EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 17 de abril de 2012

A PROPÓSITO DE LAS AMENAZAS ESPAÑOLAS POR YPF: OSVALDO SORIANO X 2: UTOPÍA Y PETRÓLEO


Utopía

¿Qué hubo en estas tierras antes de la rapiña y el desencanto? ¿Cómo eran y qué pensaban los fundadores de la Argentina? Vale la pena echar un vistazo en algunas páginas dejadas por aquellos fundadores de 1810 de los que ya nadie se acuerda.

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Proclama del doctor Juan José Castelli, comandante de la Expedición Auxiliadora para las provincias interiores, junio de 1810:
"Generosos y esforzados compañeros: cuando el superior Gobierno se ha servido encomendarme el alto cargo de ser vuestro caudillo, ha contado menos con mis talentos para conduciros que con vuestro valor, vuestra constancia y con vuestro patriótico entusiasmo para su­perar las dificultades que se nos puedan oponer en la dilatada y penosa marcha que emprendemos (...) Hoy lleváis (las armas) por medio de las montañas hasta el corazón del Perú, no para emplearlas en los habitantes pacíficos de los pueblos, que piensan como vosotros, que se hallan penetrados de los mismos sentimientos de lealtad que inflama vuestros pechos, sino en los obstina­dos opresores de su preciosa libertad, en esos jefes mercenarios que prefiriendo el despreciable interés del mando a la general felicidad de esta parte de América han abusado del sagrado nombre de nuestro Monarca (...) Que tiemblen pues a vuestra presencia y se arrepien­tan para siempre de haber meditado envolver en la esclavitud más vergonzosa a los más leales y generosos pueblos de la tierra. Abandonáis vuestra patria volunta­rios para dar un eficaz auxilio a vuestros hermanos oprimidos y para conservar por siempre aquellos víncu­los sagrados que hoy trata de romper la ambición desme­surada de algunos enemigos del público reposo; pero tened presente que los ojos de todos los habitantes de América están fijos sobre vosotros ay que la gloria y el honor de nuestra patria se halla fijada en vuestra conducta sucesiva. Una es la causa que nos dirige, y unos deben ser los sentimientos (...)".

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Proclama de los comandantes de la expedición auxiliadora a los habitantes del Virreinato, junio de 1811:
"Sabed amados hermanos que la vergonzosa opresión en que os han puesto esos miserables déspotas, que tan a su arbitrio disponen de vuestra suerte presente y venidera, ha penetrado hasta lo más profundo del sensible corazón de la Junta de Gobierno de la Capital de Buenos Aires y que al primer rumor de vuestra infame depresión se ha jurado en aquel pueblo la recuperación absoluta de vuestros sagrados derechos, aunque sea a costa de la sangre de sus más heroicos habitantes. Nosotros somos el órgano de la voluntad de aquel pueblo fiel y generoso. Las tropas de nuestro mando están demasia­do persuadidas de la dura vejación que os impone el poder arbitrario de los que indignamente os esclavizan y se han ofrecido voluntarias a romper los eslabones de la cadena de hierro con que quieren perpetuar vuestras miserias (...) Nuestro ejército esperará en campaña a todo individuo que quiera acogerse al pabellón y abrigará al que huyendo de la opresión y esclavitud se escude de nuestros reales (...) La felicidad inalterable de la América consiste en nuestra unión recíproca".

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Proclama del general Francisco Ortiz de Ocampo al ejército auxiliador, 25 de julio de 1810:
"Estad persuadidos firmemente que vuestra misión es de auxilio y no de conquista; que vais a abrazar a vuestros hermanos y no a sacrificarlos a fuego como vuestros enemigos (...) Acordaos que todo el continente americano tiene fija la vista sobre vuestra conducta suce­siva (...) Volveréis a vuestra patria, sí, cubiertos de honor y gloria y entonces vuestros hijos tendrán la vanidad de llamarse descendientes de los auxiliadores del Perú".

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Artículo escrito por Mariano Moreno en Gazeta de Buenos Aires, jueves 21 de junio de 1810:
"(...) Causa ternura el patriotismo con que se esfuer­za el pueblo para socorrer al erario en los gastos precisos para la expedición de las provincias interiores. Las clases medianas, los más pobres de la sociedad son los primeros que se apresuran a porfía a consagrar a la patria una parte de su escasa fortuna: empezarán los ricos las erogaciones propias de su caudal y de su celo; pero aunque un comerciante rico excite la admiración por la gruesa cantidad de su donativo, no podrá disputar ya al pobre el mérito recomendable de la prontitud de sus ofertas".

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Ortiz de Ocampo a la Junta, desde Córdoba, 11 de agosto de 1810:
"Excelentísimo señor: Me hallo penetrado de rego­cijo al considerar la ocasión que me ofrece de elevar a la superior noticia de Vuestra Excelencia la conducta, el valor y el patriotismo de la oficialidad y soldados del ejército de mi mando. Los oficiales poseídos en sumo grado de los principios de lealtad que animaron al vecindario de esa capital a la instalación del superior gobierno de Vuestra Excelencia y llenos de la más alta irritación contra los mandatarios que intentaron sembrar la división y la anarquía, han sabido afrontar con heroica constancia la intemperie y las incomodidades. El momen­to de exterminar a los díscolos y de abrazar a los oprimidos hermanos parece que era el único objeto de sus deseos. La unión y la amistad que han reinado en todos ellos me presentaban el espectáculo de una amable familia cuyos estrechos vínculos han desterrado de su seno toda rencilla y discordia".

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Juan José Castelli a la Junta, desde Potosí el 28 de noviembre de 1810:
"(...) El pueblo ha visto por primera vez que le gobierna su municipalidad; es ciego en la obediencia Como diligente en el observar y fecundo en el arbitrar. Entretanto que no tengo de quien echar mano para jefe de la provincia, les hago gustar a los capitulares del placer de mandar, sentir el peso del trabajo, orientarse de los ramos de la administración y desear dejarlo a su |tiempo: al mismo tiempo que el pueblo sano se complace en esta distinción que les hace el superior gobierno, y la parte viciada rabia de envidia y se confunden todos a la vista de que nadie de nuestra comitiva aspira al mando que otros anhelaban tanto".

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Juan José Castelli a los cabildos del Virreinato de Lima, mayo de 1811:
"En un tiempo en que la vista de los pueblos de América se ha dejado impresionar de la viva imagen de la justa libertad civil, propagada por la luz de la razón, no es de temer que la de este distrito se conserve obcecada y dolorosamente sujeta al capricho, tiranía y despotismo de un gobierno impostor, que con el nombre de nacional y con el velo de la hipocresía usurpa los más sagrados derechos de los ciudadanos a miras destructo­ras y ambiciosas".

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]uan José Castelli a la Junta desde Tucumán, el 26 de setiembre de 1811:
"Excelentísimo señor: No tengo medios de qué subsistir, porque lejos de haberlos adquirido en la comisión que he servido, he sacrificado el fondo de mi muy moderada fortuna a beneficio de la causa pública; y el día que llegué a Catamarca dudo me resulten cincuenta pesos. No tengo qué vender porque en mi campaña no he poseído cosa apreciable; y he sido robado de lo más de mi corto equipaje y del dinero que tomé para la marcha a la capital. Cualquiera que sea la resolución de  Vuestra Excelencia sobre mi permanencia o marcha habrá de ser considerada con la orden de que se me socorra en alguna tesorería a buena cuenta de mis haberes con la cantidad que estime conveniente para mi subsistencia y transporte".
Han pasado más de ciento ochenta años entre la "Época del vértigo", como la llamó el comerciante catalán Domingo Matheu, y los tiempos del pensamiento blando; Y entre la pobreza de Castelli y la opulencia de la nueva burguesía "democrática", se entrevé el drama de un país que todavía no sabe cómo emprender camino de una independencia  verdadera




"PETRÓLEO"


Las cosas han cambiado tanto que seguramente a mi padre le gustará seguir tan muerto como está. Debe estar pitando un rubio sin filtro, escondido entre unos arbustos como lo veo todavía. Estamos en un camino de arena, en el desierto de Neuquén, y vamos hacia Plaza Huincul a ver los pozos de YPF. Salimos temprano, por primera vez juntos y a solas, cada uno en su moto. El va adelante en una Bosch flamante, y yo lo sigo en una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Es el otoño del 62 y está despidiéndose para siempre de la Patagonia.



Mi viejo va a cumplir cincuenta años y se ha empeñado hasta la cabeza para comprarse algo que le permita moverse por sus propios medios. Los últimos pesos me los ha prestado a mí para completar el anticipo de la Tehuelche que hace un barullo de infierno y derrapa en las huellas de los camiones. No hay nada en el horizonte, como no sean las nubes tontas que resbalan en el cielo. Algunos arbustos secos y altos como escobas, entre los que mi padre se detiene cada tanto a orinar porque ya tiene males de vejiga y esa tos de fumador. Anda de buen carácter porque el joven Frondizi anunció hace tiempo que "hemos ganado la batalla del petróleo". Quiere ver con sus propios ojos, tal vez porque intuye que no volverá nunca más a esas tierras baldías a las que les ha puesto agua corriente y retratos de San Martín en todas las paredes. Un soñador, mi viejo: acelera con el pucho en los labios y la gorra encasquetada hasta las orejas mientras me hace seña de que lo alcance y le pase una botella de agua.

La Tehuelche brama, se retuerce en los huellones, y la arena se me cuela por detrás de los anteojos negros. Por un momento vamos codo a codo, dos puntos solitarios perdidos entre las bardas, y le alcanzo la botella envuelta en una arpillera mojada. En el tablero de la motoneta lleva pegada una figurita de Marlene Dietrich que tanto lo habrá hecho suspirar de joven. Yo he pegado en mi tanque de nafta una desvaída mirada de James Dean y la calcomanía del lejano San Lorenzo que sólo conozco por la radio. Justamente: ese diminuto transistor japonés que recién aparece a los ojos del mundo es la más preciada joya que arriesgamos en el desierto. La voz de Alfredo Aróstegui y los radioteatros de Laura Hidalgo nos acompañan bajo un sol que hace brotar esperpentos y alucinaciones donde sólo hay viento y lagunas de petróleo perdido.

Mi padre pilotea que es un desastre. Zigzaguea por la banquina mientras inclina la botella y se prende al gollete. Merodea el abismo de metro y medio al borde del sendero. Le grito que se aparte mientras me saluda agitando la botella y se desbarranca alegremente por un despeñadero de cardos y flores rastreras. En la rodada pierde el pucho, las provisiones que cargamos en Zapala y hasta la figurita de Marlene Dietrich que me ha robado del álbum. Freno y vuelvo a buscarlo. A lo lejos diviso las primeras torres de YPF, que para mi padre son como suyas porque todo fluye de esta tierra y Frondizi dice que por fin hemos ganado la batalla del petróleo.

La motoneta está volcada con el motor en marcha y la rueda trasera gira en el vacío. Mi viejo trata de ponerse de pie antes de que yo llegue, pero lo que más se le ha herido es el orgullo. Se frota la pierna y putea por el siete abierto en el único pantalón, a la altura de la rodilla. Dice que ha sido mi culpa, que lo encerré justo en la subida, que por qué mierda me cruzo en su camino. Nunca seré buen ingeniero, agrega, y apaga el motor para enderezar el manubrio y recoger el equipaje.

Lo escucho sin contestar. Todavía hoy sigo subido a una barda, oyéndolo putear ahí abajo, mientras mi hijo juega con la espuma de las olas y grita alborozado en una playa de Mogotes. Somos muchos y uno solo, hasta donde me alcanza la memoria. A cada generación tenemos menos cosas que podamos sentir como propias. Queda el hermetismo de mi padre en la mirada del chico que corre junto al mar. A él le contaré esta tonta historia de pérdidas y caídas, la de mi padre que rueda y la mía que no supe defender.

Aquel mediodía mi viejo se aleja rengueando para orinar entre los arbustos y se queda un rato escondido para que no vea su rodilla lastimada. Levanto a Marlene Dietrich que ha dejado un surco en la arena y vuelvo la mirada hacia la torre y el péndulo. Parece un fantasma de luto recortado en la lejanía. Y el charco de petróleo que ensucia las bardas, tan ajeno al mar donde ahora juega mi hijo. Mi bisabuelo fue bandolero y asaltante de caminos en Valencia hasta que lo mató la Guardia Civil. Me lo confiesa mi viejo al atardecer, mientras cebamos mate bajo la carrocería oxidada de un Ford T. No recuerdo bien su relato pero pinta al bisabuelo de a caballo y con un trabuco a la cintura. Trata de impresionarme pero está muy derrengado para ser creíble. El pantalón roto, la corbata abierta, el ombligo al aire y pronto cincuenta años. No hay más que gigantescos fracasos entre el bisabuelo que asaltaba diligencias y ese sobrestante de Obras Sanitarias que levanta la mirada y me señala con un gesto orgulloso la insignia del petróleo argentino. Una vida tendiendo redes de agua, haciendo cálculos, inventando ilusiones. Sueña con que yo sea ingeniero. De esa ínfima epopeya le quedan a mi madre doscientos pesos de pensión y a mí algunas anécdotas sin importancia.

Mi padre lleva unos pocos billetes chicos en el bolsillo. Justo para la pensión y la nafta de la vuelta. Nunca ganó un peso sin trabajar. No sé si está conforme con su vida. Igual, no puede hacerla de nuevo. Ha vivido frente a los palos, mirando venir una pelota que nunca aterriza. Intentó zafar de la marca, correrse, poner la cabeza, pero no supo usar los codos. Caminó siempre por los peldaños de una escalera acostada. Tarzán en monopatín, Batman esperando el colectivo, San Martín soñando con las chicas de Divito. Y sin embargo, cuando fuma en silencio, parece a punto de encontrar la solución. Como aquella noche en un sucio cuarto de alquiler donde saca la regla de cálculos y diseña un oleoducto inútil, con jardines y caminos de los que ningún motociclista podría caerse. Pero de eso no queda nada: el dibujo se le extravió en otro porrazo y las torres ya son de otros más rápidos que él.

Discutimos en la pensión porque yo ignoraba las matemáticas y la química y volvimos en silencio, muy lejos uno del otro. Lo dejé ir adelante y todavía veo su camisa sudada flotando en la ventolera. Yo no sabía qué hacer de mi vida y miraba para arriba a ver si bajaba la pelota. Tenía diecinueve años y me sentía solo en una cancha vacía. Todavía estoy ahí, demorado con mi padre en medio del camino. Imagino historias porque me gusta estar solo con un cigarrillo y estoy cerca de la edad que tenía mi padre cuando se tumbaba de la moto. Fueron muchas las caídas y no siempre lo levanté. Me gustaría saber qué opinión tendría de mí, que he perdido su petróleo. Quisiera que echara una ojeada a estas líneas y a otras. Que me regalara un juguete y me contara cuántas veces estuvo enamorado; que me explicara qué carajo hacíamos los dos en un camino de Neuquén rumbo a las torres de YPF, mientras en el transistor se apagaba la voz de Julio Sosa cubierta por los acordes de otra marcha militar.

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