EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

viernes, 17 de agosto de 2012


LUEGO DEL DEBATE ENTRE MOCCA Y GARGARELLA, LANATA Y NELSON CASTRO SEMBRARON LA NOCHE DE LUGARES COMUNES




Empecemos por las peores para ir luego por las malas.

Tratando de no ser injustos vayamos pausadamente y con prudencia. En primer lugar no le vamos a exigir a Castro y a Lanata las construcciones intelectuales que nos pueden ofrecer Mocca y Gargarella. De modo que vamos a tratar de escindirnos de falaces comparaciones. En segundo término, para iniciar este breve análisis, me permito recortar una sentencia que realizara el propio Lanata en plena alocución (aclaro que no es textual):  - “Viste Nelson los números que tenemos de audiencia los Domingos, eso quiere decir que existe un segmento de la población a la espera que alguna fuerza de oposición canalice sus visiones” - . La admisión que realizó Jorge de su presente individual no deja lugar a dudas. Ha dejado de ser periodista tal como dice que es; en un corto lapso de tiempo, por decisión propia, se ha transformado en ariete y militante opositor. Y es muy saludable su confesión. De eso hablaba Cristina en su última cadena nacional. El Gordo boquea indignación, se victimiza y luego le da la razón con sus propias actitudes. Si bien parte de una risible superchería al considerar que todos sus televidentes acuerdan con su línea editorial (en el marco de su soberbia no se permite pensar que una buena porción de ellos lo observan con espíritu critico para luego refutarle sus operaciones), bueno es entender la admisión de su rol dentro de la corporación. Jorge ha decidido laborar como un embudo político a la espera que algún dirigente opositor aparezca, de manera tal, todo ese cauce supuestamente homogéneo se manifieste y canalice en una sola dirección, siempre bajo su tutela y los designios de Magnetto. Lanata admitió saludablemente, a mi entender, haber votado a Binner, cosa que le costó un año confesar (vaya a saber las razones de su demora), lo que nos permite inferir que el tipo, como ariete, les está informando a sus colegas de “bancada” que llegó la hora de expresar taxativamente desde dónde hablan cuando dicen y qué percepción ideológica tienen sobre el mundo. El hombre, desde su programa, se propone abiertamente como arquitecto político, aún sabiendo que el principal enemigo de esa construcción es quién lo tiene contratado (su ego de periodista lo contiene mucho más que su ser como ciudadano). De todas formas sus críticas a La Campora tiñendo torpemente a la agrupación con pátinas fascistas por participar en simples actos escolares resulta todo un mimo hacia su jefe, y más si al mismo tiempo omite el “0800 delator” lanzado por el Gobierno de la Ciudad y su procesado Lord Mayor nada menos que por llevar a cabo actitudes axiomáticamente fascista como lo son espiar a opositores y a propios familiares. Cuando Castro le preguntó qué opinaba sobre el posicionamiento de ciertos periodistas progresistas que años atrás comulgaban con ellos en cuanto a paradigmas y sensaciones (en clara alusión a la ruin operación que hizo en contra de VHM), Jorge prefirió no mencionar al Oriental argumentando que estaba seguro que muchos lo hacían por convencimiento legítimo y que otros lo hacían por protagonismo individual. Ergo, su constante prédica inquisidora sobre la espuria compra de voluntades mediáticas por parte del Gobierno Nacional desapareció de su horizonte dialéctico. No creo en lo absoluto que la publicación de su salario anual dentro del grupo Clarín lo haya hecho reflexionar que tales acusaciones eran ciertamente falaces. Como mencionó irónicamente Víctor Hugo: Ya se sabe Jorge, la plata nunca fue de tu interés.
Continuando con la dupla oligopólica me gustaría ingresar en ciertas conceptualizaciones políticas que me parecieron interesantes (increíble pero así fue). Según Jorge no tiene dudas que el Kirchnerismo monopolizó el discurso progresista (deja aclarado que es sólo discurso) y que debido a sus desaguisados políticos la continuidad democrática (él considera que sin reforma constitucional, sin Cristina, el Kirchnerismo deja de existir) el futuro se resolverá por derecha; según intuye esto ocurrirá a través de una suerte de alianza entre el Pro y el peronismo conservador, cuestión que sentencia como lamentable (cualquier similitud con el caso español es pura coincidencia). Lo que no nos aclara Jorge, desde el punto de vista ideológico y político, es si tales desaguisados se corresponden por lo bueno realizado o por sus erratas ya que para la derecha las cuestiones criticables del Kirchnerismo están encerradas en tópicos como la distribución de la riqueza, la ley de medios, el manejo estatal de las jubilaciones, la carta orgánica del Banco Central, el tratamiento sobre DD.HH, el sistema de asignaciones, la integración latinoamericana, las paritarias y todo aquello que implica una fuerte participación estatal dentro del modelo económico. La disyuntiva que quedó flotando y que ninguno de los periodistas se atrevió a formular es qué deberían hacer el Radicalismo y el Socialismo ante el riesgo que implica la pérdida de estos cuantiosos beneficios colectivos. Tal omisión no fue para nada inocente debido a que sus conclusiones los llevaría a un enfrentamiento ideológico con sus patrones (no hay que olvidar que todo esto se desarrollaba desde la pantallas de TN). Seguir haciendo antikirchnerismo bobo tiene riesgos impredecibles. De todos modos Jorge y Nelson dejan de lado el elemento más importante del sistema democrático: la voluntad popular. Consideran que la política se resuelve desde los escritorios mediáticos y no desde la acción efectiva y concreta de un modelo ejecutivo cuyas políticas  impactan directamente en el colectivo. Para finalizar, el dúo, a modo de una suerte de Lerú de las ciencias políticas, sentenció muy convencido de sus fueros que ningún funcionario tenía que permanecer más de un período en su cargo y que luego se tenía que ir a labural en serio (textual), - porque viste Nelson, ninguno de estos tipos labura - Nada quedó demasiado claro con relación a la idea. Nunca supimos si un Consejero Escolar puede aspirar a Concejal y luego a Intendente, y militancia mediante tener posibilidades de una diputación o una senaduría provincial y hasta una Gobernación, para luego pasar a cargos nacionales legislativos y ejecutivos de mayor envergadura y responsabilidad. Según el proyecto del dueto la experiencia en la función pública resulta una cuestión menor y cada cuatro años tendríamos que empezar de nuevo obligatoriamente y por ley. Tampoco aclararon qué sucedería si nos encontramos con un funcionario que concite beneplácito colectivo. Por lo visto debe largar todo e ir a buscar empleo. De todos modos del proyecto se desprende algo que se me ocurre positivo y como tal ninguno de ellos meditó: Se necesitaría un mayor compromiso militante y participativo ante la urgencia de cubrir cargos políticos alternativamente cada dos años. Obviamente el concepto sociológico del líder y su idea, de la figura convocante y su proyecto, el perfil de “el candidato” que lleve a buen puerto los paradigmas pasaría a ser una figura burocrática con fecha de vencimiento. En ese momento me quedé pensando que hasta no hace cinco minutos ambos estaban sumamente enfadados con la oposición por la ausencia de líderes carismáticos para sopesar la figura de Cristina. Pregunta: ¿Cómo se construye un líder en el marco de este formato propuesto si cada dos a cuatro años borramos de plano a todos los funcionarios por decreto? Lo observé como un comentario más acorde a un par de viejas haciendo la cola en la verdulería que a dos prohombres republicanos. Gracias a Lennon mientras ellos seguían hablando humedades continuaban ocurriendo otras cosas en la vida.

En contraposición reconozco que esperaba algo superior del debate entre Gargarella y Mocca. Si bien fue mucho más enriquecedor que el diálogo antes mencionado debo asumir que noté bastante anarquía temática y un perfil argumental sumamente desprolijo en el cual uno llevo al otro sin solución de continuidad. Notablemente nervioso e incómodo Gargarella expuso de modo lineal cuestiones que ameritaban tratamiento específico. Colocar en un mismo plano de discusión política a Ciccone, los Wichis, Las Mineras, La ley antiterrorista (tengamos en cuenta que el propio Zaffaroni desdeñó la idea que la ley contenía carácter represivo en contra de la protesta social) y la Soja no permite ningún tipo de conceptualización concreta. El intelectual encaró el debate como simple refutador y no como analista político, optando por colocar sobre la mesa todo su arsenal de desordenados disgustos. Cuestión muy efectista si de televisión se trata, pero muy escasa para el que espera solidez. Trazó un siniestro paralelismo entre el Kirchnerismo y el Menemismo a través de la cantidad de muertos durante cada uno de los períodos sin exhibir las causas de tales sucesos. Cosa muy extraña desde lo conceptual para un hombre de su talla. Llegó a afirmar que el Gobernador de Formosa debía ser penalizado presupuestariamente por el Gobierno Nacional debido a su responsabilidad en la represión contra los Qom y que luctuosamente desembocara con dos compatriotas asesinados. Es decir, que el Ejecutivo Nacional actúe por sobre el Poder Judicial y de paso castigue al pueblo formoseño en su conjunto. Sencillamente entre desopilante y descabellado. De ese modo trataba de criticar el sistema de alianzas y la construcción política que el Gobierno Nacional tiene a lo largo y a lo ancho del país. No se detuvo a pensar en el sistema federal y menos aún en que más allá de que nos guste o no Insfrán fue elegido por más de un 60% de la población formoseña, cuestión que en lo personal lamento, pero que debo aceptar dentro de marco de la democracia. Por su parte Mocca, como anfitrión, se comportó de modo timorato, tratando de no incomodar aún más al invitado por lo cual no existió la profundización que en lo particular tanto deseaba.
Gargarella sostiene la tesis de que el Kirchnerismo es una continuidad del Menemismo con algunas fracturas positivas. (Desconozco las razones por las cuales el intelectual no incluye a la Alianza, proyecto político al que supo adherir, dentro del modelo neoconservador de los 90). Vaya descubrimiento banal si no damos fe de dichas fracturas. Claro está que el Kirchnerismo no sobrevino tras un proceso revolucionario, cosa que Mocca le recordó con propiedad aclarándole posteriormente que llegó al poder con el 22% de los votos cuando la desocupación llegaba casi al 30%. Es decir si no ponemos sobre la mesa de discusión cuestiones insoslayables como los son: el punto de partida, el rol del Estado, la política de DD.HH, la integración latinoamericana, entre muchas otras fracturas que hasta el año 2003 eran sólo sueño de unos pocos, flaco favor le estamos haciendo a la tan mentada razón lógica (causa-efecto). Otro elemento que me hizo ruido, por su debilidad, fue su insistencia argumental con respecto a que encontraba determinados individuos que comulgaron con ambos proyectos políticos (enfatizó el caso de Dromí), y que eso automáticamente le otorgaba entidad a su tesis. Dejo asentado que Dromí no me resulta para nada potable, pero es probable de que el tipo, al haber sido protagonista central de las políticas de los noventa, tenga conocimientos encarnados que le permiten al Gobierno, con esa información, determinar estrategias políticas a fin con sus intenciones. ¿Por qué no se le acepta al Gobierno la posibilidad de aprovecharse de la figura del arrepentido (metáfora) y sí se le admite al Radicalismo, al Socialismo, al Pro y al Peronismo Federal? Para derrumbar su tesis no nos queda más que hacer un breve repaso de funcionarios y hallaremos figuras y gestores en altos cargos que han sido relevantes en otros gobiernos democráticos y a nadie se le ocurre pensar en una continuidad política. Es probable que los casos de Garré y de Chacho Álvarez puedan ser considerados como los más notorios por haber desarrollado funciones muy destacadas durante el Gobierno de Alianza.
Del mismo modo Gargarella y ante la exigencia de su relato debería defenestrar en un futuro próximo a ex Kirchneristas que hoy se muestran dentro del campo de oposición simplemente porque su sola presencia no significan un quiebre político ni ideológico: Juez, Lavagna, Donda, Bárbaro, Alberto Fernández, etc. (algunos de estos sospecho que los ve con suma simpatía).
Gargarella, como todo refutador, toma la parte por el todo tratando de instalar esa parte como idea fuerza y no como ejemplo cuestionador para avanzar en el análisis. Dicha práctica termina resultando un simple reproche honestista, aséptico, casi neutral. Relaciona arbitrariamente a las personas y a los eventos que más le placen para que su línea argumental no sufra sobresaltos. ("Los 38 modos para vencer en una discusión", de Schopenhauer) Y a mi entender Mocca se lo permitió, considero que por afecto habiendo, a mi entender, pecado por cortesía.
Temo que el progresismo (Gargarella), a propósito de la idea de Lanata, le ha salido a discutir al Kirchnerismo su base electoral, y justamente lo hacen desde tribunas y espacios críticos conservadores, situación que el propio Gargarella y el progresismo en su conjunto suelen desdeñar debido a que esa “parte” burdamente silenciada no interviene en su “todo” conveniente. Vale decir, no se atreven a discutir progresismo desde el progresismo mismo en sus dos acepciones: como oficialismo (con la enorme responsabilidad que implica la ejecución) y como oposición (como mero suceso testimonial).
Así las cosas. Tengo la sensación de estar frente a dirigentes y pensadores ignorantes de dónde descansa el poder real, capaces de entregarle el poder a la derecha en lugar de incluirse en el fango de la política y tratar de corregir las erratas coyunturales. Erratas propias en algún caso y heredadas en otros, problemas novedosos, dilemas estructurales. A la vez, sobre la atmósfera se percibe un tufillo prejuicioso debido a una marcada ausencia de capacidad para comprender los meandros y disyuntivas que se disparan a diario y una muy notoria e inocente creencia de que los medios todavía siguen siendo instrumentos de información independiente.












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