EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 12 de junio de 2012


MATSUO BASHO



Matsuo Basho (1644‑1694) es considerado como el mayor poeta de haiku jamás nacido. Nació y se educó como samurai. Cuando su señor murió dejó la fortaleza en la que vivía y se dirigió a Kyoto, donde comenzó a estudiar los clásicos chinos y japoneses. Los primeros años de su vida estuvo fuertemente influenciado por la enseñanza de Confucio que por aquella época gobernaba el mundo de los samuráis. En 1681 conoció al Maestro Zen Bucho del que recibiría la iniciación a la sabiduría Zen. Durante su vida utilizó varios seudónimos. Al comienzo Tosei, más tarde lo cambió por el de Basho. Después de conocer al Maestro Zen Bucho y debido a su profundización en el Zen, se dio cuenta de que la poesía era algo más que belleza o moralidad, intelectualidad o ingenio verbal. A partir de entonces busca una nueva trascendencia en su poesía y hace del haiku la expresión humana de la iluminación Zen. Por eso no utilizó el waka que era la forma poética más literaria, sino que eligió el haiku. El waka se centraba en la belleza, en lo lírico, sus premisas eran más que temporales y en definitiva explicativas.
El haiku, como la vida Zen, se centra en lo cotidiano y no excluye nada de su campo. Sucede aquí y ahora, sin considerar el antes o el después, y sus temas son la mayoría de las veces indefinibles. La poesía de Basho surge de su amor del contacto con la naturaleza. El mismo decía que sin experimentar el frío y el hambre la verdadera poesía era imposible. Su vida estuvo marcada por la pobreza buscada intencionalmente y por las continuas peregrinaciones a lo largo de todo el Japón. Según Blyth, Basho es uno de los mayores poetas del mundo por el hecho de que vivió la poesía que escribió y escribió la poesía que vivió. Unificado con la naturaleza, recorriendo continuamente los caminos del Japón, Basho experimentó la soledad, el frío el desaliento y de todo ello supo extraer la fuente de su inspiración.
La naturaleza fue un factor determinante en la vida y en la obra de Basho. Veía en ella al auténtico maestro viviente. Sus formas cambiantes le descubrían la verdad inmutable. La sucesión de las estaciones era el ritmo de su respiración. El haiku de Basho es simple y natural. "Haiku es simplemente lo que está sucediendo en este lugar, en este momento", decía él mismo.
El haiku es intuición pura del aquí y ahora. En esto vemos aún la influencia del Zen. El poeta debe abandonar sus actitudes personales. Debe evitar que su "yo" se interponga entre los objetos y la intuición de los mismos. Así, la vanidad del poeta no debe manifestarse, no debe querer componer un poema impulsado por su ambición. En palabras de Basho:
“Los versos de algunos poetas están excesivamente elaborados y pierden la naturalidad que procede del corazón. Lo que viene del corazón es bueno, la retórica es innecesaria."
"El valor del haiku es corregir la utilización de las palabras ordinarias. No debemos tratar las cosas descuidadamente. " Estas palabras podrían ser confundidas con las de un Maestro Zen. Basho comenzó a enseñar el arte del haiku cuando contaba treinta años. Su primer discípulo fue Kikaku. He aquí una anécdota de este tiempo plenamente reveladora y que nos abre el camino hacia la intuición poética del Maestro en haiku.
Está contada por F. P. Izquierdo en su excelente obra "El Haiku japonés".

"Cierto día, Basho y Kikaku iban paseando por el campo y se quedaron mirando las libélulas que revoloteaban por el aire. En ese momento, el discípulo compuso este haiku:

¡Libélulas rojas! Quítales las alas y serán vainas de pimienta."

El Maestro respondió: "No. De ese modo has matado a las libélulas. Di más bien:

¡Vainas de pimienta! Añádeles alas y serán libélulas.

Vivificar la naturaleza, no destruirla, esa era la vocación poética y vital de Basho.

Basho murió en 1694 en el curso de una de sus peregrinaciones, rodeado de discípulos y amigos. "Durante sus últimos días de enfermedad hablaba continuamente con ellos sobre filosofía, poesía y religión. Viendo sus discípulos que se acercaba la hora de su muerte, le rogaron que compusiera su poema de despedida. El rehusó, argumentando que durante sus últimos diez años había escrito todos los versos como si cada uno fuera el de despedida. "El haiku de ayer es el poema de despedida de hoy. El de hoy es el poema de despedida de mañana. No he escrito ningún verso en mi vida que no sea mi poema de despedida.
Cual­quier verso que yo haya compuesto en los últimos años puede ser mi poema de despedida. Todo lo que existe es siempre y originalmente la forma del Nirvana. El Buda Shakyamuni se despidió con estas palabras y toda su enseñanza está incluida en ellas… Así que, repito, ningún verso en particular será mi poema despedida.”
Basho se durmió con estos pensamientos, pero a la mañana siguiente llamó a sus discípulos junto a su lecho y les dijo que durante la noche había soñado, y que al despertar había intuido un haiku. Y lo enunció delante de todos:

Habiendo enfermado en el camino, mis sueños merodean por páramos yermos.

Aún hoy, dentro y fuera del Japón, Matsuo Basho es considerado como el Maestro indiscutible en el arte del haiku.

Francisco F. Villalba.   Madrid  1983


Cuatro Estaciones – Matsuo Basho

No lo olvides:
caminamos por el infierno,
contemplando flores.


Mujer,
que caliente la piel
que cubre.


Incluso en mi ciudad
duermo ahora
como un viajero.


      De cuando en cuando 

          las nubes acuerdan una pausa 
           para los que contemplan la luna.



Dios está ausente
las hojas muertas se amontonan
todo está desierto.


Brasas bajo la ceniza,
sobre el muro
la sombra del invitado.

Y ahora
vamos a contemplar la nieve
hasta caer agotados.


Sentado en el valle,
inmensidad más breve

que la tormenta.

  
La nieve de la cima
piensa que es eterna,
mas sólo es  el sueño del volcán.


Expuesto a la intemperie y resignado
cómo corta el frío mi cuerpo.





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