto, desde la mirada K la política en democracia es intervenir y actuar la conflictividad, no negarla. El conflicto hace inteligible la política en democracia. Se trató desde el presidente de reinstalar democráticamente la idea de por lo menos “dos” proyectos o programáticas en pugna real. Una lucha de perspectivas sociales distintas dentro del respeto a los marcos institucionales. Contienda ya sea con los factores agroexportadores, con las empresas de servicios privatizadas, con los monopolios fijadores de precios, con los criterios corporativos de las fuerzas armadas, con ciertos sectores de la iglesia, con organismos y dominancias en el plano internacional. Gobernar sería partir de la conciencia de conflictos, de poderes en disputa, de intereses opuestos, de negociaciones, de acuerdos desde una programática político social y cultural a cumplir.
Esto fue percibido muy críticamente por un campo no sólo empresarial, sino político, cultural, informativo como aparición de dimensiones por demás negativas de crispación, aspereza, “populismo”, malos modos. Destemplanzas que corroen una cosmovisión de época dominante por excelencia: “Hay una única gran administración de las cosas y de la crisis contemporáneas, un modelo pactado por izquierdas y derechas que se alternan desde una programática consensuada, salvo cuestiones menores a lo socioeconómico”. Esto es, la política necesita partir de un consenso como categoría natalicia de sí misma. Consenso de gobernabilidad que prescribe qué se discute, qué ya no se discute más, qué se plantea, qué se incluye y qué se excluye, espacio imaginario imprescindible donde todos se ponen de acuerdo: los con poder y los sin poder.

Estado y derechos humanos


El tercer elemento polémico fue la notoria predisposición estatalista del gobierno, en cuanto a presidir la lógica de las cosas. A retener ganancias, a intervenir y laudar, asumir superpoderes, acumular divisas, reponer presencias fuertes y “costosas” como la negociación gremial, las demandas educativas y de salud, financiar proyectos productivos y de obras, disputar con los sectores privados y tener como latente prospectiva la nacionalización y/o estatización de recursos y bienes.
Esto implicó una crítica de anacronismo estatalizador a contramano de las experiencias socialdemócratas de la época, de propender a una mayor corrupción administrativa, de suplantar erróneamente a la intervención financiera privada, usurpar genuinos espacios de mercado para volverlos recelosos, de un exceso de limitaciones o desprolijidades jurídico estatal. Finalmente y más en lo estratégico: gestar una ideología de Estado donde se privilegia el trípode con los sindicatos, los mundos empresarios, en desmedro de acuerdos más ligados a una ciudadanía en democracia a partir de expresas representaciones políticas partidarias.
El cuarto factor a tener en cuenta del gobierno de Kirchner fue el nuevo cariz o el planteo de una cosmovisión política renovada sobre la cuestión de los derechos humanos. Heredero de la problemática sobre el Estado de Terror, de sus avances y retrocesos tribunalicios en los ’80 y del triunfo de la impunidad en los ’90, el kirchnerismo buscó pasar de un núcleo meramente jurídico del dilema a una perspectiva de juicio efectivo a los culpables, pero perspectiva culturalmente refundadora de otra historia democrática en la Argentina.
En este segundo sentido se hizo eco del reclamo ideológico y de la filosofía política de los organismos más reflexivos sobre derechos humanos en cuanto al significado del exterminio padecido. No habría nueva edad argentina –argumentó Kirchner– sin una resolución plena de la justicia de los crímenes de lesa humanidad. Esta visión se evidenció en los planos de la Justicia, del discurso, de los actos y mundos simbólicos, y de la política en marcha de reordenamiento y nueva formación para las fuerzas armadas dentro de un espacio ministerial castrense que desde 1983 había estado prácticamente vacío de nuevos contenidos y propuestas.
Esta política en relación con los mundos profundos de la conciencia social, con los poderes de distinto signo en la Argentina, arañó, indispuso y violentó a una parte del país que tiene en ese atrás como una suerte de sombra siniestra en el alma, enterrada como trauma infantil operando. La propuesta K fue acusada de doble discurso falsario por la izquierda clásica, que vio en ella una acción decorativa. También de planteo incompleto que acusaba a un solo “demonio”, desde el establishment cultural. De montonera y setentista por sectores procesistas de las fuerzas armadas y por cierto periodismo que se tomó del setentismo de gran parte del elenco kirchnerista. Y de política vengativa y humillante de las fuerzas armadas, por la doctora Carrió.
Política gobernando la economía. Política como permanente conflicto entre intereses que estructuran la idea de justicia social, laboral y cultural. Política como Estado capitalista (bueno o malo) nuevamente protagónico de un desarrollo. Y política a refundar desde el tema de los derechos humanos y memoria del exterminio. Estos cuatro jinetes siembran debates y tempestades en muchas partes del mundo actual, no solo en la Argentina, en tanto representan parte sustancial de los grandes y pocos temas fundamentales que se discuten hoy de manera implícita o vehemente en distintas encrucijadas nacionales con sus respectivos presentes y pasados, izquierdas y derechas.
En todo caso el kirchnerismo agitó las aguas de un país que hacía mucho que no salía de sus escuálidas obediencias y consabidos mayordomos. Se esté de acuerdo o se critique lo actuado la escena pasó a ser otra. Esto para aquellos que se plantean las cuestiones de calidad democrática. Sin duda el mejoramiento de la calidad democrática es indispensable para consolidar el sistema vigente. Pero para esto último hizo falta un paso previo indispensable, que la política haya vuelto para ser discutida no como sierva de las circunstancias globales, no como abstracta regla institucional, sino como un acontecimiento de un santo y seña argentino lentamente recobrado, en un planeta tumefacto que produce políticas y miserias por todas partes contra los mundos terceros.

Fuente: Pagina 12 – 10 de Diciembre de 2007

domingo, 27 de enero de 2013



El undécimo mandamiento de Popper
Paul Johnson


Los filósofos no nos han servido de mucho durante el siglo XX. Idealmente, un filósofo debería ser un pensador de inteligencia pura y penetrante que la usa tanto para buscar la verdad y adquirir sabiduría como para comunicarlas a los demás de maneras que podamos usar en la vida y el trabajo. Según esta definición, hemos recibido un pésimo servicio.
 
Sin embargo, existe una maravillosa excepción en el lamentable desfile de los filósofos profesionales de nuestro tiempo. Karl Popper, que falleció en Londres durante el fin de semana, no sólo era un hombre auténticamente sabio sino que logró difundir esclarecimiento donde realmente importa: entre los hombres y mujeres de negocios, los poderosos e influyentes. Uno tendría que regresar a Locke, o al menos a Adam Smith, para encontrar un filósofo que fuera más leído y asimilado por los políticos y funcionarios, los empresarios y científicos, los escritores y periodistas. Popper no pudo impedir las monumentales catástrofes del siglo veinte, pero sus enseñanzas fueron decisivas para ponerles fin y contribuirán a evitar que se repitan.

Los mensajes que transmitió cubren una amplia zona y se entrelazan con fuerza impresionante. No fue hombre de un solo libro. Su obra más famosa, La sociedad abierta y sus enemigos (1945), constituye la más devastadora denuncia jamás escrita de los crímenes del totalitarismo, y tendría que haber anulado para siempre la vena absolutista que mancha la filosofía desde Platón en adelante. Pero la continuó en su notable La pobreza del historicismo (1957), que expone la locura de todos los intentos grandilocuentes de explicar el mundo, la historia y la conducta humana con un sesgo determinista. Todos los jóvenes inteligentes deberían leer estos dos libros al finalizar la enseñanza secundaria o al comenzar la universidad, antes de ser víctimas del ismo de moda. Popper es una vacunación múltiple, una potente inyección que debería proteger a los jóvenes brillantes de la mayoría de las enfermedades intelectuales.

Sin embargo, estos libros se apoyan en otro que en cierto sentido es más importante, La Lógica del descubrimiento científico (1934), que encarna su enfoque de la evidencia y la prueba. Popper aprendió de Einstein, el héroe de su juventud, a ser cauto con el entusiasmo del descubrimiento. Cuando estamos trabajando en un problema, científico o de otra índole, formulamos una hipótesis y procuramos verificarla empíricamente. Siendo la naturaleza humana como es, si la hipótesis es interesante porque abraza una verdad nueva e importante, o si concuerda con nuestras ideas preconcebidas, tendemos a buscar pruebas que la respalden, y a ignorar o desechar las pruebas que la refutan. Peor aún, si surgen pruebas negativas, modificamos descaradamente la teoría para acomodarla, en lugar de admitir valerosamente que la hipótesis es falsa y comenzar de nuevo.

Popper citaba a Marx y Freud como ejemplos destacados de seudocientíficos que lucharon a muerte por sus falsas hipótesis en vez de admitir el peso de la prueba contra ellas. En cambio, Einstein construyó su teoría general de la relatividad de tal manera que resultaba fácil verificarla empíricamente, y no se podía considerar válida hasta que aprobara los tres exámenes vitales que él fijó. Aun así, era sólo una teoría provisional, sujeta a verificación constante.

Popper nos enseñó que todo conocimiento empírico es provisional, que la soberbia de la certeza es un pecado mortal y que la búsqueda incesante de la verdad requiere un valor intelectual heroico.

Estas son lecciones que todos podemos aprovechar y que se aplican a casi todas las formas elevadas de la actividad humana, desde el arte del gobierno y la legislación hasta la escritura de la Historia. La metodología de Popper requiere de una autodisciplina tremenda. Una vez que hemos corroborado que determinada interpretación es correcta, nada es más difícil que buscar sistemáticamente pruebas para refutarla. Pero es preciso hacerlo si deseamos ser científicos según la definición de Popper.

El papel que valoro por encima de todo los demás es una carta que me escribió el año pasado, con las más generosas alabanzas para mi libro Tiempos modernos. Lo he hecho enmarcar y cuelga en mi estudio encima de donde escribo, para recordarme diariamente que los principios de falsificación y verificación que Popper defendía son el undécimo mandamiento, y que un escritor sólo puede ignorarlos por su cuenta y riesgo.





Mateando con la ciencia. Hoy ceba Torbern Olof Bergmann


Hasta fines del siglo XVIII los químicos debían tomar las relaciones químicas tal como se presentaban: La sustancia A reaccionaría con al sustancia B, pero no con la sustancia C y a eso se reducía todo.
El mineralogista sueco Torbern Olof Bergmann se había esforzado en clasificar los minerales y en dar sentido a las reacciones químicas. Confeccionó una lista de afinidades, es decir en qué medida interactuaban los diferentes productos químicos. También compiló tablas que dieron algún sentido al tema y contribuyeron a predecir si ciertas reacciones aún no observadas se producían o no, si se les daba la oportunidad.
Sus resultados fueron publicados póstumamente en 1788 y representaron el auténtico comienzo del estudio de los fenómenos químicos.

Fuente: Isaac Asimov


Grandes Mujeres de la Historia 
Simonetta Vespucci



"La bella Simonetta" fue una adolescente que deslumbró con su encanto a la Florencia renacentista de los Médicis. Pocas veces un rostro cautivó y sirvió de inspiración a tantos y tan notables personajes: Lorenzo de Médicis, gobernante, poeta y hombre de fabulosa fortuna; Sandro Botticelli, extraordinario pintor, y Angelo Poliziano, literato y erudito, figuraron entre sus admiradores. Una curiosa montaña de objetos diversos se acumulaba en la plaza de la Signoria, en Florencia, una tarde del año 1497. Pelucas de seda blanca o amarilla, laúdes, filtros mágicos, cancioneros y cualquier otra cosa que ajuicio del severo monje Savonarola, dueño de la ciudad por aquellos tiempos, apartara a los hombres de la república de Cristo que él pretendía instaurar. Entre los candidatos al fuego figuraban los cuadros de tema pagano de Alessandro Filipepi (llamado Sandro Botticelli, es decir, Sandro el del Tonelero, que era el oficio de su padre), pintor y amigo de los destronados Médicis. En las telas y tablas aparecía una y otra vez, en diversas poses y atavíos la figura de una mujer "de frente fieramente humilde (...) gesto reposado, incierto", como la evocan los versos de Poliziano. En poco tiempo las llamas consumieron despreocupadamente la pira. Botticelli vivió trece años más y pintó aún muchas obras maestras ... sobre temas exclusivamente religiosos. Sin embargo, algunos de sus primeros cuadros pudieron escapar a la requisición mística de Savonarola y atestiguan hoy que las palabras de Poliziano estaban bien fundadas. En la corte de los Mediéis los rasgos de Simonetta fueron tomados como paradigma por muchos creadores: los poetas Poliziano y Pulci, los pintores Fiero di Cósimo, Ghirlandaio y, muy especialmente, Botticelli, en cuyas obras la figura de la joven impregna todo lo que se relaciona con la feminidad, hasta el punto de hallarse presente aun en los retratos de otras mujeres. El más conocido de estos cuadros, El nacimiento de Venus, es un homenaje a Simonetta en más de un sentido, porque, además de ocupar su imagen el centro de la pintura, el tema recuerda el nacimiento de la joven, que vio la luz en Portovenere (Puerto Venus), sobre la costa ligur, en 1453. En esa población de iglesias y murallas suspendidas entre los acantilados y el mar, tenía su villa la familiaCattanei, de activos comerciantes genoveses, y allí y en Genova transcurrieron los primeros años de Simonetta. Adolescente, acompañó a su madre en visitas a los mercaderes que tenían relaciones con los Cattanei, corresponsales que se encontraban diseminados por toda Italia y entre los que se contaban, en Florencia, los Mediéis y su círculo. A este círculo pertenecía Marco Vespucci, que tomó a Simonetta por esposa y en 1469 se instaló en una casa del barrio florentino de Borgo Ognissanti. Ambos tenían dieciséis años al casarse. Del otro lado del Arno, el río que atraviesa Florencia, se extendía el popular barrio de Porta San Frediano, morada de obreros y artesanos, categoría esta última en la que se incluían orgullosamente los pintores. Allí vivía Botticelli que, por entonces, tenía veinticuatro años y recibía en el convento del Carmen, en el mismo San Frediano, las enseñanzas del fraile Filippo Lippi. En ese año de 1469 llegaron al poder los hermanos Lorenzo y Giuliano Mediéis, que contaban apenas veintiuno y diecisiete años, respectivamente. Un desliz de Lippi y una de las monjas -padres del pintor Filippino Lippi— decidió al maestro a alejarse de Florencia por razones de seguridad. Sandro ingresó inmediatamente en el servicio de los nuevos gobernantes.

LORENZO EL MAGNÍFICO

Los flamantes dueños de la ciudad eran descendientes de una familia de farmacéuticos que todavía conservaba en sus blasones la imagen de cinco pildoritas medicinales que la heráldica no ha permitido identificar. La familia Mediéis se había dedicado a los negocios y logró paulatinamente el control de las minas de alumbre, la producción de lana, el comercio de seda, la banca y la usura. Cosme de Médicis tomó las riendas de Florencia y casó a su hijo Pietro con la noble Lucrezia Tornabuoni, de elevada prosapia. Mujer de gran cultura y buena poetisa, Lucreziafue la madre de Lorenzo y de Giuliano, y supo ser también guía y amiga de sus hijos. Ambos hermanos recibieron con alegría a la delicada genovesa. Su personalidad amable y recatada fue haciéndose imprescindible en los banquetes de la corte, que se realizaban en los viejos palacios familiares de Via Larga o Cafagiulo, donde la tradición de prudencia mercantil imponía aun una arquitectura sobria, o en las flamantes villas de Fiésole y Careggi. En esas ocasiones un menú sencillo podía componerse de "capón y vaca con almendras, azúcar y otras buenas especias; vienen en seguida las carnes asadas: pollos, faisanes, perdices, liebres; luego tortas y leche cuajada con azúcar, y por último frutas. Después (...) empiezan a beber de nuevo, se sirven (...) dulces y otra vez se bebe". Una diversión que apasionaba a los florentinos era la celebración de torneos, que habían perdido la rudeza militar que tenían en el Medioevo, para convertirse en verdaderas exhibiciones de plumas, soberbios caballos y armas lujosamente adornadas. El 27 de enero de 1475 se efectuó uno de estos torneos en la plaza Santa Croce. con motivo de una fiesta popular. Allí concurrió Giuliano con un estandarte pintado por Botticelli, en el que la silueta inconfundible deSimonetta estaba caracterizada como Minerva. De la justa salió triunfador el mismo Giuliano, a quien cupo el honor de recibir la corona de laureles de manos de la propia deidad. Este episodio fue cantado por Poliziano, que cuanto más despecho suscitaba en la esposa de Lorenzo, la orgullosaClarice Orsini, más talento ponía en sus elogios a la inofensiva Simonetta. Aunque ambos hermanos se declaraban por igual adoradores de Minerva, parece ser que los avances prácticos estuvieron a cargo de Giuliano, y los sucesos del torneo podrían confirmar el buen éxito de su veneración. De todos modos, la historia se muestra remisa a confirmar categóricamente estos detalles, e inclusive si es cierta la teoría que supone que La Primavera, el cuadro de Botticelli donde están retratados Lorenzo y un grupo de damas -entre ellas Simonetta-, ilustra o evoca la vida galante del llamado Magnífico. Los hechos parecen haber sido más complicados. Si hubo realmente amor entre ellos, no pudo ser feliz: a fines de ese mismo año Simonettaenfermó del pecho. Los médicos le recomendaron los aires de Piombino, un puerto triste frente a la isla de Elba. De allí partía todos los días un correo enviado por su cuñado Fiero, con noticias para los Mediéis. Pero las nuevas fueron malas: la enfermedad resultó ser una hemoptisis y en abril de 1476 murió junto al mar -no podía ser de otra manera- la Venus renacentista. Fue enterrada en la capilla Vespucci de la iglesia de Ognissanti, cerca de los frescos de Ghirláiüdaio y de Botticelli, donde están retratados, junto con ella, casi todos los integrantes del mundo que frecuentó y que la habían admirado. "Todos los hombres estaban enamorados de ella, y ninguna mujer podía desdeñarla", recordó Poliziano. Lorenzo le dedicó versos llenos de admiración, y en una ocasión señaló una estrella a un amigo y comentó: "Mira, es el alma de esa exquisita mujer..." Del dolor de Giuliano y Botticelli no quedaron testimonios espectaculares ni frases célebres. En 1478 una familia rival de los Mediéis, los Pazzi, organizó una confabulación para deshacerse de quienes consideraba como tiranos de Florencia. Puesto que los asesinos profesionales se negaban a cometer el magnicidio en una iglesia, se comprometió a varios sacerdotes, "más acostumbrados a los lugares santos", según puede leerse en las actas del proceso. El atentado se consumó en el recinto de la Catedral: Giuliano cayó muerto, pero Lorenzo se defendió con energía, y pocas horas horas después los cadáveres de los principales conjurados pendían de las ventanas del palacio de la Signoria. Era un 26 de abril, el mismo día de la muerte de Simonetta, dos años antes. En 1510 expiró Botticelli. Por expreso pedido suyo fue enterrado en la iglesia de Ognissanti. Su tumba, hecha a pocos pasos de la de Simonetta, pasa casi inadvertida, pero las coincidencias dieron pábulo a la leyenda.

Fuente Consultada: Hombres y Mujeres Que Cambiaron al Mundo Cuadernillo Nro. 12 - Biografías Imprescindibles