FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

martes, 31 de julio de 2012


La sospecha como teoría política



Se ha instalado de modo rotundo a la “sospecha” como tesis y argumento sobre cuestiones políticas coyunturales. Cada editorialista, cada analista de los medios, en particular los dominantes, suelen bifurcar sus exposiciones en función de colocar sobre la mesa de debate subjetividades turbias que tienden mucho más a deseos particulares que a dilemas tangibles. Algo dijimos al respecto cuando desarrollamos la idea del imaginario. Dos elementos subyacen en la cuestión y que le dan sustento a dicho formato:
En primer lugar el desprecio sistemático (desde lo conceptual) que se tiene por el error y en segunda instancia la enorme falacia que encierra considerar que toda política que está en contra de nuestros intereses posee signos de corrupción. Desde luego que ambos elementos no están incluidos dentro de los textos, a cara lavada, de modo explícito, pero a poco de recorrer sus líneas vamos observando la atmósfera sabuesa e inquisidora a la que intentan someternos.
En el primero de los casos notamos que el error no forma parte del necesario correlato que toda gestión administrativa encierra tal cual lo exhibe cualquier actitud humana que en la vida corriente es dable de observar. El error es visto con sospechosa intención y no como una posible instancia frente a una decisión entre tantas de las que se toman dentro de un menú determinado. Error y fracaso no son sinónimos, aunque se los suele presentar como tales a propósito de aquella intencionalidad mencionada. Cuando se debatió y se aprobó la Ley de Medios Audiovisuales muchos nos permitimos sostener que el proyecto era un intento muy alentador para democratizar la palabra pero que al mismo tiempo era un camino a perfeccionar y que dentro de ese camino nos íbamos a encontrar con la necesidad de efectuar correcciones en la misma medida que nuevos dilemas vieran la luz. Resulta de perogrullo aclarar que todas las ciencias avanzan de ese modo, y si lo hace la ciencia, cuántas razones existen para inquietarnos ante un eventual correctivo a sobrellevar. Recientemente se ha mostrado como fracaso político y no como error posible y hasta comprensible la ausencia de oferentes para las 220 señales televisivas. Cuestión que es necesario revisar y que tiene que ver con las posibilidades de inversión tecnológica y la socialización de los recursos para que dichos objetivos se puedan concretar. Es probable que los pliegos tuvieran un excesivo valor, será menester repensar la verdadera inquietud de la instituciones y municipios en pos de poseer medios alternativos y demás incisos cuya complejidad nadie puede soslayar. El dilema se presentó como fracaso debido a que el error humaniza y a ninguno de estos analistas les interesa humanizar a la política. La falibilidad nunca es rentable, aceptar que la perfección es una entelequia resulta poco menos que descabellado para aquellos que prefieren recorrer los caminos de la sospecha. Un error admite comprensión, encierra la inclusión de la buena fe como estructura intelectual, presume y propone entendimiento, cuestiones humanistas que ninguno de los editorialistas de los oligopolios están dispuesto a admitir en función de su propia capacidad de suspicacia. Disociar la posibilidad del error en el marco de las decisiones políticas tiene la cruel intención (notorio acto de mala fe) de instalar que la perfección es posible, disyuntiva más cercana al Hades que a la historia de la humanidad.



El segundo tópico a observar es la recurrente simplificación intelectual que tiende a teñir cualquier medida política no acorde con el ideario del editorialista como un evento que encierra incisos de corrupción. Aquí la sospecha, la conjetura, se presenta como argumento y no como lo que realmente es: Una estructura crítica de carácter destructiva moldeada a las sombras de intereses puntuales contrapuestos al camino tomado por el Ejecutivo. Recordar los comentarios y análisis previos con relación a la estatización de los fondos de pensión, a la asignación universal por hijo, a la modificación de la carta orgánica del BCRA, a la nacionalización del 51% de YPF, entre decenas de medidas son ejemplificadoras y a la vez se nos presentan como cuestiones que permiten ahorrar letras y renglones que provoquen lecturas redundantes.
De modo que la sospecha como teoría, como estructura intelectual crítica, está instalada a partir de la persistencia en la conceptualización de que la política nada tiene de humano y en consecuencia el error no está incluido ni como riesgo ni como posible eventualidad natural. Esta suerte de presión conceptual se pretende volcar sin aduanas sobre las espaldas de los lectores, oyentes y televidentes, que instalados delante los medios no tienen más opciones que aceptar por repetición esas nefastas reglas de juego. No existe acto político que sea motivado por la buena fe impone el discurso dominante, de modo que “el son todos chorros” es vomitado casi instintivamente sin tolerar siquiera algún tipo de argumento explicativo que detalle puntuales cuestiones a atender.
En lo personal puedo no coincidir con las políticas desarrolladas por el Radicalismo gobernante de Coronel Dorrego, de hecho me sostengo como opositor al proyecto dentro del marco ideológico y sobre cuestiones específicas de gestión, pero jamás se me ocurriría instalar sucesos en los que no estoy de acuerdo bajo el formato de sospecha. Desde este espacio los errores fueron vistos como tales, remarcándose con sumo entusiasmo las correcciones políticas efectuadas. Justamente la responsabilidad política nada tiene que ver con la responsabilidad penal, y esto, aunque parezca mentira, es necesario subrayarlo. La responsabilidad política es una avenida de doble vía en donde mandatarios y mandantes comprenden que el error y el acierto constituyen las caras de una misma moneda, dilemas que se dirimen democráticamente en cada acto electoral. Ser temerosos del error paraliza automáticamente al campo de las decisiones, y por ende a la política, debido a que cualquier equivocación es sopesada instintivamente bajo prismas demoníacos.
Hace algunos años Silvio Rodríguez insistía en la idea que se le permitiese al pueblo cubano equivocarse por si mismo, este concepto lo atesoraba a propósito del bloqueo estadounidense. A modo de ruego pintaba un presente en donde el error propio era el único modo posible para corregir las erratas de su sistema político. Pues de eso se trata la cuestión. No perdamos la posibilidad de ser libres de decidir y menos bajo el influjo de la sospecha. Los que intentan imponer este modelo son aquellos que desean paralizarnos instalando la idea de una sociedad en donde el móvil inquisidor sea conducido discrecionalmente por los cancerberos del poder real.


Grandes Mujeres de la Historia

Flora Tristán


Flore Célestine Thérèse Henriette Tristán Moscoso Laisnay (*París, 7 de abril de 1803 -  Burdeos, 14 noviembre de 1844) fue una escritora y pensadora feminista francesa. Su padre, Mariano Tristán y Moscoso, fue un coronel peruano natural de Arequipa (en ese entonces parte del Virreinato del Perú) y miembro de la Armada española, y su madre, Anne-Pierre Laisnay, francesa. Sus padres se conocieron en Bilbao (País Vasco) durante la estadía de su padre en ese lugar. Éste no llegó a reconocer legalmente a Flora.
Tuvo una primera infancia de lujo, y su casa era visitada por personajes que luego serían hitos en la historia como Simón Bolívar, que como el padre de Flora compartían sus orígenes criollos y vascos. Esta situación de bondad económica y social se truncó con el deceso de su padre en 1807, cuando Flora apenas tenía 4 años, lo cual dejó a la familia en la pobreza.
En 1820, a la edad de 18 años, encuentra un trabajo como obrera en un taller de tipografía de André Chazal, con quien se casará el 3 de febrero de 1821. Es a partir de este matrimonio desgraciado que Flora Tristán comenzará a sentir sus primeros sufrimientos como mujer, sufrimientos a los cuales ella no se resignará jamás.
Hay que subrayar que ella no deseó ese matrimonio, y que después, reprochará a su madre por haberla empujado a compartir la vida de André Chazal, con el único objetivo de escapar de la pobreza y salvar su honor. Se casa, para descubrir pronto, cuatro años después y luego de  tres embarazos, que no desea más continuar casada. Sin embargo, al no estar legislado el divorcio, y no lo será sino hasta el año de su muerte, su indefinición civil habrá de constituir una fuente inagotable de sinsabores.
No pudiendo tolerar más el maltrato del marido y en espera de poder encontrar en el país de su padre, en medio de su familia paterna, el apoyo que tanto ansiaba, Flora Tristán decidió abandonar hijos y marido para viajar a Perú, convirtiéndose en una paria. Había elegido: sería una paria, pero también una mujer libre. A su prima Carmen  responderá  más  adelante  que  una mujer sólo necesitaba de voluntad para ser libre, y admitió que era en el ámbito del matrimonio donde la mujer encontraba la mayor subyugación.       
En 1833 emprende viaje al Perú para reclamar la herencia de su padre, Flora Tristán no sabía que este viaje se iba a transformar para ella en un formidable desafío que no terminará sino el día de su muerte el 14 de noviembre de 1844. Hay que señalar desde un principio el coraje de esta mujer que no duda en iniciar una travesía de cinco meses, sabiendo que ella era la única mujer a bordo. Podemos decir que este viaje será muy determinante en la orientación de sus ideas y de su vida que desde ese momento ella dedicará enteramente a la causa de los excluidos de la sociedad.
Cuando finalmente llega a Lima han pasado trece años después de la Independencia del país y encuentra, sin embargo, a la ciudad “más colonial que republicana”.Si bien antes de viajar a Perú Flora Tristán contaba ya con un alto nivel de conciencia feminista, su estancia en el país de su padre y, particularmente, la conciencia de su propia marginación no hicieron más que fortalecer su convicción de las injusticias de la sociedad hacia las mujeres “… porque sólo sabemos hablar de las cosas que hemos sentido nosotras mismas”.
Su primera obra ‘De la necesidad de dar una buena acogida a las extranjeras’ fue publicada en Francia en 1835-; observó a las soldaderas - las rabonas”- cargadas de  enseres domésticos y de hijos, visitó conventos de monjas en que éstas, no obstante haber hecho voto de pobreza,  tenían una sirvienta y  tres o cuatro esclavos y otro más, fuera del convento, que más allá de sus muros mantenía el contacto con el mundo; se intrigó en fin con  “las  tapadas”.
Su libro ‘Peregrinaciones de una Paria’ (1838)  es producto de la “transformación que surgió a raíz de su experiencia en Perú que fue radical, cambió el centro de su interés en ella misma por su interés en la humanidad. A partir de la tragedia de su propia existencia Flora forjó su feminismo y sumó a la emancipación de las mujeres su emancipación como obreras” (Elena Urrutia, ‘Sobre Flora Tristán’, Revista Universidad Autónoma de México).
Cuando nace el primero de sus hijos leerá a Saint- Simon y a Chateaubriand; al nacimiento de Aline descubrirá el feminismo con la lectura  del libro  de Mary Wollstonecraft, ‘Vindicación de los derechos de la mujer’ (1792), un tratado sobre los derechos y  la educación de las mujeres’. Ambas escritoras impulsaban  tenazmente para que las mujeres cultivaran su inteligencia en un mayor grado. Flora calificó el libro Vindicación de los derechos de la mujer como un libro imperecedero.
La semilla fundamental de su pensamiento feminista y la contribución de Flora, se plantea en los términos siguientes: la emancipación de las mujeres tenía que ser parte actuante, permanente, constante, de la lucha de todo el movimiento socialista; porque sólo la igualdad absoluta de las mujeres con respecto a los hombres, daría como resultado una sociedad de verdadera justicia social y equitativa.
La periodista estadounidense Alexa Payán, autora de un libro sobre la vida de esta precursora del feminismo, escribe lo siguiente: “Flora Tristán comenzaba a darse cuenta de que el éxito del socialismo no conllevaba necesariamente a la emancipación de las mujeres”

Fuente: Palabra de Mujer


Mateando con la Ciencia. Hoy ceba Kirkpatrick Macmillan


El primer vehículo que un hombre actual reconocería como una bicicleta fue diseñado en 1839 por el herrero británico Kirkpatrick Macmillan. Tenía dos ruedas, de las cuales la posterior era algo mayor, y un sillín en medio. Disponía de pedales que accionaban la rueda trasera. Era pesada y tosca, y precisó de numerosos cambios fundamentales antes de convertirse en el instrumento que es hoy en día, pero en cualquier caso funcionaba. Por vez primera se había realizado algún progreso en cuanto a permitir a las personas utilizar sus propios músculos para viajar a una velocidad superior a la de marcha.

Rodolfo Ortega Peña
Asesinado por la Triple A
31 de Julio 1974


El 31 de julio de 1974 Rodolfo Ortega Peña, diputado en ejercicio, historiador revisionista, abogado defensor de sindicalistas y presos políticos, y director de la revista Militancia, fue asesinado por la Triple A en pleno centro de Buenos Aires. Reproducimos a continuación un artículo publicado en el diario Noticias, dos días después del crimen.

Los asesinos actuaron en una zona densa de gente, con absoluta frialdad y pericia. La noticia con la identidad del muerto llegó en 10 minutos al Parlamento. Un testimonio muy significativo

Los hechos que condujeron a la muerte del doctor Rodolfo Ortega Peña, comenzaron en la noche del miércoles cuando el diputado nacional recibió una llamada telefónica en el Congreso, mediante la cual alguien que se identificó como un periodista, de El Cronista Comercial le manifestó su intención de efectuarle un reportaje, preguntándole hasta qué hora permanecería en el edificio del Congreso. Ortega le respondió que iba a estar allí hasta las 21.30.
No obstante, se hicieron las 21.30 sin que se presentara el presunto periodista. Posteriormente, amigos del diputado asesinado consultaron a El Cronista Comercial, donde se les aseguró que ningún integrante de la redacción había pedido un reportaje a Ortega Peña.
A la hora indicada, Ortega abandonó el Congreso y acompañado de su esposa, Elena Villagra de Ortega Peña, se dirigió caminando por Callao hasta avenida Santa Fe. Luego de cenar en un restaurante de la zona, abordaron un taxímetro en la intersección de Santa Fe y Río Bamba. Era un Siam Di Tella, patente C371.002, guiado por Santos Vilella; el coche que en definitiva, conduciría a Ortega Peña al lugar de su trágica muerte.
Según el informe oficinal, eran exactamente las 22.25, cuando el taxímetro, luego de transitar por avenida Santa Fe y tomar por Carlos Pellegrini, se detuvo en el cruce de esta calle con Arenales esperando que el semáforo diera paso.
Apenas cruzó Arenales, el coche se detuvo casi sobre la senda peatonal y en doble fila, ya que sobre el cordón estaba estacionado un Citroen y un Fiat 600 rojo.




Los asesinos

Ortega y su esposa descendieron del taxi y en momentos en que el diputado estaba pagando el importe del viaje al conductor, avanzó a gran velocidad un Ford Fairlane, verde oscuro.
Según declararon testigos que se encontraban esperando colectivos en las esquinas de Carlos Pellegrini y Arenales, el Ford Fairlane frenó bruscamente y descendieron tres hombres de mediana edad, armados de ametralladoras.
Entonces, con absoluta frialdad y precisión, uno del los hombres se adelanto y poniendo rodilla en tierra comenzó a disparar contra la pareja.
El primer impacto lo recibió la esposa de Ortega, Elena Villagra. El balazo le atravesó de lado a lado el labio superior, sin dañarle milagrosamente ningún diente. Según declaró posteriormente Elena Villagra, le pareció que le había estallado algo similar a una bolsa de agua en la boca y profirió un grito.
Ortega Peña se volvió de inmediato preguntando “¿Qué pasa flaca?”. Fueron éstas las últimas palabras que pronunció, ya que casi al mismo tiempo recibió una verdadera andanada de balas que lo derribó.
El doctor Ortega Peña cayó hacia delante y quedó tendido entre las ruedas delantera derecha del taxi y la trasera izquierda del Citroen estacionado al costado. Al caer golpeó pesadamente contra el paragolpes trasero del Citroen, arrancándolo.
Todo se desarrolló en contados segundos. La ráfaga de balas continuó ininterrumpidamente hasta que el matador –que escondía su rostro enfundado en una media de mujer– vació la carga de su arma. Había no menos de 24 cápsulas servidas en el lugar. El cadáver de Ortega Peña presentaba ocho impactos en la cabeza, uno en la muñeca y otro en el antebrazo –hecho probablemente al intentar cubrirse con el brazo en un gesto en un gesto instintivo- , y el resto en distintas partes del cuerpo.
El taxista estaba presumiblemente con la cabeza agachada, contando el dinero del vuelto, cuando advirtió que su coche era perforado por una lluvia de balas, y uno de los pasajeros caía bañado en sangre, mientras la mujer se alejaba corriendo por la vereda, gritando con desesperación: “¡Mataron a mi marido…!”
Elena Villagra, con la cara ensangrentada, fue auxiliada en los primeros momentos por un médico que vive en las cercanías.


Dos coches taponando


Un conductor que transitaba por la zona en momentos de producirse los hechos, refirió que al escuchar los disparos se dirigió rápidamente al lugar de donde partían. No obstante no pudo llegar, ya que en el cruce de Santa Fe y Carlos Pellegrini –a una cuadra de donde cayó Ortega Peña el paso estaba obstruido por dos automóviles atravesados, en tanto que varios hombres de civil se encargaban de desviar el tránsito.
Según refirió el testigo, le llamó poderosamente la atención este hecho, ya que desde que escuchó disparos hasta que llegó al mencionado cruce, no mediaron más de treinta segundos.
Una posible explicación para esta extraña circunstancia podría ser que muy cerca de allí se encuentra ubicado el local de la Comisaría 15, en Suipacha, entre Santa Fe y Arenales. No obstante, treinta segundos parece un lapso demasiado exiguo para que los efectivos de la comisaría llegaran al lugar.
Otros testigos coincidieron en destacar la sorprendente frialdad y coordinación de movimientos con que actuaron los asesinos; así como la precisión con que fueron dirigidos los disparos. En ese sentido se indicó la similitud –por las características del operativo homicida- , de este hecho con el asesinato del Padre Carlos Mugica.
El primero en confirmar que la víctima era el doctor Ortega Peña, fue el jefe del II Cuerpo de Vigilancia Metropolitana, comisario inspector González, que llegó al lugar poco antes de las 23. Sobre la medianoche se hizo presente el Jefe de la Policía Federal, comisario general Alberto Villar.
La reconstrucción el hecho se efectuó en horas de la madrugada, estableciéndose que actuó también un segundo coche como apoyo de los matadores. El juez interviniente en la causa es el doctor Alberto Chiodi.
La noticia de la muerte de Ortega Peña circuló con una llamativa celeridad. Según consigna el matutino La Nación “eran exactamente las 23.35 cuando en el Senado comenzó a circular la información de la muerte del diputado”, es decir, apenas diez minutos después de consumado el crimen.

Fuente: El Historiador






lunes, 30 de julio de 2012


EL BOHEMIO
                               Rafael Barret
y Monólogo de Silvio Rodriguez

Vídeo de nomals

Era muy bueno. Tenía nobles aficiones. Hubiera aceptado la gloria. Cada detalle de su existencia era precioso a la humanidad. Nadie lo sospechaba sino él. ¿Qué importaba? Le bastaba saberse un profeta desconocido, cuya misión maravillosa puede fulminar de un momento a otro. El espectáculo de su propia vida no le bastaba nunca. La lucha cuerpo a cuerpo con el hambre y el frío no le parecía menos épica que la lucha contra la envidia olfateada bajo la amistad. Paseaba con orgullo su sombrero grasiento y sus miradas furiosas.

Como ya no hay bohemios, era el bohemio por excelencia. Los demás, los burgueses, le despreciaban a causa de haber quebrado en el negocio. No entendía la explotación del libro y del artículo, ni se ocupaba del reclamo. Lanzado a un siglo donde todo es comercio se obstinaba en no comerciar. Por eso su talento olía a miseria, y la tinta con que firmaba sus vagas elegías le servía también para pintar las grietas blancuzcas de sus zapatos.

Pero, ¿tenía talento? Sus continuos fracasos le daban a pensar que sí. Llevaba la aureola dentro de la cabeza.

Caía una llovizna helada y pegadiza que le hizo estremecer cuando salía de su bar. El piadoso alcohol, el verde Mefistófeles que dormitaba en el fondo de las copas de ajenjo, no había abrillantado del todo aquella tarde las ágiles visiones del poeta. Sobre ellas, como sobre la calle mojada, el cielo incoloro y el universo inútil, caía una sombra gris. El héroe se sintió viejo. El barro de sus pantalones deshilachados se había secado y endurecido bajo la mesa del cafetucho, y pesaba lúgubremente. El orgulloso dudó de sí mismo. Divisó reflejada en una vitrina la silueta lamentable de su cuerpo agobiado. Un abandono glacial entró en la médula de sus huesos. Candoroso y desconsolado, lloró sencillamente.



De repente el corazón se le fue del pecho… ¿Qué…? Era a, él… Imposible… Miró detrás de sí… No había duda, era a él mismo.

Una mano desnuda, demasiado suave para los macizos anillos suntuosos que la cargaban, le hacía señas desde la portezuela de un carruaje de gran lujo, detenido a duras penas un instante. El bohemio vaciló. La mano se agitaba, ordenando, suplicando, que se acercara, que acudiera. Y él se acercó temblando. Respiró. Ninguna infame limosna manchaba los dedos de nácar. La portezuela se abrió. Unos brazos impacientes se anudaron a él, y sobre su boca amarga y poco limpia vino una boca de raso, tibia y deliciosa como el amor… Los caballos arrancaron al trote, y las luces de la ciudad, que empezaban a encenderse, cruzaban como ligeros proyectiles el vidrio biselado y húmedo. Al reflejo débil vio el poeta pegado a su rostro el rostro bellísimo de una mujer en cuyos ojos se había refugiado todo el azul del paraíso, y cuya piel era de una dulzura igual a la dulzura de las blondas y las sedas de su traje fantástico.

Sentados a la mesa opulenta, después de un banquete íntimo, la voz de oro sonoro de la princesa -era naturalmente una princesa rusa- explicaba al bohemio qué raro y pronto capricho la había obligado a volcar el tesoro entero de las felicidades humanas sobre la testa melenuda aparecida a la puerta de un bar. Él, desabrochado y estúpido, la oía en silencio. Y ella, ante la camisa cansada que asomaba por la abertura del chaleco y las uñas sombrías del vate, reflexionaba con alguna tristeza en el final de la aventura…

Pero el hombre se levantó, recogió titubeando su sombrero grasiento, y fijando en los labios luminosos y puros de la princesa sus ojos de niño, exclamó:

– Señora, alta señora, he cenado porque tenía hambre. Yo no soy mi estómago. No quiero satisfacer el hambre eterna de mis sentidos y de mi alma. No tomaré tu carne hecha con pétalos y besada por las estrellas. A tu hazaña la mía. ¡Me donaste una divina ilusión, y no me la arrebatarás nunca!

Y se marchó, ostentando en su frente, por única vez quizá, el rayo melancólico del genio.



Diálogo entre 

Alejandro Dolina y Pacho O´Donnell


Miedo a la soledad


La doliente soledad de mi cuatro...
 Prefiero las callejuelas peligrosas a las avenidas iluminadas


AD: Existe una soledad relacionada con el desamparo y otra con la enorme dificultad o imposibilidad de comunicarse. Luigi Pirandello decía que nadie conoce a nadie, que es imposible llegar al otro. Cuando abrazaba a su esposa y le decía que la amaba aunque no podía conocerla, ella, que no era una mujer culta ni profunda, desde su honda de en la experiencia y en lo inmediato le respondía que sí lo conocía. Él, sin embargo, tenía certeza de que era imposible.

PO: Es interesante la escena porque pareciera que, mientras más se aproximaba él a su mujer, incluso físicamente, más se convencía de la dificultad de conocerla.

AD: Es una escena muy teatral: un hombre tomando entre sus brazos a la persona amada y sintiendo la imposibilidad de comunicarle su amor. Desde luego, él sentía esa perplejidad que todos aquellos que utilizamos la lengua hemos sentido alguna vez: no que la lengua sea insuficiente, sino que es engañosa (y por eso mismo, al decir esto probablemente mi interlocutor entendía no lo que yo he querido decir, sino vaya a saber qué otra cosa). Nosotros hemos creído alguna vez en una especie de topos invisible habitado por aquellas cosas que las palabras no alcanzan a describir, un mundo de cosas verdaderas, no transformadas ni trastornadas por las palabras. Pero los semióticos han dictaminado que no existe más que las palabras. Nosotros efectivamente nos damos cuenta de que la dificultad de alusión es permanente y general soledad, y que ni siquiera es posible expresar ese mismo sentimiento. Así el artista, que nunca está cerca de alcanzar a escribir el verso que pretende escribir y sólo se aproxima a él, se encuentra visceralmente solo.
Octavio Paz señala con mucha sabiduría que la poesía no es la traducción en palabras de una situación poética, sino que ES la palabra y que no pretende ser otra cosa. La limitación tanto del artista como del lenguaje produce, más allá de la soledad psicológica, una soledad lingüística. Un desamparo filosófico.

PO: Quiere decir que el hombre es esencialmente solitario

AD: Lo decía Sábato y me parece que todos lo hemos sentido alguna vez: la soledad es el telón de fondo de nuestras vidas, estamos solos todo el tiempo. Pero Sábato, curiosamente optimista en ese capítulo, dice que hay como chispazos de comunión (no sé si lo dice exactamente de ese modo) que tienen que ver seguramente con el amor, con el conocimiento, con la vocación, con el arte. Son fugaces momentos, pero nuestra última esperanza.

PO: Cuando dijiste “desamparo” sentí que era la palabra justa. Posiblemente fue un chispazo, nos encontramos en una palabra.

AD: Efectivamente, quizás un momento de comunión sea la perplejidad mutua de dos amigos ante una idea o una palabra. ¿Sabés qué otro momento de comunión puede ser que exista? El Humor. Bioy Casares dijo alguna vez que a él le parecía que el humor profesional era muy inferior a que ejercía un grupo de amigos inteligentes, y me parece que es verdad. Los recuerdos de situaciones humorísticas, de haberse reído hasta morirse, que todos tenemos, están relacionados con nuestros amigos y nunca con los humoristas. Es indispensable una conexión superior para que ese humor se produzca, es decir una conexión amistosa. Es que el humor es un fenómeno que no se da en soledad. Cuando compartimos un momento humorístico, cuando podemos establecer esto que acabamos de denominar comunión, el efecto humorístico se duplica. Habría que anotarlo como un momento más ce comunión junto al amor y al arte.
La sociedad de nuestro tiempo nos convierte en el engranaje de una maquinaria gigantesca, misteriosa y diabólica. Cuando la individualidad es relegada a segundo término, el hombre está todavía más solo.

PO: A mí me impresiona mucho escuchar a la gente repitiendo como si fueran propias las opiniones que han escuchado en la radio o en la televisión.

AD: Yo estoy particularmente perturbado por eso. He escuchado a amigos, a quienes conocí llenos de cinismo y de cierta tonicidad de espíritu (no quiero hablar de inteligencia) repitiendo las ideas que la televisión difunde cien veces por día y pienso que han sido capturados, reducidos, neutralizados, eliminada su individualidad. En algún caso, eso me sorprende mucho. En cierto momento lo atribuí, equivocadamente, a una especie de epidemia que consistía en un arribo demasiado temprano a la senilidad. Pero me parece que lo que sucede es que el poder cautivamente de la televisión en cada vez más eficaz.



del libro La Sociedad de los Miedos
de Pacho O´Donnell – Editorial Sudamericana - 2009


miércoles, 25 de julio de 2012



EVA PERÓN

1952 - 26 Julio - 2012



Cuando todos sean trabajadores, cuando todos vivan del propio trabajo y no del trabajo ajeno, seremos todos más buenos, más hermanos, y la oligarquía será un recuerdo amargo y doloroso para la humanidad. Pero mientras tanto, lo fundamental es que los hombres del pueblo, los de la clase que trabaja, no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores. Todo explotador es enemigo del pueblo ¡La justicia exige que sea derrotado!

Maten a Víctor Hugo



De eso se trata la nueva embestida que se está tramando desde el barrio de Constitución contra el notable comunicador Oriental. La cuestión intenta colocarlo como entregador de algunos militantes Tupamaros y a la vez como colaboracionista durante la dictadura uruguaya, datos expuestos por un informante que años atrás acusara al propio Presidente Mujica como traidor a sus compañeros. Curioso sofisma: Los victimarios juzgando los comportamiento de las víctimas en el marco de situaciones límite. La operatoria incluye la edición de un libro que en una primera instancia sería publicado por una editorial asociada a Perfil con la firma de una de sus más “destacadas” plumas, cosa que quedó abortada por el juicio que Morales tiene con dicha empresa por una nota investigación contra su persona publicada meses atrás en donde no menos de veinte burdas mentiras eran exhibidas como “errores involuntarios”.

Magnetto y Fontevecchia como aquellos futbolistas que expulsados del campo de juego tratan de llevarse a un rival para equiparar diferencias, intentan liquidar de una buena vez y para siempre al más acérrimo de sus enemigos. Aquel que nunca pudieron comprar, aquel que siempre mantuvo firmes sus convicciones, aquel que a pesar de las calumnias e injurias supo conservar posturas éticas muy por sobre la media en el ámbito de una actividad bastardeada por propios y extraños.

Quien presentará el caso masivamente, en el prime time dominical, no será otro que nuestro inefable Jorge Lanata, hombre que supo instalarse dentro de la corporación oligopólica como el máximo estandarte del grupo debido a su enorme capacidad de daño. La inconsistencia de sus recientes operaciones domingueras lo dejan muy mal parado dentro del mundo periodístico, pero como él ya no lo es, muy poco le interesa la cuestión y menos aún la valoración de sus propios colegas. Eso sí, luego se muestra muy ofendido cuando no lo invitan a determinados eventos. Cosas del vedetismo. La idea del ex empresario es presentar al Oriental dentro de un mismo rango de miserabilidad que tienen tanto él como sus jefes, de modo igualar hacia abajo sosteniendo que si todos son una mierda nadie está capacitado para esbozar cuestiones que tienen que ver con la ética y la moral.

¿Qué se intenta con esto? A la par de minar la masiva credibilidad que tiene el periodista uruguayo se aspira por añadidura deshilachar la bandera más notoria que tiene la ley de medios audiovisuales. Quién te ha visto y quién te ve Jorge, hasta hace quince minutos mapeabas desmesuras monopólicas, hoy te regodeas en los fondos de sus más lúgubres letrinas.  De todas formas los oyentes, lectores y televidentes de VHM estamos desde hace tiempo preparados para la embestida final. Desde su página personal y debido a la información que le dieran sus amigos orientales en relación con esta movida que parte desde Buenos Aires, Morales nos está advirtiendo con documentación fehaciente su derrotero dentro del ignominioso período dictatorial que vivió Uruguay: el nivel de persecución a la que fue sometido, la escala de prohibiciones sufridas y hasta su período de detención. Cuestiones que Lanata no puede exhibir debido a que durante la dictadura Argentina él estaba dando sus primeros pininos como periodista dentro de la Radio Nacional estatal. Así es, la única vez que la miserable entelequia periodística trabajó para el Estado fue durante la Dictadura Militar. De todas formas no se trata de una pulseada de calidades. Todos sabemos quién es quién. Aquellos televidentes que siguen Periodismo Para Todos es lo que esperan, de modo que el plagiador serial no tendrá reparos en contentar a un público que hasta ahora no se sabe a ciencia cierta si lo ve o lo escucha para interiorizarse sobre cuestiones de actualidad o para estudiar desde la antropología una de las más notorias mutaciones ideológicas y éticas de la contemporaneidad.

Percibo en el horizonte de Lanata un futuro nada promisorio. Estimo no descabellado su sacrificio a favor de la causa clarinista (conciente o inconsciente). ¿Alguien puede suponer qué llegado el momento Magnetto mismo no lo tiraría a los galgos a favor de una operación político/mediática impactante e incendiaria? De paso se sacaría de encima a un tipo que no sólo lo jodió durante un par de décadas sino que además le sacó bastante cantidad de dólares en conceptos de honorarios durante los últimos tiempos. Si se atrevió con los Papaleo y con tantos otros, porqué no con Lanata. ¿Se dará cuenta Jorge qué para Magneto es más útil muerto que vivo, y que tenerlo cerca, contratado en el prime time domimical, resulta una excepcional coartada?  Sospecho que ni lo piensa, su ego lo ha embobado por completo. Para el oficialismo, por el contrario, resulta una bendición un tipo como Lanata en los medios, del mismo modo que lo fue Lila Carrió desde el 2008 en adelante. Es más, le recomiendo fervientemente al Gobierno que se esfuerce por protegerlo.

Este libro será uno de los tantos de reciente edición que serán utilizados para nivelar muebles y cosas así. Desde aquel Amo del Feudo de Gatti, hasta las basuras que nos suelen presentar Majul y Walger, todo ellos expresan más de lo mismo: un odio visceral a un modelo de país inclusivo, un disgusto a todo lo que sea democratizar la palabra, en consonancia con algo que realmente llama mucho la atención: un irrespeto muy marcado a las decisiones de las mayorías mientras exigen desde sus tribunas, mediante insultos, operaciones e improperios respeto por las minorías, intentando colocarse como traductores de una realidad que todavía no han alcanzado a dimensionar y que a la vez les mantiene desde hace 9 años un falo que ha llegado a los 54,11 centímetros de longitud y que evidentemente lacera con su democrático y horizontal populismo el más sensible de sus íntimos recodos (léase intereses corporativos). Espero se entienda como metáfora este último párrafo. Eso sí que jamás se nos ocurra contestar, seremos acusados de intolerantes.

No se preocupe Víctor Hugo; de Néstor, de Cristina, de Moreno y de tantos otros han dicho cosas iguales o peores. El día que alguna persona de su respeto e integridad diga algo que lo afecte póngase en guardia, por ahora son sólo energúmenos que responden a sus desquiciados mandos naturales.



martes, 24 de julio de 2012


Ese hombre de Rodolfo Walsh
y Johann Sebastian Bach

Air de Johann Sebastian Bach - vídeo de 2010nebelwarner


El guardia civil pregunta el nombre, consulta su lista, abre la puerta del parque. El tenue sol madrileño quita de las rodillas la lluvia de París, funde la nieve de Praga. En la casa me recibe el secretario, discreto, urgido por irradiación cotidiana. Yo sé que debería estar observando los detalles pero no veo más que la alfombra, el artesonado, la penumbra de la sala donde enseguida aparece el Viejo, su voz tranquila. Me estaba esperando. Sigue alto y erguido, indestructible. Se agacha un poco para darme la mano. 




- Lo estaba esperando - dice. 
- Tenía muchos deseos de conocerlo - aseguro. 
Todo es claro y ordenado en su despacho: libros en los anaqueles, un Martín Fierro a caballo, el banderín argentino, Juan XXIII bajo el vidrio del escritorio. 
Cuando se sienta, veo por primera vez la desollada cara del Viejo, la cascada de venitas rojas que no aparece en las fotos o que las fotos olvidan, lo mismo que uno. 
-¿Café? -dice-. ¿Coñac? 
Ofrece Winstons, se inclina hacia adelante para dar fuego con el encendedor de oro. Tal vez me he quedado dormido en alguna butaca de algún aeropuerto en alguna indescifrable escala nocturna y este sueño preocupado es una broma del cansancio. Pero el Viejo está allí, veo el traje pizarra, el pulóver rojo, las ideas que se ordenan en su cara, la embellecen, escucho la voz persuasiva que habla del mundo, sus grandes movimientos circulares, sus leyes inmutables. 
- A los imperios no los derriba nadie – dice -. Se pudren por dentro, se caen solos. 
Solos, pienso. 
Parece que adivina. 
- Cuando alguien los empuja - dice, recuerda -. En este continente yo los he enfrentado - dice, anulando de un golpe la distancia, regresando o no partiendo nunca, clavado a este continente que no es este, no es la muchacha que vuelve y sirve el coñac y sirve el café. 
- Café sin cafeína - dice el Viejo -. Es más sano. Mire Vietnam - dice.
Miro Vietnam: sonrisas ambiguas, pisadas nocturnas en la selva húmeda, espaldas maternas cargando obuses, una bandera roja flameando sobre Hué bajo una lluvia incesante de napalm.
- Los militares yanquis – explica - son muy brutos, no leen la historia, creen que la guerra se gana con el ejército. 
Otra vez el gesto circular abarca las edades, los pueblos, el orgullo pisoteado, Roma se derrumba en el espejo de la memoria y la voz del Viejo parece que gozara. 
- Líneas de abastecimiento. Lo sabe un cadete. 
Toma su café sin cafeína. 
-Ya no les quedan amigos en el mundo - dice. 
- Si estos se salvan – dice - será porque tienen dos océanos de por medio. 
-Pero a usted lo derrocaron. 
-A mí me derrocó la Sinarquía – aclara -. Después vinieron a buscarme. Los yanquis - dice, rememora -. Cuántas veces. 
- Y usted. 
Me pregunta si conozco el cuento del vasco. Escucho el cuento del vasco, rodeado de parientes, que no quería firmar el testamento. El índice del Viejo va y viene despacio sobre el índice izquierdo, preparando la pregunta, la pausa, el corte de manga, su porfiada respuesta. Y ahora no sé cuál es mi risa, cuál es la suya, la del Papa Juan divertido a su modo en el cromo. 
El círculo pulsa, se achica, se concentra. El Viejo desliza sobre el vidrio una caja taraceada de tabacos. Tomo uno, lo hago girar entre los dedos, aspiro su lejano aroma. 
- Me los manda Fidel - dice el Viejo -. Cómo están por allá. 
-Siempre preguntan por usted. 
Es cierto: siempre preguntan por él. 
- Esperaban su visita -digo. 
-Me hubiera gustado ir – suspira -. No ha llegado el momento. Usted sabe, había que pasar por Moscú. 
El periódico sigue inmóvil sobre el escritorio, con sus terremotos, naufragios, sobresaltos del oro, el nuevo récord de Iberia: seis horas, treinta y dos minutos, vuelo directo. No veo las manos del Viejo, tal vez el índice derecho sigue moviéndose despacito sobre el izquierdo, debajo de la mesa, una broma conjunta que podemos apreciar. 
El círculo ha vuelto a crecer, las costas se dilatan, la selva. América. Ahora hablamos de los muertos. El Viejo guarda la caja de tabacos, saca un libro abierto en la dedicatoria de - un adversario que evolucionó -, la firma brevísima del gran muerto reciente cuyas cenizas llueven sobre mil ciudades, que anda por ahí asomado a las cocinas, a los dormitorios, probando el caldo de las ollas, creciendo en los huesos de los chicos. 
- Tenía el fuego sagrado - dice el Viej o-. Lástima que no trabajara para nosotros - y la cara se le nubla, de pena, desconcierto, quién sabe. 
-Él pensaba que había que apurarse. 
- Sí, pero ya ve. 
- Porque ellos creen que Vietnam se acaba, y que después caerán sobre ellos, sobre nosotros – digo -. Por eso estaban apurados. 
- La guerra es larga -responde sin apuro. 
Vuelvo a mirarlo como si yo fuera el Viejo y él tuviera un largo futuro por delante. 
Si él quisiera, pienso. 
La puerta se abre sola. Un fogonazo de alegría alumbra la cara surcada de venitas del Viejo, que se para, avanza hacia el perro lanudo que entra en dos patas. Yo miro el despliegue de mimos y festejos que corta las preguntas, acaso la entrevista. 
Pero el Viejo vuelve, se sienta. 
- Otro café - dice. 
De la manga del saco sale otra anécdota, como otro conejo. Cada vez que el general Roca recibía al embajador boliviano, ponía dos sillas. Una para el embajador, otra para la mala fe. 
- Yo le mandé decir que tuviera cuidado, que desconfiara de esa gente. No era tiempo. 
- Cuándo entonces - digo. 
- Yo he esperado mucho. 
Tal vez lo estoy fastidiando, acaso va a mirar su reloj, usar un pretexto que no necesita, la mujer que atravesó el Atlántico para conseguir su dedicatoria en una foto, el dirigente que aguarda en la sala su epifanía de palabras lejos, vestales con pinta de herederos, tahúres de doble entraña, empresarios dispuestos a compartir las pérdidas, terratenientes a socializar los caminos, clérigos a repartir el reino de los cielos, gorilas convertidos. 
El arresto del último general que casi se subleva flota sobre los pocillos de café sin cafeína. 
- Es un buen muchacho – sugiere -. Le voy a contar un chiste - sugiere. 
Las once de la mañana entran por el ventanal, aclarando la sonrisa. 
Un empresario americano fue a Brasil, donde querían comprar petróleo; fue a Kuwait: querían vender petróleo; a Grecia: les propone transportar petróleo. Armó el negocio, se quedó con la mitad. Los otros le peguntaron: ¿Pero usted qué pone? 
- ¿Cómo qué pongo?-, dijo el empresario - dice el Viejo -. - Yo pongo el Atlántico.- Con este muchacho pasa lo mismo. El ejército pone las armas. Nosotros ponemos la gente. ¿Y él qué pone? ¿La patria? 
Risas. Imposible no reír cuando el Viejo cuenta un chiste, porque lo cuenta muy bien. Pero consigue que el cotejo con la realidad parezca un segundo chiste, mejor que el primero. 
Ahora sí, ha mirado su reloj. De golpe entiendo que he pasado horas sumergido en la envolvente conversación del Viejo, como quien escuchara a cualquier padre, y que al salir estaré caminando por una calle de Puerta de Hierro, de Southampton, de Martín García, con todas las preguntas sin hacer. 
- Esa mujer - digo. 
Su cara es gris. Una muralla. 
- Creo que la quemaron - dice. 
- No la quemaron – fantaseo -. Está en un jardín, en una embajada, de pie, una estatua bajo tierra, donde llueve -digo. Llueve siempre, pienso, y ella se pudre. 
- Puede ser -su cara es más remota que nunca-. Algún día se sabrá. 
-Y los otros muertos -quiero saber -. Los fusilados, los torturados. 
Un ramaje de la vieja cólera circula por su cara, relámpago entre nubes. 
- El pueblo pedirá cuentas. 
¿Cuándo? 
-Algún día. Saldrá a la calle, como el 56, el 57. 
¿Por qué no ha vuelto a salir? 
-Porque yo no he querido - dice. 
¿Cuándo, general, cuándo?


lunes, 23 de julio de 2012


Ahora le tocó a la Cadena Nacional



Nuestros pensadores e intelectuales liberales, tanto de izquierdas como de derechas, han puesto recientemente sobre la mesa de debate (pido disculpas por la exageración) el rol de la Cadena Nacional y su utilización, como herramienta para comunicar decisiones políticas, que de ella hace el Ejecutivo Nacional. Atribución constitucional que para nada establece límites y condiciones (el inciso tercero de la disposición deja librado al ejecutivo justipreciar la jerarquía y la importancia temática para desarrollar dicha operatoria). Parece que la muchachada bienpensante de nuestra ilustración vernácula siente extrema mortificación por la continua exposición pública que realiza nuestra Presidenta con relación a los actos de gobierno. Demás está aclarar que ninguna de estas lumbreras del pensamiento trata de discernir sobre lo manifestado en cada uno de los mensajes expresados, la trama solamente es sometida a partir de la necesaridad de la implementación o no de dicho mecanismo. Consecuentemente apagar televisores y radios es la consigna de cabecera de aquellos que consideran que la palabra de nuestra primera mandataria no es relevante dentro del marco republicano y democrático. Encontramos dentro del dilema varias cuestiones para exponer. 

¿Cuántas razones existen para desautorizar o por lo menos para restarle importancia a la palabra de un Jefe de Estado que hace poco menos de diez meses obtuvo una mayoría abrumadora en los comicios nacionales? ¿No es probable qué una buena porción de nuestra sociedad esté sumamente interesada en lo que la Presidenta exhibe? Resulta cuando menos curioso la falacia argumentativa teniendo en cuenta que ellos mismos son los que hablan de una coyuntura política y económica delicada que necesita de explicaciones y a la vez de soluciones puntuales y concretas sobre cuestiones esenciales; instancias que justamente Cristina Fernández suele abordar y que por negarse a escucharla no son advertidas. ¿Con qué intención se sostiene que es mejor ignorar los mensajes presidenciales bajo el pretexto de un abuso, aún desconociendo lo que dichos discursos podrían afectar, desde la dialéctica y desde la praxis, el interés del colectivo? Nadie puede saber el rango de importancia de lo que se dirá antes de que el mensaje sea puesto a consideración. No me interesa lo que digas, sólo me interesa que no lo digas, parece ser la idea madre de Martín Caparros. Y creo que allí está el punto del dilema. La lucha por el poder también implica la lucha por la palabra, espacio que tiene mucho que ver con la batalla cultural que se viene dando desde hace varios años para democratizar y horizontalizar la opinión publicada y el impacto directo que ésta tiene en el campo de la opinión pública. ¿Cómo hacen las corporaciones para crear relatos mediáticos si desde sus mismas pantallas dicho relato es invalidado por la política real? Les resulta más complejo diseñar operaciones y esto los descoloca notablemente. La aparición de la Presidenta por Cadena Nacional cambia toda la discrecionalidad de la agenda mediática, cosa intolerable para aquellos que prefieren manipular y asentar dicha agenda a favor de sus propios intereses corporativos. De modo que no nos puede extrañar el enfado que provoca ese contacto directo y sin intermediarios que nuestra primera mandataria tiene con el pueblo, cosa detestable para el pensamiento liberal y su constante prédica antipopulista. Nuestros notables sospechan ser los necesarios e indiscutidos traductores de la realidad, asumiendo que nosotros, el vulgo, no tiene autoridad analítica para tal empresa, en consecuencia suponen que la interpretación y la palabra les pertenecen con exclusivdad; ni siquiera a la máxima autoridad ejecutiva y menos a nosotros nos asiste el derecho de obviarlos y pasar por encima de sus subjetividades y “llamativas” conclusiones.

Días pasados el politólogo Edgardo Mocca nos ponía sobre la mesa un dato muy interesante en relación con esta actitud: La solapada pretensión de silenciar a las mayorías. Cuestión que expone una intencionalidad taxativa en sintonía con fenómenos destituyentes de marcado cariz totalitario que se vienen manifestando cíclicamente desde hace varios años en consonancia con los tremendos fracasos electorales de las fuerzas opositoras, aún habiendo obtenido éstas algún triunfo resonante.

La palabra de nuestra Presidenta molesta, porque lo que incomoda es su indiscutible representatividad, de modo que para estos demócratas y republicanos del pensamiento lo mejor es que no tenga palabra y de la mano de ese silencio invisibilizar el apoyo que el proyecto político ostenta.
Existe además una cuestión etnocéntrica. Quién sufre el encantamiento por leerse y escucharse a sí mismo es muy probable que encuentre en los demás, y sobre todo con respecto a aquel que piensa distinto, una suerte de menosprecio en donde le resulta intolerable cotejar la sustancia y el contenido del mensaje político, ya que tiene la necesaria obligación de atender para luego analizar; tarea fatigosa si tenemos en cuenta que justamente tanto la sustancia como el contenido político es lo que menos le resulta favorable y en consecuencia relevante para sus intereses. Encuentro llamativo el enojo de varios comunicadores cuando la Cadena Nacional coincide con sus programas, es probable que piensen, vedetismo mediante, que sus dichos y decires son más importantes y necesarios para la sociedad que el propio mensaje presidencial.
Nuestros pensadores e intelectuales liberales aman formatear a la democracia según los resultados, de modo que se es o no se es democrático en función de ese diseño subjetivo.  Discutir ese formato particular es el nudo de la batalla cultural que con mucho esfuerzo se está librando contra un poder corporativo que jamás cejará en sus intentos hegemónicos. Nuestros liberales pegan desde dentro y desde fuera, en algún caso añoran el cuanto peor mejor, tiempos en los que eran las únicas estrellas del firmamento, otros extrañan el modelo noventista del que tanto rédito obtuvieron. Ambos coinciden en sus prepotencias. Detestan las decisiones populares, aborrecen la relación directa entre gobernantes y gobernados, se reservan para sí lo que es adecuado, lo que corresponde y lo que no. Hasta ahora las mayorías les han informado que muy poco han hecho por la felicidad colectiva; hasta ahora nada hay para agradecerles porque en definitiva no apuntan a la dicha social y menos aún al esclarecimiento de sus rémoras existenciales, simplemente intentan colocarse como una casta superior dotada de sortilegios que el vulgo tiene la obligación atender con suma predisposición, inclusive hasta propiciar con “democrático” despotismo que su Primer Mandataria no sea escuchada.

Mateando con la Ciencia: Hoy ceba Ludolf Van Ceulen






Los antiguos griegos tenían sus problemas favoritos, y uno de ellos fue la cuadratura del círculo. O sea: dada una circunferencia de un determinado tamaño, construir un cuadrado de la misma superficie. Las reglas establecían que sólo se podía usar una regla y un compás debiendo seguir un número infinito de pasos. Desgraciadamente nunca lograron resolver el dilema.
Pero trabajando en él, se encontraron con la proporción entre la longitud de la circunferencia y su diámetro, proporción que ahora designamos como PI. Cualquiera puede medir el diámetro y luego reseguir con un cordel la circunferencia, tensarlo después y medirlo también. Se pone entonces de manifiesto que la longitud de la circunferencia es un poco más que el triple que la longitud del diámetro. Pero ¿Qué es esa proporción exactamente?
Existen procedimientos geométricos para tratar de obtener la proporción exacta, y Arquímedes calculó la cifra de 3,142 más o menos. Se consiguieron mejores valores en siglos sucesivos, hasta que en el año 1596 en matemático holandés Ludolf Van Ceulen obtuvo un valor de PI con veinte decimales, ampliándolo luego a treinta y cinco decimales. Ni siquiera esto dio un valor exacto, pero se aproximaba tanto a la exactitud que ya no se necesitaba ningún otro cálculo razonable relativo a PI. En Alemania el número PI se denomina número Ludolf. Desde entonces se ha obtenido ese número con una mayor cantidad de decimales, pero sigue siendo una cifra inexacta.