EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

miércoles, 6 de junio de 2012


BARTOLOMÉ MITRE
La Historia y el Éxito - por Rafael Barret



Hemos quedado en que Mitre ha sido el great old man argentino, el genio paternal del Plata, el Moisés criollo. Bueno: guardémonos de toda irreverencia; inclinémonos a la inapelable opinión pública. Recuerdo que con motivo del fallecimiento de Mitre publiqué unas líneas, considerándole Hombre-Nación. Más tarde me pregunté, ante las discretas dotes del héroe, qué circunstancias habían hecho de él un popular meneur, si se me permite usar la moderna jerga sociológica. Dos textos curiosos han contribuido a esclarecerme la cuestión.

Hace precisamente cuarenta años, cuando la guerra del Paraguay llevaba tres de no ceder a la triple alianza, la opinión pública no favorecía con demasiada solicitud los méritos del famoso general. Laurindo Lapuente, en un folleto impreso en 1868 “frente al Palacio de gobierno” de Buenos Aires, se burla de la “gran política” de Mitre, se indigna de la injerencia del Brasil y clama contra la expoliación de que se intenta hacer víctima al pueblo de López. “El cólera se ha producido”, indica el irritado Lapuente, “porque los aliados de común acuerdo arrojaban al río los muertos de bala o de epidemia, para envenenar las poblaciones del litoral, que, como Entre Ríos y Corrientes, eran adversas a la alianza y a la guerra”. Y más abajo, al hablar de los oficiales de Mitre, dice: “Rivas, Arredondo, Sandes y todos los jefes que han formado parte de las expediciones al interior para someter los pueblos al despotismo militar de Mitre, pueden dar fe de sus propias carnicerías. Sólo un hecho de cada uno de estos tiranuelos bastará para retratarlos. Habiendo tenido lugar en la Rioja un canje de prisioneros entre Peñaloza y Rivas, aquel jefe de honor y de palabra se anticipó a remitir los suyos, y éste, después de recibirlos, dijo que no le mandaba ninguno porque los había fusilado a todos. Arredondo, jefe sanguinario y cruel, brindando entre los suyos en la providencia de San Juan, dijo ¡que era preciso matar hasta los perros de La Rioja! Sandes, célebre por sus fechorías, en el lugar denominado Cruz de Piedra, provincia de Mendoza, pidió mate a un respetable anciano, y habiendo éste demorado algunos instantes en servicio, le obligó por la fuerza a beber la caldera de agua hirviendo en presencia de su familia”. Estas hazañas excitan aún, en los elegantes de la calle Florida y en los comisarios de la campaña, la energía nacional. Por supuesto que Lapuente lamenta ante todo el ver su patria arrastrada entre los gatuperios del Brasil.

¿Qué Laurindo es un libelista de medio pelo? ¡Conforme! Pero, ¿dónde creerán ustedes que he encontrado la eficaz confirmación de las ideas de Laurindo? Nada menos que en la Revue des deux mondes, noviembre del mismo año de 1868. Se trata de un fuerte artículo de Eliseo Reclus, autor que nos impresiona con la múltiple autoridad de ser quien es, de escribir donde escribe y de conocer personalmente y a fondo los países a que se refiere.

El talento militar de Mitre no deslumbra a Reclus. “Revestido del título pomposo de general en jefe de los ejércitos aliados, dice; disponiendo de los recursos bélicos de tres naciones, no tan sólo no ha podido el presidente cumplir en tres años la obra de conquista que presuntuosamente afirmaba deber acabar en tres meses, pero ni siquiera ha logrado relacionar su nombre con alguna de las victorias parciales que con razón o sin ella dicen los aliados haber ganado… Entre los sucesos de la guerra, sólo hay uno que pueda el presidente del Plata reivindicar como resultado exclusivo de su alta estrategia, y es el terrible fracaso de Curupayty, que costó por lo menos 5000 hombres al ejército de los aliados”. Reclus confía en que las próximas elecciones pondrán al frente de la nación a una individualidad que remedie los males causados por Mitre, y que “desprenda el potente apretón del Brasil”. Urquiza es descartado. No es capaz de competir en intrigas con Mitre, “hombre muy hábil en este género de estrategia”. Y ¿Sarmiento? “Desgraciadamente, suspira Reclus, es de temer que el señor Sarmiento quiera, él también, gozar del título de general en jefe, y dar una prueba de su talento estratégico, sea contra el Paraguay, sea contra las provincias del interior”. Alsina, que se ha declarado adversario del Brasil y de la bárbara guerra urdida contra el Paraguay, es el mejor candidato. ¡Guerra odiosa que no concluye nunca ni apenas adelanta! “Todos los mercaderes proveedores o almacenistas que surten al ejército y que viven de este tráfico tienen interés en ver prolongarse la lucha y consiguen con sus vociferaciones formar en toda asamblea una pequeña opinión ficticia… No sería extraño que los proveedores genoveses, argentinos o brasileños del ejército de invasión se encargaran ellos mismos de aprovisionar a los sitiados, porque, a creer el rumor público, es por medición de oficiales de la alianza -los cuales se están haciendo millonarios- que los paraguayos reciben ya casi todas sus municiones”. ¡Qué asquerosa chapucería habrá sido esa guerra, como las demás guerras pasadas, presentes y futuras! ¡Abajo, el rebaño degollado, y arriba mercachifles con las uñas manchadas de sangre!




Los paraguayos, según Reclus, se batían bien. López hace evacuar en dos días la población civil asuncena, “lo que demuestra, dice el cronista, la singular unanimidad de sentimientos patrióticos en estos honrados hispano-guaraníes”. López no tiene buques, pero “cuenta con hombres verdaderamente sin rivales en valor y en desprecio a la muerte”. Las mujeres sorprendidas en las aldeas que se esparcen entre el Paraná y el Tebycuary se han defendido con el mismo encarnizamiento que los hombres… Recientemente, después de uno de los combates mortíferos del Chaco, se recogieron dos cadáveres, el de un joven y el de una vieja, probablemente su madre: con una mano oprimían el fusil, y con la otra se hacían, hasta después de la muerte, una postrera caricia…”

Y el buen Reclus desea la intervención de los Estados Unidos, “más dichosa para los invasores que para el Paraguay, porque les libraría de una guerra en que el triunfo mismo sería vergonzoso”.

No, ingenuo sabio. Lo vergonzoso es la derrota. El triunfo es la virtud. La Historia, como la sociedad,  adora cobardemente el éxito. Buen Reclus, eres un furioso lopista. Hoy, la opinión oficial es, hasta el mismo Paraguay, que los aliados vinieron a civilizarlo, a sacarlo de la tiranía. Los soldados de López, las mujeres y los muchachos que dejaron en la madre tierra las barricadas de sus huesos, no eran más que unos cretinos. La Argentina, de la cual acababa de apearse Rosas, ilustre salvaje contra quien Francisco Solano López -detalle sabroso- había dirigido una civilizadora expedición militar; la Argentina, cuya vasta región de los Andes, donde había generales y coroneles suficientes para mandar los ejércitos de Prusia o de Francia, dio en el año 1867 la suma de 1210 francos como entrada de correos; la Argentina se consagró a civilizar a cañonazos el Paraguay. En la Argentina no había seguramente cretinos. ¿Por qué? Porque venció.

¡Siempre lo mismo! Mientras los bóers tuvieron en jaque a Inglaterra, fueron muy interesantes. Una vez aniquilados, nadie se ocupó de ellos. Rusia, mientras resistió a los japoneses, simbolizó la cultura de la raza blanca. Después de Mundken simbolizó el despotismo, la corrupción política y la ignorancia, frente a la ciencia y al parlamentarismo del Japón.

Mitre encarna el éxito. Por eso es el Washington de por acá, el Hombre-Nación. Si López hubiera triunfado, lo que no era tan imposible, hubiera sino nuestro Washington, nuestro Mitre, y a Mitre le hubiera solamente salvado del olvido su chistosa traducción de Dante.


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