EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

sábado, 15 de septiembre de 2012



Grandes Mujeres de la Historia: Lucía Sanchez Saornil



«Has jugado y perdiste: eso es la vida».


La vida de esta madriñela nacida en 1895 y fallecida en Valencia en 1970 reúne de forma dramática los avatares de la vanguardia literaria y política del siglo XX español. Es la única figura femenina del ultraísmo, el primero y más interesante de los ismos en nuestra lengua, creado por el chileno Vicente Huidobro. Es también la dirigente anarquista más singular de la época de la Guerra Civil, creadora del grupo Mujeres Libres, que representó la rama feminista de la CNT. En ambas vanguardias militó y perdió. De ambas desertó, desengañada y silenciosamente.
Procuró siempre borrar las huellas de su paso por el mundo, hasta el punto de que no existen imágenes de largos periodos, décadas enteras de su vida; hecho sorprendente si se tiene en cuenta que durante muchos años se ganó el pan retocando fotografías. Fue también pionera de una cierta exhibición del deseo homosexual femenino en poesía, pero usó para hacerlo un pseudónimo masculino, Luciano de San-Saor; encontró a la mujer y compañera de su vida en America Barroso, a la que conoció en 1937 y que le acompañó hasta su muerte. Pero no dejó memorias, novela autobiográfica u otro documento escrito sobre su vida. Siendo escritora, no figura en los libros de literatura. Siendo política, no aparece en los libros de política. Sólo algunos estudios sobre feminismo anarquista en la Guerra Civil, como los de Mary Nash en los 70 -publicados cuando Lucía había muerto-, intentaron rescatar su figura de un olvido voluntario y forzoso, del que finalmente no ha salido.
Entre todas aquellas libertarias de verdad, por lo general bastante poco cinematográficas, destaca la calidad de la obra dispersa y la fascinante opacidad de la vida de Lucía Sánchez Saornil, una mujer inteligente, feúcha y sentimental que murió quejándose en verso de su falta de fe católica. ¡Ella, que había condenado hasta el matrimonio civil! Sería, sin embargo, un error pensar que se trató de un arrepentimiento cobardón al borde de la fosa.
Más bien estamos ante una persona de formación lenta y rigurosamente clásica, en lo literario y en lo ético, que fue derivando por exasperación hacia el extremismo radical en los tres órdenes de su existencia, como escritora, como mujer y como política; pero que tras la catástrofe de la Guerra Civil se recluyó en un anonimato sepulcral, abandonando la militancia anarquista y retornando a una forma de poesía clásica y rabiosa que se parece más al modernismo de su lírica juvenil que al populismo mediocre de sus romances de guerra.
No es que Lucía fuera una personalidad inconsistente sino que la vivencia de su poesía, de su sexualidad y de sus ideas políticas la llevó tan dramáticamente lejos que, por fuerza, tuvo que asumir la dolorosa realidad de su fracaso. En realidad, su vida es tan contradictoria y compleja como la época, o mejor, las épocas que le tocó vivir. Nació en una familia pobre de la Calle del Labrador, en el barrio de las Peñuelas. Su padre se llamaba Eugenio y era la viva síntesis de las contradicciones del siglo XIX: un republicano que trabajaba como telefonista del duque de Alba.
Su madre, Gabriela, murió pronto y también un hermano, quedando ella a cargo del padre y otra hermanita desde muy joven. Pudo sólo estudiar en la escuela pública y luego simultaneó el trabajo de telefonista con los estudios de pintura en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Tal vez esa formación plástica le llevó a relacionarse con los poetas vanguardistas en 1918 a través de la revista Los Quijotes, donde publicaba sus versos.
Curiosamente siguió cultivando una poesía típicamente modernista, rubendariana, con destellos de calidad pero banales en sus argumentos. Sólo los poemas eróticos dedicados a la belleza femenina tienen fuerza y originalidad. Cansinos Assens transmite un perfil suyo de mujer modesta, acaso lesbiana y muy valiosa. Le gustó uno de aquellos poetas, César A. Comet, pero cuando éste vio la pobreza de su casa no volvió a frecuentarla. Por esa fallida aventura o amor frustrado muchos niegan su tendencia homosexual, como si fueran cosas excluyentes.
En fin, la tensión entre el clasicismo modernista y los rasgos futuristas del movimiento Ultrano era una rareza de Lucía. Baste recordar que el manifesto del ultraísmo se publica en Cervantes (1919) y que la otra gran revista es Grecia. Nuestra autora publicó también en Tableros, Plural, Manantial y La Gaceta Literaria.
Nunca reunió Lucía sus poemas de esa época en libro. Parece que estaba más interesada en tratar a los Larrea, Gerardo Diego, Borges, Garfias, Vighi, Guillermo de Torre o Adriano del Valle que en construirse una carrera literaria. Hay antologías del ultraísmo que no la mencionan, a pesar de poemas notables como Cuatro Vientos o la recaída juanrramoniana de Elegía Interior. Como autodidacta, su evolución es irregular y lenta. Abandonaría el experimentalismo durante la década de los 20 para volcarse en su actividad política como militante anarquista, a la que se dedica enteramente durante los años de la II República. Desde 1933 fue secretaria de redacción de la CNT de Madrid.
Como todos los revolucionarios de entonces, Sánchez Saornil considera a la República una simple mascarada burguesa que hay que utilizar y luego derribar. Pero desde Tierra y Libertad, La Revista Blanco y Solidaridad Obrera, Lucía va perfilando su dimensión feminista. Defiende abiertamente que la lucha de la mujer no debe subordinarse a la lucha de clases y que donde tienen que empezar los libertarios a hacer propaganda para liberar de sus prejuicios a las mujeres es en su propia casa. Los jefes de la CNT y la FAI, especialmente Federica Montseny, la descalifican.
Le sucede en el campo revolucionario lo mismo que a Clara Campoamor en el liberal democrático: los prejuicios machistas de republicanos o anarquistas son superiores a las diferencias ideológicas. En 1936, antes de la Guerra, Lucía crea Mujeres Libres, con Amparo Poch y Rosa Comaposada, organización que al estallar la contienda civil llega a encuadrar a 20.000 mujeres. Pero salvo editar una revista con ese nombre y ayudar en el frente como intendencia, no hacen más. Les impiden los propios anarquistas convertirse en agentes de liberación dentro de la revolución. Incluso les niegan el derecho a una organización feminista dentro del movimiento libertario, mientras las Juventudes Libertarias sí son admitidas y se convierten en el peor enemigo de Mujeres Libres.
En la guerra escribe romances de propaganda, como todo el mundo, y tan malos que no parecen suyos. Publica el Romancero de Mujeres Libres (1937) y sus artículos periodísticos en Horas de Revolución (1938). En la revista valenciana Umbral conoce a América Barroso y ya nunca se separarán. Pasan juntas a pie la frontera en 1939 y, tras dos años en Francia, juntas la vuelven a pasar en 1941, huyendo de los alemanes. Se instalan en Madrid pero, tras ser reconocida Lucía, se trasladan aún más discretamente a Valencia, donde América trabaja en un consulado y Lucía retoca fotografías.
Como nunca le gustó la publicidad, nadie más la reconoce y las dos mujeres van envejeciendo juntas, en un anonimato cuidadoso que sólo conoce el pintor Pedro de Valencia. El sentimiento de derrota absoluta lo refleja este verso: «Has jugado y perdiste: eso es la vida».
Tras diagnosticarle un cáncer, comienza una angustiosa cuenta atrás, invocando a Dios o insultándolo, según los días y el ánimo. En poemas como Esperanza y Sonetos de la Desesperanza, leemos «Quiero creer en Dios, quiero creer, / no me enturbiéis la fe que voy buscando»; y también « ¿He de creer en ese Dios absurdo / ese Dios que hizo al hombre contrahecho?».
Tras la despedida elegíaca «Ya no veré altamares... sólo un puerto / de sirenas varadas que exaspera / mi ansiedad condenada a un punto muerto, / contar, pesar, medir lo que yo era», comparó su destino con el de la Victoria de Samotracia: «perderé como tú si se da el caso / la cabeza pero nunca las alas» y terminó su último soneto con el verso «quiero serenidad para morirme». América hizo grabar sobre su tumba este otro: «Pero... ¿es verdad que la esperanza ha muerto?». En vida de Lucía, muchas veces.

Fuente: Segunda República. com

No hay comentarios:

Publicar un comentario